La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Lunes de la
cuarta
6ª semana del
tiempo ordinario
San Juan de
Britto
¡Espíritu impuro, sal de ese hombre!
2 Samuel
15,13-14.30; 16,5-13
13 Uno fue a informar a David: «El corazón de
toda la gente de Israel se va tras Absalón». 14
Entonces dijo David a todos sus servidores que estaban con él en Jerusalén:
«Levantaos y huyamos, porque no podremos escapar de Absalón. Daos prisa a
salir, no sea que venga a toda prisa, nos sorprenda, haga caer sobre nosotros
el mal y pase la ciudad a filo de espada».
30 David subía la pendiente de los olivos;
subía llorando, con la cabeza cubierta y los pies descalzos, y todo el pueblo
que le acompañaba iba también con la cabeza cubierta y llorando.
5 Cuando el rey David llegó a Bajurín, salió
de allí un hombre del mismo clan de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá. Salía
profiriendo maldiciones. 6 Y tiraba piedras a David y a todos sus
servidores, aunque todo el ejército y los valientes estaban a la derecha y a la
izquierda del rey. 7 Semeí profería estos insultos: «¡Vete,
vete, hombre sanguinario y perverso! 8 El
Señor ha hecho caer sobre ti toda la sangre de la casa de Saúl, a quien has usurpado
el trono, y ha puesto el trono en manos de Absalón, tu hijo. Tú estás en la
desgracia que mereces, porque eres un hombre sanguinario». 9 Abisay, hijo de Sarvia, dijo al rey: «¿Por qué insulta este
perro muerto al rey, mi señor? Déjame que vaya y le corte la cabeza». 10 El rey dijo: «Esto no os importa a vosotros, hijos de Sarvia.
Si el Señor le ha ordenado que me maldiga, nadie podrá pedirle cuentas». 11 David dijo a Abisay y a todos sus servidores: «Mirad, si mi
hijo, salido de mis entrañas, busca mi vida, con mayor razón lo hará este hijo de
Benjamín. Dejadle maldecir, si se lo ha ordenado el Señor. 12 Tal vez el Señor vea mi aflicción y me devuelva bien en
lugar de esta maldición de hoy». 13
David y sus hombres continuaron su camino, mientras Semeí iba por la falda del
monte, frente a ellos; le insultaba, tiraba piedras y levantaba polvo.
Salmo 3,2-3
2 Señor, cuán numerosos son mis opresores,
cuántos los
que se alzan contra mí,
3 cuántos los que dicen de mi vida:
«Ya ni Dios lo
salva».
4 Mas tú, Señor, eres mi escudo,
tú eres mi
gloria, tú alzas mi cabeza.
y él me
atiende desde su santo monte.
6 Yo me acuesto, me duermo y me despierto:
el Señor es mi
apoyo.
7 No temo a los hombres sin cuento
que por
doquier se apostan contra mí.
Marcos
5,1-20
1 Llegaron a la orilla opuesta, a la región
de los gerasenos; 2 y, al desembarcar, le salió al encuentro,
del cementerio, un hombre poseído de espíritu impuro, 3 que vivía en el cementerio y al que nadie podía sujetar ni
siquiera con cadenas, 4 pues muchas veces lo habían atado con
grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos y
nadie podía sujetarlo. 5 Se pasaba el día y la noche entre los
sepulcros y en los montes gritando y golpeándose con piedras. 6 Al ver desde lejos a Jesús, corrió, se postró ante él 7 y empezó a gritar: «Déjame en paz, Jesús, hijo del Dios
altísimo. ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes!». 8 Es que Jesús le había ordenado: «¡Espíritu impuro, sal de
ese hombre!». 9 Jesús le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Él
contestó: «Me llamo legión, pues somos muchos». 10 Y
se puso a rogarle insistentemente que no lo echara de aquella región. 11 Había por allí, en la ladera del monte, una gran piara de
cerdos paciendo. 12 Los espíritus impuros pidieron a Jesús:
«Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos». 13 Y se lo permitió. Ellos salieron, se metieron en los
cerdos; y la piara, de unos dos mil cerdos, se lanzó al lago por un precipicio
y se ahogaron. 14 Los porqueros huyeron y lo contaron en el
pueblo y en los caseríos. La gente fue a ver lo que había sucedido. 15 Al llegar a Jesús y ver sentado, vestido y en su sano
juicio al endemoniado que había tenido la legión, se llenaron de miedo. 16 Los que lo habían visto contaban lo ocurrido con el
endemoniado y con los cerdos. 17
Entonces rogaron a Jesús que se fuera de allí. 18 Al
subir a la barca Jesús, el endemoniado le pidió que le dejara ir con él. 19 Jesús no le dejó, sino que le dijo: «Vete a tu casa con los
tuyos y cuéntales todo lo que el Señor, compadecido de ti, ha hecho contigo». 20 Él se fue y comenzó a publicar por la Decápolis lo que
Jesús había hecho con él; y todos se admiraban.
