La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Lunes Santo
San Patricio
Déjala que lo
haga para el día de mi sepultura
Isaías
42,1-7
1 Aquí está mi siervo a quien protejo;
mi elegido, en
quien mi alma se complace.
He puesto en
él mi espíritu,
para que
traiga la justicia a las naciones.
2 No gritará, no alzará el tono,
no hará oír
por las calles su voz.
3 No romperá la caña cascada,
ni apagará la
mecha humeante.
Traerá con
toda seguridad la justicia.
4 No desistirá, no desmayará
hasta que
implante en la tierra
la justicia y
sus leyes,
que las islas
esperan.
5 Esto dice el Señor, Dios,
el que creó
los cielos y los desplegó,
el que asentó
la tierra y sus productos,
el que da
aliento al pueblo que la habita
y soplo a los
seres que se mueven en ella:
6 Yo, el Señor, te he llamado para la
justicia,
te he tomado
de la mano y te he formado,
te he puesto
como alianza del pueblo
y luz de las
naciones,
7 para abrir los ojos a los ciegos,
para sacar a
los presos de la cárcel,
del calabozo a
los que viven en tinieblas.
Salmo
26,1-3.13-14
1 De David
El Señor es mi
luz y mi salvación, ¿a quién podré temer?
El Señor es la
fortaleza de mi vida, ¿ante quién puedo
temblar?
2 Cuando me asaltan los criminales para
destrozarme,
son ellos, mis
opresores y enemigos,
los que
tropiezan y sucumben.
3 Aunque un ejército acampe contra mí,
mi corazón no
teme;
aunque una
guerra estalle contra mí, estoy tranquilo.
13 Yo estoy seguro que he de ver los bienes
del Señor
en el mundo de
los vivos.
14 Espera en el Señor, ten ánimo,
sé fuerte,
espera en el Señor.
Juan 12,1-11
1 Jesús, seis días antes de la pascua, fue a
Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. 2 Allí le ofrecieron una cena. Marta servía, y Lázaro era uno
de los comensales. 3 María, por su parte, tomó una libra de
perfume de nardo puro, de gran precio, y ungió los pies de Jesús, enjugándolos
luego con sus cabellos, por lo que la casa se llenó del olor del perfume. 4 Entonces dijo Judas Iscariote, uno de los discípulos, el
que lo iba a entregar: 5 «¿Por qué no se ha vendido este perfume a
gran precio y se ha dado a los pobres?». 6
Esto lo dijo no porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón; y
como tenía la bolsa, robaba de lo que había en ella. 7 Jesús dijo: «Déjala que lo haga para el día de mi
sepultura.
Jesús se encuentra con sus amigos. Yo soy
su amigo. Sale a mi encuentro. Es Él quien va a Betania y quien viene a tocar a
mi puerta. Desea sentarse a mi mesa, partir el pan conmigo, hablar conmigo.
Toca a la puerta de mi corazón para iluminarlo y consolarlo: "Sólo Él
tiene palabras de vida eterna" No sólo está a mi lado: me lleva en sus
brazos para que las asperezas, las piedras y el barro no me salpiquen y no me
hagan tropezar y caer, si yo quiero.
Y, aunque cayera, su amor no disminuiría,
incluso me amaría más. Limpiaría mis heridas y manchas del camino. Él sería una
María de Betania para con nosotros, nos perfumaría los pies y la cabeza. ¿No
deberíamos nosotros hacer lo mismo?
Ponernos a sus pies y llorar. Llorar por la
tristeza de ofenderle y llorar por la alegría de su perdón. Las lágrimas son la
mejor oración que podemos elevar a Dios. Y, también, perfumar sus pies; que el
perfume de nuestras buenas obras y el ungüento de nuestro perdón sean dignos de
un Dios tan misericordioso. Como Él perdona, así perdonar a quienes nos
ofenden.
No nos fijemos en el "derroche"
de este caro perfume. Es un perfume que nunca se acaba si es a Cristo a quien
lo ofrecemos. Obrando así prepararemos la sepultura del Señor, su resurrección
y su permanencia entre nosotros.
