La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Jueves de la
primera
5ª de Pascua
San
Fidel de Sigmaringa
Permaneced
en mi amor
Hechos
15,7-21
7 Tras una larga discusión, se levantó Pedro
y les dijo: «Hermanos, vosotros sabéis que hace mucho tiempo Dios me eligió
entre vosotros para que los paganos oyesen de mis labios la palabra del
evangelio y abrazaran la fe. 8 Y Dios,
conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor, dándoles el Espíritu
Santo, igual que a nosotros; 9 y
no ha hecho diferencia alguna entre ellos y nosotros, purificando sus corazones
con la fe. 10 Ahora bien, ¿por qué tentáis a Dios
imponiendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni
nosotros hemos podido soportar? 11
Nosotros creemos que nos salvamos por la gracia de Jesús, el Señor, igual que
ellos». 12 Toda la asamblea guardó silencio para
escuchar a Bernabé y a Pablo, que contaban todos los prodigios y milagros que
había hecho Dios entre los paganos por medio de ellos. 13 Cuando ellos terminaron, intervino Santiago: «Hermanos,
escuchadme. 14 Simón ha contado cómo Dios dispuso desde
el principio escoger de entre los paganos un pueblo consagrado a su nombre. 15 Con esto están de acuerdo las palabras de los profetas,
según está escrito: 16 Después de esto volveré y restauraré la
choza caída de David; repararé sus ruinas y la volveré a levantar, 17 para que los demás hombres busquen al Señor y todas las
naciones que han sido consagradas a mi nombre, dice el Señor, autor de estas
cosas, 18 conocidas desde la eternidad. 19 Por eso yo creo que no hay que inquietar a los paganos que
se convierten a Dios, 20 sino escribirles que se abstengan de las
contaminaciones de los ídolos, de la fornicación, de comer sangre o carne de
animales ahogados. 21 Pues en cada ciudad hay desde antiguo quienes
leen y proclaman la ley de Moisés los sábados en la sinagoga».
Salmo 95,1-2
1 Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al
Señor toda la tierra;
2 cantad al Señor, bendecid su nombre,
proclamad día
tras día su salvación;
3 publicad su gloria entre las gentes,
sus portentos
entre todos los pueblos.
10 Decid por las naciones: «El Señor es rey,
él afirmó el
mundo, y no se moverá;
él juzga a los
pueblos con justicia».
Juan 15,9-11
9 Como el Padre me ama a mí, así os he amado
yo; permaneced en mi amor. 10 Si
guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los
mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 11 Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de
vosotros y vuestra alegría sea completa».
El buen
ejemplo de una persona siempre nos deja algo grabado en nuestro corazón. Nos
dan ganas de querer imitar sus acciones, incluso superarlas. Qué mejor aún
cuando estas acciones van profundamente ligadas a las virtudes que sobrepasa
todo aquello que es común y corriente, lo de todos los días.
No podemos
negar que al ver el trazo de la huella de esas almas que pasan por esta vida no
sólo haciendo el bien sino que se sacrifican por dar todo de sí, nos hacen
querer estar con ellas siempre, experimentamos un cierto magnetismo de tal
grado que queremos pisar su rastro.
Unos simples
pescadores vieron en la arena las huellas de un hombre. Le siguieron y le
conocieron; al encontrarlo, les habló mucho más que de una pesca, les hizo
conocer los misterios más profundos que los océanos, vieron sus obras,
escucharon sus palabras y llegado el momento recibieron el consejo de preparar
su alma para imitar su amor.
Quien es
amado, sabe corresponder amando sin límites, como un padre que no duda en
entregar su vida por el hijo. Es en este caso que el Hijo, amando al Padre, da
la vida por muchos otros, para que su relación filial como hijos, sea
recuperada y vuelva de nuevo la alegría.
San Fidel de
Sigmaringa
Nació en
Sigmaringa, Alemania, en 1577. Tenía una inteligencia muy vivaz y fue enviado
a estudiar a la Universidad de Friburgo, donde obtuvo doctorado en derecho canónico
y penal, y luego llegó a ser profesor muy estimado de filosofía y letras.
