La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Martes de la
cuarta
6ª semana del
tiempo ordinario
San Felipe
de Jesús
No
tengas miedo; tú ten fe, y basta
2 Samuel 18,9-10.14.24-25.30-32,
19, 1-3
9 Absalón se encontró frente a
frente con los hombres de David. Absalón iba montado en un mulo, y, al pasar
por debajo de las ramas de una gran encina, la cabeza de Absalón se enredó en las
ramas de la encina y quedó colgado entre el cielo y la tierra. El mulo siguió
adelante. 10 Lo vio uno y fue a decírselo
a Joab: «He visto a Absalón colgado en una encina».
14 Joab respondió: «No quiero
perder el tiempo contigo». Agarró tres dardos y los clavó en el corazón de
Absalón, que todavía estaba vivo en la encina.
24 David estaba sentado entre
las dos puertas. El centinela subió a la terraza de la puerta, sobre el muro,
alzó la vista, vio a un hombre que venía corriendo solo 25 y se lo anunció al rey. El rey dijo: «Si viene solo, es que trae
buenas noticias». Mientras él iba acercándose,
30 El rey dijo: «Retírate y
quédate aquí». Él se hizo a un lado y se quedó allí.
31 Entonces llegó el cusita y dijo: «Reciba mi señor, el rey,
estas buenas noticias. El Señor te ha hecho justicia librándote de todos
aquellos que se habían levantado contra ti». 32 El
rey preguntó al cusita: «¿Está bien el joven Absalón?». El cusita contestó:
«¡Que corran la suerte de ese joven los enemigos de mi señor, el rey, y todos
los que se han levantado contra ti para el mal!».
1 El rey se conmovió, subió a
la habitación de encima de la puerta y se puso a llorar. Y decía sollozando:
«¡Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto
yo en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!». 2 Dijeron a Joab que el rey lloraba y se lamentaba por Absalón. 3 Y aquel día la victoria se cambió en luto para todo el ejército,
porque aquel día el ejército supo que el rey estaba afligido por su hijo.
Salmo 85,1-6
1 Oración de David
Escúchame, Señor, atiéndeme,
pues soy pobre y desdichado;
2 guarda mi vida, pues soy tu
amigo;
tú eres mi Dios, salva a este siervo
tuyo
que en ti espera;
3 ten piedad de mí, Señor,
pues te estoy llamando a todas horas;
4 alegra el corazón de este
siervo tuyo,
pues hacia ti, Señor, levanto mi
alma.
5 Señor, tú que eres bueno y
que perdonas,
lleno de piedad para los que te
invocan,
6 escucha mi plegaria, Señor,
atiende a la voz de mi súplica;
Marcos 5,21-43
21 Cuando Jesús regresó en barca
a la otra orilla, se reunió con él mucha gente, y se quedó junto al lago. 22 Llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y, al ver a
Jesús, se echó a sus pies 23
rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a poner tus manos
sobre ella para que se cure y viva». 24 Jesús fue con él. Lo seguía mucha gente, que lo apretujaba. 25 Y una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, 26 que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado toda su
fortuna sin obtener ninguna mejoría, e incluso había empeorado, 27 al oír hablar de Jesús, se acercó a él por detrás entre la gente y
le tocó el manto, 28 pues se decía: «Con sólo
tocar sus vestidos, me curo». 29
Inmediatamente, la fuente de las hemorragias se secó y sintió que su cuerpo
estaba curado de la enfermedad. 30
Jesús, al sentir que había salido de él aquella fuerza, se volvió a la gente y
dijo: «¿Quién me ha tocado?». 31
Sus discípulos le contestaron: «Ves que la multitud te apretuja, ¿y dices que
quién te ha tocado?». 32
Él seguía mirando alrededor para ver a la que lo había hecho. 33 Entonces la mujer, que sabía lo que había ocurrido en ella, se
acercó asustada y temblorosa, se postró ante Jesús y le dijo toda la verdad. 34 Él dijo a la mujer: «Hija, tu fe te ha curado; vete en paz, libre
ya de tu enfermedad». 35
Todavía estaba hablando, cuando llegaron algunos de casa del jefe de la
sinagoga diciendo: «Tu hija ha muerto. No molestes ya al maestro». 36 Pero Jesús, sin hacer caso de ellos, dijo al jefe de la sinagoga:
«No tengas miedo; tú ten fe, y basta». 37 Y no dejó que le acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el
hermano de Santiago. 38
Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, Jesús vio el alboroto y a la gente
que no dejaba de llorar y gritar. 39
Entró y dijo: «¿Por qué lloráis y alborotáis así? La niña no está muerta, está
dormida». 40 Y se reían de él. Jesús echó
a todos fuera; se quedó sólo con los padres de la niña y los que habían ido con
él, y entró donde estaba la niña. 41
La agarró de la mano y le dijo: «Talitha kumi», que significa: «Muchacha, yo te
digo: ¡Levántate!». 42
Inmediatamente la niña se levantó y echó a andar, pues tenía doce años. 43 La gente se quedó asombrada. Y Jesús les recomendó vivamente que nadie
se enterara. Luego mandó que diesen de comer a la niña.
