La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Jueves de la primera
Santa Magdalena Gabriela de Canossa
permaneced en mi amor
Hechos 15,7-21
7 Tras una larga discusión, se levantó Pedro y les dijo: «Hermanos, vosotros sabéis que hace mucho tiempo Dios me eligió entre vosotros para que los paganos oyesen de mis labios la palabra del evangelio y abrazaran la fe. 8 Y Dios, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor, dándoles el Espíritu Santo, igual que a nosotros; 9 y no ha hecho diferencia alguna entre ellos y nosotros, purificando sus corazones con la fe. 10 Ahora bien, ¿por qué tentáis a Dios imponiendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido soportar? 11 Nosotros creemos que nos salvamos por la gracia de Jesús, el Señor, igual que ellos». 12 Toda la asamblea guardó silencio para escuchar a Bernabé y a Pablo, que contaban todos los prodigios y milagros que había hecho Dios entre los paganos por medio de ellos. 13 Cuando ellos terminaron, intervino Santiago: «Hermanos, escuchadme. 14 Simón ha contado cómo Dios dispuso desde el principio escoger de entre los paganos un pueblo consagrado a su nombre. 15 Con esto están de acuerdo las palabras de los profetas, según está escrito: 16 Después de esto volveré y restauraré la choza caída de David; repararé sus ruinas y la volveré a levantar, 17 para que los demás hombres busquen al Señor y todas las naciones que han sido consagradas a mi nombre, dice el Señor, autor de estas cosas, 18 conocidas desde la eternidad. 19 Por eso yo creo que no hay que inquietar a los paganos que se convierten a Dios, 20 sino escribirles que se abstengan de las contaminaciones de los ídolos, de la fornicación, de comer sangre o carne de animales ahogados. 21 Pues en cada ciudad hay desde antiguo quienes leen y proclaman la ley de Moisés los sábados en la sinagoga».
Salmo 95,1-3.10
1 Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor toda la tierra;
2 cantad al Señor, bendecid su nombre,
proclamad día tras día su salvación;
3 publicad su gloria entre las gentes,
sus portentos entre todos los pueblos.
10 Decid por las naciones: «El Señor es rey,
él afirmó el mundo, y no se moverá;
él juzga a los pueblos con justicia».
Juan 15,9-11
9 Como el Padre me ama a mí, así os he amado yo; permaneced en mi amor. 10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 11 Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de vosotros y vuestra alegría sea completa».
El buen ejemplo de una persona siempre nos deja algo grabado en nuestro corazón. Nos dan ganas de querer imitar sus acciones, incluso superarlas. Qué mejor aún cuando estas acciones van profundamente ligadas a las virtudes que sobrepasa todo aquello que es común y corriente, lo de todos los días.
No podemos negar que al ver el trazo de la huella de esas almas que pasan por esta vida no sólo haciendo el bien sino que se sacrifican por dar todo de sí, nos hacen querer estar con ellas siempre, experimentamos un cierto magnetismo de tal grado que queremos pisar su rastro.
Unos simples pescadores vieron en la arena las huellas de un hombre. Le siguieron y le conocieron; al encontrarlo, les habló mucho más que de una pesca, les hizo conocer los misterios más profundos que los océanos, vieron sus obras, escucharon sus palabras y llegado el momento recibieron el consejo de preparar su alma para imitar su amor.
Quien es amado, sabe corresponder amando sin límites, como un padre que no duda en entregar su vida por el hijo. Es en este caso que el Hijo, amando al Padre, da la vida por muchos otros, para que su relación filial como hijos, sea recuperada y vuelva de nuevo la alegría.
Santa Magdalena Gabriela de Canossa
Magdalena Gabriela, marquesa de Canossa, nació en Verona el 1 de marzo de 1774. La franqueza y rectitud de la niña estaban acompañadas de terquedad y mal genio. Su nodriza diría años después: No acabo de maravillarme de lo que ha cambiado. Nunca me imaginé que la niña que conocí fuera domesticable.
Su padre murió a los treinta y nueve años de edad. A este rudo golpe siguió otro, pues dos años más tarde su madre se casó, en segundas nupcias, y se fue a vivir con su marido. Magdalena, que contaba 8 años, y sus hermanos quedaron al cuidado de sus tíos.