Durante seis años fue encargado de la educación de varios jóvenes de las
familias principales de Suabia (Alemania), a los cuales llevó por varios países
de Europa para que conocieran la cultura y el modo de ser de las diversas
naciones. Sus alumnos se quedaban admirados del continuo buen ejemplo de su
profesor en el cual no podían encontrar ni una palabra ni un acto que no fueran
de buen ejemplo. Lo que los otros gastaban en cucherías él lo gastaba en dar
limosnas.
Como abogado,
Fidel se dedicó a defender gratuitamente a los pobres que no tenían con qué
costearse un defensor. Su generosidad era tan grande que la gente lo llamaba
"El abogado de los pobres". Ya desde muy joven renunciaba a conseguir
y estrenar trajes nuevos y el dinero que con eso ahorraba lo repartía entre las
gentes más necesitadas. Jamás en su vida de estudiante ni en sus años de
profesional tomó licor, ni nadie lo vio en reuniones mundanas o que ofrecieran
peligro para la virtud. Sus compañeros de abogacía se admiraban de que este
sabio doctor nunca empleaba palabras ofensivas en los pleitos que sostenía (y
sus contrarios sí las usaban y muy terribles).
Un día el
abogado contrario a un pleito, le ofreció en secreto una gran cantidad de
dinero, con tal de que arreglaran los dos en privado y se le diera la victoria
al rico que había cometido la injusticia. Fidel se quedó aterrado al constatar
lo fácil que es para un abogado el prestarse a trampas y vender su alma a
Satanás por unas monedas como lo hizo Judas. Y dispuso dejar la abogacía y
entrar de religioso capuchino. Tenía 35 años.
Dividió sus
importantes riquezas en dos partes: la mitad la repartió a los pobres, y la
otra mitad la dio al Sr. Obispo para que hiciera un fondo para costear los
estudios a seminaristas pobres.
Con razón le
pusieron después esta leyenda debajo de su retrato:
¡Santo es
Fidel, y fue abogado!,
Obra del poder
Divino.
Mucho le costó
ser capuchino
y morir
después martirizado.
Habiendo sido
tan rico y tan lleno de comodidades se fue a vivir como el más humilde y pobre
fraile capuchino. Le pedía constantemente a Dios que lo librara de la tibieza
(ese vicio que lo hace a uno vivir sin fervor, ni frío ni caliente, descuidado
en sus deberes religiosos y flojo para hacer obras buenas) y le suplicaba a
Nuestro Señor que no lo dejara perder el tiempo en inutilidades y que lo
empleara hasta lo máximo en propagar el Reino de Dios. Le gustaba repetir la
famosa frase de San Bernardo: "Sería una vergüenza que habiendo sido
coronado de espinas mi Capitán Jesucristo, en cambio yo que soy su soldado,
viviera entre comodidades y sin hacer sacrificios".
En Friburgo
consiguió la conversión de muchos protestantes. Y la gente se quedó admirada
cuando llegó la peste del cólera, pues se dedicaba de día y de noche a asistir
gratuitamente a todos los enfermos que podía. Su austeridad o dominio de sí
mismo, era impresionante. Su fervor en la oración y en la Santa Misa conmovían
a los que lo acompañaban. Las gentes veían en su persona a una superioridad
interior que les impresionaba. Su predicación conseguía grandes frutos porque
era sencilla, clara, fácil, práctica, suave y amable, pero acompañada por la
unción o fuerza de conmover que proviene de quien antes de predicar reza mucho
por sus oyentes y después de la predicación sigue orando por ellos. Era tal el
atractivo de sus sermones que hasta los mismos herejes iban a escucharlo. Pero
este atractivo fue el que llenó de envidia y rabia a sus opositores y los llevó
a escogerlo a él, entre todos los compañeros de misión, para martirizarlo.
Hay algo que a
los santos les falla de manera impresionante, es la "prudencia simplemente
humana", ese andar haciendo cálculos para no excederse en desgastarse por
el Reino de Dios. Los santos no se miden. Ellos se enamoran de Cristo y de su
religión y no andan dedicándose a darse a cuenta gotas, sino que se entregan
totalmente a la misión que Dios les ha confiado. Y esto le sucedió a Fidel.
