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Lunes 8 de octubre de 2007. La Palabra Binaria.   Lista de mensajes  
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La Palabra Binaria

Publicación diaria para la Iglesia Católica

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Lunes de la tercera


Santa Pelagia


Anda y haz tú lo mismo


 

Jonás 1,1-16; 2,1.11

 

1 El Señor dijo a Jonás, hijo de Amitay: 2 «Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y anúnciales que su maldad ha llegado hasta mí». 3 Jonás partió, pero para huir a Tarsis, lejos del Señor. Llegó a Jafa, donde encontró una nave que se dirigía a Tarsis; pagó su pasaje y se embarcó para ir con ellos a Tarsis, huyendo de la presencia del Señor. 4 Pero el Señor desencadenó un fuerte viento sobre el mar, y hubo una borrasca tan violenta que parecía que la nave iba a hacerse pedazos. 5 Los marineros, aterrados, comenzaron a invocar cada uno a su dios; luego echaron al mar la carga para aligerar el peso. Jonás, mientras tanto, que había bajado al fondo de la nave, se había acostado y dormía profundamente. 6 El capitán se acercó a él y le dijo: «¿Qué haces aquí durmiendo? Levántate e invoca a tu Dios; a lo mejor ese Dios se preocupa de nosotros y no pereceremos». 7 Luego los marineros se dijeron unos a otros: «Echemos suertes para saber quién es la causa de esta desgracia». Echaron suertes, y la suerte cayó en Jonás. 8 Entonces le dijeron: «Dinos el motivo de esta desventura. ¿Cuál es tu profesión? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu país? ¿De qué pueblo eres?». 9 Él respondió: «Soy hebreo y adoro al Señor, Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra». 10 Aquellos hombres, llenos de miedo, le dijeron: «¿Por qué has hecho esto?». (Por lo que había dicho sabían que huía de la presencia del Señor). 11 Luego le dijeron: «¿Qué tenemos que hacer contigo para que el mar se calme?», pues el mar se embravecía cada vez más. 12 Respondió: «Agarradme y tiradme al mar, y éste se calmará, porque sé bien que por culpa mía os ha sobrevenido esta borrasca». 13 Los hombres trataron de alcanzar la costa a remo, pero en vano, porque el mar seguía encrespándose contra ellos. 14 Entonces clamaron al Señor y dijeron: «Señor, no nos hagas perecer por la vida de este hombre ni nos hagas responsables de sangre inocente, ya que tú, Señor, puedes hacer lo que quieras». 15 Luego agarraron a Jonás y lo tiraron al mar, y el mar se calmó. 16 Entonces aquellos hombres cobraron un gran respeto al Señor, le ofrecieron un sacrificio y le hicieron promesas.

 

1 El Señor hizo que un gran pez tragase a Jonás, y Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches. 11 El Señor dio orden al pez, el cual vomitó a Jonás en la playa.

 

Salmo Jonás 2,3-5.8

 

3 «Clamé al Señor en mi angustia, y él me atendió; desde

el vientre del abismo grité, tú escuchaste mi voz. 

4 Tú me arrojaste en el abismo, en el fondo del mar, y las

olas me envolvieron; todo tu oleaje, todas tus ondas han

pasado sobre mí. 

5 Yo dije: ¡Soy rechazado lejos de tus ojos! ¿Cómo pod

volver a contemplar tu santo templo?

8 En la angustia de mi alma me acordé del Señor, y mi

oración llegó hasta ti, hasta tu santo templo.

 

Lucas 10,25-37

 

25 Se levantó entonces un doctor de la ley y le dijo para tentarlo: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?». 26 Jesús le respondió: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?». 27 Él le contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo». 28 Jesús le dijo: «Has respondido muy bien; haz eso y vivirás». 29 Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Quién es mi prójimo?». 30 Jesús respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó entre ladrones, que le robaron todo lo que llevaba, le hirieron gravemente y se fueron dejándolo medio muerto. 31 Un sacerdote bajaba por aquel camino; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. 32 Igualmente un levita, que pasaba por allí, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. 33 Pero llegó un samaritano, que iba de viaje, y, al verlo, se compadeció de él;  34 se acercó, le vendó las

heridas, echando en ellas aceite y vino; lo montó en su cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. 35 Al día siguiente sacó unos dineros y se los dio al posadero, diciendo: Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta. 36 ¿Quién de los tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?». 37 Y él contestó: «El que se compadeció de él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».