Durante las guerras de revolución, los Canossa se trasladaron a Venecia. En un sueño que tuvo vio a la Virgen rodeada por 6 religiosas. La Virgen las condujo, primero a una iglesia llena de mujeres y niñas, luego a un hospital y, finalmente, a una sala repleta de niños andrajosos; después les encargó que se ocuparan de todos, particularmente de los niños. Magdalena vio en el sueño una inspiración de Dios y desde entonces trabajó en los hospitales, enseñó el catecismo y cuidó a los niños pobres. Pronto se le unieron otras dos mujeres.
Cuando Napoleón Bonaparte estuvo en su casa de Verona, la joven marquesa, al advertir su admiración y respeto por la obra, le pidió que le cediese el antiguo convento de san José de Verona para los pobres y niños abandonados. Expuso con tal viveza la miseria en que vivían estos niños, que Napoleón le otorgó lo que pedía, precisamente cuando él mismo se dedicaba a expulsar a frailes y monjas de sus conventos.
El 8 de mayo de 1808, con algunas de sus compañeras, fundó un hospicio para niñas pobres en el barrio de san Zenón en Verona. Allí las niñas aprendían lectura, caligrafía, costura, y el catecismo. Al poco tiempo las llamaron a fundar en Venecia. Después se extendieron por Milán, Bérgamo, Trento y otras ciudades del norte de Italia. Magdalena, la fundadora, era la primera en ayudar en los trabajos más humildes, empleando a sus “dos criadas”, como solía llamar sus manos. Se dedicaba especialmente a los niños más sucios y difíciles a quienes lavaba, peinaba y educaba con especial solicitud.
A fines de 1834 Magdalena cayó enferma y fue trasladada a Verona. En la semana santa de 1835 comprendió que llegaba su fin y solicitó los últimos sacramentos. Después de recibirlos, su enfermedad progresó rápidamente. Se había encorvado de tal manera que sólo podía dormir sentada. Murió en brazos de una de sus compañeras. Fue beatificada por el papa Pío XII en 1941 y canonizada el 2 de octubre de 1988 por el papa Juan Pablo II.
Sacramentos XLI
El Orden V
Santa Magdalena Gabriela de Canossa
Magdalena Gabriela, marquesa de Canossa, nació en Verona el 1 de marzo de 1774. La franqueza y rectitud de la niña estaban acompañadas de terquedad y mal genio. Su nodriza diría años después: No acabo de maravillarme de lo que ha cambiado. Nunca me imaginé que la niña que conocí fuera domesticable.
Su padre murió a los treinta y nueve años de edad. A este rudo golpe siguió otro, pues dos años más tarde su madre se casó, en segundas nupcias, y se fue a vivir con su marido. Magdalena, que contaba 8 años, y sus hermanos quedaron al cuidado de sus tíos.
Durante las guerras de revolución, los Canossa se trasladaron a Venecia. En un sueño que tuvo vio a la Virgen rodeada por 6 religiosas. La Virgen las condujo, primero a una iglesia llena de mujeres y niñas, luego a un hospital y, finalmente, a una sala repleta de niños andrajosos; después les encargó que se ocuparan de todos, particularmente de los niños. Magdalena vio en el sueño una inspiración de Dios y desde entonces trabajó en los hospitales, enseñó el catecismo y cuidó a los niños pobres. Pronto se le unieron otras dos mujeres.
Cuando Napoleón Bonaparte estuvo en su casa de Verona, la joven marquesa, al advertir su admiración y respeto por la obra, le pidió que le cediese el antiguo convento de san José de Verona para los pobres y niños abandonados. Expuso con tal viveza la miseria en que vivían estos niños, que Napoleón le otorgó lo que pedía, precisamente cuando él mismo se dedicaba a expulsar a frailes y monjas de sus conventos.
El 8 de mayo de 1808, con algunas de sus compañeras, fundó un hospicio para niñas pobres en el barrio de san Zenón en Verona. Allí las niñas aprendían lectura, caligrafía, costura, y el catecismo. Al poco tiempo las llamaron a fundar en Venecia. Después se extendieron por Milán, Bérgamo, Trento y otras ciudades del norte de Italia. Magdalena, la fundadora, era la primera en ayudar en los trabajos más humildes, empleando a sus “dos criadas”, como solía llamar sus manos. Se dedicaba especialmente a los niños más sucios y difíciles a quienes lavaba, peinaba y educaba con especial solicitud.
