La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Martes de la octava de pascua
San Ezequiel
María Magdalena fue a decir a los discípulos que había visto al Señor y a anunciarles lo que él le había dicho
Hechos 2, 36-41
36 Tenga, pues, todo Israel la certeza de que Dios ha constituido señor y mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado». 37 Al oírle, se conmovieron profundamente y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué debemos hacer, hermanos?». 38 Y Pedro les dijo: «Arrepentíos, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para el perdón de vuestros pecados; entonces recibiréis el don del Espíritu Santo. 39 Porque la promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y también para todos los extranjeros que llame el Señor Dios nuestro». 40 Y con otras muchas palabras los apremiaba y los exhortaba diciendo: «Salvaos de esta generación perversa». 41 Y los que acogieron su palabra se bautizaron; y aquel día se agregaron unas tres mil personas.
Salmo 32,4-5.18-20.22
4 Pues la palabra del Señor es eficaz,
y sus obras demuestran su lealtad;
5 él ama la justicia y el derecho,
la tierra está llena del amor del Señor.
18 Pero el Señor se cuida de sus fieles,
de los que confían en su misericordia,
19 para librarlos de la muerte
y sostenerlos en tiempos de hambre.
20 Nosotros esperamos al Señor,
él es nuestro auxilio y nuestro escudo;
22 Que tu amor, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
Juan 20,11-18
11 María se quedó fuera, junto al sepulcro, llorando. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro 12 y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. 13 Ellos le dijeron: «Mujer, por qué lloras?». Contestó: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto». 14 Al decir esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús allí de pie, pero no sabía que era Jesús. 15 Jesús le dijo: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo: «Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto, y yo iré a recogerlo». 16 Jesús le dijo: «¡María!». Ella se volvió y exclamó en hebreo: «¡Rabbuní!» (es decir, «¡Maestro!»). 17 Jesús le dijo: «Suéltame, que aún no he subido al Padre; anda y di a mis hermanos que me voy con mi Padre y vuestro Padre, con mi Dios y vuestro Dios». 18 María Magdalena fue a decir a los discípulos que había
visto al Señor y a anunciarles lo que él le había dicho.
El amor auténtico pide eternidad. Amar a otra persona es decirle «tú no morirás nunca» – como decía Gabriel Marcel. De ahí el temor a perder el ser amado. María Magdalena no podía creer en la muerte del Maestro. Invadida por una profunda pena se acerca al sepulcro. Ante la pregunta de los dos ángeles, no es capaz de admirarse. Sí, la muerte es dramática. Nos toca fuertemente. Sin Jesús Resucitado, carecería de sentido. «Mujer: ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?» Cuántas veces, Cristo se nos pone delante y nos repite las mismas preguntas. María no entendió. No era capaz de reconocerlo.
Así son nuestros momentos de lucha, de oscuridad y de dificultad. «¡María!» Es entonces cuando, al oír su nombre, se le abren los ojos y descubre al maestro: «Rabboni».. Nos hemos acostumbrado a pensar que la resurrección es sólo una cosa que nos espera al otro lado de la muerte. Y nadie piensa que la resurrección es también, entrar «más» en la vida. Que la resurrección es algo que Dios da a todo el que la pide, siempre que, después de pedirla, sigan luchando por resucitar cada día. «La Iglesia ofrece a los hombres el Evangelio, documento profético, que responde a las exigencias y aspiraciones del corazón humano y que es siempre “Buena Nueva”.
La Iglesia no puede dejar de proclamar que Jesús vino a revelar el rostro de Dios y alcanzar, mediante la cruz y la resurrección, la salvación para todos los hombres». (Redemptoris Missio, n. 11) En las situaciones límites se aprende a estimar las realidades sencillas que hacen posible la vida. Todo adquiere entonces sumo valor y adquiere sentimientos de gratitud. «He visto al Señor» - exclamó María. Esta debe ser nuestra actitud. Gratitud por haber visto al Señor, porque nos ha manifestado su amor y, como a María, nos ha llamado por nuestro nombre para anunciar la alegría de su Resurrección a todos los hombres. Que la gracia de estos días sacros que hemos vivido sea tal, que no podamos contener esa necesidad imperiosa de proclamarla, de compartirla con los demás. Vayamos y contemos a nuestros hermanos, como María Magdalena, lo que hemos visto y oído. Esto es lo que significa ser cristianos, ser enviados, ser apóstoles de verdad.
San Ezequiel
Cuando vive, ya se ha terminado el imperio asirio con la caída de Nínive; ahora los poderosos son los caldeos, con Nabucodonosor.
Es una época dificultosa para el pueblo de Israel. En Jerusalén reina Joaquín, hijo del piadoso rey Josías que murió en la batalla de Megiddo (
Dos etapas enmarcan su acción profética.
La primera es antes de la destrucción de Jerusalén por los caldeos (
La segunda fase de su profecía se desarrolla una vez consumada la catástrofe. Ahora ha de levantar los ánimos oprimidos; debe dar esperanzas luminosas sobre un porvenir mejor. Creían sus compatriotas deportados que Dios se había excedido en el castigo, o que les había hecho cargar con los pecados de los antepasados. "¡Nuestros padres comieron las agraces y nosotros sufrimos la dentera!", es el grito unánime de protesta. Ezequiel se preocupará de hacerles ver que Dios ha sido justo y que el castigo no tiene otra finalidad que la de purificarlos antes de pasar a una nueva etapa gloriosa nacional.
