La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Lunes de la cuarta
4ª de Pascua
Santa
Liduvina
Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante
Hechos
11,1-18
1 Los apóstoles y los hermanos que estaban
en Judea supieron que también los paganos habían recibido la palabra de Dios. 2 Cuando Pedro llegó a Jerusalén, los
partidarios de
la circuncisión le echaron en cara: 3 «¿Por
qué has entrado en casa de hombres incircuncisos y has comido con ellos?». 4 Entonces Pedro comenzó a explicarles por orden, diciendo: 5 «Estaba yo en la ciudad de Jafa orando, cuando tuve en
éxtasis una visión: un objeto descendía a modo de un gran lienzo, colgado por las
cuatro puntas desde el cielo, y llegó hasta mí. 6 Yo
lo miré fijamente, lo examiné y vi cuadrúpedos, bestias, reptiles y aves. 7 Oí también una voz que me decía: Levántate, Pedro, mata y come.
8 Pero yo dije: De ninguna manera, Señor;
porque nada profano o impuro ha entrado jamás en mi boca. 9 Pero la voz del cielo dijo por segunda vez: Lo que Dios ha
purificado, tú no lo llames impuro. 10
Esto se repitió por tres veces, y todo fue arrebatado de nuevo al cielo.11 Entonces mismo se presentaron en la casa donde yo estaba
tres hombres que me habían enviado desde Cesarea. 12 Y el Espíritu me dijo que fuera con ellos sin dudar. Estos
seis hermanos vinieron también conmigo y entramos en la casa del hombre en
cuestión, 13 el cual nos contó que se le había aparecido
un ángel y que le había dicho: Manda a Jafa a llamar a Simón Pedro, 14 el cual, con sus palabras, te traerá la salvación a ti y a
tu familia. 15 Y al comenzar yo a hablar, descendió el
Espíritu Santo sobre ellos, como al principio sobre nosotros. 16 Recordé estas palabras del Señor: Juan bautizó en agua,
pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo. 17 Pues si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a
nosotros por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿cómo podía yo oponerme a Dios?».
18 Al oír esto callaron y glorificaron a
Dios, diciendo: «Así que también a los paganos Dios ha concedido el
arrepentimiento para alcanzar la vida».
Salmo 41,2-4
2 Como la cierva busca corrientes de agua,
así mi alma te
busca a ti, Dios mío;
¿cuándo podré
ir a ver el rostro del Señor?
4 Yo llegaré hasta el altar de Dios,
del Dios que
es mi gozo y mi alegría;
te alabaré al
son de la cítara, Señor, Dios mío.
Juan 10,1-10
1 «Os aseguro que el que no entra por la
puerta en el redil de las ovejas, sino saltando por otra parte, es un ladrón y un
salteador. 2 Pero el que entra por la puerta es el
pastor de las ovejas. 3 El guarda le abre la puerta y las ovejas reconocen
su voz; él llama a sus ovejas por sus nombres y las saca fuera. 4 Y cuando ha sacado todas sus ovejas, va delante de ellas, y
las ovejas lo siguen porque conocen su voz. 5
Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz
de los extraños». 6 Jesús les puso esta semejanza, pero ellos
no entendieron qué quería decir. 7 Por
eso Jesús se lo explicó así: «Os aseguro que yo
soy la puerta
de las ovejas. 8 Todos los que vinieron antes de mí eran
ladrones y salteadores, pero las ovejas no les hicieron caso. 9 Yo soy la puerta; el que entra
por mí se
salvará; entrará y saldrá y encontrará pastos.10 El
ladrón sólo entra para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan
vida y la tengan abundante.
En este día en
que recordamos al Buen Pastor, pensemos también en los sacerdotes. Gracias a
Dios, nuestra Iglesia Católica cuenta con muchos y muy santos sacerdotes en
todas las latitudes del mundo. Pero algunos de nuestros enemigos se han
confabulado rabiosamente para atacarlos con calumnias de muy mal gusto, para
desprestigiarlos y manchar públicamente su buena fama y reputación con mentiras
soeces y deshonestas. Y, lo que es peor, algunos católicos inconscientes se han
prestado como tontos útiles para hacerles eco y seguir su juego tan sucio y tan
poco leal. Pero, en fin, si Cristo mismo fue perseguido y calumniado, no
podemos esperar una suerte diversa para sus sacerdotes. Él mismo nos lo
advirtió: “El discípulo no es más que su Maestro: si al amo le llamaron
‘Beelzebul’ –o sea, príncipe de los demonios–, ¿cuánto
más a los de su casa?” (Mt 10, 24-25). Si nos calumnian injustamente, es
señal de que vamos por el mismo camino que siguió nuestro Señor.