Muchas lecciones les ha dado Nuestro Señor a los fariseos, pero ninguna tan bella como ésta. Es de esas ocasiones en las que Cristo da a conocer su doctrina y su mandamiento a todos los hombres, y lo hace de manera muy velada.

 

Amar al prójimo no es muy fácil, porque requiere donarse a los demás, y ese donarse cuesta, porque no a todos los tratamos o queremos de la misma manera. Por ello tenemos que lograr amar a todos por igual, sin ninguna distinción. Quererlos a todos, sin preferir a nadie. Es difícil mas no imposible.

 

Dios nos ha dado el ejemplo al vivir su propia doctrina: "no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos", pero Él no la dio solo por sus amigos, sino también por sus enemigos, y muchos santos han hecho lo mismo.

 

Imitemos a Cristo en su vida de donación a los demás, y vivamos con confianza y constancia su mandamiento: "vete y haz tú lo mismo".


 

Santa Pelagia

 

La antigüedad cristiana se alimentó con el encanto de esta historia, que de algún modo lleva al corazón cristiano la añoranza de la inocencia perdida y animan a la vuelta. Es un consuelo encontrar en la tierra los rastros de quienes, habiendo sido presa del desarreglo, de la mala vida que por algún tiempo juzgaron como buena, del desorden y la lejanía de Dios, pues, mira... resulta que han sido gente que se salva. Sí, son una gran luz en la oscuridad que alienta la esperanza de los que somos más, de los pecadores. Estas actitudes están personificadas en Pelagia.

 

Pelagia, era una muy celebrada y conocida comediante en Antioquía. Corría entonces el siglo V. Siendo muy joven, había estado con los catecúmenos, olvidándolo después. Se cuenta que un domingo, Pelagia, por curiosidad volvió a entrar a un templo, y al oír al obispo predicar sobre el infinito tesoro de la misericordia de Dios, su corazón se conmovió. Quiso rezar pero no pudo, porque ya no recordaba cómo hacerlo.

 

Abandonó el templo con el deseo de dejar esa vida desordenada que llevaba. Se decidió a escribir al obispo. Le decía en su carta: "Al santo discípulo de Jesús: He oído decir que tu Dios bajó del cielo a la tierra para salvación de los hombres. Él no desdeñó hablar con la mujer pecadora. Si eres su discípulo, escúchame. No me niegues el bien y el consuelo de oír tu palabra para poder hallar gracia, por tu medio, con Jesucristo, nuestro Salvador."

 

El obispo, creyó en la sinceridad de Pelagia. Así fue bautizada y confirmada, recibiendo la Eucaristía. Desde ese momento, cambió su vida. Repartió entre los pobres sus joyas y bienes, liberó a sus esclavos y vistiendo una humilde túnica, dejó Antioquía.

 

Cerca de Jerusalén, halló una gruta, donde se decidió a morar, haciendo una vida austera, penitencia y oración. Por prudencia, ocultó su condición de mujer, y quien le preguntaba el nombre respondía que era "Pelagio".

 

En ese tiempo, se desarrollaba el concilio de Antioquía y un diácono del obispo queriendo ir a Jerusalén, le pidió permiso al obispo para ir allí, diciendo que quería conseguir noticias sobre un ermitaño llamado Pelagio.

 

Llegó a encontrar a Pelagio en su cueva, quien lo recibió y volvió luego a encerrarse a rezar. Se cuenta que cuando volvió el diácono, Pelagio, ya no respondió. Cuando entraron en la cueva, encontraron muerto al ermitaño. Al disponerse a ungirlo con mirra -como entonces se usaba-, hallaron que era una mujer.

 

Vinieron entonces de los monasterios mujeres que estaban en Jericó y en el Jordán y marchando con cirios y luminarias y cantado himnos, dieron sepultura al cuerpo de Pelagia. Era un 8 de octubre del año 468

 

Las singulares características de esta santa nos proporcionan la oportunidad de recordar que el riguroso apartamiento de los ermitaños no es una rareza, sino el fruto de un decidido y exclusivo anhelo de buscar a Cristo.

 

Figuras como las de Pelagia, recordaban proféticamente a la Iglesia de su tiempo el verdadero orden de los valores, oscurecido frecuentemente por los crecientes compromisos temporales.


