La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Jueves de la
cuarta
Jueves después
de ceniza
San Lucas el
Joven
El que quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo,
tome su cruz cada día y sígame
Deuteronomio
30,15-20
15 Mira, yo pongo hoy delante de ti la vida y
la felicidad, la muerte y la desgracia. 16 Si
obedeces los mandamientos del Señor, tu Dios, que yo te prescribo hoy; si le amas,
si sigues sus caminos, si guardas sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos,
vivirás y te multiplicarás y él te bendecirá en la tierra que vas a ocupar. 17 Pero si tu corazón se desvía, si no obedeces y te dejas
arrastrar postrándote ante otros dioses y dándoles culto, 18 yo os declaro hoy formalmente que moriréis sin remedio y no
viviréis largo tiempo en la tierra que vais a conquistar una vez cruzado el
Jordán. 19 Yo pongo hoy por testigos al cielo y la
tierra; pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición.
Elige la vida, para que vivas tú y tu descendencia, 20 amando al Señor, tu Dios, obedeciéndole y estando unido a
él. Ahí está tu vida y tu supervivencia en la tierra que el Señor juró dar a
tus padres Abrahán, Isaac y Jacob.
Salmo 1,1-6
1 Dichoso el hombre que no sigue el consejo
de los
injustos,
ni anda por el
camino de los extraviados,
ni se sienta
en el banco de los cínicos;
2 sino que en la ley del Señor pone su amor
y en ella
medita noche y día.
3 Es como un árbol a orillas del arroyo,
que da el
fruto a su tiempo,
cuyas hojas no
se marchitan nunca;
en todo lo que
hace sale bien.
4 No así los injustos, no;
son como paja
que dispersa el viento.
5 Los injustos no podrán resistir en el
juicio
ni los
descarriados en la asamblea de los justos.
6 Porque el Señor cuida el camino de los
justos,
pero el de los
injustos lleva a la ruina.
Lucas
9,22-25
22 Jesús añadió que el hijo del hombre tenía
que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los
maestros de la ley, ser matado y resucitar al tercer día. 23 Y les decía a todos: «El que quiera venir en pos de mí
niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. 24 Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero quien
pierda la vida por mí, la salvará. 25
¿Qué le vale al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí
mismo?
Un campeón
olímpico no gana una medalla de pura chiripa. Detrás de esas cinco
medallas hay muchos años de esfuerzos, toda una vida de sacrificios, privaciones
y renuncias. Hay miles de horas de entrenamiento y ejercicios. Todo para
adquirir una fisonomía atlética. También los cristianos somos
“atletas”. Corremos durante esta vida terrena para llegar a la meta
eterna: el cielo. Y como cabe suponer hay que estar preparados.
Ahora, tenemos
ante nuestros ojos seis semanas de preparación para la Pascua, el corazón de
todo el año litúrgico. Estos cuarenta días nos pueden transformar en verdaderos
atletas de Dios, alcanzando una “fisonomía atlética católica”. No
perdamos la oportunidad. El evangelio de hoy nos ofrece un programa magnífico
para nuestra vida de cristianos: negarnos a nosotros mismos y llevar nuestra
cruz detrás de Cristo.
Y Cristo como
buen entrenador pone también las condiciones necesarias para seguirle. Pero en
el fondo no pide nada especial, porque la cruz, queramos o no, todos la tenemos
que cargar. Cristo lo que nos pide es llevar esa cruz que todos tenemos de una
forma diferente: con alegría, optimismo, y sobre todo no lo olvidemos por amor
a Él.
San Lucas el
Joven
Etimológicamente
significa “luminoso”. Viene del griego y latín. Este maravilloso
trabajador – como se le conoce en la iglesia griega, o el taumaturgo
– murió en el año 946.
Sus padres
eran campesinos en la isla Aegina, pero tuvieron que salir de ella a causa de
la invasión de los Sarracenos. Lograron, con muchos esfuerzos, situarse en
Tessaly. No tenían muchos medios económicos, pero al menos intentaron dar una
buena educación a sus siete hijos.
Lucas era
piadoso pero no podía dominar su mal genio. Fue mirando la cara de los más
pobres que él, y así logró ir perdiendo poco a poco su mal temperamento.
