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Viernes 3 de noviembre de 2006. La Palabra Binaria.   Lista de mensajes  
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La Palabra Binaria

Publicación diaria para la Iglesia Católica

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Viernes de la segunda


San Martín de Porres


¿Quién de vosotros, si su hijo o un buey cae a un pozo, no lo saca inmediatamente, aunque sea sábado?


 

Filipenses 1,1-11

 

1 Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los cristianos que viven en Filipos con sus obispos y diáconos. 2 Os deseamos la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor. 3 Siempre que me acuerdo de vosotros doy gracias a mi Dios; 4 y cuando pido por vosotros en mis oraciones, lo hago con alegría, 5 por vuestra participación en el progreso del evangelio desde el primer día hasta ahora,  6 persuadido de que quien comenzó en vosotros la buena obra la llevará a feliz término para el día de Cristo Jesús. 7 Es justo que yo sienta así de todos vosotros, pues os llevo en el corazón, ya que compartís conmigo el privilegio de estar preso y de defender y consolidar el evangelio. 8 Dios es testigo de todo lo que os quiero en las entrañas de Cristo Jesús. 9 Y le pido que vuestro amor crezca cada día más en conocimiento y en discreción, 10 para que sepáis discernir lo más perfecto, a fin de que seáis puros e irreprensibles para el día de Cristo, 11 llenos de frutos de justicia por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.

 

Salmo 110,1-6

 

1 ¡Aleluya!

Doy gracias al Señor de todo corazón

en la reunión de los hombres justos

y en la asamblea general.

2 Grandes son las obras del Señor,

dignas de estudio para los que las aman.

3 Su obra resplandece de esplendor

y su justicia permanece para siempre.

4 Él ha hecho memorables sus milagros,

el Señor es misericordioso y lleno de ternura.

5 Él da de comer a sus leales

y recuerda siempre su alianza.

6 Manifiesta a su pueblo el poder de sus obras,

dándole la heredad de las naciones.

 

Lucas 14,1-6

 

1 Un sábado fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos; éstos lo estaban acechando. 2 Delante de él había un hombre hidrópico. 3 Jesús preguntó a los doctores de la ley y a los fariseos: «¿Está permitido curar en sábado o no?». 4 Y ellos se quedaron callados. Jesús le agarró de la mano, lo curó y lo despidió. 5 Luego les dijo: «¿Quién de vosotros, si su hijo o un buey cae a un pozo, no lo saca inmediatamente, aunque sea sábado?». 6 Y no pudieron responderle.


Jesús en este Evangelio nos enseña con su ejemplo que hay algo más fuerte que el legalismo, y es precisamente el mandato de la caridad. Entre los judíos, el día sábado era un día del todo consagrado al Señor. No era lícito hacer actividad alguna. De ningún tipo. Hasta estaban indicados los pasos que se les permitía caminar. Los fariseos se gloriaban de que cumplían la ley en toda su extensión. Y castigaban y denunciaban a las autoridades a todo aquel que violaba una de estas reglas más pequeñas. Eso no es malo. Incluso Cristo dice alguna vez a sus seguidores que hagan lo que los fariseos dicen. Sin embargo, es preferible la misericordia con los demás que el cumplimiento frío de un precepto.

 

Muchos se preguntan si deben hacer esto o aquello, porque ambas cosas están mandadas. ¿Debo estudiar en este tiempo o tengo que hacer lo que ahora me piden mis padres? ¿Cuál es mi obligación? No es fácil discernir, porque muchas veces entran en juego nuestros sentimientos y a veces nos inclinamos por la opción equivocada. Para evitar esta situación, Cristo nos ha dejado un criterio muy claro: ante todo, la caridad.

 

Bajo esta luz todo queda iluminado. Ya no hay conflicto entre curar o descansar en sábado, porque el bien del hombre está por delante del precepto.


San Martín de Porres

 

El racismo, esa distinción que hacemos los hombres distinguiendo a nuestros semejantes por el color de la piel es algo tan sinsentido como distinguirlos por la estatura o por el volumen de la masa muscular. Y lo peor no es la distinción que está ahí sino que ésta lleve consigo una minusvaloración de las personas -necesariamente distintas- para el desempeño de oficios, trabajos, remuneraciones y estima en la sociedad. Un mulato hizo mayor bien que todos los blancos juntos a la sociedad limeña de la primera mitad del siglo XVII.

 

Fue hijo bastardo del ilustre hidalgo -hábito de Alcántara- don Juan de Porres, que estuvo breve tiempo en la ciudad de Lima. Bien se aprecia que los españoles allá no hicieron muchos feos a la población autóctona y confiemos que el Buen Dios haga rebaja al juzgar algunos aspectos morales cuando llegue el día del juicio, aunque en este caso sólo sea por haber sacado del mal mucho bien. Tuvo don Juan dos hijos, Martín y Juana, con la mulata Ana Vázquez. Martín nació mulato y con cuerpo de atleta el 9 de diciembre de 1579 y lo bautizaron, en la parroquia de San Sebastián, en la misma pila que Rosa de Lima.