Y esto lo hace Ezequiel empleando un estilo que no tiene nada que ver con el de los profetas preexílicos Amós, Oseas, Isaías y Jeremías; no goza de su sencillez y frescor. Ezequiel pertenece a la clase sacerdotal, está cabalgando entre dos épocas y se aproxima a la literatura apocalíptica del judaísmo tardío. Frecuentemente su mensaje viene expresado con el simbolismo de las visiones y también con el simbolismo de su propia existencia. Es conocidísima la visión "de los cuatro vivientes" (c. 1) en la que, toda la creación simbolizada en el hombre, el toro, el león y el águila, son el trono del Creador que viene triunfante y esplendoroso a visitar a los exiliados de Mesopotamia. Y el expresivo contenido de la visión del "campo lleno de huesos" (c. 37) que reviven por el poder de Yahwéh, cubriéndose de nervios y carne, cobrando vida nuevamente. O la otra del "Templo que mana un torrente de aguas" (c. 47) para regar y hacer feracísima la nueva tierra con plenitud edénica. En todas ellas está vivo el mensaje de restauración nacional; volverá del exilio un pueblo purificado y vendrá con certeza una teocracia mesiánica.
Fue la vida profética de Ezequiel un período de veinte años (593-573) de amplia actividad para salvar las esperanzas mesiánicas de sus compañeros de infortunio, al derrumbarse la monarquía israelita.
Quizá hoy en la Iglesia convenga también un nuevo tipo religioso que, surgido en horas de aturdimiento y desaliento general, sea instrumento de Dios para salvar la crisis de conciencia que trae el desmoronamiento de los principios. Bien puede estar el secreto en copiar la fidelidad de Ezequiel.
Moral y Valores VIII
¿Homo o hetero?
Lo normal no necesita calificativos
Autor: Enrique Monasterio
Hace un par de meses escribí que no me parecía serio llamar "creyentes" a los cristianos, ya que, en el fondo, somos bastante más descreídos que los ateos; creemos en muy pocas cosas, y no militamos en la tropa de los que siguen a pie juntillas los incontables dogmas de la posmodernidad. Los fundamentalistas del relativismo, los idólatras de los fetiches laicistas, esos sí que son creyentes.
Hablé de este asunto porque uno se fía poco de los vocablos de moda. En cuanto uno se repite con demasiada frecuencia y salta a la tele, empiezo a cogerle manía o me da la risa.
En aquel artículo, sin embargo, no expliqué del todo por qué la tengo tomada con el sustantivo "creyente". La razón es que se trata de un invento de los que no tienen fe, igual que la palabra "payo" es una creación de los gitanos.
En tiempo de Cervantes, pongamos por caso, no había "creyentes". Todos lo eran salvo dos o tres, y por tanto no era preciso llamarlos de ningún modo. Lo normal no necesita calificativos. Sí lo precisaban en cambio los ateos, o sea, los que se apartaban de esta norma general.
El problema surge cuando el ateísmo y el agnosticismo se convierten en epidémicos. Los incrédulos salen del armario, confiesan con orgullo su alejamiento de Dios, y reivindican su condición de "normales" tratando de que ocupen el armario vacío los que creen en Dios. Luego, cierran la puerta y cuelgan una etiqueta: "los creyentes".
Algo parecido está pasando con otro vocablo recién nacido, que crece, prolifera y se trivializa de un tiempo a esta parte. Me refiero al sustantivo "heterosexual".
-Oye, tío, ¿eres homo o hetero?
Cuando vi que un famosillo de la tele se dirigía en estos términos a otro espécimen de su misma tribu, me dije a mí mismo: "muchacho, aquí hay tema". Y es que hasta hace poco los llamados "heteros" simplemente no existían. Ser heterosexual era como ser bípedo, es decir "normal". Por otra parte, era una verdad pacíficamente sostenida que la atracción de los sexos tenía bastante que ver con la reproducción. De ahí que si alguien se sentía atraído por personas del mismo género o por otro tipo de entes no aptos para la fecundación, se consideraba a todos los efectos que sufría una anomalía. Y las anomalías - aunque no afecten a la dignidad personal- sí que necesitan una palabra en el diccionario para distinguirlas de las situaciones normales.
El diccionario no se conformó con un vocablo; recoge docenas, casi todos despectivos, para identificar la homosexualidad y a los homosexuales. Ojalá -lo digo de todo corazón- esas palabras pasen muy pronto al depósito de cadáveres.
Ahora estamos en el polo opuesto. Era preciso luchar para que se reconociese a esas personas sus derechos. Y en eso estamos. Pero hemos pasado del "todos tenemos idéntica dignidad" al "todos somos normales", que desde luego no es lo mismo.
Ya no hay ciegos, sino invidentes. Y como los ciegos son "normales" habrá que buscar una palabra para "los otros" que también son normales; sólo así se restablecerá la igualdad. De ahí que a los "no ciegos" nos llamen "videntes", como a Rappel.
Otro ejemplo. Este verano fui desposeído de mi vesícula biliar en un quirófano. Os aseguro que no lamento la pérdida, al contrario. Sin embargo, desde entonces soy consciente de que me falta algo: algo no demasiado serio, de acuerdo, pero no me atrevería a decir que es "normal" no tener vesícula, ni que deba sentir el orgullo de carecer de tan curiosa glándula. Si lo pensara, habría que crear al menos dos términos nuevos para considerarme en situación de igualdad con los que no han sufrido una laparoscopia.
-Oye tío, ¿tú eres vesiculado o avesiculado?
Luego inventaríamos el "día del orgullo avesicular". Y que nadie se atreva a meterse con nosotros, porque lo llamaríamos avesiculófobo, que es vocablo la mar de aparente.
-Pero entonces, ¿eres homo o hetero?
-¿Yo? Payo, vidente, hetero y avesiculado.
-Caray...
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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