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Jueves 3 de junio de 2005. La Palabra Binaria   Lista de mensajes  
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La Palabra Binaria

Publicación diaria para la Iglesia Católica

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Solemnidad


Sagrado Corazón de Jesús


Mi yugo es llevadero y mi carga ligera


Deuteronomio 7, 6-11

 

6 Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios. El Señor, tu Dios, te ha elegido para pueblo suyo entre todos los pueblos que hay sobre la tierra.  7 El Señor se fijó en vosotros y os eligió, no por ser el pueblo más numeroso entre todos los pueblos, ya que sois el más pequeño de todos.   8 Porque el Señor os amó y porque ha querido cumplir el juramento hecho a vuestros padres, os ha sacado de Egipto con mano poderosa y os ha librado de la casa de la esclavitud, de la mano del Faraón, rey de Egipto.  9 Reconoce, por tanto, que el Señor, tu Dios, es el verdadero Dios, el Dios fiel, que guarda la alianza y la misericordia hasta mil generaciones a los que lo aman y cumplen sus mandamientos,  10 y que castiga en su propia persona a los que lo odian. Hace perecer sin tardanza a quien le odia, y lo hiere con castigo personal. 11 Guarda, por tanto, tú sus mandamientos, sus leyes y estatutos que hoy te prescribo, poniéndolos en práctica.

 

Salmo 102, 1-10

 

1 De David

Bendice, alma mía, al Señor,

y todo mi ser su santo nombre;

2 bendice, alma mía, al Señor,

y no olvides sus muchos beneficios.

3 Él te perdona todos tus delitos

y te cura de tus enfermedades;

4 él rescata tu vida del sepulcro

y te colma de amor y de ternura;

5 él sacia de bienes tu existencia

y te rejuvenece como el águila.

6 El Señor hace justicia

y libera a todos los oprimidos;

7 él reveló sus caminos a Moisés

y sus portentos a los israelitas.

8 El Señor es misericordioso y compasivo,

el Señor es paciente y todo amor;

9 no está siempre acusando

ni guarda rencor eternamente;

10 no nos trata como merecen nuestras culpas

ni nos paga según nuestros delitos.

 

1 Juan 4, 7-16

 

7 Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor es de Dios; y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. 8 El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.  9 En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros: en que ha mandado a su Hijo único al mundo para que nosotros vivamos por él. 10 En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos ha amado a nosotros y ha enviado a su Hijo como víctima expiatoria por nuestros pecados.   11 Queridos míos, si Dios nos ha amado de este modo, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.  12 Jamás ha visto nadie a Dios. Si nos amamos los unos a los otros, Dios está en nosotros, y su amor en nosotros es perfecto. 13 Por esto conocemos que estamos con él y él en nosotros: porque él nos ha dado su Espíritu.  14 Nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado a su Hijo, el Salvador del mundo. 15 Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios está en él y él en Dios.   16 Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído. Dios es amor; y el que está en el amor está en Dios, y Dios en él.

 

Mateo 11, 25-30

 

25 En aquel tiempo Jesús dijo: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y se las has manifestado a los sencillos. 26 Sí, Padre, porque así lo has querido. 27 Mi Padre me ha confiado todas las cosas; nadie conoce perfectamente al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera manifestar. 28 Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré.  29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy afable y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. 30 Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».


 

En un estanque vivía una colonia de ranas. Y el sapo más viejo se creía también el más grande y el más fuerte de toda la especie. Cada mañana se posaba a la orilla del estanque y comenzaba a hincharse para atraer la atención de sus vecinas y para presumir su tamaño y su fuerza. Un buen día se acercó un buey a beber; y el sapo, viendo que éste era más grande que él, comenzó a hincharse e hincharse, más que en otras ocasiones, tratando de igualarse al buey. Y tanto se infló que reventó. Así sucede también a muchos hombres que, por su ambición, su soberbia y prepotencia tratan de igualarse a otro buey (y también se podría escribir con "g"). Ya muy bien lo decía san Agustín: "La soberbia no es grandeza, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano".