¿Nuestra vida
es un tormento por ver a Jesús, como la de este endemoniado? ¿Es un tormento
que nos ciega al pecado y hace herir constantemente nuestra alma? ¿Ya nadie es
capaz de soportarnos, ni siquiera nosotros mismos, sino sólo Cristo que nos
visita?
Cristo se
dirigió a la región de Gerasa explícitamente para salvar al endemoniado, aunque
el endemoniado no lo sabía y una vez que lo supo no lo aceptó. El mismo poseído
es quien se arroja a sus pies para pedirle que se aleje de él, para pedirle que
no lo atormente. La presencia de Cristo nos perturba cuando nuestro pecado nos
mantiene alejados de Él. Y podría ser que también nosotros nos arrojemos a sus
pies para pedirle que se vaya, en lugar de pedirle nuestra curación. Parecería
que es una visita casual, por pura coincidencia, lo que para Él es la salvación
de nuestra alma. Pero ya lo dice Cristo “No son los sanos los que
necesitan de curación, sino los enfermos”.
Por otro lado,
¿cuántas veces optamos por el valor material de las cosas que tener a Cristo
entre nosotros? Preferimos la cantidad de nuestras posesiones al bien y
salvación de un alma. Porque, ¿qué son 2000 cerdos comparados con la gracia de
ser curado por Cristo? Los habitantes de la región de Gerasa escuchaban atentos
el milagro y se alegraban con el desposeído, pero sus corazones se cerraron al
escuchar la pérdida de los cerdos por el precipicio. Creemos en Jesús pero
hasta la multiplicación de los panes, no hasta la cruz. Creemos en Él siempre y
cuando no eche por el precipicio a “nuestros cerdos”.
Por ello
confiemos plenamente en Jesús. No importa si para ello necesita de nuestros
bienes, pues ¿de qué nos sirve ganar todo el mundo si al final perdemos nuestra
alma?
San Juan de
Britto
Etimológicamente
significa “Dios es misericordia”. Viene de la lengua hebrea.
Nadie podía
imaginarse que este chico, nacido en Lisboa en el seno de una familia noble en
el año 1647, llegase tan lejos en su vida personal y cristiana.
Cuando era un
niño, cayó enfermo de gravedad. La madre, muy devota de san Francisco Javier,
le pidió que si curaba a su hijo, se lo ofrecía a él. Con el paso del tiempo,
se puede afirmar que ésta fue la llamada que Juan sintió en su interior para
irse de misionero, siguiendo los pasos del apóstol navarro y universal.
A los 15 años,
entró en los jesuitas aunque con la dura oposición de su familia y de todos sus
amigos. El “pasó” de todos. Veía claro que, en cuanto se ordenara
de sacerdote, se marcharía al lejano Oriente. Recorrió Goa, Malabar, Tanjore,
Marava y Madur, en la India.
Los que iban
con él cuentan que viajaba siempre a pie. Era muy inteligente y se adaptó en
seguida a las costumbres y a las lenguas por donde pasaba. Es lo que se llama
hoy la inculturación.
No todo eran
éxitos misionales. También tuvo que soportar penalidades con el grupo de
catequistas que le seguían. Una vez en la India sufrieron brutalidades enormes,
porque los hechiceros de Marava querían que tributasen culto al dios Shiva.