San Patricio
Nacido en Gran
Bretaña (Bennhaven Taberniae (pueblecito de Escocia que hoy no se encuentra en
los mapas) hacia el 385, muy joven fue llevado cautivo a Irlanda, y obligado a
guardar ovejas. Recobrada la libertad, abrazó el estado clerical y fue
consagrado obispo Irlanda, desplegando extraordinarias dotes de evangelizador,
y convirtiendo a la fe a numerosas gentes, entre las que organizó la Iglesia.
Murió el año 461, en Down, llamado en su honor Downpatrik (Irlanda).
No se conoce
con exactitud los datos cronológicos del Apóstol de Irlanda. Por lo que el
santo dice de si mismo, se supone que era de origen romano-bretón. Su padre
Calpurnio era diácono y oficial del ejercito romano; su madre era familia de
San Martín de Tours; su abuelo había sido sacerdote ya que en aquellos tiempos
no se había impuesto aún la ley del celibato sacerdotal en todo el occidente.
Se afirma que
fue alrededor del año
La Divina
Providencia aprovechó este tiempo de esclavitud, de rudo trabajo y sufrimiento,
para espiritualizarlo, preparándolo para el futuro, ya que el mismo dijo que
hasta entonces "aún no conocía al verdadero Dios", queriendo decir
que había vivido indiferente a los consejos y advertencias de la Iglesia.
Se cree que el
lugar de su cautiverio fue en las costas de Mayo, al borde del bosque de
Fochlad (o Foclut). De ser así, el monte de Crochan Aigli, que fue escenario
del famoso ayuno de San Patricio, también fue el lugar donde vivió los tristes
años de su juventud.
Lo mas
importante es que para entonces, como el lo dice: "oraba de continuo
durante las horas del día y fue así como el amor de Dios y el temor ante su
grandeza, crecieron mas dentro de mí, al tiempo que se afirmaba mi fe y mi
espíritu se conmovía y se inquietaba, de suerte que me sentía impulsado a hacer
hasta cien oraciones en el día y, por la noche otras tantas. Con este fin,
permanecía solo en los bosques y en las montañas. Y si acaso me quedaba
dormido, desde antes de que despuntara el alba me despertaba para orar, en
tiempos de neviscas y de heladas, de niebla y de lluvias. Por entonces estaba
contento, porque lejos de sentir en mi la tibieza que ahora suele embargarme,
el espíritu hervía en mi interior".
Después de
seis años en tierra de Irlanda y de haber rezado mucho a Dios para que le
iluminara sobre su futuro, una noche soñó que una voz le mandaba salir huyendo
y llegar hasta el mar, donde un barco lo iba a recibir. Huyendo, caminó mas de
"llegó el
día en que el capitán de la nave, angustiado por nuestra situación, me instaba
a pedir el auxilio del cielo. ´¿Cómo es que nos sucede esto, cristiano? Dijiste
que tu Dios era grande y todopoderoso, ¿por qué entonces no le diriges una
plegaria por nosotros, que estamos amenazados de morir por hambre? Tal vez no
volvamos a ver a un ser humano…´ A aquellas súplicas yo respondí
francamente: ´Poned toda vuestra confianza y volved vuestros corazones al Señor
mi Dios, para quien nada es imposible, a fin de que en este día os envíe
vuestro alimento en abundancia y también para los siguientes del viaje, hasta
que estéis satisfechos puesto que El tiene de sobra en todas partes´. Fue
entonces cuando vimos cruzar por el camino una piara de cerdos; mis compañeros
los persiguieron y mataron a muchos. Ahí nos quedamos dos noches y, cuando
todos estuvieron bien satisfechos y hasta los perros que aún sobrevivían,
quedaron hartos, reanudamos la caminata. Después de aquella comilona todos
mostraban su agradecimiento a Dios y yo me convertí en un ser muy honorable a
sus ojos. Desde aquel día tuvimos alimento en abundancia."
