La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Miércoles de
la Cuarta
De Ceniza
Miércoles de
Ceniza
y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará
Joel
2,12-18
12 Y ahora -dice el Señor- volved a mí
de todo
corazón con ayunos, llantos y lamentos;
13 desgarrad vuestro corazón, no vuestros
vestidos;
volved al
Señor, vuestro Dios,
porque él es
clemente y misericordioso,
lento a la
ira, lleno de lealtad y no le gusta hacer daño.
14 ¡Quién sabe si cambiará de idea
y dejará tras
de sí una bendición,
ofrendas para
el Señor, vuestro Dios!
15 ¡Tocad la trompeta en Sión,
proclamad un
ayuno sagrado, convocad una asamblea,
16 reunid al pueblo, congregad a la
comunidad,
juntad a los
ancianos,
traed también
a los pequeños y a los niños de pecho!
Deje el esposo
su alcoba y la esposa su tálamo.
17 Que entre el vestíbulo y el altar
lloren los
sacerdotes, ministros del Señor,
y digan:
«Perdona a tu pueblo, Señor,
y no entregues
tu heredad al oprobio, a la burla de las
gentes.
¿Por qué se ha
de decir entre los pueblos: Dónde está su
Dios?».
18 El Señor se mostró celoso de su tierra
y perdonó a su
pueblo.
Salmo
50,3-6.12-14.17
3 Ten compasión de mí, oh Dios, por tu
misericordia,
por tu inmensa
ternura borra mi iniquidad.
4 Lávame más y más de mi delito y purifícame
de mi
pecado.
5 Reconozco mi iniquidad, tengo siempre
delante mi
pecado.
6 Contra ti, contra ti solo pequé
y he hecho lo
que tú no puedes ver.
Por eso tu
sentencia es justa
y eres recto
en el juicio.
12 Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
implanta en
mis entrañas un espíritu nuevo;
13 no me rechaces lejos de tu rostro,
no retires de
mí tu santo espíritu;
14 dame la alegría de tu salvación
y que el
espíritu generoso me mantenga firme.
17 Señor, abre mis labios,
y mi boca
anunciará tu alabanza.
2 Corintios
5,20-6,2
20 Somos, pues, embajadores de Cristo, como
si Dios exhortase por nosotros. En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos
con Dios. 21 Al que no conoció pecado, le hizo pecado
en lugar nuestro, para que nosotros seamos en él justicia de Dios.
1 Siendo, pues, colaboradores, os exhortamos
a no recibir en vano la gracia de Dios. 2
Porque él dice: En el tiempo propicio te escuché y en el día de la salvación te
ayudé. Ahora es el tiempo propicio, ahora es el día de la salvación.
Mateo
6,1-6.16-18
1 «Guardaos de practicar vuestra justicia
delante de los hombres para que os vean; de otro modo, no tendréis mérito
delante de vuestro Padre celestial». 2
«Por tanto, cuando des limosna, no toques la trompeta delante de ti, como hacen
los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que los hombres los
alaben. Os aseguro que ya recibieron su recompensa. 3 Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo
que hace tu derecha, 4 para que tu limosna quede en secreto; y tu
Padre, que ve lo secreto, te recompensará». 5
«Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, que prefieren rezar de pie en las
sinagogas y en las esquinas de las plazas para que los vea todo el mundo. Os
aseguro que ya recibieron su recompensa. 6 Tú,
cuando reces, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre, que
está presente en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
16 «Cuando ayunéis, no estéis tristes como
los hipócritas, que desfiguran su rostro para hacer ver a la gente que ayunan.
Os aseguro que ya recibieron su recompensa. 17
Tú, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, 18 para que los hombres no se den cuenta de que ayunas, sino
tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te
recompensará».
Mensaje del
Santo Padre para la Cuaresma 2008
Mensaje de Benedicto
XVI para la Cuaresma 2008, "Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por
vosotros se hizo pobre"
¡Queridos
hermanos y hermanas!
1. Cada año,
la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido
y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la
misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más
misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se
preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente
a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y
la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a
reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta
de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para
liberarse del apego a los bienes terrenales. Cuán fuerte es la seducción de las
riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no
idolatrarlas, lo afirma Jesús de manera perentoria: «No podéis servir a Dios y
al dinero» (Lc 16,13).
La limosna nos
ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en
sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina.
Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en
muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación
interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la
Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta
en favor de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).
2. Según las
enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino
administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva,
sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros,
a ser un medio de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo
de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el
principio de su destino universal (cf. nº 2404).
En el
Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas
terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que,
carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las
palabras de San Juan: «Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano
que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el
amor de Dios?» (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor
elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana,
puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y
en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de
justicia aun antes que un acto de caridad.