La fe de una persona puede mover
hasta el corazón del mismo Dios. Ésta es una condición que todo cristiano debe
tener bien afirmada.
Recuerdo que un santo, antes de su conversión estaba buscando
la fe. No la encontraba por ningún lado. Le pidió a un perito, a un doctor en
teología, a varios cardenales, pero no lograba encontrarla. Un día, pasando por
una iglesia se le ocurrió entrar para ver cómo era. Entró justo en el momento
de la homilía, mientras el sacerdote que celebraba estaba diciendo:
“¡Dios mío!” Esta expresión cambió toda su vida. Vio que la fe no
es algo que un doctor en teología pueda dar, sino un don de Dios.
Por eso hay que pedirla todos los días, para mover el
corazón de Jesús, que espera de nosotros que le pidamos lo que más necesitamos.
Si se lo pedimos con fe, entonces Él con más gusto nos la dará.
San Felipe de Jesús
Un poco de historia
De padres españoles, nació Felipe de
las Casas Martínez en la Ciudad de México en 1572. Fue el mayor de once
hermanos, de los que tres siguieron la vida religiosa. Su padre estaba
emparentado con otro notable monje y evangelizador de América, Fray Bartolomé
de las Casas. Felipe era travieso e inquieto de niño. Estudió gramática en el
colegio de San Pedro y San Pablo de la ciudad de México, dirigido por los
jesuitas. Mostró interés por la artesanía de la plata. Por eso, cuando Felipe
fue beatificado el gremio de los plateros lo nombró su patrón.
A los 21 años se encontraba en las
Islas Filipinas, a donde había ido en busca de aventura. Las personas que
viajaban a ese lugar, en aquellos tiempos, no lo hacían generalmente por
motivos piadosos. Ni tampoco predominaba lo espiritual en el ambiente de
Manila, ciudad conquistada apenas en 1571. En ésta lo común era ver gente
ocupada con planes de conquista militar y haciendo planes para el comercio. Ahí
decidió Felipe ingresar a la orden de los Franciscanos y escogió el nombre
Felipe de Jesús. Entró al convento de Santa María de los Ángeles de Manila. Un
año más tarde, Jesús hizo su profesión religiosa. Cuando tres años después se
acercaba el tiempo de su ordenación, el 12 de julio de 1596, partió rumbo a
México en barco. En Filipinas no se podía ordenar porque no había un obispo. El
viaje de Filipinas a América era una aventura peligrosa y el viaje podía durar
hasta siete u ocho meses. La travesía del barco en el que iba Felipe estuvo a
punto de ser desastrosa. Durante un mes la nave estuvo a la deriva, arrojada
por las tempestades de un lado a otro hasta que, destrozada y sin gobierno, fue
a dar a las costas del Japón.
En Japón, no les tenían confianza a
los misioneros. Cuando ellos llegaron ahí no sabían qué les iba a pasar y así
pasaron varios meses. Fray Felipe de Jesús se refugió en Meaco, donde los
franciscanos tenían escuela y hospital. El 30 de diciembre todos los frailes
fueron hechos prisioneros junto con un grupo de cristianos japoneses. Comenzó
el martirio. El día 3 de enero les cortaron a todos la oreja izquierda. Luego
emprendieron una marcha en pleno invierno, por un mes, de Tokyo a Nagasaki.
El 5 de febrero, 26 cristianos fueron
colgados de cruces sobre una colina en las afueras de Nagasaki. Los fijaron a
las cruces con argollas de hierro en el cuello, en las manos y en las piernas.
Los atravesaron con lanzas. El primero fue Felipe de Jesús. Murió repitiendo el
nombre de Jesús. Las argollas que debían sostenerle las piernas estaban mal
puestas, por lo que el cuerpo resbaló y la argolla que le sujetaba el cuello
comenzó a ahogarlo. Le dieron dos lanzadas en el pecho que le abrieron las
puertas de la Gloria de Dios.
Fue beatificado, junto con sus
compañeros, el 14 de septiembre de 1627 y canonizado el 8 de julio de 1862.
Estos mártires son frecuentemente
recordados por el Papa dando a saber que su sangre no fue derramada en balde.
Llegaron al cielo. Este día nos podemos acercar a la Eucaristía para pedirle a
Jesús nos ayude a realizar la vocación que tenemos en la vida.