Finalmente
llegaron a lugar habitado y así Patricio quedó a salvo a la edad de veintidós o
veintitrés años y volvió a su casa. Con el tiempo, durante las vigilias de Patricio
en los campos, se reanudaron las visiones y, a menudo, oía "las voces de
los que moran mas allá del bosque Foclut, mas allá del mar del oeste y así
gritaban todas al mismo tiempo, como si salieran de una sola boca, estas
palabras: ´Clamamos a ti, Ho joven lleno de virtudes, para que vengas entre
nosotros nuevamente´ ". "Eternas gracias deben dársele a Dios,
agrega, porque al cabo de algunos años el Señor les concedió aquello por lo que
clamaban".
No hay ninguna
certeza respecto al orden de los acontecimientos que se produjeron desde
entonces.
Los primeros
biógrafos del santo dicen que Patricio pasó varios años en Francia antes de
realizar su trabajo de evangelización en Irlanda. Existen pruebas firmes de que
pasó unos tres años en la isla de Lérins, frente a Canes, y después se radicó
en Auxerre durante quince años mas. También hay sólidas evidencias de que tenía
buenas relaciones personales con el obispo San Germán de Auxerre. Durante este
tiempo le ordenaron sacerdote.
Algunos
historiadores sostienen, que en esa época hizo un viaje a Roma y que, el Papa
Celestino I fue quien le envió a Irlanda con una misión especial, ya que su
primer enviado Paladio nunca logró cumplir porque a los doce meses de haber
partido murió en el norte de Britania. Para realizar esa misión encomendada por
el Pontífice, San Germán de Auxerre consagró obispo a Patricio.
Puesto que
dependemos de datos confusos, legendarios y muchas veces contradictorios, de
sus primeros biógrafos, es materialmente imposible obtener detalles del heroico
trabajo en las tierras donde había estado cautivo. La tradición afirma que
trabajó en el norte, en la región de Slemish, que dicen fue la misma donde
Patricio cuidaba el ganado y oraba a Dios cuando era un joven esclavo. Una
anécdota que antiguamente la tenían por auténtica en Irlanda relata que cuando
el amo se enteró del regreso de Patricio convertido en venerado predicador, se
puso tan furioso que prendió fuego a su propia casa, pereciendo en medio de las
llamas.
Se afirma que,
a su arribo a tierras irlandesas, San Patricio permaneció una temporada en
Ulster, donde fundó el monasterio de Saúl y que con la energía que lo
caracterizaba se propuso la tarea de conquistar el favor del "Gran
Rey" Laoghaire, que vivía con su corte en Tara, de la región de Meath.
Utilizaba un
lenguaje sencillo al evangelizar. Por ejemplo, para explicarles acerca de la
Santísima Trinidad, les presentaba la hoja del trébol, diciéndoles que así como
esas tres hojitas forman una sola verdadera hoja, así las tres personas
divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, forman un solo Dios verdadero. Todos lo
escuchaban con gusto, porque el pueblo lo que deseaba era entender.
San Patricio y
sus enemigos
Sus acérrimos
opositores fueron los druidas, representantes de los dioses paganos. También
sufrió mucho a manos de los herejes pelagianos, que para arruinar su obra
recurrieron inclusive a la calumnia. Para defenderse, Patricio escribió su
Confessio. Por fortuna poseemos una colección bastante nutrida de esos
escritos, que nos muestra algo de el mismo, como sentía y actuaba.
Circulaba
entre los paganos un extraño vaticinio, una profecía, respecto al santo, que
Muirchu, su historiador nos transmite textualmente así: "Cabeza de azuela
(referencia a la forma aplanada de la cabeza tonsurada) vendrá con sus
seguidores de cabezas chatas, y su casa (casulla o casuela, es decir casa
pequeña) tendrá un agujero para que saque su cabeza. Desde su mesa clamará
contra la impiedad hacia el oriente de su casa. Y todos sus familiares responderán,
Amén, Amén". Los augurios agregaban esto todavía: "Por lo tanto,
cuando sucedan todas estas cosas, nuestro reino, que es un reinado de
idolatría, se derrumbará".