Tras mucho
tiempo por el Oriente, volvió a su país. Un amigo suyo –desde su
adolescencia – había llegado a ser el rey Pedro II de Portugal. El rey y
el mismo nuncio papal querían retenerlo en la nación amiga y hermana, pero Juan
se largó de nuevo a Madura por espacio de tres años.
Sufrió una
dura persecución por hablar claramente contra la poligamia. Tras sufrir cárcel
y torturas, lo dejaron volver. Existen cartas en las que cuenta cosas
interesantes hasta el día mismo de su ejecución. El rey de Portugal mandó que
se celebrasen grandes funerales en su honor. La madre de Juan fue vestida de
fiesta para celebrar la nueva vida de su hijo.
Murió en el
año 1693.
Mariología
XVI
Desarrollo
doctrinal y ecumenismo.
El doctor
Scott Hahn es Profesor de teología y estudios bíblicos en la Universidad
Franciscana de Steubenville, y reconocido internacionalmente como autor y
conferenciante de apologética, ecumenismo y estudios bíblicos.
Con
frecuencia, la Divina Providencia suscita historias irónicas sobre los vaivenes
por los que pasan los católicos convertidos en su peregrinar de regreso al
hogar de la Iglesia católica. En mi caso, como ex ministro protestante y con
profundas convicciones anticatólicas, fue mi cruzada —tipo Saulo—
contra María, la que fue maravillosamente transformada por la gracia de Dios,
convirtiéndose en un profundo amor filial por la Madre de Dios. Como dicen por
ahí, mientras más grandes se hacen, más fuerte caen —enamorados—.
Pero si yo
hubiera tenido un encuentro con un movimiento como Vox Populi Mariae Mediatrici
("La Voz del Pueblo por María Mediadora") antes de mi entrada en la
Iglesia en la Pascua de 1986, me habría sentido algo aterrado, pues mis peores
sospechas se habrían confirmado. De verdad, casi puedo escucharme cargando el
cañón, "¿Qué quieren decir con María como ´Corredentora, Mediadora de
todas las gracias y Abogada del pueblo de Dios?´ ¡Al fin, una prueba
contundente de que los Católicos reemplazan las prerrogativas de Cristo con las
de María!" Por muchos años consideré que la doctrina mariana y su devoción
era el síntoma de una infección mortal que aquejaba a los católicos; sentía que
en verdad era la muestra palpable de lo que andaba más mal con los católicos.
Inicialmente, me opuse a la definición del dogma por varias razones, pero más
que nada porque temía que sólo contribuiría a la confusión que ya existía en
esos ámbitos.
Sin embargo,
como maestro, tuve que hacerme la pregunta ¿cuál es la mejor manera de
enfrentar la confusión? Desvanecerla. Y la mejor manera de hacerlo es
alineándose con la Iglesia, proclamar lo que el Papa proclama y después
explicarlo —es exactamente lo que hace un teólogo—.
Paradójicamente,
los puntos de vista antimarianos que yo tenía, han resultado ser de gran valor
para las objeciones que comúnmente surgen en contra de las enseñanzas de la
Iglesia acerca de María, así como la posibilidad de un nuevo dogma mariano que
se espera pueda definir el Papa. Como evangélico, la razón principal por la que
me oponía a la enseñanza mariana de la Iglesia Católica, era porque creía que
socavaba la obra perfecta de Cristo y lo arrebataba de su gloria. Hoy en día,
la razón principal por la que me adhiero a la enseñanza de la Iglesia, es
porque ahora veo a María como la obra perfecta de Cristo y una mayor revelación
de su gloria; María no le roba más gloria al Hijo, de lo que la luna le roba al
sol.
En virtud de
los baches y desviaciones por los que me he enfrentado en mi camino hacia Roma,
quizás sería útil aclarar cómo este evangélico llegó a aceptar las enseñanzas
de la Iglesia, y explicar porqué aceptaría una definición de un nuevo dogma
mariano, si eso es lo que el papa Juan Pablo II decide hacer.
El Evangelio
de Jesús toma forma en María.
