La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Lunes de la segunda
6ª de Pascua
San Pedro
Chanel
Vosotros
también lo daréis, porque estáis conmigo desde el principio
Hechos
16,11-15
11 Zarpamos de Tróade y fuimos derechos a
Samotracia; al día siguiente a Neápolis, 12 y
de allí a Filipos, ciudad del primer distrito de Macedonia, colonia romana, en
la que permanecimos algunos días. 13 El
sábado salimos fuera de la ciudad y fuimos por la orilla del río, donde pensábamos
que estaba el lugar de oración. Nos sentamos y nos pusimos a hablar con las
mujeres que se habían reunido. 14
Una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, fiel a
Dios, nos estaba escuchando. El Señor abrió su corazón para que aceptase las
cosas que Pablo decía. 15 Después de haber sido bautizada con toda
su familia, nos suplicó: «Si consideráis que soy fiel al Señor, venid y quedaos
en mi casa». Y nos obligó a ello.
Salmo 148,1-6.9
1 ¡Aleluya!
Cantad al
Señor un cántico nuevo,
cantad su
alabanza en la asamblea de los fieles.
2 Que Israel se regocije en su hacedor,
y los hijos de
Sión festejen a su rey.
3 Alaben su nombre con la danza,
toquen para él
el tambor y la cítara,
4 porque el Señor ama a su pueblo
y corona de
victoria a los humildes.
5 Que los fieles se alegren de su gloria,
y en sus
lechos griten de alegría;
6 que ensalcen a Dios a voz en grito,
teniendo
empuñada la espada de dos filos
9 para ejecutar contra ellos la sentencia
escrita.
Esto es un
honor para todos sus amigos. ¡Aleluya!
Juan
15,26-27;16,1-4
26 Cuando venga el defensor, que yo os
enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él
dará testimonio de mí. 27 Y vosotros también lo daréis, porque
estáis conmigo desde el principio».
1 «Os he dicho estas cosas para que no os
deprimáis. 2 Os echarán de las sinagogas; más aún, se
acerca la hora en que os quitarán la vida creyendo que con ello dan culto a Dios.
3 Os harán esto porque no conocen ni al
Padre ni a mí. 4 Pero yo os lo digo de antemano, para que
cuando llegue el momento os acordéis de que ya os lo había anunciado. No os lo
dije al principio porque estaba con vosotros».
Para oír basta
con no estar sordo. Para escuchar hacen falta muchas otras cosas: tener un alma
despierta; abrirla para recibir al que, a través de sus palabras, entre en ti;
ponerte en la misma longitud de onda que el que está conversando con nosotros;
olvidarnos por un momento de nosotros mismos y de nuestros pensamientos para
preocuparnos por la persona y los pensamientos del prójimo. ¡Todo un arte!
Este
relacionarse, «ser social», es algo propio, natural de todo hombre. "La
vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a
través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo
con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y
le capacita para responder a su vocación". (Gaudium et Spes, nn. 24-25)
El mensaje que
Jesús nos propone hoy retumba fuertemente en el mundo actual. Nos promete que
nos enviará al Consolador. Nos dice que daremos testimonio de Él. Y nos
previene para que no nos escandalicemos: seremos perseguidos, calumniados, e
incluso, muchos morirán en su nombre. Este es el resumen del cristianismo a lo
largo de dos milenios. Un Espíritu que sopla y conforta. Un testimonio único e
invaluable de caridad cristiana. Un número incontable de mártires y defensores
de la fe. Para un enfermo es la compañía sonriente la mejor de las medicinas.
Para un anciano no hay ayuda como un rato de conversación sin prisas y un poco de
comprensión. El indigente necesita más nuestro cariño que nuestra limosna. Para
el parado es tan necesario sentirse persona trabajando como el sueldo por el
trabajo que le pagarán. Y es que la esencia del cristianismo es la caridad. No
hay tarea más hermosa que dedicarse a tender puentes hacia los hombres y hacia
las cosas. Sobre todo en un tiempo en que abundan los constructores de
barreras.