En la
evangelización, San Patricio puso mucha atención en la conversión de los jefes,
aunque parece ser que el mismo rey Laoghaire no se convirtió al cristianismo,
pero si, varios miembros de su familia. Consiguió el amparo de muchos jefes
poderosos, en medio de muchas dificultades y constantes peligros, incluso el
riesgo de perder la vida (mas de cinco veces) en su trato con aquellos
bárbaros. Pero se notaba que había una intervención milagrosa de Dios que lo
libraba de la muerte todas las veces que los enemigos de la religión trataban
de matarlo. En un incidente que ocurrió en misión, su cochero Odhran, quizás
por algún presentimiento, insistió en reemplazar al santo en el manejo de los
caballos que tiraban del coche, por consiguiente fue Odhram quien recibió el
golpe mortal de una lanza que estaba destinada a quitarle la vida a San Patricio.
No obstante
los contratiempos, el trabajo de la evangelización de Irlanda, siguió firme. En
varios sitios de Irlanda, construyó abadías, que después llegaron a ser famosas
y alrededor de ellas nacieron las futuras ciudades. En Leitrim, al norte de
Tara, derribó al ídolo de Crom Cruach y fue uno de los lugares donde edificó
una de las iglesias cristianas. En la región de Connaught, realizó cosas
notables. En la población de Tirechan se conservó para la posteridad la
historia de la conversión de Ethne y Fedelm, hijas del rey Laoghaire. También
existen las narraciones de las heroicas predicaciones de San Patricio en
Ulster, en Leinster y en Munster.
Por su
santidad, manifiesta en su carácter su lenguaje sencillo al evangelizar y por
el don de hacer milagros, San Patricio logró muchas victorias sobre sus
oponentes paganos y hechiceros. Ese triunfo le sirvió para que los pobladores
de Irlanda se abrieran a la predicación del cristianismo. De hecho hacen
referencias en los textos del Senchus Mor (el antiguo código de las leyes
irlandesas) a cierto acuerdo concertado en Tara entre los paganos y el santo y
su discípulo San Benigno (Benen). Dicen esos libros que "Patricio convocó
a los hombres del Erin para que se reunieran todos en un sitio a fin de conferenciar
con él. Cuando estuvieron reunidos, se les predicó el Evangelio de Cristo para
que todos lo escucharan. Y sucedió que, en cuanto los hombres del Erin
escucharon el Evangelio y conocieron como este daba frutos en el gran poder de
Patricio demostrado desde su arribo y al ver al rey Laoghaire y a sus druidas
asombrados por las grandes maravillas y los milagros que obraba, todos se
inclinaron para mostrar su obediencia a la voluntad de Dios y a Patricio".
Hay muchas
fantasías sobre las confrontaciones de San Patricio con los magos druidas pero
también hay relatos que tienen un trasfondo sin duda histórico. Dicen que un
Sábado Santo, cuando nuestro santo encendió el fuego pascual, se lanzaron con
toda su furia a apagarlo, pero por más que trataron no lo lograron. Entonces
uno de ellos exclamó: "El fuego de la religión que Patricio ha encendido,
se extenderá por toda la isla". Y se alejaron. La frase del mago se ha
cumplido; la religión católica se extendió de tal manera por toda Irlanda, que
hoy sigue siendo un país católico, iluminado por la luz de la religión de
Cristo, y que a su vez a dado muchos misioneros a la Iglesia.
El Sínodo
Hay muchas y
buenas razones para creer que San Patricio convocó a un sínodo, seguramente en
Armagh, no se mencionó el sitio. Muchos de los decretos emitidos en aquella
asamblea, han llegado hasta nosotros tal como fueron redactados, aunque no cabe
dudas que a varios de ellos se le hicieron añadiduras y enmiendas. En esa época
San Patricio era ya un anciano con la salud quebrantada por el desgaste físico
de sus austeridades y de sus treinta años de viajes de evangelización.
Probablemente el sínodo haya tenido lugar cuando los días del santo ya estaban
contados
Vida de
Santidad
Solo
llegaremos a comprender el hondo sentimiento humano que tenía el santo y el
profundo amor a Dios que lo animaba, si estudiamos detenidamente sus escritos
contenidos en las "Confesiones", la Lorica y la carta a Coroticus de
San Patricio. Conoceremos el secreto de la extraordinaria impresión que causaba
a los que lo conocían personalmente. Patricio era un hombre muy sencillo, con
un gran espíritu de humildad. Decía que su trabajo misionero era la simple
actuación de un mandamiento divino y que su aversión contra los pelagianos se
debía al absoluto valor teológico que él atribuía a la gracia. Era
profundamente afectuoso, por lo que vemos en sus escritos referirse tantas
veces al inmenso dolor que le produjo separarse de su familia de sangre y de su
casa, a la que le unía un gran cariño. Era muy sensible, le hacía sufrir mucho
que digan que trabajaba en la misión que había emprendido para buscar provecho
propio, por eso insistía tanto en el desinterés que lo animaban a seguir
trabajando.