Jesús anunció
el Evangelio y después procedió a cumplirlo; pero el Evangelio no cambió a la
segunda Persona de la Trinidad. El Hijo eterno no ganó ni una sola gota de
gloria para sí mismo—después de haber vivido, muerto y resucitado como
humano— de lo que careció desde un principio. Dios no creó y redimió al
mundo con el objeto de tener más gloria, sino más bien para darla. No existe
una contienda entre el Creador y Sus criaturas. El Padre nos hizo y redimió por
medio del Hijo y el Espíritu, pero lo hicieron por nosotros —comenzando
con María, en quien se cumplió no sólo primera sino perfectamente—.
¿Desvirtuaríamos,
por lo tanto, la obra acabada de Cristo al afirmar su perfecta realización en
María? Al contrario, celebramos su obra, fijando nuestra atención en la persona
humana que lo manifiesta de la manera más perfecta.
María no es
Dios, pero ella es la Madre de Dios. Ella es sólo una criatura, pero es la
creación más grande de Dios. Así como los artistas anhelan pintar una obra
maestra de entre sus muchas obras, así Jesús hizo de su Madre su gran obra
maestra. El hecho de afirmar la verdad sobre María, no hace menos a Jesús; sin
embargo, no hacer tal afirmación sí podría hacerlo.
De entre
todas las criaturas, María es la que está directamente relacionada con Dios por
una unión natural emparentada con la alianza, como Madre de Jesús, a quien ella
dio su propia carne y sangre. Esta unión es la que nos permite compartir la
gracia de la Nueva Alianza de Cristo por la adopción. Más aún, Jesús estaba
legalmente obligado por medio de la ley de su Padre ("Honrarás a tu padre
y a tu madre"), de compartir su honor, como Hijo, con María. Y
verdaderamente cumplió con esta ley más perfectamente que ningún otro hijo lo
haya hecho jamás, enriqueciéndola con los dones de su divina gloria, y simplemente
estamos llamados a imitarlo.
La salvación
es una dinámica de trabajo compartido.
El papa Juan
Pablo II ha declarado: "Dios, en su misterio más profundo, no es soledad
sino una familia, ya que tiene en sí mismo paternidad, filiación de hijo y la
esencia de la familia, que es amor." La obra de salvación es la obra en
conjunto de las tres Personas de la Santísima Trinidad. Por lo tanto, nuestra
redención asume proporciones trinitarias y familiares.
La primer
Persona de la Trinidad es ahora nuestro Padre (Jn. 20:17), en virtud de la obra
salvadora del Hijo, quien es "el primogénito entre muchos hermanos"
(Rm. 8:29) y, por lo tanto, el Espíritu Santo es "el Espíritu de hijos
adoptivos" que nos hace exclamar "Abbá, Padre" (Rm. 8:15). Esto
es lo que caracteriza a la religión cristiana como única y definitiva; es el Evangelio
de Dios que comparte su vida familiar y su amor con la humanidad, y todo
comenzó con el don de María como Madre; ella obedeció al Padre concibiendo al
Hijo con el poder del Espíritu Santo —por nosotros—.
El apóstol
Pablo habló del misterio cuando declaró: "Somos colaboradores de
Dios" (1 Co 3:9). ¿Cómo es esto? ¿No puede Dios hacer la obra por Sí
Mismo? Por supuesto que puede, pero ya que es Padre, su trabajo consiste en
criar hijos e hijas maduros, hacernos sus colaboradores para que finalmente su
obra sea nuestra redención. Esta obra la compartió de manera eminente y
singular con María, a quien Dios confió oficios tales como alimentar a su Hijo
con su propia leche, cantarle para que se durmiera y acompañarlo a lo largo de
todo el camino hasta la cruz, donde ella dio su doloroso sí al ofrecimiento
voluntario de su Hijo. En resumen, el Padre quiso que toda la existencia del
Hijo como hombre dependiera, por así decirlo, del continuo fiat de María.
¿Puede existir un "colaborador" más íntimo?