Pero, aunque
es verdad que algunos pocos, poquísimos, sí han fallado –pues los
sacerdotes son también seres humanos frágiles y pecadores debemos hacerles
justicia y reconocer públicamente que los buenos sacerdotes son, por fortuna,
la inmensa mayoría, casi todos. Y se comportan como “buenos
pastores”, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, el Buen Pastor.
Recuerdo con
gran emoción las celebraciones del Jubileo de los sacerdotes del año 2000. Del
14 al 18 de mayo nos reunimos, aquí en Roma, alrededor de 9 mil sacerdotes
venidos de toda la geografía mundial para festejar, junto con el Santo Padre
Juan Pablo II, el gran jubileo de la encarnación y del nacimiento del Hijo de
Dios. Se hizo coincidir esa celebración con el 80o. cumpleaños del Papa. Era
evidente su felicidad. En los encuentros de estos días, además de compartir
juntos la Eucaristía, el regocijo y los festejos al lado de nuestro Supremo
Pastor, el Santo Padre, algunos sacerdotes ofrecieron un bellísimo testimonio
de fidelidad en la vivencia de su sacerdocio.
Varios de
ellos, auténticos mártires en vida, sufrieron con heroísmo glorioso la
persecución religiosa de los regímenes totalitarios. Sometidos a torturas, a
humillaciones y a las más crueles vejaciones en su dignidad humana,
permanecieron fieles a Cristo, a su fe y a su sacerdocio. Como aquel anciano
sacerdote albanés, que fue arrestado en 1947 por falsas acusaciones, y nos
contaba, profundamente conmovido, que había pasado toda su vida como prisionero
y en trabajos forzados, y que había conocido la libertad a los 80 años, cuando
en 1989 había podido celebrar su primera Misa en medio a la gente. ¡Qué
santidad de pastores tenemos!
Todos
nosotros, en las más diversas circunstancias de la vida, hemos tenido a nuestro
lado a santos sacerdotes que nos han ayudado a mantenernos en pie, a pesar de
las dificultades. Y a ellos les debemos la perseverancia en nuestra fe y en
nuestra vocación cristiana.
Yo recuerdo
con grandísimo cariño –y estoy seguro de que también tú, querido amigo
lector– la figura de sacerdotes que han dejado una huella indeleble en mi
existencia porque han sabido ser, como Cristo, “buenos pastores”.
Pastores, sí; y también buenos, como auténticos padres, amigos y compañeros de
la vida.
De san
Francisco de Sales, aquel obispo inefablemente amable, dulce y bondadoso, la
gente solía decir: “¡Cuán bueno debe ser Dios, cuando ya es tan bueno el
obispo de Ginebra!”. Y se cuenta que un hombre incrédulo de la Francia
del siglo XIX, alrededor del año 1840, fue invitado a visitar al padre Juan
María Vianney, conocido como el santo Cura de Ars. Y, a pesar de haber ido en
contra de su voluntad, después de conocerlo, exclamó: “¡Hoy he visto a
Dios en un hombre!”.
Es
impresionante también el testimonio que nos narró personalmente, hace algunos
años, Mons. Tadeusz Kondrusiewicz, entonces Administrador apostólico de la
Rusia europea y actual Arzobispo de Moscú: «Perni es una ciudad que se
encuentra en los Urales y, durante el comunismo, había allí campos de
concentración. Todavía en los años ochenta estaba detenido en ese lugar un
sacerdote lituano, Sigitas Tamkjavicius, hoy obispo metropolitano de Kaunas.