De sus
Confesiones: "Incontables dones me fueron concedidos con el llanto y con
las lágrimas. Contrarié a mis gentes y también, contra mi voluntad, a no pocos
de mis mayores; pero como Dios era mi guía, yo no consentí en ceder ante ellos
de ninguna manera. No fue por mérito propio, sino porque Dios me había
conquistado y reinaba en mí. Fue El quien se resistió a los ruegos de los que
me amaban, de suerte que me aparté de ellos para morar entre los paganos de
Irlanda, a fin de predicarles el Evangelio y soportar una cantidad grande de
insultos por parte de los incrédulos, que me hacían continuos reproches y que
aun desataban persecuciones contra mí, en tanto que yo sacrificaba mi libertad
en su provecho. Pero si acaso se me considera digno, estoy pronto a dar hasta
mi vida en nombre de Dios, sin vacilaciones y con gozo. Es mi vida la que me
propongo pasar aquí hasta que se extinga, si el Señor me concede esa
gracia".
La santidad da
frutos
El buen éxito
de la misión de San Patricio se debe ante todo a su fe por la que se disponía a
cualquier sacrificio y a la inteligente organización que supo crear en esa
isla, carente de ciudades y dividida en muchas tribus o clanes, dirigidos por
un jefe independiente cada una. El supo adaptarse a las condiciones sociales
del lugar, formando un clero local, consagró obispos y sacerdotes y fundo
monasterios y pequeñas comunidades cristianas dentro del mismo clan, sin
rechazar usos ni costumbres tradicionales. Tuvo la feliz idea de que el obispo
de cada región fuera al mismo tiempo el Abad o superior del monasterio más
importante del lugar, así cada obispo era un fervoroso religioso y tenía la
ayuda de sus monjes para enseñar la religión al pueblo. Las vocaciones que
consiguió para el sacerdocio y la vida religiosa fueron muchísimas.
La obra de
evangelización pudo progresar rápidamente gracias también a que San Patricio
atrajo muchos discípulos fieles, como Benigno quién estaba destinado a
sucederle. Siempre fue muy fiel a la Iglesia y, a pesar de la distancia, el
santo se mantenía en contacto con Roma. En el año 444 se fundó la iglesia catedral
de Armagh (hoy Armoc), la sede principal de Irlanda, dato que está asentado en
los "Anales de Ulster". Es probable que no haya pasado mucho tiempo
antes que Armagh se convirtiera en un gran centro de educación y
administración.
San Patricio,
en el transcurso de 30 años de apostolado, convirtió al cristianismo a
"toda Irlanda". El propio santo alude, mas de una vez, a las
"multitudes", a los "muchos miles" que bautizó y confirmó.
"Ahí", dice San Patricio, "donde jamás se había tenido
conocimiento de Dios; allá, en Irlanda, donde se adoraba a los ídolos y se
cometían toda suerte de abominaciones, ¿cómo ha sido posible formar un pueblo
del Señor, donde las gentes puedan llamarse hijos de Dios? Ahí se ha visto que
hijos e hijas de los reyezuelos escoceses, se transformen en monjes y en
vírgenes de Cristo". Sin embargo, como es lógico pensar, el paganismo y el
vicio no habían desaparecido por completo. En las "Confesiones", que
fueron escritas hacia el fin de su vida, dice el santo: "A diario estoy a
la espera de una muerte violenta, de ser robado, de que me secuestren para
servir como esclavo, o de cualquier otra calamidad semejante". Pero más
adelante agrega: "Me he puesto en manos del Dios de misericordia, del
Todopoderoso Señor que gobierna toda cosa y, como dijo el profeta: ´Deja tus
cuidados con el Señor y El proveerá la manera de aliviarlos". En esta
confianza estaba, sin duda su incansable valor y la firme decisión de San
Patricio a lo largo de su heroica carrera. Su fortaleza de no permitir a los
enemigos del catolicismo que propagaran por allí sus herejías, fue una de las
razones para que Irlanda se haya conservado tan católica.