Historia de la Iglesia XXVII

Historia de la Iglesia. Sucesos en el Siglo XIV Edad Media

 

I.SUCESOS

 

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios...”

 

Surgieron nuevamente conflictos con los emperadores y príncipes, como había acontecido en otros siglos anteriores.

 

Van naciendo, primero, las monarquías nacionales , desligadas del papado. Los príncipes rechazan las intervenciones del Papa en sus reinos y afirman su autoridad en los asuntos eclesiásticos de sus dominios.

 

En dos ocasiones, el rey de Francia, Felipe el Hermoso, y el Papa Bonifacio VIII se enfrentan violentamente. En un primer momento, Bonifacio le niega al rey el derecho a poner impuestos sobre los bienes de la Iglesia. En un segundo momento el conflicto tiene por objeto la inmunidad judicial de los clérigos, pues Felipe ha citado ante el tribunal real al obispo de Pamiers, protegido de Bonifacio VIII.

 

Se desencadenan violencias. El Papa amenaza con deponer al rey invocando antecedentes, los legistas de la corte real pasan a la ofensiva y excitan el sentimiento nacional y religioso contra un Papa acusado de todos los vicios. Guillermo de Nogaret, súbdito del rey Felipe, humilla al Papa Bonifacio en su residencia de Anagni, dándole una bofetada (1303). Fuertemente conmocionado, el Papa, ya anciano, muere un mes más tarde . Además de provocar la instalación del papado en Francia, este conflicto motivó también un intercambio de argumentaciones; a las que Bonifacio VIII contestó con la bula Unam Sanctam, que recoge todas las afirmaciones teocráticas de sus predecesores: recordaba la doctrina del primado pontificio, la superioridad del poder espiritual sobre el poder temporal; por tanto, según esta doctrina teocrática todo hombre para salvarse debe estar sometido al Papa. A lo que responde el rey Felipe el Hermoso con ataques injuriosos y groseros, afirmándose como el único señor de su reino. Aparece la idea de que, si un Papa fallase, podría ser juzgado por un concilio general (conciliarismo).

 

Más tarde se dio otro conflicto entre el Papa Juan XXII y Luis de Baviera, a quien el Papa no quería reconocer como emperador (1324). Todo desembocó en la designación de un antipapa y en la multiplicación de escritos sobre los derechos respectivos de los papas y de los soberanos. Independientemente de las polémicas y de las injurias, estos escritos proponen una reflexión sobre la naturaleza respectiva del estado y de la iglesia.

 

Y surge también lo que se llama el “nacimiento del espíritu laico”. El término laico no significa antirreligioso; sino, persona que no es clérigo. Dos grandes afirmaciones caracterizan al espíritu laico: la independencia del estado en el terreno temporal, y la insistencia en definir la iglesia como el conjunto de creyentes, sin limitarla a la institución clerical.

 

Las consecuencias difieren según los autores. Unos se contentan con afirmar una relativa autonomía del estado y de la iglesia: cada uno constituye una sociedad que tiene su propia soberanía. Es lo que hoy aceptamos de buena gana. Pero Marsilio de Padua va mucho más lejos: sólo el estado tiene la soberanía; la Iglesia no es una sociedad, sino que está en el estado que concede sus poderes a los clérigos y convoca los concilios. Es la teocracia al revés, el embrión de un sistema totalitario.

 

Signo simbólico de este espíritu laico es la bula de oro de 1356, que excluye toda intervención del Papa en la designación del emperador de Alemania. Fue publicada por el emperador Carlos IV de Luxemburgo. Pero este mismo emperador designó, en cambio, siete dignidades para que eligieran emperador: tres arzobispos, al rey de Bohemia, al duque de Salonia, al margrave de Brandeburgo y al conde del Rhin. Así el imperio se independizó del papado. Estando los ánimos tan exaltados y el Papa un tanto temoroso por lo que estaba aconteciendo, ¿qué hizo el Papa?

 

El papado en Aviñón (1309-1377)

 

Clemente V, electo Papa en 1305, estableció su residencia en el sur de Francia. A él le siguieron Juan XXII, Benedicto XII, Clemente VI, Inocencio VI, Urbano V, Gregorio XI. Los romanos hablaban de la cautividad de Babilonia. No es exacto decir cautiverio ni exilio, pero sí refugio.