 

La madre lo educó como pudo, más bien con estrecheces, porque los importantes trabajos de su padre le impedían atenderlo como debía. De hecho, reconoció a sus hijos sólo tardíamente; los llevó a Guayaquil, dejando a su madre acomodada en Lima, con buena familia, y les puso maestro particular.

 

Martín regresó a Lima, cuando a su padre lo nombraron gobernador de Panamá. Comenzó a familiarizarse con el bien retribuido oficio de barbero, que en aquella época era bastante más que sacar dientes, extraer muelas o hacer sangrías; también comprendía el oficio disponer de yerbas para hacer emplastos y poder curar dolores y neuralgias; además, era preciso un determinado uso del bisturí para abrir hinchazones y tumores. Martín supo hacerse un experto por pasar como ayudante de un excelente médico español. De ello comenzó a vivir y su trabajo le permitió ayudar de modo eficaz a los pobres que no podían pagarle. Por su barbería pasarán igual labriegos que soldados, irán a buscar alivio tanto caballeros como corregidores.

 

Pero lo que hace ejemplar a su vida no es sólo la repercusión social de un trabajo humanitario bien hecho. Más es el ejercicio heroico y continuado de la caridad que dimana del amor a Jesucristo, a Santa María. Como su persona y nombre imponía respeto, tuvo que intervenir en arreglos de matrimonios irregulares, en dirimir contiendas, fallar en pleitos y reconciliar familias. Con clarísimo criterio aconsejó en más de una ocasión al Virrey y al arzobispo en cuestiones delicadas.

 

Alguna vez, quienes espiaban sus costumbres por considerarlas extrañas, lo pudieron ver en éxtasis, elevado sobre el suelo, durante sus largas oraciones nocturnas ante el santo Cristo, despreciando la natural necesidad del sueño. Llamaba profundamente la atención su devoción permanente por la Eucaristía, donde está el verdadero Cristo, sin perdonarse la asistencia diaria a la Misa al rayar el alba.

 

Por el ejercicio de su trabajo y por su sensibilidad hacia la religión tuvo contacto con los monjes del convento dominico del Rosario donde pidió la admisión como donado, ocupando la ínfima escala entre los frailes. Allí vivían en extrema pobreza hasta el punto de tener que vender cuadros de algún valor artístico para sobrevivir. Pero a él no le asusta la pobreza, la ama. A pesar de tener en su celda un armario bien dotado de yerbas, vendas y el instrumental de su trabajo, sólo dispone de tablas y jergón como cama.

 

Llenó de pobres el convento, la casa de su hermana y el hospital. Todos le buscan porque les cura aplicando los remedios conocidos por su trabajo profesional; en otras ocasiones, se corren las voces de que la oración logró lo improbable y hay enfermos que consiguieron recuperar la salud sólo con el toque de su mano y de un modo instantáneo.

 

Revolvió la tranquila y ordenada vida de los buenos frailes, porque en alguna ocasión resolvió la necesidad de un pobre enfermo entrándolo en su misma celda y, al corregirlo alguno de los conventuales por motivos de clausura, se le ocurrió exponer en voz alta su pensamiento anteponiendo a la disciplina los motivos dimanantes de la caridad, porque "la caridad tiene siempre las puertas abiertas, y los enfermos no tienen clausura".

 

Pero entendió que no era prudente dejar las cosas a la improvisación de momento. La vista de golfos y desatendidos le come el alma por ver la figura del Maestro en cada uno de ellos. ¡Hay que hacer algo! Con la ayuda del arzobispo y del Virrey funda un Asilo donde poder atenderles, curarles y enseñarles la doctrina cristiana, como hizo con los indios dedicados a cultivar la tierra en Limatombo. También los dineros de don Mateo Pastor y Francisca Vélez sirvieron para abrir las Escuelas de Huérfanos de Santa Cruz, donde los niños recibían atención y conocían a Jesucristo.

 

No se sabe cómo, pero varias veces estuvo curando en distintos sitios y a diversos enfermos al mismo tiempo, con una bilocación sobrenatural.

 

El contemplativo Porres recibía disciplinas hasta derramar sangre haciéndose azotar por el indio inca por sus muchos pecados. Como otro pobre de Asís, se mostró también amigo de perros cojos abandonados que curaba, de mulos dispuestos para el matadero y hasta lo vieron reñir a los ratones que se comían los lienzos de la sacristía. Se ve que no puso límite en la creación al ejercicio de la caridad y la transportó al orden cósmico.