La obra del
incansable misionero dio muchos frutos con el tiempo: Lo vemos en el
maravilloso florecimiento de santos irlandeses. Logró reformar las leyes
civiles de Irlanda, consiguió que la legislación fuera hecha de acuerdo con los
principios católicos, lo cual ha contribuido a que esa nación se haya
conservado firme en la fe por mas de 15 siglos, a pesar de todas las persecuciones.
Según un
cronista de Britania, Nennius, San Patricio subió a una montaña a rezar y hacer
ayuno y "desde aquella colina, Patricio bendijo al pueblo de Irlanda y, el
objeto que perseguía al subir a la cima, era el de orar por todos y el de ver
el fruto de sus trabajos…Después, en edad bien avanzada, fue a recoger su
recompensa y a gozar de ella eternamente. Amén". Patricio murió y fue
sepultado en el año 461, en Saúl, región de Stragford Lough, donde había
edificado su primera iglesia.
SENANA SANTA
I
LUNES
SANTO. PASION DE NUESTRO SEÑOR
LAS
NEGACIONES DE PEDRO
I- San Pedro
niega conocer al Señor. Nuestras negaciones.
II- La mirada
de Jesús y la contrición de Pedro.
III- El
verdadero arrepentimiento. Acto de contrición.
I. Mientras
se desarrolla el proceso contra Jesús ante el Sanedrín tiene lugar la escena
más triste de la vida de Pedro. Él, que lo había dejado todo por seguir a
nuestro Señor, que ha visto tantos prodigios y ha recibido tantas muestras de
afecto, ahora le niega rotundamente. Se siente acorralado y niega hasta con
juramento conocer a Jesús.
Cuando Pedro
estaba abajo en el atrio, llega una de la criadas del Sumo Sacerdote y, al ver
a Pedro que se estaba calentando, fijándose en él, le dice: También tú estabas
con Jesús, ese Nazareno. Pero él lo negó diciendo: Ni le conozco, ni sé de qué
hablas. Y salió afuera, al vestíbulo de la casa, y cantó un gallo. Y al verlo
la criada empezó a decir otra vez a los que estaban alrededor: éste es de los
suyos. Pero él lo volvió a negar. Y un poco después, los que estaban allí
decían a Pedro: Desde luego eres de ellos, porque también tú eres galileo. Pero
él comenzó a decir imprecaciones y a jurar: No conozco a ese hombre del que
habláis (1).
Ha negado
conocer a su Señor, y con eso niega también el sentido hondo de su existencia:
ser Apóstol, testigo de la vida de Cristo, confesar que Jesús es el Hijo de
Dios vivo. Su vida honrada, su vocación de Apóstol, las esperanzas que Dios
había depositado en él, su pasado, su futuro: todo se ha venido abajo. ¿Cómo es
posible que diga no conozco a ese hombre? Unos años antes, un milagro obrado
por Jesús había tenido para él un significado especial y profundo. Al ver la
pesca milagrosa (la primera de ellas) Pedro lo comprendió todo, se arrojó a los
pies de Jesús y le dijo: Apártate de mí, Señor, que soy un pobre pecador. Pues
el asombro se había apoderado de él (2). Parece como si en un momento lo
hubiera visto todo claro: la santidad de Cristo y su condición de hombre
pecador. Lo negro se percibe en contraste con lo blanco, la oscuridad con la
luz, la suciedad con la limpieza, el pecado con la santidad. Y entonces,
mientras sus labios decían que por sus pecados se siente indigno de estar junto
al Señor, sus ojos y toda su actitud le pedían no separarse jamás de Él. Aquel
fue un día muy feliz. Allí comenzó realmente todo: Entonces dijo Jesús a Simón:
No temas; desde ahora serán hombres los que has de pescar. Y ellos, sacando las
barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron (3). La vida de Pedro
tendría desde entonces un formidable objetivo: amar a Cristo y ser pescador de
hombres. Todo lo demás sería medio e instrumento para este fin. Ahora, por
fragilidad, por dejarse llevar del miedo y de los respetos humanos, Pedro se ha
derrumbado.