 

·Causa del traslado a Aviñón: ¿Por qué los papas fijaron su residencia en Francia? Una causa fue la lucha fratricida en Italia entre los Orsini y los Colonna. También influyó el deseo de alejarse de la órbita de los emperadores alemanes, pero cayeron bajo el dominio del rey francés. También en Roma había clima de violencia y saqueo, en el que peligraban la paz, la libertad y hasta la misma vida de los papas. En Aviñón no había anarquía, ni luchas callejeras, ni güelfos ni gibelinos, ni Orsinis ni Colonnas. En Aviñón había paz y buena administración.

 

·Cosas positivas: la situación de Aviñón no creaba inconvenientes para la dirección de la iglesia: la ciudad era tranquila y estaba bien situada; era fácil comunicarse desde allí con toda la cristiandad.

 

·Cosas negativas: un buen número de cardenales o eran franceses o seguían los intereses del rey de Francia; también la mayor parte de los papas que se sucedieron en Avión eran franceses, y quedaban bajo la influencia del rey francés. Prueba de esto es que el rey Felipe el Hermoso logró del Papa Clemente V la supresión de la orden de los templarios , mediante un concilio en Vienne (1311-1312). A partir del papa Juan XXII la corte pontificia aumentó en personal, y con ello los gastos. Por eso, el papa para cubrir los gastos de operación aumentó las tasas que los obispados, abadías y cabildos debían pagar a la Santa Sede. Esto provocó ásperas protestas y deterioró la imagen de los papas de Aviñón. A esto se añadió la voluntad el papa de reservarse la designación de todos los obispos que, por su designación, debían aportar a la hacienda pontificia un año de sus rentas. Pese a estas flaquezas humanas, la iglesia en esta época tuvo sus santos: santa Delfina, santa Rosalina de Villeneuve, san Roque de Montpellier, santa Isabel de Portugal, santa Juliana de Falconeri; el beato Urbano V, que fue papa en Aviñón. También santa Ángela de Foligno, viuda y terciaria franciscana; el beato Raimundo Lulio; y sobre todo, santa Catalina de Siena, terciaria dominica y doctora de la Iglesia.

 

·Consecuencias: el gran cisma de Occidente (1378-1417).

 

La cristiandad presionaba para que el Papa volviera a Roma. El pueblo de Roma deseaba vivamente que el nuevo Papa fuese romano o cuando menos italiano, para evitar que quisiera seguir en Aviñón.

 

Y así fue. Después de un confuso y agitadísimo cónclave fue elegido Papa Urbano VI el 9 de abril de 1378. En él, participó el pueblo romano . En un primer momento la elección del Papa Urbano VI fue aceptada por todos, pero no tardaron en surgir tensiones que produjeron un duro enfrentamiento entre el nuevo Papa y la mayoría francesa del colegio de cardenales. Entonces los cardenales que constituían esa mayoría abandonaron Roma y declararon públicamente que la elección de Urbano era inválida, por falta de libertad en los electores que habrían obrado coaccionados por las amenazas del pueblo romano.

 

Ese mismo año, ese grupo de cardenales se reunió en la villa de Fondi y procedió a una nueva elección: Clemente VII. Urbano VI envió tropas contra el nuevo elegido, que se salvó refugiándose en Aviñón, y poniendo su sede en esa ciudad francesa. Empezó así el cisma de occidente que mantuvo la Iglesia dividida durante cuarenta años, entre partidarios del Papa de Roma, Urbano VI, y partidarios del Papa de Aviñón, Clemente VII. ¡Dos papas! La indignación fue profunda entre los fieles que veían cómo sus pastores luchaban vergonzosamente por un poder que se había convertido sólo en temporal y que consistía únicamente en intereses materiales.

 

Eran partidarios del Papa de Roma: Italia, Alemania, Polonia, Inglaterra y Hungría; y los partidarios del Papa de Aviñón: Francia, España, Portugal y otras partes de Europa. Era tal el desconcierto y la incertidumbre de quién era el verdadero papa que incluso muchos espíritus profundamente religiosos, que obraban con indudable rectitud y sincero afán de fidelidad a la Iglesia, estaban divididos: unos, acataban al papa de Aviñón, por ejemplo, san Vicente Ferrer; y otros, obedecían al papa de Roma, por ejemplo, santa Catalina de Siena. ¡Esto muestra hasta qué punto el cisma había sembrado la confusión en las conciencias de los fieles!