Todo cristiano
está llamado a dar testimonio de fe, de amor y de santidad. Ojalá que quien se
acerque a nosotros se quede marcado para siempre, no por nuestra personalidad o
nuestras cualidades, sino porque somos reflejo del amor de Cristo al hombre, a
todo hombre. Que se diga de nosotros lo mismo que se decía sobre los primeros
cristianos: «¡Mirad, cómo se aman!».
San Pedro
Chanel
Futuna es una
pequeña “expresión geográfica”, una de las islas Fiji, señalada en
los mapas con un punto entre el ecuador y el trópico de Capricornio en el
inmenso océano Pacífico. Hoy es una posesión francesa, meta de turistas amantes
de lo exótico. Los habitantes son católicos y viven una vida pacífica. Pero
hace 140 años, precisamente el 12 de noviembre de 1837, cuando desembarcó allí
el misionero marista Pedro Chanel, junto con un compañero laico, la isla estaba
dividida por dos tribus continuamente en guerra.
Sólo la
valentía y la caridad de un hombre de Dios podían escoger esta meta con todos
los riesgos que conllevaba. En efecto, Pedro Chanel concluyó aquí su aventura
de evangelizador, asesinado a golpes de garrote y hacha el 28 de abril de 1841
por el yerno del jefe de la tribu Musumusu, enfurecido porque entre los
convertidos al cristianismo se encontraban algunos miembros de su familia.
Pedro Chanel
había nacido en Cuet (Francia) el 12 de julio de 1803. A los doce años, por
invitación del celoso párroco Trompier, comenzó los estudios sacerdotales, y en
1824 entró al seminario mayor de Bourg, en donde tres años después fue ordenado
sacerdote.
Hubiera
querido ir inmediatamente a tierra de misión, pero el ordinario del lugar tenía
mucha necesidad de sacerdotes. Fue coadjutor en Amberieu y en Gex, en donde se
unió a un grupo de sacerdotes diocesanos, los maristas, que en el mismo ámbito
parroquial vivían el ideal misionero bajo la guía del Padre Colin. La Sociedad
de María, aprobada por el Papa en 1836, contó entre sus primeros miembros al
Padre Chanel, que ese mismo año se embarcó en Le Havre hacia Valparaíso, con
destino a Oceanía. Cuando la nave llegó a Futuna, se invitó al Padre Chanel a
permanecer ahí con el compañero laico Nicezio, que tenía veinte años.
Fue lenta y
paciente la tarea de penetración en el pequeño mundo de esa gente tan distinta
en costumbres de vida y en mentalidad. Pero el anuncio del Evangelio fue
calando en las jóvenes generaciones.
Este éxito
suscitó al mismo tiempo la hostilidad de las viejas generaciones. El tributo de
sangre de Pedro Chanel fue el precio para abrir finalmente las puertas a la
evangelización de toda la isla. El nuevo mártir cristiano, beatificado el 7 de
noviembre de 1889, fue canonizado el 12 de junio de 1954 y declarado patrono de
Oceanía.
Futuna es una
pequeña “expresión geográfica”, una de las islas Fiji, señalada en
los mapas con un punto entre el ecuador y el trópico de Capricornio en el
inmenso océano Pacífico. Hoy es una posesión francesa, meta de turistas amantes
de lo exótico. Los habitantes son católicos y viven una vida pacífica. Pero
hace 140 años, precisamente el 12 de noviembre de 1837, cuando desembarcó allí
el misionero marista Pedro Chanel, junto con un compañero laico, la isla estaba
dividida por dos tribus continuamente en guerra.
Sólo la
valentía y la caridad de un hombre de Dios podían escoger esta meta con todos
los riesgos que conllevaba. En efecto, Pedro Chanel concluyó aquí su aventura
de evangelizador, asesinado a golpes de garrote y hacha el 28 de abril de 1841
por el yerno del jefe de la tribu Musumusu, enfurecido porque entre los
convertidos al cristianismo se encontraban algunos miembros de su familia.
Pedro Chanel
había nacido en Cuet (Francia) el 12 de julio de 1803. A los doce años, por
invitación del celoso párroco Trompier, comenzó los estudios sacerdotales, y en
1824 entró al seminario mayor de Bourg, en donde tres años después fue ordenado
sacerdote.