Dios bendecía
a esta familia con buenas cosechas en el campo. Lucas trabajaba mucho y, sin
embargo, no dejaba ningún día de hacer sus oraciones a Cristo. Pero él, a
medida que pasaba el tiempo, buscaba su vocación verdadera. En una ocasión su
madre Eufrosina le dio hospitalidad a dos monjes que iban para Tierra Santa.
Ya en la
conversación, le dijeron que le permitiera a su hijo que se fuera con ellos. La
madre, muy generosa y respetando al hijo, lo dejó partir. Y hablando cada día
con ellos por el camino, le entró la vocación de hacerse monje como ellos.
El abad del
monasterio que le dio la bienvenida y su entrada para seguir sus caminos, le
dijo que su madre le necesitaba. Sin embargo, la madre se dio cuenta de que su
hijo debía hacer su vida y no la suya. Y a los cuatro meses le permitió que se
fuera al monasterio.
A los 18 años
se construyó una ermita en un monte cerca de Corinto y vivió feliz todo el
resto de su vida. Tenía éxtasis en la oración y levitaba. A su muerte le
levantaron dos capillas.
Mariología XVII
María
Corredentora: Respuesta a 7 Objeciones Comunes. 3/7
El Doctor
Miravalle es Profesor de teología y mariología de la Universidad Franciscana de
Steubenville y Presidente del movimiento internacional católico, Vox Populi
Mariae Mediatrici. Es autor y editor de varios libros y antologías en
mariología.
3ª Objeción:
Llamar a la Madre de Jesús "Corredentora" o "Mediadora,"
(como función subsecuente), implica un oficio de mediación ejercido por alguien
además de Jesucristo, pero la Escritura cristiana dice claramente en 1Timoteo
2:5 que "hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los
hombres, Cristo Jesús," y por lo tanto, ninguna criatura puede
correctamente ser mediadora.
La definición
de "mediador" (en griego, mesitis-"ir entre") es la persona
que interviene entre otras dos personas o partes, con el fin de unir o
reconciliar las partes. San Pablo, aplicando este término a Jesucristo, declara
que ciertamente hay un solo mediador entre Dios y la humanidad, es decir el
"hombre Cristo Jesús." De tal manera que nadie puede llegar a Dios
Padre si no es por la única y perfecta mediación de Jesucristo.
Pero aún
queda la pregunta ¿Esta perfecta y única mediación de Jesucristo impide, o en
su lugar permite, que otros participen subordinadamente de la única mediación
de Jesucristo? En otras palabras, ¿La suficiente, plena y única mediación de
Cristo, será un impedimento para que cualquier criatura participe de esa única
y esencial mediación, o puede su perfección divina y humana permitir que otros
participen de su singular mediación de manera subordinada y secundaria?
La Escritura
ofrece varios ejemplos análogos, en donde los cristianos están obligados a
participar en algo que también es "único," exclusivo y totalmente
dependiente de la persona de Jesucristo.
La filiación
única de Jesucristo. Hay solamente un verdadero hijo de Dios, Jesucristo,
engendrado por Dios Padre (1Jn 1-4). Pero todos los cristianos están llamados a
participar de la única filiación verdadera de Jesucristo, siendo "hijos
adoptivos" en Cristo (cf. 2Co. 5:17; 1Jn. 3:1; Ga. 2:20). La adopción
filial permite una verdadera participación en la única filiación de Cristo por
medio del bautismo, permitiendo que los hijos y las hijas adoptivos compartan
también la herencia del Unigénito, la vida eterna.
Viviendo en
el Único Cristo. Todos los cristianos están llamados a participar de la
"vida única" de Jesucristo, ya que la gracia es participar en la vida
y amor de Jesucristo, y a través de Él, en la vida y el amor de la Trinidad,
según la enseñanza de San Pablo "y no vivo yo, sino Cristo quien vive en
mí" (Ga. 2:20) y la segunda carta de Pedro 1:14 invita a los cristianos a
convertirse en "copartícipes de la naturaleza divina," a vivir en el
único Cristo y así en la vida de la Trinidad.
El sacerdocio
único de Jesucristo. Todos los cristianos también están llamados a participar,
en grados diferentes, del único sacerdocio de Jesucristo. El libro de los
Hebreos identifica a Jesucristo como el único "Supremo Sacerdote"
(cf. Hb. 3:1; 4:14; 5:10) quien ofrece el gran sacrificio espiritual de Sí
mismo en el calvario y, sin embargo, la Escritura invita a todos los
cristianos, si bien en diferentes niveles de participación ministerial (cf.