A fines de 1834 Magdalena cayó enferma y fue trasladada a Verona. En la semana santa de 1835 comprendió que llegaba su fin y solicitó los últimos sacramentos. Después de recibirlos, su enfermedad progresó rápidamente. Se había encorvado de tal manera que sólo podía dormir sentada. Murió en brazos de una de sus compañeras. Fue beatificada por el papa Pío XII en 1941 y canonizada el 2 de octubre de 1988 por el papa Juan Pablo II.
Condiciones para recibirlo lícitamente
Existen unas cualidades necesarias por derecho divino, es decir por voluntad divina:
# Que exista una vocación, un llamado específico de Dios, que posee unos signos tales como; la recta intención que significa buscar siempre la gloria de Dios, el bien de las almas y la propia santificación y una sólida vida de piedad y mortificación, afán de servicio. No olvidemos que el sacerdote es el mediador entre Dios y el hombre.
# Al ser sacramento de vivos, se necesita recibirlo en estado de gracia.
Por otro lado existen unas cualidades por derecho eclesiástico, es decir por disposición de la Iglesia:
* Las llamadas Cartas o Letras dimisorias, que es el acto por el cual alguien que tiene la autoridad necesaria autoriza la ordenación. Se llaman así porque casi siempre son por escrito.
* El sujeto debe de conocer todo lo referente al sacramento y sus obligaciones. A esto se le llama "Ciencia Suficiente". El ordenado debe de presentarlo por escrito de su puño y letra. En cuanto al diaconado es necesario haber terminado el quinto año de estudios filosóficos – teológicos. Para el episcopado, Doctorado, o cuando menos la licenciatura en Sagradas Escrituras, Derecho Canónico o Teología.
* La edad para recibir el episcopado, es decir para ser obispo es de 35 años. Para el presbiterado es de 25 años. Los diáconos que van a recibir el presbiterado deben de tener cuando menos 23 años. En el caso de diáconos permanentes han de tener 35 años y si están casados se necesita que su esposa de su consentimiento. (Cfr. CIC 378; 1031).
* Entre el diaconado y el presbiterado debe existir un intervalo de tiempo, de al menos seis meses. A este espacio de tiempo que existe entre los dos primeros grados, se le llama intersticio.
* El candidato debe haber recibido el sacramento de la Confirmación.
* Para poder recibir el diaconado o el presbiterado el sujeto tiene que ser admitido como candidato por la autoridad competente, después de haber hecho la solicitud de su puño y letra. Esto se efectúa con un rito litúrgico establecido, llamado rito de admisión.
* También se requiere la asistencia a Ejercicios Espirituales previos a la ordenación, de cinco días cuando menos.
* Estar libre de impedimentos o irregularidades. La irregularidad tiene carácter perpetuo. Los impedimentos no son perpetuos.
Las irregularidades, impedimentos perpetuos, impiden recibir lícitamente el sacramento, y son:
* Padecer de amnesia o de algún trastorno psíquico.
* Haber cometido alguna apostasía, herejía o ser causante de un cisma.
* Intento de recibir el sacramento del Matrimonio, teniendo algún impedimento como un vínculo por orden sacerdotal o voto público perpetuo de castidad.
* Homicidio voluntario.
* Haber participado en un aborto.
* Haberse mutilado gravemente a sí mismo.
* Intento de suicidio.
* Haber cometido un acto que solamente tiene el poder de realizar un obispo o un sacerdote.
Los simples impedimentos son:
* Estar casado.
* Desempeñar un cargo público, prohibido a los clérigos.
* Haber recibido el Bautismo recientemente, pues se considera que no está lo suficientemente probado.
Obligaciones
El celibato sacerdotal, fundamentado en el misterio de Cristo, es obligatorio para los sacerdotes de la Iglesia latina. (Cfr. CIC c. 227; Catec. N. 1579).
Este tema ha sido y es muy discutido. El Concilio Vaticano II, Paulo VI, el II Sínodo de Obispos en 1971 han tratado este tema en documentos, encíclica y lo han ratificado. Juan Pablo II en 1979 reafirmó la postura del magisterio de la Iglesia.
Todo esto nos demuestra, que a pesar de los ataques, la Iglesia posee una decidida voluntad por mantener la praxis antiquísima, pues aunque el celibato no es una exigencia de la naturaleza misma del sacerdocio, es muy conveniente.