Recuerda que el testimonio de los
santos confirma el amor a Dios (CEC 313). El testimonio de estas personas nos
puede ayudar a crecer en nuestra vida espiritual, en nuestra vida de fe.
Mariología
XVII
María Corredentora: Respuesta a 7
Objeciones Comunes. (1/7)
La mayoría de las objeciones al
título de Corredentora de nuestra Señora, aunque formuladas de distintas
maneras, recaen fundamentalmente sobre las mismas categorías. Existe una
urgente necesidad de pronunciar claramente al público en general (sobre todo al
creciente género de fieles católicos no catequizados), las verdades básicas
doctrinales contenidas en el término Corredentora que utiliza la Iglesia, así
como los avances que ha tenido el debate por una posible definición papal.
El llamado que hace el concilio
Vaticano II de "traer a Cristo al mundo," con un enfoque evangélico
no limitado a los confines de la Iglesia sino para el mundo entero, se aplica
también a la verdad cristiana sobre la Madre de Cristo. Este llamado conciliar
a proclamar la verdad cristiana al mundo, incluyendo la verdad cristiana sobre
María, es al mismo tiempo un llamado evangélico que debe estar libre de
cualquier compromiso doctrinal al presentar la verdad completa de María, según
la doctrina oficial de la Iglesia Católica -una verdad que, esencialmente, debe
incluir la corredención mariana-.
Por lo tanto, lo que presentamos a
continuación es una síntesis de siete objeciones comunes al título de María
como Corredentora y el papel que juega en la doctrina la corredención mariana,
tomadas principalmente de publicaciones recientes, tanto seculares como
cristianas. A cada objeción se ofrece una respuesta resumida pero fundamental,
tomando en consideración tanto al lector católico como al no católico. En un
esfuerzo por hacer que cada respuesta sea independiente de la otra, algunos
contenidos se repiten dentro de las mismas y sólo en donde se ha juzgado
pertinente.
1ª Objeción: Nombrar a María
"Corredentora," la pone a un mismo nivel con Jesucristo, el Divino
Hijo de Dios, lo que la hace una especie de cuarta persona de la Trinidad, una
diosa o quasi diosa divina, lo cual es blasfemia para cualquier verdadero
cristiano.
El uso que la Iglesia Católica da al
título "Corredentora" aplicado a la Madre de Jesús, de ninguna manera
sitúa a María a un nivel de igualdad con Jesucristo, el divino Redentor. Existe
una diferencia infinita entre la persona divina de Jesucristo y la persona
humana de María. Antes bien, la enseñanza papal ha hecho uso del título
"Corredentora" para referirse a la eminente y singular participación
que tuvo la Madre de Jesús, secundaria y subordinada a su divino Hijo, en la
obra de la redención humana.
El término "Corredentora"
se traduce correctamente como "la mujer con el Redentor," o
literalmente como "la que restaura de nuevo con (el Redentor)." El
prefijo "co" viene del latín "cum," que significa
"con" y no "igual a." Por lo tanto Corredentora, aplicado a
María, se refiere a su singular cooperación, secundaria y subordinada a su
divino Hijo Jesucristo, en la redención de la familia humana, conforme lo atestigua
la Escritura.
María, al dar su "fiat"
voluntario y eficaz a la invitación del ángel Gabriel para convertirse en la
Madre de Jesús, "hágase en mí según tu palabra" (Lc. 1:38), cooperó
de modo eminentísimo a la obra de la redención, dándole al Redentor un cuerpo
que sería el instrumento mismo de la redención humana. "...somos
santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de
Jesucristo" (Hb. 10:10), y Jesucristo toma de ella la naturaleza humana,
gracias al consentimiento voluntario, eficaz y del todo singular de la Virgen
María. En virtud de haber dado carne a la "Palabra hecha carne" (Jn
1:14), quien a su vez redimió a la humanidad, la Virgen de Nazaret merece de
modo enteramente impar el título de Corredentora. En palabras de la extinta Madre
Teresa de Calcuta: "Por supuesto que María es Corredentora -le dio a Jesús
un cuerpo, y su cuerpo fue el que nos salvó-."1
La profecía de Simeón en el templo,
en el Nuevo Testamento, revela asimismo la misión dolorosa y corredentora de
María directamente unida con la de su Hijo Redentor, en una sola obra redentora
de perfecta unidad: "Simeón les bendijo y dijo a María, su madre:
"Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser
señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!-"
(Lc. 2:34-35).