Hubiera
querido ir inmediatamente a tierra de misión, pero el ordinario del lugar tenía
mucha necesidad de sacerdotes. Fue coadjutor en Amberieu y en Gex, en donde se
unió a un grupo de sacerdotes diocesanos, los maristas, que en el mismo ámbito
parroquial vivían el ideal misionero bajo la guía del Padre Colin. La Sociedad
de María, aprobada por el Papa en 1836, contó entre sus primeros miembros al
Padre Chanel, que ese mismo año se embarcó en Le Havre hacia Valparaíso, con
destino a Oceanía. Cuando la nave llegó a Futuna, se invitó al Padre Chanel a
permanecer ahí con el compañero laico Nicezio, que tenía veinte años.
Fue lenta y
paciente la tarea de penetración en el pequeño mundo de esa gente tan distinta
en costumbres de vida y en mentalidad. Pero el anuncio del Evangelio fue
calando en las jóvenes generaciones.
Este éxito
suscitó al mismo tiempo la hostilidad de las viejas generaciones. El tributo de
sangre de Pedro Chanel fue el precio para abrir finalmente las puertas a la
evangelización de toda la isla. El nuevo mártir cristiano, beatificado el 7 de
noviembre de 1889, fue canonizado el 12 de junio de 1954 y declarado patrono de
Oceanía.
Tema
Controvertido XVII
El
Apocalipsis, ¿catástrofe o bienaventuranza?
Es importante
la meditación de cada una de las bienaventuranzas, a fin de hacerlas actuales y
participar de ellas
Para la
mayoría de la gente, la palabra Apocalipsis es sinónimo de catástrofe, de una
etapa de destrucción. Por ello, muchos quieren encontrar en el Libro de la
Revelación una descripción del cataclismo que ha de poner fin a nuestra
historia. Esta errada ideas, basada en no otra cosa que la ignorancia bíblica,
y apoyada por las producciones cinematográficas y las interpretaciones
tendenciosas que sobre el libro hacen diversas sectas, provoca en la gente no
solo confusión, sino peor aún, miedo y angustia.
Ciertamente
que el Apocalipsis presenta un relato trágico, en cuanto a que hace referencia
concreta a la persecución de la naciente iglesia por el Imperio Romano, pero el
objetivo fundamental es más bien ilustrar cómo pese a esta persecución, el
reino de Dios prevalecerá. De esta forma, el libro del Apocalipsis es en verdad
un mensaje de buenas noticias. Se trata de un conjunto de revelaciones
expresadas bajo el género literario apocalíptico, que se caracteriza por la
abundancia de simbolismos que hay que descifrar. Para el estudioso de este
libro, no resulta tan complicado vislumbrar fuertes semejanzas entre los
símbolos usados en la Revelación de Juan, y otros textos bíblicos, sobre todo
el libro de Daniel.
Pero incluso
sin adentrarse en las profundidades de la exégesis, basta una cuidadosa lectura
para percibir el mensaje alentador de este libro: a lo largo del escrito, el
autor del Apocalipsis –que se identifica a sí mismo como Juan-, expone
siete bienaventuranzas. No sólo una, sino siete, nada menos que el número que
representa la totalidad. Así pues, es posible entender que el libro es un texto
de total bienaventuranza. “Dichoso el que lea y los que escuchen las
palabras de esta profecía y guarden lo escrito en ella”.
En este
artículo mostraré las siete bienaventuranzas del Apocalipsis, con un breve
análisis que espero sirva al lector para comprender mejor su mensaje. Para
desarrollar mi escrito, he empleado el texto de la Edición Española de la
Biblia de Jerusalén.
Las siete
bienaventuranzas que se encuentran a lo largo del Apocalipsis, son las
siguientes:
1,3: Dichoso
el que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden lo
escrito en ella, porque el Tiempo está cerca.
14,13: Luego
oí una voz que decía desde el cielo: «Escribe: Dichosos los muertos que mueren
en el Señor. Desde ahora, sí –dice el Espíritu, que descansen de sus
fatigas, porque sus obras los acompañan.»
16,15: Mira
que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela y conserve sus vestidos,
para no andar desnudo y que se vean sus vergüenzas.
19,9: Luego
me dice: «Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.» Me
dijo además: «Estas son palabras verdaderas de Dios.»
20,6: Dichoso
y santo el que participa en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene
poder sobre éstos, sino que serán Sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con
él mil años.