Ser
discípulo, colaborador con Jesús, implica esfuerzo. En ocasiones, implica
sufrimientos. Un pasaje que parece haber escapado de mi atención cuando era
protestante, fue la frase un tanto curiosa de Sn. Pablo, "Ahora me alegro
por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que
falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la
Iglesia." (Col. 1:24) Los católicos de nacimiento recordarán con cierto
cariño que se les haya dicho alguna vez (cuando se fallaba en una prueba de
equipo, o en el caso de una rodilla pelada, o un corazón roto)
"ofrécelo." Esta sencilla palabra contiene la llave que abre el
misterio de nuestra corredención. Al unir conscientemente nuestros sufrimientos
con los sufrimientos redentores de nuestro Señor, nos convertimos en colaboradores.
La Santísima Madre se convirtió en la colaboradora por excelencia, al haber
unido su corazón con el de Jesús, especialmente en el calvario.
Esta verdad
está contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica: "La maternidad de
María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento
que dio fielmente en la anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la
cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos." Sin
embargo, la maternidad divina de María no terminó con la resurrección y
ascensión de su Hijo, y tampoco después de su asunción, como lo indica el
Catecismo: "En efecto, con su asunción a los cielos no abandonó su misión
salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones
de la salvación eterna(…) Por eso la Santísima Virgen es invocada en la
Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora" (CIC
969, citando Lumen gentium 62). Es significativo que el Catecismo describa la
divina maternidad de María como una "misión salvadora," que después
utiliza para explicar sus asombrosos títulos. Pero ¿qué se quiere decir con la
frase "misión salvadora"?
El
"oficio salvador" de María: mediación maternal.
El papa Juan
Pablo II ha utilizado estos títulos en numerosas ocasiones (así como el término
"corredentora") a lo largo de su pontificado. De igual forma, ha
encontrado la formula perfecta para hacer posible que el mundo católico no sólo
los crea, cosa que ya sucede, sino para comprenderlos tanto con la cabeza como
con el corazón —y también celebrarlos—. Como un teólogo bien
entrenado en su propio campo de acción, el Papa ha introducido la sucinta frase
"mediación maternal" en el uso común del vocabulario teológico de la
Iglesia, y al parecer, ha capturar el corazón mismo de la doctrina y devoción
marianas.
Como
evangélico, me aferré al único verso que parecía destruir esta chispa
aparentemente herética: la categórica aseveración de Sn. Pablo de que Cristo es
el único "mediador entre Dios y el hombre" (1Tm 2:5). ¿Cómo nos
atrevemos a hablar de la mediación maternal de María o llamarla
"Mediadora"?.
En primer
lugar, la palabra griega que se utiliza aquí para "uno" es eis, que
significa "primero" o "principal," no monos, que significa
"solamente" o "sólo." Así como hay sólo un mediador,
también hay sólo una filiación divina de hijo, misma que todos compartimos
—por medio de la participación— con Cristo (filii in Filio, hijos
en el Hijo). La mediación de Cristo no excluye a María, sino que más bien la
establece, por medio de su participación.
Más aún, la
Epístola a los Hebreos explica que Cristo es Sumo Sacerdote en virtud de haber
sido el Hijo primogénito de Dios (Hb. 1:6-2:17), lo cual sirve como fundamento
para nuestra calidad divina de hijos (Hb. 2:10-17), así como de nuestra
santidad sacerdotal y servicio (Hb. 13:10-16: 1P 2:5). De nueva cuenta, no hay
una especie de contienda entre nosotros.
Como Hijo
primogénito en la familia de Dios, Jesús media como Sumo Sacerdote entre el
Padre y sus hijos; mientras que María media como Reina-Madre (ver 1R 2:19 y Ap.
12:1-17). De esto trata su mediación maternal. Para el Padre, María es la Madre
del Hijo. Para nosotros pecadores, ella es la Madre de nuestro Salvador, y para
su Hijo, ella es la Madre de sus hermanos. Cuando se habla del papel de María
en el plan salvífico de Dios, la palabra "madre" no sólo es
sustantivo sino verbo y, por lo tanto, un oficio.
Como Madre de
Dios y de sus hijos, María nos muestra cómo glorificar al Padre no en actitud
servil, sino recibiendo el don de su Hijo en la plenitud del Espíritu. Así es
como la soberana gracia de Dios nos permite compartir su gloria y convertirnos,
por ello, en "partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1:4). Por lo
tanto, si quieres tener una correcta apreciación del entendimiento que tiene
alguna persona del Evangelio en su esencia, investiga hasta qué punto tiene a
Dios como su Padre —y a María como su Madre—.