 

Feuerbach y Nietzsche -dos filósofos ateos del siglo pasado- lanzaron sus teorías del "super-hombre" y del dominio del más fuerte. Ideas tan tristes que desembocaron en la prepotencia nazi, en un racismo aberrante y en todas las formas de totalitarismo ateo que perseguía todo tipo de religión, especialmente la católica; esas ideas fueron las causantes de la Segunda guerra mundial y originaron un abismo de inhumanidad que ni siquiera excluyeron los terribles campos de concentración y de exterminio. Esa triste "ley del más fuerte" impone muchas veces el criterio de comportamiento entre los hombres, ¡tan penosa y de tan lamentables consecuencias para la convivencia humana! Y es que el poder, la ambición desenfrenada y la soberbia prepotente pudre el corazón de los hombres y crea verdaderos infiernos.

 

Y, sin embargo, Jesucristo nuestro Señor nos viene a hablar hoy de humildad, de mansedumbre y de servicio: "Tomen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas"... ¿No es un mensaje ya trasnochado y pasado de moda? ¿Acaso el que triunfa, hoy en día, no es el hombre "fuerte", el "grande", el poderoso?

 

El pequeño, el débil y el humilde ni siquiera es tomado en cuenta; más aún, muchas veces es ridiculizado y emarginado. El mismo Nietzsche se mofaba de la humildad, diciendo que era "un vicio servil y un comportamiento de esclavos".

 

En el Evangelio de la fiesta del Sagrado Corazón, se nos presenta Jesús en oración bendiciendo a su Padre: "Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado los misterios del Reino a los sabios y a los poderosos, y se los has revelado a los pequeños". ¡Qué contraste tan abismal! Pensamos que las gentes felices del mundo son los ricos, los poderosos, los grandes, los fuertes y los sabios. Y, sin embargo, nuestro

 

Señor llamó "dichosos" precisamente a los de la parte opuesta: "Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los misericordiosos, los pacíficos, los que padecen persecución... porque de ellos es el Reino de los cielos" (Mt 5, 1-12). Y hoy, Jesús nos sale con otra de las "suyas", invitándonos a la humildad. ¿Es que Jesús está loco?

 

¡Con razón nadie le hace caso! Parece que Él va siempre "en sentido contrario", contra corriente. Pero, no nos viene mal preguntarnos quién es el verdadero loco. A Nietzsche, al final de su vida, "se le saltaron la tuercas" y acabó suicidándose.

 

Jesús siempre se presentó así: manso y humilde. Después de la multiplicación de los panes, cuando la muchedumbre quería arrebatarlo para hacerlo rey, Él se les esconde y se va solo, a la montaña, a orar. Y cuando curó al leproso de su enfermedad inmunda o devolvió la vista al ciego de nacimiento; cuando hizo caminar al paralítico, curó a la hemorroísa,resucitó a Lázaro o a la hija de Jairo, no se dedicó a tocar la trompeta para que todo el mundo se enterara... Y, finalmente, cuando se decide a entrar triunfalmente en Jerusalén, no lo hace sobre un alazán blanco o sobre un caballazo prieto azabache, rodeado de un ejército de vencedor, sino montado en un pobre burrito, que era señal de humildad y de paz.

 

¡Definitivamente, Jesús no hacía milagros para "ganar votos" para las elecciones, ni se aprovechó de su popularidad entre la gente para hacerse propaganda política y ocupar los mejores puestos, como muchos de nuestros gobernantes! Él no era un populista o un demagogo como los que abundan hoy en nuestras plazas y manifestaciones públicas. Él no conocía, sin duda, esa "picardía" y oportunismo interesado, ni sabía mucho de eso que nosotros llamamos "técnicas de publicidad y de imagen"...

 

"Aprendan de mí -nos dice- que soy manso y humilde de corazón". Sí. Él había dicho durante su vida pública que "no había venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10,45) y lo cumple al pie de la letra. ¡Aquí está la verdadera grandeza: no la del poder, sino la grandeza de la humildad, de la mansedumbre y del servicio!