3. El
Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que
ser en secreto. «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha», dice
Jesús, «así tu limosna quedará en secreto» (Mt 6,3-4). Y poco antes había
afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr
el riesgo de quedarse sin la recompensa de los cielos (cf. Mt 6,1-2). La
preocupación del discípulo es que todo vaya a mayor gloria de Dios. Jesús nos
enseña: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra
buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16).
Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra.
Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda
al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si
al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el
verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer
un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos
situamos fuera de la óptica evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay
que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna
evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la
caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y
de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó
a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en
el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo
con este espíritu acciones generosas de sostén al prójimo necesitado? Sirve de
bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de
vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que «Dios ve en el secreto» y
en el secreto recompensará no busca un reconocimiento humano por las obras de
misericordia que realiza.
4.
Invitándonos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que
trascienda la dimensión puramente material, la Escritura nos enseña que hay
mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor
expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para
nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez
que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado
experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo
como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre
celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro
cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. «La
caridad -escribe- cubre multitud de pecados» (1P 4,8). Como a menudo repite la
liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece, a los pecadores, la posibilidad de ser
perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a
recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que
han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi
incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a
Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y
reconciliación con él y con los hermanos.
5. La limosna
educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar:
«Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos
limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la
derecha tiene que saberlo» (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es
significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el
tesoro del templo «todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante
moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le
sobra, no da lo que posee sino lo que es. Toda su persona.
Este episodio
conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días inmediatamente
precedentes a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se
ha hecho pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha
entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo,
también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos
aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándole conseguimos estar
dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros
mismos. ¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la
caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un
medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando
gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza
material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo
que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don,
según las posibilidades y las condiciones de cada uno.
6. Queridos
hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a «entrenarnos» espiritualmente,
también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y
reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que
el Apóstol San Pedro dijo al hombre tullido que le pidió una limosna en la entrada
del templo: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de
Jesucristo, el Nazareno, echa a andar» (Hch 3,6). Con la limosna regalamos algo
material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el
anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por
tanto, que este tiempo esté caracterizado por un esfuerzo personal y
comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor. María, Madre y
Sierva fiel del Señor, ayude a los creyentes a llevar adelante la «batalla
espiritual» de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la
limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en
el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial Bendición Apostólica.
BENEDICTUS PP.
XVI
Miércoles de
Ceniza: el inicio de la Cuaresma
La imposición
de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que
nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo
La Cuaresma comienza
con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno.
Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.
Las palabras
que se usan para la imposición de cenizas, son:
- “Concédenos,
Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la
vida”
- “Recuerda
que polvo eres y en polvo te convertirás"
- “Arrepiéntete
y cree en el Evangelio”.
Origen de la
costumbre
Antiguamente
los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y
los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de
su mala vida a una vida con Dios.
En los
primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento
de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se
presentaban ante la comunidad vestidos con un "hábito penitencial".
Esto representaba su voluntad de convertirse.
En el año 384
d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y
desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar
los 40 días de penitencia y conversión.
Las cenizas
que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de
año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce
a nada. También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban
a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de
ayuno.
La imposición
de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que
nuestro cuerpo se va a convertir en polvo. Nos enseña que todo lo material que
tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma
nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos
llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los
hombres.
Cuando el
sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de
querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los
adultos.
Significado
del carnaval al inicio de la Cuaresma
La palabra
carnaval significa adiós a la carne y su origen se remonta a los tiempos
antiguos en los que por falta de métodos de refrigeración adecuados, los
cristianos tenían la necesidad de acabar, antes de que empezara la Cuaresma,
con todos los productos que no se podían consumir durante ese período (no sólo
carne, sino también leche, huevo, etc.)
Con este
pretexto, en muchas localidades se organizaban el martes anterior al miércoles
de ceniza, fiestas populares llamadas carnavales en los que se consumían todos
los productos que se podrían echar a perder durante la cuaresma.
Muy pronto
empezó a degenerar el sentido del carnaval, convirtiéndose en un pretexto para
organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los
cuales se "arrepentirían" durante la cuaresma, enmarcados por una
serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la carne de
forma exagerada, tal como sigue sucediendo en la actualidad en los carnavales
de algunas ciudades, como en Río de Janeiro o Nuevo Orleans.
El ayuno y la
abstinencia
El miércoles
de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia
obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno
consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer
carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle
que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.
La oración
La oración en
este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para
poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior. Necesitamos
convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra
forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración
encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad.
Para que
nuestra oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:
La hipocresía:
Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con
nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior.
La disipación:
Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar
nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos
poner en presencia de Dios.
La multitud de
palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones
de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros
deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos
decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de
nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar.