El pecado, la
infidelidad en mayor o menor grado, es siempre negación de Cristo y de lo más
noble que hay en nosotros mismos, de los mejores ideales que el Señor ha
sembrado en nosotros. El pecado es la gran ruina del hombre. Por eso hemos de
luchar con ahínco, ayudados por la gracia, para evitar todo pecado grave -los
de malicia, fragilidad o ignorancia culpable- y todo pecado venial deliberado.
Pero incluso
del pecado, si tuviéramos la desgracia de cometerlo, hemos de sacar frutos,
pues la contrición afianza más la amistad con el Señor. Nuestros errores no
deben desalentarnos jamás si nos comportamos con humildad. Un sincero
arrepentimiento es siempre la ocasión de un encuentro nuevo con el Señor, del
que se pueden derivar insospechadas consecuencias para nuestra vida interior.
Si pecamos, hemos de volver al Señor cuantas veces sea preciso, sin
angustiarnos pero sí con dolor. “Pedro invirtió una hora para caer, pero
en un minuto se levanta y subirá más alto de lo que estaba antes de su
caída” (4).
El Cielo está
lleno de grandes pecadores que supieron arrepentirse. Jesús nos recibe siempre
y se alegra cuando recomenzamos el camino que habíamos abandonado, quizá en
cosas pequeñas.
II. El Señor,
maltratado, es llevado por uno de aquellos atrios. Entonces, se volvió y miró a
Pedro (5). “Sus miradas se cruzaron. Pedro hubiera querido bajar la
cabeza, pero no pudo apartar su mirada de Aquel que acababa de negar. Conoce
muy bien las miradas del Salvador. No pudo resistir a la autoridad y al encanto
de esa mirada que suscitó su vocación; esa mirada tan cariñosa del Maestro
aquel día en que, mirando a sus discípulos, afirmó: He aquí a mis hermanos,
hermanas y madre. Y aquella mirada que le hizo temblar cuando él, Simón, quiso
apartar la Cruz del camino del Señor. ¡Y la compasiva mirada con que acogió al
joven tan poco desprendido para seguirle! ¡Y la mirada anegada de lágrimas ante
el sepulcro de Lázaro...! Conoce las miradas del Salvador.
“Y, sin
embargo, nunca jamás contempló en el rostro del Señor la expresión que descubre
en Él en aquel momento, aquellos ojos impregnados de tristeza, pero sin
severidad; mirada de reconvención, sin duda, pero que al mismo tiempo quiere
ser suplicante y parece decirle: Simón, yo he rogado por ti. “Su mirada
sólo se detuvo un instante sobre él: Jesús fue empujado violentamente por los
soldados, pero Pedro la sigue viendo” (6). Ve la mirada indulgente sobre
la llaga profunda de su culpa. Comprendió entonces la gravedad de su pecado, y
el cumplimiento de la profecía del Señor respecto a su traición. Y recordó
Pedro las palabras del Señor: Antes que el gallo cante hoy, me habrás negado
tres veces. Salió fuera y lloró amargamente (7). El salir fuera “era confesar
su culpa. Lloró amargamente porque sabía amar, y bien pronto las dulzuras del
amor reemplazaron en él a las amarguras del dolor” (8).
Saberse
mirado por el Señor impidió que Pedro llegara a la desesperanza. Fue una mirada
alentadora en la que Pedro se sintió comprendido y perdonado. ¡Cómo recordaría
entonces la parábola del Buen Pastor, del hijo pródigo, de la oveja perdida!
Pedro salió fuera. Se separó de aquella situación, en la que imprudentemente se
había metido, para evitar posibles recaídas. Comprendió que aquél no era su
sitio. Se acordó de su Señor, y lloró amargamente. En la vida de Pedro vemos
nuestra propia vida. “Dolor de Amor. -Porque Él es bueno. -Porque es tu
Amigo, que dio por ti su Vida. -Porque todo lo bueno que tienes es suyo. -Porque
le has ofendido tanto... Porque te ha perdonado... ¡Él!... ¡¡a ti!!