Cada poco le llegaban tarjetas como esta: "Recuerde que está predicando en
tierras donde hay muchos protestantes, evangélicos, calvinistas y demás
herejes. No hable tan claro en favor de la religión católica, si es que quiere
seguir comiendo tranquilamente su sopa entre nosotros".
Pero él seguía
incansable enseñando el Catecismo Católico y previniendo a sus oyentes contra
el peligro de las sectas de evangélicos y demás protestantes. Tenía que
prevenir a sus ovejas contra los lobos que acaban con las devociones católicas.
Al saber en
Roma los grandes éxitos del padre Fidel que con sus predicaciones convertía a
tantos protestantes, lo nombraron jefe de un grupo de misioneros que tenían que
ir a predicar en Suiza, nido terrible de protestantes calvinistas. Lo enviaba
la Sagrada Congregación para la Propagación de la fe. En la ceremonia con la
cual lo despedían solemnemente al empezar su viaje hacia Suiza, Fidel dijo en
un sermón: "Presiento que voy a ser asesinado, pero si me matan, aceptaré
con alegría la muerte por amor a Jesucristo y la consideraré como una enorme
gracia y una preferencia de Nuestro Señor. Pocos días antes de ser martirizado,
al escribir una carta a su lejano superior, terminaba así su escrito: "Su
amigo Fidel que muy pronto será pasto de gusanos".
Al llegar a
Suiza empezó a oír rumores de que se planeaba asesinarlo porque los
protestantes tenían gran temor de que muchos de sus adeptos se pasaran al
catolicismo al oírlo predicar. Al escuchar estas noticias se preparó para la
muerte pasando varias noches en oración ante el Santísimo Sacramento, y
dedicando varias horas del día a orar, arrodillado ante un crucifijo. La
santidad de su vida lo tenía ya bien preparado para ser martirizado.
El domingo 24
de abril, se levantó muy temprano, se confesó y después de rezar varios salmos
se fue al templo de Seewis, donde un numeroso grupo de protestantes se había
reunido con el pretexto de que querían escucharlo, pero con el fin de acabar
con él. Al subir al sitio del predicador, encontró allí un papel que decía:
"Este será su último sermón. Hoy predicará por última vez". Se armó
de valor y empezó entusiasta su predicación. El tema de su sermón fue esta
frase de San Pablo: "Una sola fe, un solo Señor, un solo bautismo"
(EF. 4,5) y explicó brillantemente cómo la verdadera fe es la que enseñan los
católicos, y el único Señor es Jesucristo y que no hay varios bautismos como
enseñan los protestantes que mandan rebautizar a la gente. Aquellos herejes
temblaban de furia en su interior, y uno de los oyentes le disparó un tiro,
pero equivocó la puntería. Fidel bajó del sitio desde donde predicaba y
sintiendo que le llegaba el fin, se arrodilló por unos momentos ante una imagen
de la Santísima. Virgen. Quedó como en éxtasis por unos minutos, y luego salió
por una pequeña puerta por la sacristía detrás del templo.
Los herejes lo
siguieron a través del pueblo gritándole: "Renuncie a lo que dijo hoy en
el sermón o lo matamos". El les respondió valientemente: "He venido
para predicar la verdadera fe, y no para aceptar falsas creencias. Jamás
renunciaré a la fe de mis antepasados católicos." Aquel grupo de herejes,
dirigidos por un pastor protestante, le gritaba: "O acepta nuestras ideas
o lo matamos". El les contestó: "Ustedes verán lo que hacen. Yo me
pongo en manos de Dios y bajo la protección de la Virgen Santísima. Pero
piensen bien lo que van a hacer, no sea que después tengan que arrepentirse muy
amargamente". Entonces lo atacaron con palos y machetes y lo derribaron
por el suelo, entre un charco de sangre. Poco antes de morir alcanzó a decir:
"Padre, perdónalos".
Era el 24 de
abril del año 1622.
Dios demostró
la santidad de su mártir, obrando maravillosos milagros junto a su sepulcro. Y
el primer milagro fue que aquel pastor protestante que acompañaba a los
asaltantes, se convirtió al catolicismo y dejó sus errores.