Después de la santa Misa los fieles me invitaron a visitar el cementerio. Me
llevaron ante la tumba del primer sacerdote que había trabajado en esa ciudad,
muerto en el siglo XIX. La gente me decía: “Durante sesenta años hemos
permanecido sin iglesia y sin sacerdote, pero estaba esta tumba; y durante las
fiestas veníamos aquí y rezábamos sobre esta tumba, incluso confesábamos
nuestros pecados. Ninguno de nosotros ha conocido al sacerdote que está aquí
sepultado. De él sólo sabemos lo que nos han contado nuestros abuelos. Y, sin
embargo, durante estos sesenta años él, de modo invisible, ha estado presente
entre nosotros, como si hubiera salido de la tierra para enseñarnos a ser
fieles a nuestra vocación cristiana. Gracias a esta tumba hemos conservado la
fe, que ahora renace y se refuerza”».
Gracias a
Dios, en nuestra Iglesia hay muchos sacerdotes santos. Y, como éstos, tenemos
legiones enteras y miríadas de ejemplos. Sacerdotes que, llenos de amor a Dios
y a los demás, desgastan su vida en silencio y a escondidas, como la vela roja
del Santísimo Sacramento que se consume de día y de noche en un continuo acto
de amor y de adoración a Jesús Eucaristía.
Pero los
sacerdotes también necesitan de nuestra oración y de nuestro apoyo, para que el
Señor les dé a todos el don de la santidad y de la perseverancia en su
vocación. Y oremos también por las vocaciones, para que el Dueño de la mies
mande a su Iglesia muchos y santos sacerdotes según su Corazón: buenos
pastores, como Jesús, “el Buen Pastor que da la vida por sus
ovejas”.
Santa Liduvina,
Patrona de los
enfermos crónicos..
Nace en
Schiedam, en una casa pobre y honrada, cerca de La Haya. Es la hija de Pedro,
el sereno. La llaman Liduvina, Ludiwina, Lidvina, Lydvid o Lidia.
Con quince
años comienza su historia de dolor cuando cae en el hielo del lago Schie donde
patinaba con sus amigas, al producirse un choque con una de ellas. Se rompió
una costilla y entró en cama para no levantarse más. A partir de este momento
ya se suceden todos los males y los intentos de curación conocidos en el
pueblo. Apostema pertinaz en el lugar de la herida, salen llagas, úlceras, por
fin gangrena con gusanos y mucho dolor. Se pasan el día cambiándola de una a
otra cama, pero cada traslado es un espantoso tormento; sus piernas ya no la
sostienen un día y ya es preciso arrastrarla por el suelo.
Enfermedad del
fuego sagrado, como lo llamaban en ese tiempo, en un brazo que se consume.
También tiene neuralgias.
Por si fuera
poco, el ojo derecho se extingue y le sangra el izquierdo. Se le producen
equimosis lívidas en el pecho que se convierten en pústulas cobrizas. Empieza
el mal al hígado y a los pulmones. El cáncer le hace agujero profundo en el
pecho. Y para colmo de males, la peste bubónica que asolaba Europa llegó a
Holanda y se estableció en Liduvina regalándole dos bubones terribles junto a
su corazón. Ella dijo: "dos no está mal, pero tres sería mejor, en honor
de la Santísima Trinidad"... y el tercero le brotó en la cara. Sólo la
lepra no visitó su cuerpo.
Cualquiera de
estos males era de muerte. Pero aquella vida era un milagro continuo. Ahora es
un montón de pellejos rotos y huesos; lejos queda la niña crecida y guapa que
fue, cuando su buen padre le buscaba pretendientes con los que ajustar una boda
que le sacara de apuros y a la que ella se negaba rotundamente.
¿Y los olores?
Los chorros de pus, a rosas; los emplastos retirados llenos de insectos,
embalsaman la casa, y de aquel cuerpo que todo se pudre, jamás salió olor de
muerto.
¿Y el
alimento? Una rodaja de manzana asada para un día. El estómago se rebela por
una tostada de pan mojado en leche o en cerveza. Después hubo de contentarse
con unas gotas de agua azucarada o con un poco de vino matado con agua.
¿Y el descanso?
Desaparecido el sueño, noches en vela, de espaldas con la piel que salía como
la corteza del árbol. Sus biógrafos dicen que en treinta y ocho años no durmió
veinte horas.
¿Y el ánimo?