El sacrificio
Al hacer
sacrificios (cuyo significado es "hacer sagradas las cosas"), debemos
hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así,
causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad
eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va
a recompensar. “Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas
que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os
digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu
cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo
secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará. “ (Mt
6,6)”
Conclusión
Como vemos, la
ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos
el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de
penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la
Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo
que es el Domingo de Resurrección.
Debe ser un
tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar
como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los
seres que nos rodean.
En estos
momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante
en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos
en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado
confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con
Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos
seguirle adecuadamente.
Está
Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de
nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.
El
arrepentimiento debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido
(como decimos en el Credo: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las
debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.
La confesión
de nuestros pecados.- el arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no
las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a
nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la
confesión.
La penitencia
que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en
el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que
es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la
Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes
satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el
prójimo.
Y finalmente
la Conversión que como hemos dicho es ir hacia delante, es el seguimiento a
Jesús.
Es un tiempo
de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de
perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún
daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón,
recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin
meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes
tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás.
Y terminemos
recorriendo al revés nuestra frase inicial, diciendo que debemos escuchar y
leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él y con ello Convertir nuestra vida,
siguiendo las palabras del Evangelio y evangelizando, es decir transmitiendo su
mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.
Mariología
XVI
María
Corredentora: Respuesta a 7 Objeciones Comunes. 2/7
El Doctor
Miravalle es Profesor de teología y mariología de la Universidad Franciscana de
Steubenville y Presidente del movimiento internacional católico, Vox Populi
Mariae Mediatrici. Es autor y editor de varios libros y antologías en
mariología.
2ª Objeción:
Nombrar a la Santísima Virgen María como "Corredentora," va en contra
del propio ecumenismo cristiano, ya que conduce a la división entre los
católicos y demás cristianos.
Se puede
decir que la objeción que más comúnmente se plantea para utilizar el título de
Corredentora (no se diga la posible definición doctrinal), se debe a la
oposición que se percibe por el ecumenismo cristiano. Por lo tanto, debemos
comenzar definiendo de manera precisa el auténtico ecumenismo cristiano, así
como la actividad propia correspondiente conforme lo ha entendido la Iglesia
Católica.
En el
documento papal sobre el ecumenismo, Ut Unum Sint, ("que todos sean
uno"), el Papa Juan Pablo II define el auténtico ecumenismo cristiano como
la oración "del alma" y el diálogo "del cuerpo" que trabajan
con miras a una meta final, la verdadera y perdurable unión cristiana. Al mismo
tiempo, la exhortación católica de promover y esforzarse por establecer la
unidad de los cristianos, no permite, en modo alguno, la reducción o
desleimiento de las enseñanzas doctrinales católicas, ya que esto conllevaría
una falta de integridad católica y con frecuencia conduciría a conclusiones
erróneas en el diálogo con otros cristianos no católicos, en lo que se refiere
a las verdades que la Iglesia Católica tiene como ciertas.
Así, el
concilio Vaticano II es muy claro en su enseñanza relacionada con el diálogo
ecuménico: "La doctrina expóngase en su integridad. Nada es tan contrario
al espíritu del ecumenismo como el falso acercamiento de reconciliación que
daña la pureza de la doctrina católica y obscurece su verdadero y genuino
significado."
Juan Pablo II
añade: "En relación al estudio de las divergencias, el concilio pide que
se presente toda la doctrina con claridad. Al mismo tiempo, exige que el modo y
el método de anunciar la fe católica no sea un obstáculo para el diálogo con
nuestros hermanos y hermanas...La plena comunión deberá realizarse en la
aceptación de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los
discípulos de Cristo. Por tanto, debe evitarse absolutamente toda forma de
reduccionismo o de fácil ´estar de acuerdo´
Por lo tanto,
un correcto entendimiento del ecumenismo desde la perspectiva católica, es la
exhortación que hace la Iglesia de orar, dialogar y trabajar juntos en la caridad
y en la verdad, buscando la verdadera unidad cristiana entre todos los hermanos
y hermanas en Cristo, pero sin comprometer la plena presentación de la
enseñanza doctrinal de la Iglesia. El Papa actual, quien de manera personal se
ha dedicado a buscar la auténtica unidad cristiana, afirma nuevamente: "La
unidad querida por Dios, sólo se puede realizar en la adhesión común al
contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe, una solución de
compromiso está en contradicción con Dios que es la Verdad. En el Cuerpo de
Cristo que es ´camino, verdad y vida´ (Jn. 14:6), ¿quién consideraría legítima
una reconciliación lograda a costa de la verdad?".
Apliquemos
ahora este entendimiento sobre el ecumenismo al asunto de María como
Corredentora. El título Corredentora aplicado a María ha sido utilizado en
diversas enseñanzas de los papas, y la doctrina de la corredención mariana,
como la singular colaboración de María -con y subordinada a Jesucristo- en la
redención humana, constituye la incesante enseñanza del concilio Vaticano II:
...(ella) se
consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo,
sirviendo con diligencia al misterio de la redención con El y bajo El, con la
gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que
María no fue un instrumento puramente pasivo, en las manos de Dios, sino que
cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres.