A juzgar por
esta norma, yo diría que el papa Juan Pablo II aprecia el Evangelio tanto como
cualquier otro hombre de nuestra época, y su intuición magisterial en la
mediación maternal puede ser definitivamente la prueba de ello.
Cristo
mereció la capacidad de María de merecer.
Si entendemos
el mérito como un término puramente económico, esto resultaría falso y
ofensivo; pero si se utiliza en el sentido de familia, es tan natural como una
herencia o una pensión. ¿Qué padre regatea a sus hijos los bienes que les da?
¿O se siente ofendido por aquellos a los que premia? San Agustín escribió:
"Cuando Dios premia nuestras labores, sólo está coronando su propia obra
en nosotros" (CIC 2006).
Según el
Catecismo, la "acción paternal de Dios" es la que nos permite
merecer: "La adopción filial, haciéndonos partícipes por la gracia de la
naturaleza divina, puede conferirnos, según la justicia gratuita de Dios, un
verdadero mérito. Se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del amor,
que nos hace "coherederos" de Cristo (CIC 2008-2009).
Cristo ha
merecido nuestra capacidad para merecer —que nos confiere con la gracia
de su filiación divina y la vida de su Espíritu—. En verdad, Jesús no se
hizo merecedor de absolutamente nada para sí mismo, ya que no tenía necesidad
de nada; por lo tanto, todos sus méritos van de acuerdo a nuestras necesidades.
¿En dónde
muestra Dios Padre al mundo cuánto fue lo que en realidad mereció su Hijo? En
cada uno de nosotros, seguramente, pero sobre todo en María. A diferencia del
resto de nosotros —en quienes con frecuencia existe una gran brecha entre
lo que queremos y los que Dios quiere— en María no hay brecha tal. Por un
don de gracia infinita, María alcanzó la meta de la Alianza: una perfecta unión
interpersonal de voluntades divinas y humanas. Con María, la realidad y lo
ideal son una y la misma cosa.
Mater Et
Magistra.
¿Cuál es el
papel que juega el magisterio en todo esto? Es engañoso reducir la función que
tiene el magisterio a un grupo de adversarios reunidos en un salón del
tribunal, en donde los teólogos son juzgados por los obispos, quienes deben
rendir un veredicto —a menos que se requiera la presencia del Papa para
otorgar una decisión final, como Presidente de la Suprema Corte de
Justicia—. Es cierto que el magisterio tiene un papel jurídico en la
Iglesia, pero su naturaleza y propósito es más propiamente, el evangélico y
profético. Jesucristo realmente formó y dio poder al magisterio para que
sirviera como su Cuerpo apostólico dedicado a ir predicando y enseñando la
Buena Nueva a un mundo que trágicamente se ha acostumbrado a las malas
noticias.
El magisterio
es la voz profética más consistente de la Iglesia en el mundo. Habla con la voz
autoritaria de nuestro Señor, quien mantiene su promesa fiel a Pedro y sus
sucesores, poseedores de las llaves (Mt. 16:17-19). Jesús también guía al
magisterio papal, con el objeto de que penetre más profundamente en las vastas
profundidades y riquezas del depósito sagrado de la fe, para que la plenitud de
la verdad sea siempre proclamada con pureza y poder. Jesús garantiza este
carisma de infalibilidad con su propio amor omnipotente. No es opresión humana,
sino luz divina.
Esta manera
de entender el magisterio, se ve reflejada en la forma en que fueron
proclamados los dos dogmas marianos anteriores, en virtud de que por la misma
época se definía el propio dogma de la infalibilidad papal. Ni la Inmaculada
Concepción en 1854 ni la Asunción Corporal en 1950, fueron definidos para
contrarrestar herejías o resolver un prolongado debate doctrinal. Al contrario,
fueron definidos con el propósito evangelista de proclamar el evangelio, ya que
éste se encuentra perfectamente encarnado en la Madre de Dios y Madre nuestra.
En un mundo desgarrado por la incredulidad y el pecado, María se mantiene, por
lo tanto, como un signo vital de la manera en que Dios restaura a su familia.