Hch. 14:22) o real (1P 2:9), para que se unan al único sacerdocio de Jesucristo
ofreciendo sacrificios espirituales. Se les pide a todos los cristianos que
"ofrezcan sacrificios espirituales aceptables a Dios" (1P 2:5, 2:9).
En todos
estos casos, el Nuevo Testamento invita a los cristianos a participar, a un
nivel real pero subordinado, de lo que es absolutamente único en Jesucristo, el
Alfa y Omega. Por lo tanto y sólo en referencia a Cristo el único Mediador
(1Tm. 2:5), vemos la misma exhortación cristiana para que otros compartan o
participen de la única mediación de Jesucristo, pero siendo ésta una mediación
secundaria y completamente dependiente de la única y perfecta mediación de
Jesucristo.
Consecuentemente,
se debe plantear la pregunta central cristológica: ¿El hecho de participar, de
manera subordinada, de la única mediación de Cristo, obscurece esta mediación,
o en su lugar, pone de manifiesto la gloria de su única mediación?. Sería una
respuesta fácil si imaginamos un mundo contemporáneo carente de "hijos e
hijas adoptivos en Cristo," sin los cristianos de hoy que compartieran la
singular vida de Jesucristo mediante la gracia, o más aún, sin que algún
cristiano ofreciera sacrificios espirituales en el ámbito sacerdotal cristiano.
La ausencia de este tipo de participación humana, sólo daría como resultado
obscurecer la filiación del Hijo, el Sumo Pontificado y la Vida misma de la
gracia en Jesucristo, que son verdadera y totalmente únicos en Él.
El mismo
principio es válido para la participación, dependiente y subordinada, de la
única mediación de Jesucristo. El principio es claro: mientras más participe la
humanidad de la mediación única y necesaria de Cristo, su manifestación al
mundo será más perfecta, más poderosa y gloriosa.
Además, en la
Escritura contamos con varios ejemplos de estos mediadores humanos instituidos
por Dios que cooperaron, por designio divino, en unir a la humanidad Consigo
mismo. Los grandes profetas del Antiguo Testamento fueron ungidos para servir
como mediadores entre Yahvéh y el pueblo de Israel, las más de las veces
buscando que el pueblo de Israel volviera a ser fiel a Yahvéh (cf. Is 1; Jr.1;
Ez. 2). Los Patriarcas del Antiguo Testamento, Abraham, Isaac, Jacob y Moisés
fueron, por iniciativa de Dios, los mediadores humanos de la alianza salvífica
entre Yahvéh y el pueblo de Israel (cf. Gn.12:2; 15:18; Ex. 17:11). San Pablo
identifica esta mediación de Moisés en la ley de los Israelitas: "¿Para
qué la ley? Fue promulgada por Dios a través de un mediador" (Ga.3:19-20).
Los ángeles, con cientos de acciones de mediación relatadas en el Antiguo y
Nuevo Testamentos, son mensajeros de Dios, que hacen obras de intercesión para
reconciliar a Dios y la familia humana, tanto antes como después de la venida
de Cristo, el único Mediador (cf. Gn.3:24; Lc.1:26; Lc.1:19).
En cuanto a
María, la Escritura también revela claramente la participación secundaria y
subordinada de la Madre de Jesús en la mediación única de Jesucristo. En la
anunciación, María consiente con su "sí" -voluntaria y eficazmente- a
la invitación del ángel, y este hecho es la mediación para que el mundo reciba
a Jesucristo, el Redentor del mundo y el Autor de todas las gracias (cf.
Lc.1:38). Por esta singular cooperación de María, de quien el Redentor toma un
cuerpo, ella se convierte en la mediación por medio de la cual la Fuente de
todas las gracias viene al mundo, y con justicia podemos llamarla bien
"Corredentora" o "Mediadora" de todas las gracias, ya que
participa por excelencia, de la única mediación de Cristo.