El Papa
Benedicto XIV lo declaró santo en 1746.
Tema
Controvertido XVI
La verdad
robada sobre la verdad
¿Todo es
relativo y en definitiva cada uno tiene su verdad?
¿Podemos
conocer la verdad? ¿O todo es relativo y en definitiva cada uno tiene su
verdad? Probablemente una de las primeras cosas que haga tambalear tu edificio
intelectual o tu fe sea el relativismo, es decir, la concepción que no admite
principios absolutos en el campo del conocer y del actuar. Normalmente un joven
llega a sus estudios con una serie de principios o verdades que él admite como
absolutas, ya sean convicciones de orden natural o sobrenatural (las verdades
de fe) o verdades de certeza popular; un mal centro educativo comenzará a
bombardear precisamente el valor de tales verdades. La primera verdad que te
robarán es la convicción de que hay verdad, y que puedes conocer la verdad.
Para el
relativismo cada uno tiene su verdad, cada uno alcanza las cosas con una visión
propia y personal basada en sus gustos, su educación o sus intereses. No
solamente se hace difícil, para quienes así piensan, lograr comprender
adecuadamente lo que piensan los demás sino que es imposible lograr un acuerdo,
puesto que no habría propiamente hablando una verdad objetiva válida y
obligatoria para todos. Así se empiezan a demoler los principios religiosos,
los criterios morales por los que nos regimos, y la víctima de este aplastante
ataque se sumerge en una auténtica “depresión intelectual”.
El
relativismo es el cáncer fatal que carcome la cultura contemporánea. Y sin
embargo es también la falacia más grande que puede pasar por la mente humana y
no puede hacerse aceptar a menos de engañarnos por medio de sutiles sofismas.
El relativismo, en el ámbito del conocimiento, niega la posibilidad de alcanzar
verdades universales y objetivas. En el ámbito moral es la negación de poder
llegar a conocer los valores y bienes objetivos y actuar en consecuencia (o sea
niega que pueda afirmarse que un comportamiento es malo para todos o que otro
es siempre bueno). En la vida cotidiana caen en este error todos los que no
aceptan verdades absolutas; los que sostienen que “cada uno tiene su
verdad”, los que tachan de “fundamentalismo” a todos aquellos
que mantienen con firmeza la verdad de la fe. Una de sus consecuencias más
notables en nuestro tiempo es que ha abierto el camino para la New Age, la
religión del relativismo: “El terreno [para la aceptación de la New Age]
ha sido preparado por el desarrollo y la difusión del relativismo” .
El
relativismo adopta varias formas :
1) El
relativismo individualista es el que enseña que lo que determina la verdad de
alguna afirmación es cada individuo, por tanto, habrá (o podría haber) tantas
verdades cuantos hombres. Algo puede ser verdadero para Juan y no para José, y
ambos tienen razón: “su razón”. En un importante periódico
argentino leí (mayo de 2004) la siguiente afirmación comentando un partido de
futbol: “el partido terminó con un justo empate; aunque también habría
sido justo que ganara o uno o el otro”. ¡Tres casos de justicia en tres
situaciones contradictorias! Sin embargo no fue el periodista del poco
afortunado artículo quien inventó la barrabasada que se le ocurrió escribir,
sino Protágoras de quien es la tesis de que “el hombre es la medida de
todas las cosas”. Platón lo describe: “como decía Protágoras al
afirmar que el hombre es la medida de todas las cosas; así, en consecuencia,
como a mí me parece que son las cosas, tales son para mí; y, como a ti te
parecen, tales son para ti” . De aquí se sigue que no hay una verdad sino
infinitas, es decir: tantas cuantas personas distintas. Es fácil darse cuenta
de que esto está muy divulgado en nuestra sociedad; nosotros lo escuchamos bajo
el título de “punto de vista”: cada uno tiene sus
“puntos” de vista. Y así tiene más valor la opinión que la verdad.