El sufrimiento la llenó al principio de espanto. En cama, estuvo con frecuencia
a punto de desesperación. Por cuatro años pensó que estaba condenada; Dios no
se interesa por ella, no aparece, o mejor, ha desaparecido por indiferente;
casi se diría es un enemigo implacable y cruel.
Es incapaz de
rezar en ese estado de sufrimiento y postración donde no hay ni una ayuda del
cielo, ni un consuelo de la tierra. El cura del pueblo no se interesa por la
enferma mientras tenga que ocuparse de cebar sus capones y de mantener bien
repleta la despensa.
Algún alma
buena le puso en pista, aunque al principio, ella no entendió nada. "La
Pasión de Cristo la has meditado poco hasta ahora".
Ni siquiera
eso daba resultado; sus dolores le dolían más que los del Señor; pero lo
intentaba. La Comunión que le llevaron un día fue el remedio. Iluminada por una
gracia repentina descubrió su misión en la tierra: acompañar a Jesús en el
Calvario, reparar, clavarse voluntariamente en la cruz, ayudar al Mártir divino
a llevar los pecados del mundo.
Las cosas
cambiaron. Es la hora de la longanimidad. Empieza a ver lo positivo de su vida.
Ahora, ayudada por el pensamiento de la generosidad de los mártires, agradece
sus dolores al Señor. Comienza a preocuparse de los otros y de sus necesidades.
Mantiene su día en la presencia de Dios aunque se produzcan demencias,
apoplejías, neuralgias, dolores de muelas, mal de piedras y contracciones de
nervios. De su boca salen a un tiempo sonrisas, bondades, alaridos y sollozos y
ella misma decía que se olvidaba de su penoso estado cuando veía el rostro del
Ángel de su guarda, que le hacía intuir cuál no sería la hermosura del rostro
de Dios. Aparecen estigmas junto a los bubones y en los pies y en las manos.
Entiende de la
dulzura de mezclar su dolor con el dolor de Dios porque su mundo es el de Pedro
que llaman el Cruel, el de Carlos IV y Enrique de Lancaster con pantanos de
sangre y de guerra de bulas entre los antipapas, de violencia de los magnates y
ambiciones de los clérigos; era la época en que la cabeza tiarada de Cristo es
arrojada de Aviñón a Roma y de Roma a Aviñón. Siente de lejos el pecado y
repara. Detecta el mal de quienes la visitan y lo desenmascara para poner
remedio. Su habitación es un hospital de almas.
Esta glosa del
libro de Job pasó al cielo el día 14 de abril de 1433.
Sus reliquias
están en santa Gúdula de Bruselas.
Tema
Controvertido VIII
Sexualidad,
reproducción y catolicismo (I/II)
Se pretende,
por un lado, pertenecer a la Iglesia Católica y, por otro, forjarse un credo y
una moral a la medida personal
En la
actualidad, tanto a nivel nacional como internacional, se está viviendo desde
hace unos años un debate fundamental sobre cuestiones que afectan esencialmente
a nuestra cultura y, de modo consecuente, a nuestra fe y a nuestra moral
cristiana. No se trata de cuestiones accidentales por la importancia que
revisten en sí mismas, y por la extensión y alcance que han de tener las
decisiones legislativas que se tomen. En efecto, algunas de las medidas que se
pretende tomar (o que ya se han tomado) en nuestro país perjudican la
institución familiar, la vida moral de los jóvenes y adolescentes y la
educación de las futuras generaciones (y su misma existencia), oscureciendo y
enviciando sus ideas hasta el punto de crear una torcida visión cultural, que
contradice en algunos casos nuestra fe. No menos inquietante es el hecho de que
algunos proyectos de ley, en caso de ser sancionados (y algunos ya lo han
sido), nos hacen cooperadores, al menos materiales, en modelos de
comportamiento intrínsecamente inmorales.
Por esta
razón, todo católico tiene la obligación en conciencia de informarse y
formarse, así como, en la medida de sus posibilidades y responsabilidades,
hacer las cosas que estén a su alcance para defender su fe e impedir el mal de
propia persona y de la persona del prójimo (especialmente cuando se trata de
sus propios hijos, discípulos, alumnos, etc.). Estos problemas tienen tanta
importancia que la tristemente proverbial actitud del
“yo-no-me-meto” se nos presenta hoy en día como rayana con la
negligencia moralmente grave.