22,7: Mira,
vengo pronto. Dichoso el que guarde las palabras proféticas de este libro.
22,14:
Dichosos los que laven sus vestiduras, así podrán disponer del árbol de la Vida,
y entrarán por las puertas en la Ciudad.
Primera
Bienaventuranza
Dichoso el
que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden lo escrito
en ella, porque el Tiempo está cerca. (1,3)
Así termina
el autor el prólogo a las profecías que habrá de desarrollar. Una frase
alentadora, que de inmediato deja sentir el gozo que se puede lograr al leer,
escuchar, y poner en práctica lo prescrito en el resto del documento. Esta idea
de gozo es opuesta al sentimiento de angustia que mencionaba al inicio de este
artículo. Si se tratara en verdad de un texto descriptivo de los horrores que
el hombre ha de padecer, las primeras palabras del autor serían de advertencia
sin lugar a dudas, mas nunca de bienaventuranza.
Los primeros
versículos presentan pues, los parámetros bajos los cuales se ha de interpretar
el resto del libro. El libro en conjunto está en consecuencia bajo el signo de
la bienaventuranza. Lo que el autor del Apocalipsis ha de describir y revelar
no pretende infundir inquietud ante la amplitud de la crisis, sino que por el
contrario busca compartir la convicción de que la condición de discípulo de
Cristo supone un llamado a la felicidad. El escrito está sembrado de promesas
de felicidad para los que observen “las palabras de esta profecía”.
Segunda
Bienaventuranza
Luego oí una
voz que decía desde el cielo: «Escribe: Dichosos los muertos que mueren en el
Señor. Desde ahora, sí –dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas,
porque sus obras los acompañan.» (14,13)
Esta
bienaventuranza es fácil de comprender: el contraste entre el castigo de los
impíos y el descanso que espera a los fieles.
Tercera
Bienaventuranza
Mira que
vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela y conserve sus vestidos, para no
andar desnudo y que se vean sus vergüenzas. (16,15)
Esta
bienaventuranza se encuentra en el noveno capítulo del libro, que habla sobre
“Las Siete Copas de la Ira de Dios” (15,1-6,21). Estas copas son
derramadas por siete ángeles, y al derramarse la sexta copa sobre el Éufrates,
sus aguas se secan para preparar el camino a los reyes de Oriente, refiriéndose
el autor a los Partos. Este pueblo fue un arduo enemigo para el Imperio Romano
(criticado constantemente en el Apocalipsis, por su encarnada persecución al
cristianismo), y el autor lo usa como prototipo de los invasores terrenos que
amenazarán siempre a los imperios humanos.
Este pasaje
concluye con la convocatoria de todos los reyes del mundo a reunirse en el
lugar llamado en hebreo Harmaguedón (16,16b), es decir, en el monte de
Meguiddó, donde murió el rey Josías. (2 R 23, 29s). Por ello, esta ciudad de la
llanura que rodea la cadena del Carmelo, es usada como símbolo de desastre para
los ejércitos que allí se reúnan (Za 12,11). Ante estos acontecimientos, Juan
se vale de una glosa (v.15) para hacer eco a la advertencia de Cristo sobre la
necesidad de “vigilar”: “Velad, pues, porque no sabéis qué
día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué
hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le
horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento
que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.” (Mt 24, 42-44).
La
actualización del versículo es sencilla: la muerte ha de venir, pero
bienaventurado será el que viva cerca de Dios, pues no quedará en el desamparo.
Cuarta
Bienaventuranza
Luego me dice:
«Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.» Me dijo
además: «Estas son palabras verdaderas de Dios.» (19,9)
La perícopa
de los “Cantos triunfales en el cielo” (19) expresa el júbilo en el
cielo tras la caía de Babilonia. Primero con un himno que concluye diciendo
“¡Amén! ¡Aleluya!” (4d) y luego con un cántico que manifiesta su
alegría porque un mundo nuevo va a comenzar: “Alegrémonos y regocijémonos
y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha
engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura
–el lino son las buenas acciones de los santos-” (19,7-8).