Y no solamente cada uno tiene su verdad, sino que cada uno tiene derecho a formarse
su verdad aunque se trate de temas que desconoce en su casi totalidad; por eso
a un deportista se le pregunta su opinión no solamente sobre su deporte sino
sobre cuestiones de moral, sobre el Papa, la filosofía y la historia; de todos
modos el valor de lo que diga es relativo, sólo valdrá para él. Desde este
punto de vista (el más divulgado tal vez) el relativismo es el principio de
aislamiento más grande entre los seres humanos: el ostracismo de las
inteligencias que quedan desterradas a los límites de su dueño. Con la
aceptación de la filosofía relativista no puede haber maestros, hay tan solo
orientadores de opinión, o mejor todavía, cada uno ofrece su opinión por si a
alguien le gustaría hacerla suya. Curiosamente esto vale para todo... menos
para los que enseñan el relativismo, pues su enseñanza de que todo es relativo
y de que no hay verdades objetivas, ¡es lo más objetivo y universal que pueda
afirmarse!, y ¡cuidado con quien la ponga en duda o sugiera tímidamente lo
contrario u opine que tal vez haya algo que sea absoluto! Inmediatamente se lo
destruye como al más peligroso fanático: el fanático que piensa que hay una
verdad y que se puede morir por ella. “No hay ninguna verdad
objetiva”, ¡esa es la más objetiva de las verdades!, dice el relativista.
A pesar del absurdo que estarás percibiendo al leer estos renglones, más habrá
de sorprenderte el saber que esto lo afirmó no un honesto pero rústico panadero
sino un filósofo incensado como padre del relativismo, Augusto Comte, quien ya
a los 19 años escribía: “todo es relativo, he aquí el único principio
absoluto”. ¡Pobre Comte, de viejo decía las mismas tonterías!
2) El
relativismo cultural es el que hace depender la verdad de la cultura histórica.
Fue defendido por Oswald Spengler en su conocida obra La decadencia de
Occidente. Cada cultura –china, hindú, egipcia, babilónica, greco-romana,
árabe, americana, occidental– realiza su propia valoración de lo real,
tiene su modo de comprender el cosmos, distinta de las demás culturas e irreductible
a cualquiera de ellas. Ninguna cultura puede aspirar a que su valoración sea
absoluta, universalmente válida. No cambia mucho del relativismo individual
solo que es menos radical y en lugar del individuo coloca como fuente de la
verdad-opinión a cada cultura o pueblo.
3) El
relativismo sociológico fue creado y defendido por Émile Durkheim y hace
depender lo que condiciona la verdad del juicio en los grupos sociales.
“El grupo social presiona, según Durkheim, de modo irresistible e
inconsciente sobre sus miembros, imponiéndoles normas de conducta y criterios
de valoración. Esta coacción no se siente cuando el individuo acepta y cumple
con las normas sociales y, por ello, cae en la ilusión de creer que es él mismo
el que, espontánea y voluntariamente, se las impone. La fuerza de la presión
social únicamente se pone de manifiesto al infringirse dichas normas... El
individuo recibiría de la sociedad todo su mundo mental; el mundo ideológico
del individuo sería el reflejo de la sociedad en que vive; lo verdadero y lo falso,
lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, toda la gama axiológica, serían
determinados en cuanto tales por el grupo social, y el individuo se limitaría a
recibirlos pasivamente; se considera la sociedad como anterior al hombre y a la
persona” . Nuevamente el trasfondo es el mismo, cambia el factor que
determina cuál es la verdad.
4) El
relativismo racista hace depender las verdades de la raza. Esta forma de
relativismo fue defendida por el nazismo en general y de un modo particular por
su teórico Alfred Rosenberg. “Toda manifestación cultural estaría
determinada por la raza, que no hay que confundir con el grupo social, ya que
una misma sociedad puede de hecho estar integrada por diversas razas. La
filosofía, la ciencia, la moral, la religión, el arte serían la expresión de la
raza, que en ellas plasma su fuerza vital. La raza sería el principio creador y
el elemento condicionante de toda producción cultural, a la que habrá que
valorar positivamente, si se trata de una raza superior, o negativamente, en los
casos de las razas inferiores. Así, no habría nunca una verdad única, igual que
no hay una raza única; habría sólo una verdad aria, otra eslava, otra judía,
etc.” .