 

Murió el día previsto para su muerte que había conocido con anticipación. Fue el 3 de noviembre de 1639 y causada por una simple fiebre; pidiendo perdón a los religiosos reunidos por sus malos ejemplos, se marchó. El Virrey, Conde de Chinchón, Feliciano de la Vega -arzobispo- y más personajes limeños se mezclaron con los incontables mulatos y con los indios pobres que recortaban tantos trozos de su hábito que hubo de cambiarse varias veces.

 

Lo canonizó en papa Juan XXIII en 1962.


Apologética V

La apologética no está de moda

 

La apologética tiene que ser considerada como parte integrante de la misma evangelización.

 

La gran tiranía

 

Hoy existe una gran tiranía, que se está apoderando de todos los sectores de la sociedad, en todas las latitudes. Es un monstruo que avanza imponiendo su ley, la de la demanda y la oferta, con sus apéndices que son el éxito, la fama y la moda. Se trata del «mercado», una palabra mágica, un poder oculto, que todo lo pervierte con su fascinación irresistible, el «business», el negocio. Para que algo tenga valor, tiene que transformarse en «negocio», entrar en el «mercado», mirar hacia el éxito, dando fama y poder. De otra manera no sirve para nada.

 

Este monstruo se está posesionando también de la religión, la religión de la demanda y la oferta, del éxito, del negocio. Si algo le gusta a la gente, quiere decir que es bueno, hay que dárselo. Tantas religiones cuantos son los gustos de la gente con sus preocupaciones reales: salud, curiosidad, superación persona, emocionalismo, euforia, espanto..La religión «cocktail» para cada gusto. Gusto y negocio, demanda y oferta, éxito...

 

¿Y la verdad? «¿Qué es la verdad?», preguntó Pilato a Jesús (Jn 18,38). Es la lógica de las sectas, que son la versión religiosa de la ley del mercado, de la demanda y de la oferta, sin ninguna preocupación por la verdad y la moralidad objetivas. En muchos casos, la misma Biblia es un ingrediente más para el «cocktail», hecho de psicología, hipnosis, terapia grupal, etc.

 

Apologética en decadencia

 

Lo malo es que también dentro de la Iglesia ha entrado algo de este virus del «mercado», el «éxito» y el «negocio». Así se justifican ciertas prácticas, rayanas en la idolatría, por el simple hecho que «así le gusta a la gente», «es la fe del pueblo sencillo» «representa una buena entrada económica»...

 

Por el simple hecho de que alguien aparece en la pantalla televisiva, hace noticia, cuenta con muchos seguidores, le va bien económicamente, quiere decir que tienen razón, anda bien, agarró la onda... hace progresar la obra de Dios, es un ejemplo a seguir. ¡Ay de los inconformes! A menos que de la inconformidad no se haga una moda y no se transforme en un negocio. Entonces, sí, vengan todas la inconformidades posibles. Hasta el hombre «controvertido» y el «asesino» pueden transformarse en «estrellas» alimentar el «mercado», engendrando «business», fama, poder y éxito. Por eso la apologética hoy se encuentra en tanta decadencia, por el hecho de que se presenta como algo característico del pasado, fuera de moda.

 

Hoy las palabras claves son «apertura», «tolerancia», «ecumenismo». El mejor elogio que se puede hacer a uno es calificarlo de «progresista», de «avanzada». Claro que, en esta perspectiva, no hay lugar para la apologética. Y no faltan los sofismas: «la fe no se defiende, se vive»; «Cristo no necesita que alguien lo defienda, sabe defenderse solo», etc., etc. Como se tratara de defender la fe escondida en las bibliotecas o al Cristo glorioso que está en el cielo. El hecho es que quieren aparentar ser «progresistas» y se espantan frente a la perspectiva de ser considerados «retrógradas».

 

Al interior de la Iglesia, ¿acaso nadie se da cuenta de los múltiples errores que circulan entre los fieles? Entonces, ¿porqué no intervienen? Evidentemente para no ser incluidos en la lista de los «conservadores».

 

¿Acaso muchos presbíteros no se dan cuenta que sus ovejas están siendo arrebatadas por los lobos rapaces? Entonces, ¿por qué no toman cartas en el asunto? Por miedo a ser considerados «conservadores».

 

Es tan grande este miedo, que no valen ni las reiteradas intervenciones del Papa, ni la angustia y el sufrimiento del pueblo para cambiar de actitud. Les resulta más fácil y gratificante decir: «Yo me llevo muy bien con esa gente; hasta tengo algunos amigos que son pastores», que prepararse sobre el tema de las sectas para ayudar a los feligreses que se encuentran con problemas.