 

Urbano VI estableció que el Jubileo fuera en el año 1390, pero no llegó a verlo porque murió un año antes. Nadie lloró por él, de tan fuertes y numerosas que habían sido las enemistades y las antipatías que él se había creado. A Urbano VI le sucedió en Roma Bonifacio IX, que intentó hallar una solución a la vergonzosa situación que se había creado en la Iglesia, solicitando un acuerdo con el antipapa Clemente VII, que estaba en Aviñón. Pidió también la intervención del rey de Francia, Carlos VI, pero no obtuvo ningún resultado. Mientras tanto, Clemente VII murió, y en su lugar fue elegido el español Pedro de Luna, que adoptó el nombre de Benedicto XIII. Éste se reveló aún más hostil que el anterior e igual de seguro de su propia legitimidad. Rehusó por lo tanto cualquier negociado y propuesta de mediación y conciliación ofrecida por Roma.

 

Bonifacio IX estableció y celebró en Roma el jubileo de 1400 , que movió una gran cantidad de peregrinos, hasta el punto que provocó la peste que se difundió rápidamente. A pesar de la gran reconciliación propuesta por el jubileo, la discordia entre Roma y Aviñón siguió y se recrudeció. Hay que imputar a Bonifacio IX, el Papa de Roma, un comportamiento por lo menos dudoso: utilizó las indulgencias y los beneficios eclesiásticos para conseguir fuertes cantidades de dinero que necesitaba, estableciendo tarifas muy elevadas y ofreciéndolos sin tener en cuenta las cualidades de las personas que se beneficiaban. Bonifacio IX murió a los 45 años, no amado por el pueblo que en dos ocasiones se le había rebelado, y fue enterrado en san Pedro.

 

A Bonifacio IX le sucedió Inocencio VII, que nunca trató de establecer un verdadero diálogo con el otro papa, Benedicto XIII. Mostró más bien una completa intransigencia. Se encargó en cambio de reconciliar a las dos potentes familias romanas de los Colonna y de los Savelli, con el objetivo de dar un poco de tranquilidad a la ciudad de Roma. Durante una audiencia concedida a 16 delegados del pueblo, puesto que éstos empezaban a adoptar una actitud amenazadora, un sobrino del Papa mató a once de ellos, arrojando sus cuerpos a la calle. El pueblo se levantó, obligando a Inocencio VII a refugiarse en Viterbo, de noche, con toda la corte. Pudo regresar a Roma sólo al año siguiente. Murió a los pocos meses de regresar a Roma.

 

Le sucedió Gregorio XII, que se comprometió en abandonar la tiara papal si hacía lo mismo Benedicto XIII en Aviñón. Y exactamente lo mismo prometió el antipapa. Pero ninguno de los dos cumplió con lo prometido. Entonces el colegio de los cardenales, que se había reunido en Pisa, decidió poner término a la contienda, deponiendo a ambos y eligiendo a un nuevo Papa, que adoptó el nombre de Alejandro V. El resultado fue que hubo tres papas al mismo tiempo, y cada uno de ellos pretendía ser el legítimo. Alejandro V murió pronto (1410). En su lugar fue elegido Juan XXIII.

 

Este estado de cosas, la coexistencia de tres papas, duró desde 1409 hasta 1417, año de la conclusión del Concilio de Constanza que, confirmando las decisiones de Pisa, depondría a los tres papas e impondría a Martín V , llamado cardenal Colonna. El único que aceptó la decisión del concilio fue Gregorio XII. Benedicto XIII siguió considerándose Papa hasta la muerte; Juan XXIII, al que se le consideraba peligroso, fue encarcelado y aislado en varios castillos alemanes, de los que de todas maneras consiguió fugarse. Acudió al nuevo Papa Martín V para pedir protección, y éste se la concedió, y le permitió incluso sentarse en el sagrado colegio en un escaño más alto que los demás. Juan XXIII murió poco después. Gregorio XII, tras la renuncia, se retiró en Recanati donde murió en 1417.

 

Saco una conclusión obvia de este período triste de nuestra historia de la Iglesia. Un imperio temporal hubiera sucumbido con todo este desbarajuste; sin embargo, el papado demostró su indestructibilidad, porque está fundado sobre roca firme y la Iglesia es conducida y guiada por el Espíritu Santo, a través de hombres y a pesar de los hombres de Iglesia.