 

Si seguimos su ejemplo, Él nos asegura los frutos que obtendremos: "Encontrarán descanso para sus almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera". La persona humilde goza de una paz muy profunda porque su corazón está sosegado. Ese yugo y esa carga se refieren a la cruz que tenemos que llevar todos los seres humanos. Pero Cristo nos llena de paz y de felicidad en medio del dolor porque su presencia y su compañía nos bastan y nos sacian. Él es nuestra paz. Y no importa que nos lluevan las persecuciones, las calumnias, las injurias y todo tipo de mentiras.

 

No importan las persecuciones. Cristo nos llena de paz porque su yugo es llevadero y su carga ligera. Él nos advirtió que seríamos perseguidos porque también lo persiguieron a Él y lo condenaron a muerte por calumnias. Pero llamó "bienaventurados a los perseguidos", y con Él tenemos asegurada la victoria y el triunfo definitivo. Sí. ¡Jesucristo es nuestra paz!


 

Devoción al Sagrado Corazón

 

La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, cuando se meditaba en el costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua. De ese Corazón nació la Iglesia y por ese Corazón se abrieron las puertas del Cielo. La devoción al Sagrado Corazón está por encima de otras devociones porque veneramos al mismo Corazón de Dios. Pero fue Jesús mismo quien, en el siglo diecisiete, en Paray-le-Monial, Francia, solicitó, a través de una humilde religiosa, que se estableciera definitiva y específicamente la devoción a su Sacratísimo Corazón.

 

El 16 de junio de 1675 se le apareció Nuestro Señor y le mostró su Corazón a Santa Margarita María de Alacoque. Su Corazón estaba rodeado de llamas de amor, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior de su corazón, salía una cruz.  Santa Margarita  escuchó a Nuestro Señor decir: "He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor." Con estas palabras Nuestro Señor mismo nos dice en qué consiste la devoción a su Sagrado Corazón. La devoción en sí está dirigida a la persona de Nuestro Señor Jesucristo y a su amor no correspondido, representado por su Corazón. Dos, pues son los actos esenciales de esta devoción: amor y reparación. Amor, por lo mucho que Él nos ama. Reparación y desagravio, por las muchas injurias que recibe sobre todo en la Sagrada Eucaristía.


Cristología LXVI

Enseñanzas de Jesús (II/XXV)

 

En la sinagoga de Nazaret

 

De regreso a Galilea

 

Tras los sucesos de Jerusalén y la primera predicación en Judea, Jesús vuelve a Galilea situando Cafarnaúm, a orillas del Lago Genesaret, será el centro de una intensa acción para dar a conocer el evangelio del Reino, todo ello acompañado de múltiples milagros. "Cuando vino a Galilea, le recibieron los galileos porque habían visto todo cuanto hizo durante la fiesta en Jerusalén, pues también ellos habían ido a la fiesta" (Jn)

 

Todos acuden a la sinagoga

 

Antes de predicar en las diversas poblaciones galileas, acude a Nazaret, en donde ha vivido unos treinta años, -toda una vida de trabajo-, sin ningún signo externo que pudiese dejar entrever ni su misión, ni su personalidad. Muchos del pueblo han presenciado los sucesos de Jerusalén, y también han llegado ecos de algunas de las curaciones realizadas, junto a la predicación del esperado Reino de Dios. La expectación, curiosidad y recelo, eran, pues, grandes; todos quieren saber directamente qué pasa, y oírselo decir a Él mismo, su paisano, su pariente. Y acuden todos a la sinagoga.

 

Jesús "llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado, y se levantó a leer. Entonces le entregaron el libro del Profeta Isaías, y abriendo el libro dio con el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para promulgar el año de gracia del Señor. Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro, y se sentó. Todos en la sinagoga tenían fijos los ojos en Él"(Lc).