Esta
cooperación mariana, muy real y eficaz, en la mediación de Cristo y específica
de su redención, llega al momento supremo en el calvario. En la cruz, su
sufrimiento espiritual unido al sacrificio redentor de su Hijo, como la nueva
Eva junto al nuevo Adán, tiene como fin la adquisición universal de la gracia y
los frutos espirituales de la redención. Esto, a su vez, es motivo para que el
Corazón de Cristo crucificado conceda el don de la maternidad espiritual a cada
corazón humano: "He ahí a tu madre" (Jn.19:27). Este don que el
Redentor otorga al entregar a su propia Madre como Madre espiritual de toda la
humanidad, conduce a que la Madre alimente espiritualmente a sus hijos en el
orden de la gracia. Sobre esta base se constituye su oficio como Mediadora de
todas las gracias, que perpetúa su singular cooperación y participación en la
única mediación salvífica de Cristo Jesús.
Juan Pablo II
explica esta singular participación mariana en la mediación única de
Jesucristo:
María entraba
de manera muy personal en la única mediación entre Dios y los hombres ´que es
la mediación del hombre Cristo Jesús...´ (debemos) decir que por esta plenitud
de gracia y de vida sobrenatural, estaba particularmente predispuesta a la
cooperación con Cristo, único mediador de la salvación humana. Y tal
cooperación es precisamente esta mediación subordinada a la mediación de
Cristo. En el caso de María, se trata de una mediación especial y excepcional.
Y en su
comentario sobre l Timoteo 2:5 y la mediación maternal de María, el Pontífice
añade:
Recordamos
que la mediación de María está esencialmente definida por su maternidad divina.
El reconocimiento de su función como mediadora está más implícito aún en la
expresión "nuestra Madre," que presenta la doctrina de la mediación
mariana al acentuar su maternidad... Al proclamar a Cristo el único Mediador
(cf. 1Tm.2:5-6), el texto de la carta de San Pablo a Timoteo, excluye cualquier
otra mediación paralela, pero no una mediación subordinada. De hecho, antes de
enfatizar la única y exclusiva mediación de Cristo, el autor insta a "que
se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres"
(2:1). ¿No son las oraciones una forma de mediación? Ciertamente y según San
Pablo, la mediación única de Cristo tiene como fin estimular otras formas de
mediación dependientes y ministeriales. Verdaderamente ¿qué es la mediación
maternal de María sino el don que da el Padre a la humanidad?
Por lo tanto,
vemos que la participación de María en la única mediación de Cristo está
singular y excepcionalmente por encima de la de cualquier ser humano o de participación
angélica, y sin embargo, totalmente subordinada y dependiente de la única
mediación de Jesucristo. Como tal, la mediación maternal de María manifiesta la
verdadera gloria y poder de la mediación de Cristo de forma inigualable. Los
títulos marianos de Corredentora y Mediadora de todas las gracias (y también el
de Abogada), de ninguna manera violan la prohibición de 1 Tm 2:5 contra
cualquier forma de mediación paralela, autónoma o rival, sino que demuestra una
participación maternal excepcional y única en la perfecta y salvífica mediación
de Jesucristo, única en su género.
Citando al
Dr. John Macquarrie, catedrático anglicano de Oxford:
Sin embargo,
el asunto (de la mediación mariana) no se puede determinar señalando los
peligros que puede haber en la exageración y el abuso, o valiéndose de textos
aislados de la Escritura, como el versículo citado anteriormente de la Primera
Epístola a Timoteo, o por los cambios de moda en la teología y espiritualidad,
o por el deseo de no decir nada que pueda ofender al compañero en el diálogo
ecuménico. Quizás algunos entusiastas, sin haberlo pensado, hayan elevado a
María a una posición de virtual igualdad a la de Cristo, pero esta aberración
no es necesariamente una consecuencia del hecho de reconocer que podría haber
una verdad que lucha por expresarse en palabras como Mediadora y Corredentora.
Todos los
teólogos responsables estarían de acuerdo en que el papel corredentor de María
es subordinado y auxiliar al papel central de Cristo; pero si en verdad ella
tiene ese papel, mientras más claramente lo entendamos, será mejor. Es un
asunto que requiere de investigación teológica y, como es el caso de otras
doctrinas sobre María, no se trata solamente de decir algo acerca de ella, sino
algo más general en lo que respecta a la Iglesia en conjunto o incluso a la
humanidad en conjunto.
Que la
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