 

Resumamos un poco la lista de los papas de este triste período de la Iglesia, para que así pueda quedar todo un poco más claro:

 

DESARROLLO DEL CISMA DE OCCIDENTE (1378-1417)

 

Aviñón (70 años)

 

Clemente V (1305-1316)

Juan XXII (1316-1334)

Benedicto XII (1334-1342)

Clemente VI (1342-1352)

Inocencio VI (1352-1362)

 

Roma / Aviñón

 

Urbano V (1362-1370); pero regresó a la sede de Aviñón en 1370

Gregorio XI (1370-1378) / Urbano V

Urbano VI (1378: los romanos querían

un Papa romano y con este Papa

comenzó propiamente el cisma)

 

Cisma de occidente (40 años)

 

Urbano VI (1378-1389)

Clemente VII (1378) y se trasladó a Aviñón

/ Clemente VII (1378-1394)

Bonifacio IX (1389-1404)

Benedicto XIII (1394-1417)

Inocencio VII (1404-1406)

Gregorio XII (1406-1415)

 

Concilio de Pisa (1409: elección de un tercer Papa)

 

/ Alejandro V (1409 muere al año, en 1410)

/Juan XXIII (1410-1415)

 

/ Gregorio XII

/ Juan XXIII

/ Benedicto XIII

 

Concilio de Constanza (1414-1418: deponen a los tres y eligen al nuevo)

 

Martín V (1417-1431: el verdadero Papa, con el que acabó el cisma de occidente)

 

Triste suceso: supresión de los templarios

 

Felipe el Hermoso apresó a los miembros de la orden y confiscó sus bienes, codiciados por muchos, en 1307. Lanzaba contra los templarios la calumnia de idolatría, herejía e inmoralidad. La verdadera causa por la que el rey Felipe quería suprimir esta orden era porque poseía inmensas riquezas que empleaba en obras de beneficencia, pero que el rey ambicionaba. Para intimidar al Papa, le presentó las confesiones de los reos, arrancadas bajo tormento. En el concilio de Viena (1311) el papa Clemente V suprimió esta orden por miedo al rey Felipe.

 

Peste negra, ¿castigo de Dios?

 

De ninguna manera. Dios es Padre y no puede querer semejantes cosas. Y si ocurren males, apelo a la frase de san Agustín: “Siendo Dios el Sumo Bien, no permitiría el mal, si no sacara de ese mal un bien”. Siempre ha sido así el modo de obrar de Dios: sacar un bien de todo mal. Para cancelar el mal radical y terrible del pecado, nos mandó del cielo el regalo más hermoso: su Propio Hijo. Por eso, el sábado santo rezamos con toda la Iglesia: “¡Oh, feliz culpa, que nos mereció semejante y tan gran Redentor!”.

¿De dónde vino esta peste y por qué?

 

Proveniente de Asia (Constantinopla) en 1347, una mortífera peste azotó a Europa entera. Muchedumbres enormes perecieron. Por falta de medicamentos, la gente huía despavorida y en su peregrinaje arrasaba cuanto encontraba. El hambre y la miseria reinaron inmisericordes. Se vino abajo la vida universitaria y la monacal. Sólo hasta el año 1350 Europa empezó a emerger de las ruinas.

 

La peste negra de 1348 fue una catástrofe de tal magnitud que se alteró sustancialmente la situación demográfica, con considerables repercusiones en los órdenes económico y social. En esta peste y en otras más que en poco tiempo se sucedieron, pereció una buena parte de la población europea, y esta dramática experiencia influyó de manera visible en la sensibilidad de las gentes.

 

Por aquel tiempo, el tema de la muerte estuvo como nunca presente en la literatura, en el arte, en la vida espiritual. Pisa levantó entonces el gran monumento a los muertos, su maravilloso Campo Santo, cuyos muros se cubrieron con los frescos de la “danza de la muerte”, un tema que los artistas reproducirían mil veces y que cantarían los poetas en todas las lenguas. La muerte de la “danza” era una muerte despiadada, en la que se pintó con tremendo realismo el espectáculo de miseria que acompañaba a las grandes epidemias de la época.