 

Falta de amor

 

El buen nombre, la fama, el deseo de vivir en paz, el egoísmo pueden más que el amor. Sí, en resumidas cuentas, de eso se trata: escoger entre los propios intereses y el bien del prójimo, la propia comodidad y el riesgo a enfrentarse a un problema tan complicado y de tan pocas satisfacciones. A esos señores, que se sienten tan seguros de haber escogido el camino más correcto por no meterse en líos, les pregunto:

 

«¿Acaso a lo largo de la historia los que se entregaron a la ardua tarea de profundizar, aclara y defender la fe ante el acecho de los herejes, lo hicieron por el simple gusto de pelear? ¿Acaso no lo hicieron por el amor hacia la verdad y los hermanos, acosados por la duda y deseosos de una orientación que les devolviera la paz?»

 

He aquí lo que escribió a este propósito San Ireneo en la introducción a sus cinco tomos Adversus Haereses (Contra los herejes):

 

«Para mí es insólito escribir, no tengo práctica alguna, pero me empuja el amor...Hay que hacer todo lo posible par evitar que algunos sean arrebatados como corderos por lobos vestidos de oveja».

 

Origen de un malentendido

 

En los tiempos pasados, la apologética consistía en defender la fe católica de los ataques de sus enemigos. Se dirigía esencialmente a los de afuera, para que tomaran conciencia de la falsedad de sus ataque. Hoy, la apologética se dirige, antes que nada, a los de adentro para que no se dejen confundir por los que se salieron de la misma Iglesia y tratan de llevárselos a sus grupos. Antes, los que no conocían la fe eran los de afuera; hoy, los que no conocen la fe son los de afuera y los de adentro.

 

Por no haber entendido esta situación, tal vez muchos están en contra de la apologética, pensando que nuestro principal objetivo consiste en querer atacar o convencer a los de afuera. No nuestra preocupación principal consiste en fortalecer la fe de los que están dentro de la Iglesia, aclarando su identidad y dando respuesta a las posibles dudas que puedan derivar de los ataques de las sectas.

 

En un segundo tiempo, nuestra acción se dirige también hacia los hermanos que dejaron la Iglesia de buena fe y siguen abiertos al diálogo (muy pocos en verdad), para que queden cuestionados y se abran a la posibilidad de un regreso a la Iglesia, de la cual nunca debieron hacer salido.

 

Revivir la sana apologética

 

Por lo tanto, hoy más que nunca, es necesario revivir la sana apologética, no por el gusto al pleito o como juego intelectual, sino para ayudar al pueblo católico a tener ideas claras acerca de su fe y no dejarse confundir por la enorme avalancha de falsos profetas y falsos cristos (Mc 13,22), que están invadiendo el mundo tomando la religión como un negocio más (1 Tim 6,5.10), sin aquel cuidado, respeto y delicadeza que merece todo lo que se refiere a Dios, a la misma esencia del hombre y su destino final.

 

Como es fácil notar, se trata de una tarea extremadamente delicada y compleja, teniendo presente la multiplicidad y variedad de los desafíos a los que se tienen que dar una respuesta: ateísmo, sectas de tipo protestante, nuevos movimientos religiosos cargados de esoterismo, influjos orientales, psicología, etc. Se necesitan «especialistas» en las distintas ramas, para que investiguen sus contenidos y aclaren los puntos que contradicen nuestra fe, para evitar que católicos «ingenuos» fácilmente se dejen envolver sin darse cuenta de sus implicaciones profundas, como está pasando ahora con la teoría de la «reencarnación». Muchos católicos, que hasta se creen preparados y comprometidos, la están aceptando sin pestañear siquiera, como si se tratara de algo indiferente para la fe católica y no cayendo en la cuenta de que se trata de algo completamente contrario. En realidad, ¿como se puede compaginar la creencia en una sucesión de vidas con la doctrina de la «muerte, el juicio, el infierno y la gloria»?

 

Así que, hoy más que nunca, es urgente que en la Iglesia se desarrolle un verdadero «ministerio» para hacer frente a esta problemática, un ministerio que abarque distintos aspectos: investigación, divulgación y asesoría práctica con elación a los hermanos «débiles en la fe», que necesitan una ayuda para superar la crisis en que se encuentran y así poder lanzarse con más libertad y confianza en el seguimiento de Cristo.

 

En este sentido, la apologética tiene que ser considerada como parte integrante de la misma evangelización. En realidad, sin la apologética, se corre el riesgo de construir sobre arena, al no contar el católico con bases firmes para hacer frente a las continuas provocaciones que le vienen de todas partes.

 

Frente a esto, alguien podría decir: «Falta que también la apologética hoy se vuelva en una moda y entre en la lógica del mercado». Mejor así que abandonar a las ovejas en las garras del lobo.


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