¿De qué
problemas se trata? Se trata de cuestiones de diversos órdenes. Por un lado,
tenemos las campañas legislativas que tienden a desmoronar las bases de nuestra
sociedad estableciendo una legislación contraria al bien común. Me refiero a
los diversos debates legislativos que vienen desarrollándose desde hace unos
años en torno a la “salud reproductiva”, la “despenalización
del aborto”, la “despenalización o legislación de la
esterilización”, la “eutanasia”, la “procreación
artificial”, la “experimentación embrional”, “la prostitución”,
“el travestismo”, etc.
Por otro lado
tenemos que enfrentar violentas campañas publicitarias encaminadas a suplantar
los valores y conceptos fundamentales de la persona (castidad, sexualidad,
pudor, pecado, virtud, etc.) por antivalores destructores de la persona y de la
cultura. Estamos en medio de una gigantesca campaña mediática (cine, radio,
televisión, periódicos, revistas) que promueve una vida sexual promiscua,
desordenada y antinatural.
A todo esto
hay que añadir la discusión de no menor importancia sobre la inclusión de
algunos comportamientos contrarios a la ley natural (e incluso civil, en
algunos casos) dentro de las prestaciones de las obras de salud. Ya se han
sentado antecedentes en que se ha exigido a determinadas obras sociales prestar
servicios de anticoncepción y esterilización. Además de la grave violación de
la ley que esto puede implicar, y de la injusticia palmaria que significa el
que los servicios públicos que muchas veces no cumplen adecuadamente con sus
compromisos respecto de la salud de sus socios enfermos vuelquen, en cambio,
sus haberes en atentados contra la salud; además de esto, digo, se platea aquí
el problema de conciencia para quienes, haciendo sus aportes a una obra de
“salud”, ven destinados parte de sus fondos a obras inmorales,
sintiéndose cooperadores involuntarios de las mismas.
Por todo
esto, considero necesario presentar a la consideración de todo católico algunas
verdades que hoy más que nunca debemos defender con firmeza.
I. Está en
juego el mismo concepto de “hombre”
Se trata de
dos visiones del hombre totalmente distintas y opuestas: por un lado el
concepto católico (que es el que está en la base de la filosofía realista, de
la visión judeo cristiana, de la doctrina magisterial de la Iglesia) sobre el
hombre, sobre la sexualidad, sobre el matrimonio, sobre la educación, sobre el
pecado y el vicio, sobre la virtud, etc.; por otro lado, el concepto opuesto
(que no es otro que el concepto materialista, hedonista y utilitarista)
presente en la raíz de todas estas legislaciones y campañas. El Papa Juan Pablo
II lo ha señalado hablando en concreto sobre la diferencia entre los métodos
naturales para regular la fertilidad y los métodos anticonceptivos: hay, entre
ambos “una diferencia antropológica y al mismo tiempo moral”; se
trata “de dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana
irreconciliables entre sí”[1].
“Irreconciliables”
significa que la aceptación de una exige, necesariamente, la negación de la
otra. Si se acepta la visión antropológica católica es necesario rechazar, como
falsa, la visión materialista y utilitarista de la persona, del sexo y del
matrimonio. Igualmente, quien acepta la visión que está en la base de esta
visión hedonista, rechaza necesariamente la visión católica del hombre y sus
implicancias.
Ahora bien,
es evidente que en la raíz de la actual campaña a favor de la promiscuidad, del
libertinaje sexual, de la equiparación de las uniones no sacramentales
(concubinato, matrimonio civil, uniones homosexuales) con el matrimonio, etc.,
hay una concepción del hombre y de la sexualidad que es profundamente
materialista. Estas actitudes son “opinables”,
“respetables”, “libres”, si el hombre es pura materia,
si su destino es exclusivamente intramundano, si no hay un Dios a quien rendir
cuentas, si no hay más ley que su libertad arbitraria y su conciencia autónoma
e independiente.
Pero si, por
el contrario, el hombre es cuerpo corruptible y alma inmortal, si lleva grabada
en su corazón una ley que él mismo no se dicta ni puede cambiar, sino que debe
obedecer como condición para perfeccionarse, si hay un Dios que guía con
Sabiduría nuestros pasos, un destino eterno y una rendición de cuentas al final
de nuestra existencia terrena... entonces, digo, las cosas cambian.