Sin embargo el papel de María como
Corredentora, subordinado a su divino Hijo, llega a su culminación al pie de la
cruz en donde, sufriendo profundamente, une obedientemente su corazón de Madre
a los sufrimientos del corazón del Hijo consintiendo con el plan de redención
del Padre (cf. Ga. 4:4). Como fruto de este sufrimiento redentor, el Salvador
crucificado da a María como Madre espiritual de todos los pueblos, "Mujer,
he ahí a tu hijo. Luego dice al discípulo, ´He ahí a tu madre" (Jn.
19:27). El Papa Juan Pablo II describió a María "crucificada
espiritualmente con su Hijo crucificado" en el calvario y "su oficio
de Corredentora no terminó con la glorificación de su Hijo."2 Aún después
de haber adquirido las gracias logradas por la redención consumada en el
calvario, María continúa su oficio corredentor distribuyendo esas gracias
salvíficas a los corazones humanos.
Los más antiguos escritores
cristianos y Padres de la Iglesia explicaron la corredención mariana con
profunda sencillez, con lo que expusieron el primer modelo teológico de María
como la "nueva Eva." En esencia, dilucidaron que así como Eva, la
primer "Madre de los vivientes" (Gn.3:20) cooperó directamente con
Adán, Padre de la raza humana, en la pérdida de la gracia para toda la
humanidad, así también María, la "nueva Eva," cooperó directamente
con Jesucristo, a quien San Pablo llama el "nuevo Adán" (1Co.
15:45-48) en restaurar la gracia para toda la humanidad. Citando a San Ireneo,
padre de la Iglesia del siglo II: "Así como aquella [Eva] que tenía por
marido a Adán, aunque todavía era virgen, fue desobediente haciéndose causa de
la muerte para sí misma y para todo el linaje humano, así también María, que
tenía destinado un esposo pero era virgen, fue por su obediencia la causa de la
salvación para sí misma y para todo el linaje humano."3
En virtud de haber cooperado con el
Redentor de forma singular y directa para restaurar la gracia al género humano
(Gn. 3:15), María fue universalmente conocida en la Iglesia primitiva como la
"nueva Madre de los Vivientes," y su corredención objetiva junto con
Cristo, fue resumida correcta y brevemente por San Jerónimo, padre de la
Iglesia del siglo IV: "la muerte nos vino por Eva, la vida por
María."4
Ya desde la antigua tradición cristiana
se encuentran referencias explícitas a la corredención mariana, que hablan de
la singular cooperación de María -secundaria y subordinada a Jesucristo- en la
redención o "restauración" del linaje humano de la esclavitud de
Satanás y del pecado. Por ejemplo, Modesto de Jerusalén, escritor de la Iglesia
del siglo VII, declaró que por medio de María somos "redimidos de la
tiranía del demonio."5 San Juan Damasceno (siglo VIII) la saluda diciendo:
"Bendita tú, por quien somos redimidos de la maldición."6 San
Bernardo de Claraval (siglo XII) predica que "por su cooperación el hombre
fue redimido."7 El célebre doctor franciscano, San Buenaventura (siglo
XIII), sintetizó correctamente la tradición cristiana en esta frase:
"Aquella mujer (Eva), fue la causa de nuestro destierro del paraíso y nos
perdió; pero ésta (María) nos rescató de nuevo y nos salvó."8
Si bien los padres y doctores de la
Iglesia no dudaban de que la participación de la Virgen María en la redención,
basada en la divina obra y méritos de Jesucristo, había estado total y
radicalmente subordinada al Hijo, la primitiva tradición cristiana no tuvo
reparos en enseñar y predicar la íntima y singular cooperación de la mujer,
María, en la "restauración" o redención del linaje humano de la
esclavitud de Satanás. Así como la humanidad se perdió por causa de un hombre y
una mujer, fue también la voluntad de Dios que la humanidad fuera rescatada por
un Hombre y una Mujer.
Sobre este valioso fundamento
cristiano, los papas y santos del siglo XX han usado el título de Corredentora
para referirse a la singular cooperación de María en la redención humana, según
se puede constatar en la actualidad por las seis ocasiones en las que el Papa
Juan Pablo II se ha referido a María con el título de Corredentora durante su
pontificado.9 "Corredentora," a la usanza de los papas, no significa
que María sea una diosa semejante a Jesucristo, más que la identificación de
San Pablo de todos los cristianos como "colaboradores de Dios" (1 Co.
3:9), no significa que los cristianos son dioses a la semejanza del único Dios.
Todos los cristianos están
legítimamente llamados a ser colaboradores o "corredentores" con
Jesucristo (cf. Col. 1:24) al recibir y cooperar con la gracia necesaria para
la propia redención y la redención de otros -la redención subjetiva personal,
lograda por la redención histórica objetiva o "restauración" obrada
por Jesucristo, el "nuevo Adán," el Redentor, y por María, la
"nueva Eva," la Corredentora.
Que la
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