5) El
relativismo político es hoy en día una de las formas más extendidas en nuestra
sociedad; este relativismo, como su nombre lo indica, hace depender la verdad
de los compromisos políticos, ya sea de los votos de la mayoría o de los pactos
entre los partidos políticos o de otros modos de lograr el común acuerdo
(consenso). Así si todos estamos de acuerdo en que el aborto sea legal, el
aborto será realmente legal y por tanto bueno; si todos estamos de acuerdo en
permitir la prostitución, ésta ya no será ni delito ni siquiera pecado; si la
mayoría ha votado que se enseñe un error, eso dejará de ser un error para ser
una verdad. Este relativismo, metido hasta los huesos en nuestra cultura,
produce gravísimos daños empezando por el descalabro de la misma libertad
humana. Sobre él ha escrito Juan Pablo II: “Con esta concepción de la
libertad, la convivencia social se deteriora profundamente. Si la promoción del
propio yo se entiende en términos de autonomía absoluta, se llega
inevitablemente a la negación del otro, considerado como enemigo de quien
defenderse. De este modo la sociedad se convierte en un conjunto de individuos
colocados unos junto a otros, pero sin vínculos recíprocos: cada cual quiere
afirmarse independientemente de los demás, incluso haciendo prevalecer sus
intereses. Sin embargo, frente a los intereses análogos de los otros, se ve
obligado a buscar cualquier forma de compromiso, si se quiere garantizar a cada
uno el máximo posible de libertad en la sociedad. Así, desaparece toda
referencia a valores comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida social
se adentra en las arenas movedizas de un relativismo absoluto. Entonces todo es
pactable, todo es negociable: incluso el primero de los derechos fundamentales,
el de la vida. Es lo que de hecho sucede también en el ámbito más propiamente
político o estatal: el derecho originario e inalienable a la vida se pone en
discusión o se niega sobre la base de un voto parlamentario o de la voluntad de
una parte –aunque sea mayoritaria– de la población. Es el resultado
nefasto de un relativismo que predomina incontrovertible: el
‘derecho’ deja de ser tal porque no está ya fundamentado
sólidamente en la inviolable dignidad de la persona, sino que queda sometido a
la voluntad del más fuerte. De este modo la democracia, a pesar de sus reglas,
va por un camino de totalitarismo fundamental. El Estado deja de ser la
‘casa común’ donde todos pueden vivir según los principios de
igualdad fundamental, y se transforma en Estado tirano, que presume de poder
disponer de la vida de los más débiles e indefensos, desde el niño aún no
nacido hasta el anciano, en nombre de una utilidad pública que no es otra cosa,
en realidad, que el interés de algunos” .
¿Cuál es la
crítica fundamental al relativismo? O mejor, para formularlo con lo que más
puede interesarnos: ¿es verdad que no hay verdad? Y no lo estoy formulando mal,
puesto que no hace falta preguntarnos si hay “verdad objetiva”
puesto que verdad y verdad objetiva son conceptos realmente equivalentes; la
verdad es la adecuación de nuestra mente con las cosas, por tanto o hay verdad
objetiva (adecuada con la realidad) y por tanto válida para todos los seres
inteligentes, o simplemente no hay verdad sino opiniones, que son apreciaciones
diversas sobre las cosas. ¿Hay pues una verdad objetiva? Ya hemos dicho que
“la crítica más esencial que se puede formular al relativismo, además de
otras de carácter extrínseco como sería la demostración de la existencia de una
verdad absoluta, de evidencias universales, está en que todo relativismo
implica una contradicción intrínseca. Al mantenerse que ningún juicio goza de la
propiedad de ser verdadero en sentido absoluto y que toda verdad es relativa
surge, como consecuencia ineludible, que el juicio “toda verdad es
relativa” tampoco puede tener carácter de validez absoluta, lo que
destruye, con sus propias armas, al relativismo Si, dado un cierto factor
condicionante, se admite como verdad que toda verdad es relativa, puesto otro
factor distinto habrá que admitir como verdadero que toda verdad es absoluta,
lo que es una contradicción con la tesis fundamental del relativismo. Aparte de
esta inconsistencia general del relativismo, la crítica del relativismo sería
parecida a la del escepticismo y subjetivismo” .