II. Está en
juego la Ley de Dios
Está en juego
también la Ley de Dios. Ley que está grabada en nuestros corazones, es decir,
en nuestras conciencias; y por eso es llamada “ley natural”, o más
propiamente “ley divina natural”, pues es divina por su Autor, y
natural por el sujeto donde está impresa[2]. Ley que llevan en sus corazones
incluso los paganos (cf. Ro 2,15)[3]. Tales son los diez mandamientos de la ley
natural[4].
Pero también
está en juego la Ley divina positiva, la Ley revelada por Dios a Moisés, y
repetida una y otra vez por Jesucristo. En el fondo coinciden sus preceptos con
los de la Ley natural (varía en algunas leves concreciones positivas de algunos
preceptos). Quedó grabada en las dos Tablas de la Ley que trajo Moisés de la
cima del Sinaí, y está en la base de la Ley de Gracia traída por Jesucristo
(sus preceptos morales perviven en la ley cristiana, como le manifestó Jesús al
joven rico –Mt 19,17–: Si quieres entrar en la vida [eterna],
guarda los mandamientos)[5].
Dios, en el
Sinaí, reiteró en sustancia la Ley que los hombres llevan en sus corazones,
porque el pecado y el vicio había oscurecido sus conciencias y había embotado
sus sentidos espirituales, al punto de no resultarle ya tan claro ni evidente
aquello que luce más fuerte que el sol: “Dios, dice San Agustín, escribió
en las tablas de la Ley lo que los hombres no leían en sus corazones”[6].
Esta misma
Ley natural y este núcleo moral de la Ley Revelada ha sido revalorizado y
recordado una y otra vez por el Magisterio de la Iglesia[7].
III. Está en
juego nuestro “ser católico”
Hay cosas que
un católico no puede poner en tela de juicio simplemente porque no son materia
de opinión. Puede discutir con los demás para defender estas verdades; pero no
las puede poner él en discusión. En lo que al actual debate se refiere quiero
recordar que no es materia opinable que:
1. La vida de
la persona humana comienza en el momento de la concepción; no en el momento en
que el embrión se anida en el útero, o cualquier otro tiempo arbitrariamente
señalado[8]. Esta vida es un don de Dios, distinta de las personas de los
padres que la han engendrado. De aquí se sigue:
a) Que la
vida es sagrada, y por tanto, todo atentado contra ella es un atentado contra
una persona humana[9].
b) Sólo Dios
es Señor de la vida del hombre[10]
c) No se
puede procrear artificialmente, aunque se pueda ayudar a los esposos para que
tengan más posibilidades de concebir una vida respetando la naturaleza[11].
d) Destruir
una persona humana en el seno materno (aborto) es un crimen gravísimo:
“No matarás... no matarás al hijo en el seno de su madre, ni quitarás la
vida al recién nacido”[12]. Por esta razón, para proteger esa vida
inocente, la Iglesia pena este delito con pena de excomunión[13].
2. El
ejercicio de la sexualidad sólo es lícito dentro del matrimonio legítimo,
respetando el plan que la Sabiduría divina manifiesta al hombre en los dos
aspectos que encierra el acto conyugal (el aspecto unitivo y el procreativo) y
en los ritmos biológicos de la sexualidad[14]. Esto implica que:
a) Es
gravemente ilícito el ejercicio de la sexualidad antes y fuera del matrimonio
(masturbación, fornicación, relaciones prematrimoniales, adulterio,
prostitución, homosexualidad, etc.)[15]. La Ley natural dice: No cometerás
actos impuros; la Ley de Dios: ¡Huid de la fornicación!... El que fornica peca
contra su propio cuerpo. ¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del
Espíritu Santo... y que no os pertenecéis? (1Co 6,18-19); ¡No os engañéis! Ni
los impuros..., ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales...
heredarán el Reino de Dios (1Co 6,9-10); Las obras de la carne son bien
conocidas: fornicación, impureza, libertinaje... orgías y cosas semejantes...
Quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios (Gál 5,19-21).
b) Dentro del
matrimonio es ilícito e intrínsecamente inmoral todo cuanto separe
voluntariamente las dos dimensiones del acto conyugal: ya se quiera el aspecto
unitivo anulando la capacidad procreativa del acto (preservativos, píldoras
abortivas o no, dispositivos intrauterinos, esterilización directa, etc.); ya
se quiera la procreación desvinculada (en su relación de causa-efecto) de la
unión marital (la fecundación artificial propiamente dicha)[16].
c) La
anticoncepción es materia de pecado grave[17].
d) Es lícito
por motivos serios usar prudentemente los períodos infértiles que la naturaleza
dispone en la mujer, realizando así las relaciones conyugales previendo que no
se seguirá de ellas un embarazo (métodos naturales)[18].
3. La
educación sexual de los niños y jóvenes es un derecho y un deber esencial,
original y primario, insustituible e inalienable de los padres, que no puede
ser ni totalmente delegado ni usurpado por otros, salvo el caso de la
imposibilidad física o psíquica[19]. De aquí se sigue que:
a) Los padres
tienen el derecho de educar a sus hijos conforme a sus convicciones morales y
religiosas[20].
b) Los padres
tienen la obligación de rechazar positivamente la educación sexual secularizada
y antinatalista[21].
c) Los padres
tienen la obligación de prestar atención a la instrucción sexual que se da a
sus hijos en las escuelas y colegios, incluso la que se imparte a propósito de
otras materias (sanidad e higiene, literatura infantil, estudios sociales,
etc.)[22].
d) Los padres
tienen la obligación de juzgar los distintos métodos de educación sexual a la
luz de los principios morales de la Iglesia[23].
e) Es pecado
gravísimo enseñar a los niños, adolescentes o jóvenes (tanto sus propios padres
cuanto sus maestros u otras personas) errores en materia de sexualidad (por
ejemplo, la licitud o “normalidad” de la masturbación, de la
homosexualidad, de las relaciones prematrimoniales, etc.); mucho más grave es
el despertar en ellos malicia, curiosidad, interés por cualquier modo de
ejercicio inmoral de la sexualidad; y más grave todavía el incitar a alguno de
esos comportamientos o indicarles alternativas falsas de realizarlos de modo
“seguro” (sexo sin embarazo, o sexo sin riesgo de enfermedades
venéreas)[24]. A mi entender, todas estas actitudes se encuadran en la
categoría de “corrupción de menores”.
4. Las leyes
humanas obligan en conciencia cuando son justas, en cambio cuando prescriben
algo intrínsecamente inmoral no sólo no obligan sino que es pecado obedecerlas.
Ya he dicho
que la ley natural es ley «divina» por su origen y causa y por expresar la
voluntad explícita de Dios; sólo es llamada «natural» por encontrarse grabada
en el corazón de todo hombre[25]. Es una participación en la creatura racional
de la Ley eterna, es decir, de la Sabiduría ordenadora de Dios. De ahí su
obligatoriedad universal y sin excepciones. En cambio, la ley humana sólo tiene
valor en la medida en que numerosas circunstancias o situaciones del obrar
concreto del hombre no son explicitadas por la ley natural. Las leyes humanas
son concretizaciones de la ley natural y tiene valor en la medida en que sea
prolongación, deducción o aplicación de la ley natural. Por el contrario,
carece de valor alguno en la medida en que contradiga la ley natural o la ley
divina revelada[26]. De aquí se sigue que:
a) Una ley
humana que se opone o contradice la ley divina natural no es ley, y no sólo no
obliga sino que de ningún modo puede ser observada (cf. Act 5,29). León XIII
dijo en su momento que “si las leyes de los Estados están en abierta
oposición con el derecho divino, si se ofende con ellas a la Iglesia, o
contradicen a los deberes religiosos, o violan la autoridad de Jesucristo en el
Pontífice supremo, entonces la resistencia es un deber, y la obediencia un
crimen”[27].
b) Es
intrínsecamente injusto (es decir, pecado y pecado grave) elaborar una ley
semejante o votar en su favor[28].
c) Cuando
algunas leyes obligan a realizar algo que es intrínsecamente injusto (practicar
un aborto, realizar una esterilización directa, cooperar positivamente en una
eutanasia, etc.) “...no sólo no crean ninguna obligación de conciencia,
sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de
oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia”[29]. En el Antiguo
Testamento encontramos un puntual ejemplo de resistencia a la orden injusta de
la autoridad en la actitud de las parteras judías que se opusieron al Faraón,
que había ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas, dice el texto sagrado,
no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con
vida a los niños (Ex 1,17); el motivo profundo de su comportamiento era que las
parteras temían a Dios. “Es precisamente de la obediencia a Dios
–dice el Papa– de donde nacen la fuerza y el valor para resistir a
las leyes injustas de los hombres. Es la fuerza y el valor de quien está
dispuesto incluso a ir a prisión o a morir a espada, en la certeza de que aquí
se requiere la paciencia y la fe de los santos (Ap 13,10)”[30].