La literatura
apocalíptica siempre se refiere a un momento histórico específico, aunque
siendo un mensaje de inspiración divina, siempre puede actualizare por todos
los tiempos. En el caso concreto del Apocalipsis de Juan, el texto se ocupa de
la persecución de la naciente iglesia por el Imperio Romano, representado entre
otras formas por Babilonia, la Célebre Ramera (recomiendo la lectura de mi
artículo al respecto de este tema, La célebre Ramera de Apocalipsis 17). Pero
de la misma forma que en los inicios de la iglesia, imperios y poderes van
siendo derrotados por Cristo y sus seguidores, y las grandes Babilonias de todos
los tiempos seguirán cayendo, pues su maldad y abuso, su deseo de lujo y
desmedida acumulación de riquezas, sus persecuciones injustas, las llevarán a
su ruina. Pero en medio y a pesar de todo, el reino de Dios y las bodas del
Cordero han sido también una realidad patente a lo largo de nuestra historia,
motivos que siguen haciendo estallar al pueblo de Dios en gritos de júbilo. La
iglesia, que es la esposa (pueblo de Dios), está lista para la boda definitiva,
gracias al mismo Cordero que la desposa.
Bienaventurado
sea el que esté invitado a participar de estas bodas. Y para que no quede duda,
esta bienaventuranza es palabra verdadera de Dios, tal como indica el autor (cf
19,9b)
Quinta
Bienaventuranza
Dichoso y
santo el que participa en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene
poder sobre éstos, sino que serán Sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con
él mil años. (20,6)
Esta
bienaventuranza se ubica dentro de uno de los pasajes más complicados de
entender en el Apocalipsis, “El Reino de Mil Años”. Por ello, creo
conveniente ahondar un poco en el análisis de la perícopa a fin de que la
bienaventuranza tenga mejor sentido, y entender de paso cuáles interpretaciones
del pasaje no resultan satisfactorias.
Luego vi unos
tronos, y se sentaron en ellos, y se les dio el poder de juzgar; vi también las
almas de los que fueron decapitados por el testimonio de Jesús y la Palabra de
Dios, y a todos los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron
la marca en su frente o en su mano; revivieron y reinaron con Cristo mil años.
Los demás muertos no revivieron hasta que se acabaron los mil años. Es la
primera resurrección. Dichoso y santo el que participa en la primera
resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre éstos, sino que serán
Sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con él mil años. (20,4-6)
La Bestia de
quien se habla es nuevamente el Imperio Romano, que exigía el culto a la diosa
Roma y al dios César. Los cristianos al no tener más que un Dios verdadero, se
rehusaban a este culto, y por ello fueron perseguidos y martirizados. Todos
ellos al morir siendo fieles a Jesús, culminan sentados en tronos, según la
visión de Juan. Esta es la primera resurrección, y bienaventurado sea quien
participa de ella por tres razones: (1) no sufrirán la segunda muerte, es
decir, la muerte eterna; (2) serán sacerdotes de Dios; y (3) reinarán con
Cristo por mil años. El resto de los que han muerto no revivieron hasta
terminar estos mil años.
Este pasaje
del Apocalipsis tiene fuerte relación con Ezequiel, cuyo capítulo 37 habla de
la “resurrección simbólica” de los huesos secos.
Al respecto
de los mil años, existen diferentes opiniones. San Agustín por ejemplo, opinaba
que los mil años comienzan con la resurrección de Cristo, por lo que la primera
resurrección designaría el bautismo.
También
existen interpretaciones milenaristas literales. El milenarismo puede dividirse
en estricto y mitigado. Milenarismo estricto es el que admite un reinado
triunfal de Cristo durante mil años, antes del juicio final. En este reinado
estarían incluidos los cristianos que lograron la “primera
resurrección”. Este tipo de milenarismo es declarado por nuestra iglesia
como doctrina temeraria (es decir, no apoyada en datos reales) y errónea. El
milenarismo mitigado por su parte, opina que Cristo, antes del juicio final,
previo o no la resurrección de muchos justos, ha de venir visiblemente para
reinar en la tierra. La Congregación de la Doctrina de la Fe ha declarado que
el milenarismo mitigado no puede enseñarse con seguridad.
Sea como
fuere, el hecho es que el que rechaza el culto a cualquier imperio terreno
(llámese poder, hedonismo, o materialismo) por preferir al Reino de Cristo,
será bienaventurado porque habrá de resucitar y permanecer con Cristo para
siempre.