Más aún, la
existencia de la verdad (de la verdad como algo objetivo y universal,
invariable y superior a cualquier opinión humana) es una certeza de sentido
común; tan de sentido común que basándonos en que hay verdades objetivas nos
casamos, sembramos, nos subimos a un barco o a un avión, compramos y vendemos y
nos dejamos matar defendiendo la patria o las personas que amamos. Porque no
nos caben dudas que hay verdades objetivas repetimos refranes a modo de
verdades objetivas cultivadas por la filosofía popular: “quien adelante
no mira, atrás se queda”; “el que con lo ajeno se viste, en la
calle los desvisten”; “las apariencias engañan”; “Dios
le da pan al que no tiene dientes”; “una cosa es cacarear y otra
poner huevos”; etc. ¿No supone esto que creemos en el valor objetivo de
las cosas y de las verdades que las expresan? ¿Quien se casaría si aceptase que
una cosa será la fidelidad para mí y otra para ti? ¿Quién se embarcaría si no
estuviese seguro de principio por el cual un cuerpo sólido puede flotar en
definidas condiciones o quien subiría a un avión basándose sólo en que el
piloto opina que su avión es capaz de mantenerse en el aire?
Pero no sólo
tenemos una certeza popular de la existencia y valor objetivo de la verdad sino
una certeza científica de la misma. La verdad existe y que no puede ser negada,
pues, como dice entre otros Tomás de Aquino, “quien niega la existencia
de la verdad afirma implícitamente que la verdad existe, pues si la verdad no
existiese, sería verdad que ella no existiría; y si algo es verdadero, es
necesario que exista la verdad” . Parece un trabalenguas, pero es un
silogismo... perfecto. Nuestra inteligencia es capaz de razonar y de alcanzar
el ser de las cosas, la realidad. Conocemos el ser de las cosas, como nos
enseña una sana filosofía y como reconocemos en la práctica, a pesar de que
profesemos la más terca de las filosofías subjetivistas, pues el más craso
negador de que podamos conocer la verdad absoluta de las cosas, es capaz de
mover cielo y tierra para que le paguen su sueldo (¿cómo sabe que es suyo? ¿y
si el patrón opina que no le tiene que pagar?), y cuidado con que le toquen su esposa
o sus bienes, y en esto no valen opiniones ni el que cada uno tenga su verdad
(también el ladrón dice tener su verdad, y esta es que le gusta más mi auto que
el suyo y por eso decide apropiarse de él; ¿qué le responderé yo, miserable
relativista? “Señor, si usted lo ve así, aquí tiene las llaves; disculpe
si pensé mal de usted”.
Un
relativista puede enseñar el relativismo durante toda su vida con plena
convicción (lo que sería contrario al relativismo); pero si llegase a ir a un
restaurante “relativista” y pidiendo liebre le trajesen gato porque
el dueño del restaurante desde su punto de vista sostiene que el gato es igual
que la liebre, no sólo puede ver derrumbarse su sistema en pocos segundos sino
pasar el resto “relativo” de su vida en prisión por intento de
homicidio de un propietario de restaurante. Todo relativista es,
necesariamente, inconsecuente en la vida real.
Aún así a un
relativista es difícil hacerle entender su error (no el demostrarle su error,
sino conseguir que lo acepte) porque el relativismo es una forma de necedad, y
la necedad suele ser no sólo un pecado sino el castigo en el que caen los que
no tienen amor por la verdad. Se los puede, sin embargo, escarmentar del único
modo que pueden entender: pidiéndoles que nos devuelvan nuestro dinero, pues
para decirme que lo que me enseña sólo tiene valor para él y que es muy
probable que yo tenga otra opinión, la cual él no piensa compartir pero tampoco
refutar... mejor me devuelve mi dinero y me voy a casa, pues ¡eso lo puedo
aprender solo!
Que la
gracia y la bendición del Padre se derramen sobre todos nosotros
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