Además:
Así avanzó
también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente
su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se
mantuvo erguida, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con
entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación
de la víctima que ella misma había engendrado.
Y más
adelante:
Concibiendo a
Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo,
padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente
impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la
ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por
eso es nuestra madre en el orden de la gracia.
Por lo tanto,
no hay duda de que la corredención mariana constituye la enseñanza doctrinal de
la Iglesia Católica, y debe ser presentada como tal en cualquier
pronunciamiento verdadero de la enseñanza que incluye, rigurosamente, el
dominio de un diálogo ecuménico verdadero.
De ahí que
argumentar que el título y la doctrina de María Corredentora es de cualquier
forma contrario a la misión ecuménica de la Iglesia es, fundamentalmente, mal
entender la misión ecuménica de la propia Iglesia. La doctrina católica en su
totalidad, que incluye la doctrina de la corredención mariana, debe ser
incluida para poder alcanzar un verdadero diálogo que busque la unidad
cristiana. Además, abstenerse intencionalmente de incluir a María Corredentora
en todos los diálogos ecuménicos y en la misión ecuménica de la Iglesia en su
conjunto, sería una falta de integridad y justicia por parte del católico
ecumenista hacia los cristianos no católicos quienes, presumiblemente de su
parte, han llevado a la mesa del diálogo la enseñanza en detalle de su
particular representación eclesiástica. Revisemos nuevamente la exhortación que
Juan Pablo II hace a los cristianos: "En el Cuerpo de Cristo que es
´camino, verdad y vida´ (Jn. 14:6), ¿quién consideraría legítima una
reconciliación lograda a costa de la verdad?."
De hecho, si
la doctrina de la Corredentora constituye al presente una fuente de confusión
para algunos cristianos, y que a otros les parece representa una imagen de
diosa u otros conceptos excesivos marianos, sería entonces mayormente apropiado
que se ofreciera una clara articulación de esta doctrina mariana, a los
hermanos y hermanas cristianos en el diálogo ecuménico. En esto radica el
benéfico potencial que tendría una definición formal del Papa, que
proporcionase la mayor claridad posible por parte de la más alta autoridad
Católica. En palabras del extinto cardenal Juan O´Connor de Nueva York:
"Es claro que una definición formal del Papa sería pronunciada en una
terminología de tal modo precisa, que otros cristianos dejarían de estar
ansiosos porque no sabemos distinguir adecuadamente entre la singular
asociación de María con Cristo, y el poder redentor que ejercitó Cristo por sí
mismo."
Propiamente
entendida como Madre espiritual de todos los pueblos, consecuencia de su
corredención, María puede ser reconocida propiamente como la principal
intercesora de la unidad cristiana entre los hermanos y hermanas cristianos, en
lugar de verla como su principal obstáculo. El pastor luterano, Rev. Dr.
Charles Dickson, hace un llamado a la cristiandad protestante a que se vuelva a
examinar la positiva defensa y devoción marianas que tuvieron muchos de sus
fundadores y que se encuentra bien documentada, tal como se manifiesta, por
ejemplo, en las palabras de Martín Lutero en su Comentario sobre el Magnificat:
"Que la tierna Madre de Dios me procure por sí misma, el espíritu de
sabiduría, provechosa y abundantemente, para poder expandir su canción...Que
Cristo nos conceda recto entendimiento...por medio de la intercesión de su
querida Madre María...". Lutero continúa, nombrando a María el
"taller de Dios," la "Reina del Cielo," y declara: "La
Virgen María significa decir simplemente que su alabanza será proclamada de una
generación a la otra, de tal manera que nunca dejará de ser alabada.".
En relación a
la universalidad de la maternidad espiritual de María como instrumento de la
unidad cristiana, el Dr. Dickson comenta adicionalmente:
En nuestro
época, nos seguimos enfrentando a las trágicas divisiones que existen entre los
cristianos del mundo. Sin embargo, estando a punto de comenzar una nueva y
brillante era ecuménica, María viene a ser, más aún, el modelo de catolicidad y
universalidad de mayor importancia. A lo largo de los siglos, desde los
comienzos de la Iglesia, de la época de María y los Apóstoles, la maternidad de
la Iglesia ha sido una sola. Esta maternidad fundamental no puede desaparecer
aunque existan divisiones. María, por medio de su maternidad, mantiene la
universalidad del rebaño de Cristo. Conforme la comunidad cristiana en su
conjunto regrese a ella, las posibilidades de que haya un renacimiento y una
reconciliación se ven incrementadas. Por lo tanto, María, la Madre de la
Iglesia, es también fuente de reconciliación entre sus hijos dispersos y
divididos.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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