“-Llora,
hijo mío, de dolor de Amor” (9).
La contrición
da al alma una especial fortaleza, devuelve la esperanza, hace que el cristiano
se olvide de sí mismo y se acerque de nuevo a Dios en un acto de amor más
profundo. La contrición aquilata la calidad de la vida interior y atrae siempre
la misericordia divina. Mis miradas se posan sobre los humildes y sobre los de
corazón contrito (10).
Cristo no
tendrá inconveniente en edificar su Iglesia sobre un hombre que puede caer y ha
caído. Dios cuenta también con los instrumentos débiles para realizar, si se
arrepienten, sus empresas grandes: la salvación de los hombres.
Muy
probablemente Pedro, después de las negaciones y de su arrepentimiento, iría a
buscar a la Virgen. También nosotros lo hacemos ahora que recordamos con más
viveza nuestras faltas y negaciones.
III. Además
de una gran fortaleza, la verdadera contrición da al alma una particular
alegría, y dispone para ser eficaces entre los demás. “El Maestro pasa,
una y otra vez, muy cerca de nosotros. Nos mira... Y si le miras, si le
escuchas, si no le rechazas, Él te enseñará cómo dar sentido sobrenatural a
todas tus acciones... Y entonces tú también sembrarás, donde te encuentres, consuelo
y paz y alegría” (11).
Sobre Judas
también recayó la mirada del Señor, que le incita a cambiar cuando, en el
momento de su traición, se sintió llamado con el título de amigo. ¡Amigo! ¿A
qué has venido aquí? No se arrepintió en ese momento, pero más tarde sí: viendo
a Jesús sentenciado, arrepentido de lo hecho, restituyó las treinta monedas de
plata (12).
¡Qué
diferencia entre Pedro y Judas! Los dos traicionaron (de distinta manera) la
fidelidad a su Maestro. Los dos se arrepintieron. Pedro sería -a pesar de sus
negaciones- la roca sobre la que se asentará la Iglesia de Cristo hasta el
final de los tiempos. Judas fue y se ahorcó. El simple arrepentimiento humano
no basta; produce angustia, amargura y desesperación.
Junto a
Cristo el arrepentimiento se transforma en un dolor gozoso, porque se recobra
la amistad perdida. En unos instantes, Pedro se unió al Señor -a través del
dolor de sus negaciones- mucho más fuertemente de lo que había estado nunca. De
sus negaciones arranca una fidelidad que le llevará hasta el martirio.
Judas fue
todo lo contrario, se queda solo: A nosotros ¿qué nos importa?, allá tú, le
dicen los príncipes de los sacerdotes. Judas, en el aislamiento que produce el
pecado, no supo ir a Cristo; le faltó la esperanza.
Debemos
despertar con frecuencia en nuestro corazón el dolor de Amor por nuestros
pecados. Sobre todo al hacer el examen de conciencia al acabar el día, y al
preparar la Confesión.
“A ti
que te desmoralizas, te repetiré una cosa muy consoladora: al que hace lo que
puede, Dios no le niega su gracia. Nuestro Señor es Padre, y si un hijo le dice
en la quietud de su corazón: Padre mío del Cielo, aquí estoy yo, ayúdame... Si
acude a la Madre de Dios, que es Madre nuestra, sale adelante” (13).
(1)Mc 14, 66-67.- (2) Cfr. Lc 5, 8-9.- (3) Lc 5, 10-11.- (4) G.
CHEVROT, Simón Pedro, p. 261.- (5) Lc 22, 61.- (6) G. CHEVROT, loc. cit. , p.
265-266.- (7) Lc 22, 61-62.- (8) SAN AGUSTIN, Sermón 295 .- (9) J.
ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 436.- (10) Is 66, 2.- (11) J. ESCRIVA DE
BALAGUER, Vía Crucis, VIII, 4.- (12) Cfr. Mt 27, 3-10.- (13) J. ESCRIVA DE
BALAGUER, Vía Crucis X, 3.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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