[1] Juan
Pablo II, Familiaris consortio, 32.
[2] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1955; Concilio Vaticano II, Gaudium et
spes, 89,1.
[3] Cf. Juan
Pablo II, Veritatis splendor, n. 46.
[4] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1955
[5] Cf. Éxodo
20,2-17; Deuteronomio 5,6-21; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1962 y
1968.
[6] San
Agustín, Enarratio in Psalmos, 57,1; Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n.
1962.
[7] Cf. Juan
Pablo II, Veritatis splendor, n. 4; Evangelium vitae, n. 62, 65.
[8] Juan
Pablo II, Evangelium vitae, n. 60.
[9] Juan Pablo
II, Evangelium vitae, nn. 2, 40, 54.
[10] Juan
Pablo II, Evangelium vitae, n. 39.
[11] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2375-2378.
[12] Juan
Pablo II, Evangelium vitae, n. 54. Cf. n. 58; Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 2270 y siguientes.
[13] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2278; Código de Derecho Canónico, canon
1398; cf. c. 1314; 1323-1324.
[14] Pablo
VI, Humanae vitae, n. 12; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2360 y ss.;
Juan Pablo II, Familiaris consortio, 32; Concilio Vaticano II, Gaudium et spes,
51,3.
[15] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2380-2391; 2351-2359.
[16] Cf.
Pablo VI, Humanae vitae, nn. 12 y 14.
[17] Cf. Lino
Ciccone, En el Magisterio universal de la Iglesia, ¿la anticoncepción es
considerada materia grave o leve de pecado?, L’Osservatore Romano, n. 4;
24 de enero de 1997, pp. 9-10.
[18] Cf.
Pablo VI, Humanae vitae, n. 16; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2370.
[19] Juan
Pablo II, Familiaris consortio, n.36; Pontificio Consejo para la Familia,
Sexualidad humana: verdad y significado, n. 41.
[20] Cf.
Carta de los Derechos de la Familia presentada por la Santa Sede, 22 octubre de
1983, art. 5.
[21] Cf.
Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, n.
136.
[22] Cf.
Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, n.
141.
[23] Cf.
Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, n.
142.
[24] Cf.
Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado,
nn. 135-141.
[25] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 1954-1955
[26] Cf.
Santo Tomás, Suma Teológica, I-II, 95, 3.
[27] León
XIII, enc. Sapientiae christianae, 10 de enero de 1890, nn. 9-11.
[28] El Santo
Padre Juan Pablo II señala en la Evangelium vitae el problema concreto del caso
en que un determinado voto parlamentario fuese determinante para favorecer una
ley más restrictiva, es decir, menos mala que la vigente o la que se propone.
Si no se puede aspirar a sancionar una ley concorde al derecho natural, ¿se
puede dar apoyo a una menos mala? El problema es muy delicado y el Santo Padre
se limita a indicar las líneas generales de solución indicando: «cuando no sea
posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario,
cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede
lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de
esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de
la moralidad pública» (Juan Pablo II, Evangelium vitae, 73).
[29] Juan
Pablo II, Evangelium vitae, 73.
[30] Juan
Pablo II, ibid.; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2242: “El ciudadano
tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las
autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del
orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas
del Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando
sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su
justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la
comunidad política. Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios
(Mt 22,21). Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29):
‘Cuando la autoridad pública, excediéndose en sus competencias, oprime a
los ciudadanos, éstos no deben rechazar las exigencias objetivas del bien
común; pero les es lícito defender sus derechos y los de sus conciudadanos
contra el abuso de esta autoridad, guardando los límites que señala la ley
natural y evangélica (GS 74,5)”.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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