Poco después
de haberse definido la asunción, el arzobispo Fulton Sheen escribió que este
dogma, de hecho, estaba apuntando hacia otro: "Hay otra verdad que aún
queda por definir, y es la de que ella es Mediadora, bajo su Hijo, de todas las
gracias; así como Sn. Pablo habla de la ascensión de nuestro Señor como un
preludio de su intercesión por nosotros, asimismo nosotros, adecuadamente,
deberíamos hablar de la asunción de nuestra Señora como un preludio de su
intercesión por nosotros. En primera instancia, está el lugar: el cielo;
después la función: intercesión. "Por lo tanto, los dogmas marianos
anteriores establecieron la trayectoria que aparentemente conducían (no por
lógica necesidad por supuesto, sino por adecuación) de una identidad personal
de la Santísima Virgen, al oficio maternal que tiene María en la Iglesia, la
familia de Dios.
Providencialmente,
el concilio Vaticano II fue principalmente un concilio dogmático y no pastoral.
Los padres del concilio decidieron no definir un nuevo dogma mariano. En
cambio, el tratamiento que dieron a María fue enmarcado en un contexto
eclesiástico, como el capítulo coronario de Lumen gentium, la
"Constitución Dogmática de la Iglesia." En tanto que el rol corredentor
de María como Medianera y Abogada fue reafirmado, no se definió como tal (LG
62). Quizás la verdad definitiva de María no habría de ser plenamente
dilucidada hasta la elevación de Juan Pablo II, pastor para quien el dogma
propuesto es todo, excepto ajeno.
¿Malo para el
ecumenismo?
La teología
es una verdadera ciencia: la materia que trata consiste en los misterios
revelados por la Divinidad. A lo largo de los siglos, muchas de las semillas
doctrinales que fueron plantadas por Cristo y los Apóstoles han florecido en
dogmas definidos por el magisterio. De esta manera, la teología se ha
desarrollado a través del tiempo como lo hacen otras ciencias, pero cada una de
forma muy particular.
Los
científicos formulan y prueban varias teorías, algunas de las cuales resultan
bastante certeras como para poderlas llamar leyes (Newton y la gravedad); otras
se descartan como hipótesis no funcionales. De este modo, las leyes se
convierten en indicios del progreso científico. De manera semejante, la
definición de un dogma sirve como el indicio del progreso teológico.
El dogma es
la doctrina llevada a su perfección, y la doctrina no es más que lo que enseña
y predica la Iglesia de las verdades del Evangelio, de la manera en que Jesús
la comisionó y dio poder para hacerlo. Si el Papa escoge definir este dogma
mariano, estaría realizando una acción mucho mayor, que simplemente dando una
valiosa clase de teología al mundo —estaría haciendo uso del carisma que
Dios le dio para llevar a fin su misión apostólica de enseñar el Evangelio a
todas las naciones— (Mt. 28: 18-20).
A lo largo de
la historia de la Iglesia, la definición de dogmas ha estimulado las energías
apostólicas y teológicas de algunas de sus mejores mentes, especialmente cuando
la definición se tornaba en punto de controversia. Más recientemente, muchos
protestantes, incluyendo al difunto Max Thurian de Taize, Francia, presentaron
enérgicas objeciones a rumores de que el papa Pío XII estaba por definir el
dogma de la asunción de María. ¿En dónde está eso en la Biblia? (casualmente,
Max Thurian murió como sacerdote católico en la fiesta de la Asunción, en
1996).
El progreso
auténticamente ecuménico no es el simple resultado de nuestras propias energías
humanas; y lo que es más, tampoco es causado por un compromiso de ninguna de
las partes. "No se trata aquí de alterar el depósito de la fe,"
escribe Juan Pablo II, "cambiando el significado de los dogmas, eliminando
las palabras esenciales de éstos, acomodando las verdades a las preferencias de
una época en particular…La unidad deseada por Dios, solamente se puede llegar
a lograr por medio de la adhesión de todos a los contenidos de la fe revelada
en su totalidad" (Ut Unum Sint, 18).