De la Encíclica de Paulo VI, Sacerdotalis celibatus, podemos tomar algunas razones que demuestran su conveniencia. Hay razones cristológicas y razones eclesiásticas.
De las razones cristológicas se muestra la conveniencia en que:
* Mediante el celibato, los sacerdotes se pueden entregar de un modo más profundo a Cristo, pues su corazón no está dividido en diferentes amores.
* Por su vocación, el sacerdote lleva un vida de total continencia, a ejemplo de la virginidad de Cristo.
* Cristo no quiso para Sí otro vínculo nupcial que el de su Amor a los hombres en la Iglesia. Por lo tanto, el celibato sacerdotal facilita la participación del ministro de Cristo en su Amor universal.
De las razones eclesíasticas, vemos su conveniencia en que:
* Con el celibato, la dedicación de los sacerdotes al servicio de los hombres, es más libre, en Cristo y por Cristo.
* Toda la persona del sacerdote le pertenece a la Iglesia, la cual tiene a Cristo como esposo.
* El celibato le facilita al sacerdote ejercer la paternidad de Cristo.
No debemos olvidar que el celibato es un don de Dios, otorgado por Él a ciertas personas. Por lo tanto, la Iglesia aunque no se lo puede imponer a nadie, si puede exigirlo a aquellos que desean ser sacerdotes.
Entre los derechos y deberes de los clérigos se encuentra el deber de buscar la santidad de vida, ya que son los administradores de los misterios de Cristo, para ello, deben leer la Sagrada Escritura. Que la celebración Eucarística sea el centro de su vida, por lo cual debe hacerlo diariamente. Rezar la Liturgia de las Horas. Practicar la meditación diariamente. Es recomendable tener un director espiritual y confesarse con mucha frecuencia. Asistir a Ejercicios Espirituales y tener una especial veneración a la Santísima Virgen María, rezando frecuentemente el Rosario, el Angelus, etc. El sacerdote tiene que luchar y esforzarse por ser santo.
Todos aquellos que han recibido el sacramento del Orden tienen la obligación de mostrar respeto y obediencia al Papa y a su Ordinario propio, es decir, a su Obispo. Aceptando y desempeñando con fidelidad las tareas encomendadas por el Ordinario del lugar.
Los sacerdotes deben de vestir el traje eclesiástico marcado por la Conferencia Episcopal donde sea posible. Esto tiene como finalidad, no solamente el decoro externo, sino que con ello da testimonio público de su pertenencia a Dios y su propia identidad. (Cfr. CIC c.284)
El Sacramento del Orden confiere a los que lo reciben una misión y una dignidad especial, causa por la cual la Iglesia no permite que se ejerzan ciertas actividades, que podrían ser causa que obstaculice, o de rebajar su ministerio. Por ello, no permite que participen en cargos públicos que suponen una participación en los poderes civiles. No deben administrar bienes que son propiedades de laicos. Tampoco es conveniente que sean fiadores. No está permitido ejercer el comercio, ni participar en sindicatos o partidos políticos, ni presentarse voluntariamente al servicio militar.
Por todo lo que se ha dicho antes, podemos concluir que los sacerdotes necesitan una formación especial que les permita desempeñar cabal y eficientemente la misión que les ha sido encomendada. La cual debe estar centrada en lo fundamental de su misión: enseñar el Evangelio, administrar los sacramentos y dirigir a los fieles. Con este motivo, la Iglesia fomenta el hecho que esta formación se desarrolle en lugares e instituciones especiales.
Recordemos que Cristo pasó su vida pública enseñando a sus Apóstoles, de manera especial, fomentando su piedad y su amor a Dios, los instruía sobre el contenido de su predicación, les explicaba las parábolas y poco a poco fue instruyéndolos en la labor pastoral.
“Ninguno, sin embargo, de los motivos con los que a veces se intenta ‘convencernos’ de la inorportunidad del celibato, corresponde la verdad que la Iglesia proclama y que trata de realizar en la vida a través de un empeño concreto, al que se obligan los sacerdotes antes de la ordenación sagrada. Al contrario, el motivo esencial, propio y adecuado está contenido en la verdad que Cristo declaró, hablando de la renuncia al matrimonio por el Reino de los Cielos, y que San Pablo proclamaba, escribiendo que cada uno en la iglesia tiene su propio don. El celibato es precisamente un ‘don del Espíritu’”. (Juan Pablo II, Carta Novo incipiente, n.63)
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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