 

/i>Los místicos, un respiro en medio de tanta calamidad

 

Hastiados de los males que afligían los tiempos, muchos hombres despreciaron la vida mundana y, en un intento análogo al movimiento eremítico de los primeros siglos, decidieron buscar solamente a Dios en la intimidad del alma.

 

Guías de esta renovación fueron el maestro Eckart (1327), gran pedagogo y pastor de almas, el beato Enrique Suso, dominico que ejerció un profundo influjo religioso, y Juan Taulero, famoso predicador y hombre de consejo. Almas privilegiadas por dones místicos fueron las santas antes nombradas: santa Brígida de Suecia y Catalina de Siena, ésta, doctora de la Iglesia, así como Raimundo de Lulio, poeta, novelista, filósofo, teólogo, místico y hombre de grandes ilusiones misioneras. Fundó la primera escuela de lenguas orientales. Su libro “L´Amic i l´Amat” (“El Amigo y el amado”) ejerció notable influencia en la mística. Su Ars Magna intentó organizar las ciencias. Murió mártir en 1316.

 

Siguen las universidades

 

El número de las universidades aumentó después del lapso de la peste negra. Pero la escolástica decayó por falta de creatividad, y por el afán de disputar sobre cuestiones vanas y sutiles.

 

Guerra de los cien años entre Francia e Inglaterra (1337-1453)

 

¿Qué reyes intervinieron en esta guerra que durante un siglo enfrentó a dos naciones cristianas? Por parte de Inglaterra: Eduardo III, Ricardo II, Enrique IV, V y VI. Por parte de Francia: Felipe VI, Juan II, Carlos V, VI y VII.

 

La ocasión próxima de esta guerra fue la pretensión de Enrique III, rey de Inglaterra y duque de Aquitania, de suceder en el trono francés a Carlos IV. Pero esa pretensión chocaba con los derechos de Felipe de Valois, coronado en Francia con el nombre de Felipe VI. Enrique invadió el norte de Francia y venció en diversas ocasiones el ejército enemigo. Pero Francia, gracias a la estrategia de su nuevo rey, Carlos V, logró recuperar la mayor parte de los territorios invadidos.

 

La segunda parte de esta sangrienta guerra (1414-1453) se vio marcada por una nueva invasión inglesa. El nuevo rey inglés, Enrique V, se aprovechó de las divisiones internas del reino de Francia, pues contó con el apoyo de los borgoñones. Pero en 1429 el ejército francés, alentado por Juana de Arco, logró romper el cerco y ganar la batalla de Patay. La doncella de Orleáns, exhortó al delfín, el futuro Carlos VII, a no ceder ante los ingleses e, incluso consiguió que la pusiera al frente de un gran ejército para continuar la lucha contra los invasores . Fue canonizada en 1920. Para dar un breve juicio de las hazañas de santa Juana de Arca quiero seguir a Fray Contardo Miglioranza: El dedo de Dios estaba en Juana de Arco, quien desde los trece años comenzó a recibir los primeros mensajes y a los diecisiete, inició su fulgurante misión.

 

¿Qué buscaban los jueces, que eran todos eclesiásticos, al sentenciar a Juana a la muerte, y muerte de hoguera? ¿Estaban al servicio de la justicia o de la política ocupacionista inglesa?

 

Todos están acordes en afirmar que fue un juicio inicuo, porque Juana de Arco nunca fue ni bruja ni hereje, motivos por los que la condenaran. En realidad, a quien buscaban atacar y humillar era al rey Carlos VII, a quien Juana había hecho consagrar en Reims. ¿Era, pues, un planteo religioso o político? Era un pretexto religioso para sostener una tesis política. ¡Cuántos intereses inconfesables hubo detrás de ese juicio que entristece profundamente nuestra conciencia! Juana de Arco es la única persona en la historia que sufrió tres procesos: proceso de condenación, proceso de rehabilitación y proceso de canonización. Esos procesos no sólo representan distintos momentos de la vida de Juana, sino que son otros tantos símbolos de inmenso valor para toda la humanidad. ¡Cuántas incomprensiones, atropellos, calumnias, injusticias hay en el mundo! Es necesario que llegue la hora de la verdad, cuando Dios dé a cada uno lo suyo.


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Lun, 8 de Oct, 2007 5:45 am

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Gonzalo
binarios2000
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8 de Oct, 2007
5:43 am
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