Por lo tanto,
la unidad ecuménica requiere de una gracia especial y de la palabra de Dios,
que siempre actúa para el bien de su familia. Consecuentemente, no debemos
esperar que Dios obre de manera independiente, sino a través de la Madre que Él
mismo nos dio para que fungiera como símbolo y fuente de la unidad familiar.
A este
respecto, podría ser significativo señalar que los expertos datan con
frecuencia el surgimiento del ecumenismo católico, a principios de los años
1950s. Inmediatamente después vino la definición de la asunción y la
celebración de un Año Mariano en 1954, como celebración del centenario de la
definición de la Inmaculada Concepción. Si alguna vez se habría esperado que el
ecumenismo católico entrara en un profundo congelamiento, esa hubiera sido la
década. Pero en lugar del desánimo, tanto católicos como protestantes
experimentaron el comienzo de un gran deshielo.
Conforme nos
aproximamos al tercer milenio, yo creo que Dios quiere usar a María para
suscitar la gracia de una profunda conversión en toda la cristiandad, no sólo
en los protestantes y ortodoxos, sino también en los católicos. Esto encaja con
el llamado del Santo Padre para que haya un auténtico ecumenismo que se
fundamente sobre el "diálogo de conversión." Más que comités, esto
requiere de santos; en vez de simples compromisos, la valentía de nuestras
convicciones.
Quizás
nuestro mejor modelo sea la Madre Teresa, quien fuera universalmente amada como
santa —por quien hoy en día se enlutan y echan de menos— todos los
pueblos.
En mayor
medida que ninguna otra mujer de nuestro siglo, ella dio el gran ejemplo de
cómo la gracia y la devoción deben exponerse para el servicio mariano.
De manera
consistente fue también una infatigable defensora del dogma mariano propuesto:
"María es nuestra Corredentora con Jesús," escribió. "Ella le
dio un cuerpo a Jesús y sufrió con Él en la cruz. María es la Mediadora de
todas las gracias. Ella nos dio a Jesús y como Madre nuestra, ella obtiene para
nosotros todas las gracias. La definición papal de María como Corredentora,
Mediadora y Abogada, acarreará a la Iglesia gracias mayúsculas."
Los
detractores del dogma tienden a clasificarse en dos grupos: aquellos que creen,
pero piensan que sencillamente no es el momento apropiado para definir otro
dogma, o por lo menos éste; y aquellos que no creen y quizás puedan hasta
sentirse avergonzados de nombrarlo. Habiéndome encontrado yo mismo en ambos
grupos en épocas diferentes, entiendo sus preocupaciones y sigo sintiendo una
genuina simpatía por ellos.
Al mismo
tiempo, sin embargo, veo surgir otro tipo de oposición, especialmente en
algunos sectores de difusión, que casi raya en el engaño. Por ejemplo, se
circuló un falso reporte de que una camarilla de cabilderos marianos estaba
presionando al Papa para que hiciera de María la cuarta persona de la
Divinidad; o más recientemente se reportó falsamente que el vocero oficial del
Papa había anunciado la oposición de éste al nuevo dogma mariano.
Me recuerda
de un viejo dicho, "La única manera de combatir un dogma es con un
estigma."
No importando
cuáles sean nuestros desacuerdos, estos son "asuntos familiares" más
que problemas políticos. No cabe duda que todos deberíamos resistir la
tentación de reducir asuntos de este tipo a políticas eclesiales, o de
responder con la impugnación de motivos a nuestras diferencias reales. Resulta
totalmente descabellado esforzarse por honrar a María de manera tal, que acabe
deshonrándola.
En tanto que
no me considero ingenuo, sí albergo una gran esperanza, pero solamente porque
el Padre desea derramar su poder sobrenatural para poder reunir a todos sus
hijos alrededor de su Hijo y de "nuestra Madre común" (Redemptoris
Mater 25). Esta es la razón por la que le daría la bienvenida a un nuevo dogma
mariano, si el Vicario de mi Señor eligiese definir alguno. Habiendo celebrado
recientemente el Jubileo de la encarnación, no cabe duda que sería muy propicio
un dogma que celebre y ponga de manifiesto la función y la plena identidad de
la Mujer que hizo posible la encarnación.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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