 

Gran conmoción

 

El silencio, la atención y los pensamientos –incluso- de los que estaban allí eran intensos. Los de más edad le habían visto durante treinta años como uno más junto a sus hijos; nada extraordinario había hecho, ni siquiera había asistido a las escuelas rabínicas más importantes; era un artesano como los demás; era el hijo de José, que había muerto hacia poco tiempo y su madre, María, estaba viviendo en el pueblo. Sus parientes tendrían, si cabe, una sorpresa mayor que los demás, porque le conocían más. Sabían lo bueno que era, pero nunca les había manifestado nada respecto a su mesianidad; ni siquiera algunas tendencias proféticas; era tan normal como ellos. Entonces Jesús empieza a hablar y sus palabras les llenaron de estupor: "Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oir" (Lc). La conmoción fue grande; era cierto lo que se decía de él, no eran sólo habladurías; este Jesús, tan conocido, se declara el Ungido de Dios, el Cristo, el Mesías anunciado por los profetas. Y dice que con Él, hoy mismo, comienza el año de gracia profetizado por Isaías. Quienes le escuchan no se pueden quedar indiferentes, tienen que decir si le aceptan o le rechazan. El estupor se hace general.

 

Muchos lo admiraron, otros no lo aceptan

 

La sorpresa de los presentes la narran los evangelistas con expresiones encontradas. No hay una reacción unánime, como, de hecho nunca la habrá en torno a Jesús. De entrada "todos daban testimonio en favor de Él, y se admiraban de las palabras de gracia que procedían de su boca"(Lc) y "quedaron llenos de admiración". Pero enseguida aparecen reacciones opuestas: muchos no aceptan sin más el testimonio que da de sí mismo piensan que le conocen y no entienden de donde le venía aquel modo sabio de hablar: "¿De dónde le viene a éste esta sabiduría y los milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre, y sus parientes Santiago, José, Simón y Judas? Y sus parientes no están todas entre nosotros? Pues ¿de dónde le viene esto?"(Mt y Mc).

 

El pueblo se divide

 

Lo más lógico es que, si no encontraban una explicación natural a su sabiduría ni a sus milagros, existiese una explicación sobrenatural; pero no les resulta fácil creer que uno de los suyos fuese el Mesías. Y se dividieron entre ellos. La mayoría "se escandalizaba de Él"; otros le pedían milagros, con incredulidad. Algunos -como Santiago y Judas Tadeo- creyeron en Él y se contarán entre sus Apóstoles; también la madre de estos dos apóstoles cree y estará con las santas mujeres al pie de la cruz. Pero una fuerte mayoría se enfureció contra Jesús "lo arrojaron de la ciudad, y lo llevaron a la cumbre de la montaña sobre la que estaba edificada para despeñarle. Pero Él pasando por medio de ellos, seguía su camino"(Lc). Es la primera reacción en contra de una cierta consideración, y sus frutos serán amargos pues "no podía hacer allí ningún milagro, sino que impuso las manos a unos pocos enfermos y los curó" (Mc).

 

Jesús "se maravillaba de su incredulidad". Una frase del Señor ha pasado a ser una sentencia de valor universal y la refleja: "Un profeta sólo es menospreciado en su patria, entre sus parientes y familia"(Mt, Mc, Lc).

 

La escena de Nazaret es fuerte. Los amigos del Señor, la mayoría de los que han convivido con él y sus parientes no le comprenden, e incluso le expulsan de la ciudad hasta el punto de que algunos exaltados quieren matarle. La conducta de los nazarenos manifiesta algo común a todo hombre: resulta difícil superar los esquemas humanos acostumbrados. Los nazarenos y los parientes de Jesús no se sienten con fuerzas para dar el salto de fe necesario para creer que uno de ellos es el Mesías. Es lógico que Jesús sienta un dolor considerable al ver tan poco amor en aquellos a los que quiere de una manera especial. María Santísima también sufriría intensamente; Ella tuvo que permanecer allí cuando se marcha Jesús y recibiría las recriminaciones de los que no entienden a su Hijo.

 

Tiempo de gracia y misericordia

 

Y Jesús marcha de Nazaret con el anuncio del año de gracia concedido a los hombres. Ciertamente, todo el tiempo que vive Jesús va a ser un tiempo de gracia. Será un año de misericordia para todos los que acepten la predicación que se va a realizar de un modo activísimo en todo Israel, primero en Galilea, pero también en Judea, Samaría y territorios limítrofes.


Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros

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