Sexta Bienaventuranza
Mira, vengo
pronto. Dichoso el que guarde las palabras proféticas de este libro. (22,7)
La Jerusalén
Futura, cuarta y última parte del Libro de La Revelación, enmarca como contexto
amplio esta bienaventuranza. El versículo sexto explica: «Estas palabras son
ciertas y verdaderas; el Señor Dios, que inspira a los profetas, ha enviado a
su Ángel para manifestar a sus siervos lo que ha de suceder pronto.» (22,6)
Se entabla un
diálogo final entre el Ángel (o quizás Jesús) y Juan, el receptor de la visión.
En este diálogo se comentan las visiones que se han registrado en el libro y el
uso que de ellas ha de hacerse.
Muy similar
en su sentido a la primera bienaventuranza del Apocalipsis, que sirvió como
apertura al mensaje, esta otra prepara el final del libro, dejando claro el
sentido de gozo para el que guarde lo que se ha escrito. Recordando mi opinión
al respecto de la primera bienaventuranza, en este caso final, si el libro del
Apocalipsis tratara de desastres, no terminaría el autor expresando una
bienaventuranza para el que guarde estas profecías, sino que por el contrario,
más bien expresaría un lamento por su destino, recordando como ejemplo de este
caso en la lamentación de Jesús sobre Jerusalén (Lc 19,41-44) al anticipar su
destrucción que ocurriría en el año 70.
Séptima
Bienaventuranza
Dichosos los
que laven sus vestiduras, así podrán disponer del árbol de la Vida, y entrarán
por las puertas en la Ciudad. (22,14)
El capítulo
22, último del Apocalipsis, describe la nueva Creación:
Luego me
mostró el río de agua de Vida, brillante como el cristal, que brotaba del trono
de Dios y del Cordero. En medio de la plaza, a una y otra margen del río, hay
árboles de Vida, que dan su fruto doce veces, una vez cada mes y sus hojas
sirven de medicina para los gentiles. Y no habrá ya maldición alguna. (22,1-3a)
En una
palabra, el Cielo, donde habrá una vida sin término. El definitivo y perfecto
reino de Dios. Y de este reino podrán ser parte aquellos que hayan lavado sus
vestiduras, que se hayan purificado de sus pecados, como expresa la
bienaventuranza. Resulta impactante la dureza del versículo siguiente a esta
bienaventuranza: « ¡Fuera los perros, los hechiceros, los impuros, los
asesinos, los idólatras, y todo el que ame y practique la mentira! » (22,15)
Me llama la
atención el hecho de que los que participen del reino podrán disponer del árbol
de la Vida, de aquél mismo árbol que Yahvé quiso preservar intacto en el
Génesis, tras la caída de nuestros primeros padres. Nos narra la tradición yahvista
en el libro del Génesis, que en medio del jardín del Edén Dios había sembrado
dos árboles especiales: el árbol de la Vida, y el árbol de la Ciencia del Bien
y del Mal. Yahvé prohibió a Adán y Eva comer del fruto del árbol de la Ciencia
del Bien y del Mal, pero ambos lo hicieron, y habiéndolos expulsado del jardín
del Edén, puso Dios la llama de una espada vibrante, para guardar el camino del
árbol de la vida (Gn 3,24c) porque cuidado, no alargue (el hombre) su mano y
tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre. (Gn
3,22b)
El árbol de
la vida es simplemente el símbolo de la vida eterna, pero me llama la atención
la bella manera en que el mismo símbolo es usado como hilo conductor que corre
de principio a fin, cuando el hombre cae (en el Génesis) y cuando el hombre
entra al reino de Dios (en el Apocalipsis). El árbol de la vida (eterna) que
quedó privado para el hombre al principio de la historia de la Salvación, queda
accesible nuevamente para él, al culminarse esta historia.
Conclusión
Tras este
recorrido “exegético” (o sobrevuelo, diría yo) por las siete
bienaventuranzas que expresa el Apocalipsis, sólo hay que dar el siguiente
paso, que para la fe del cristiano tiene mayor relevancia: la meditación de
cada una de las bienaventuranzas, a fin de hacerlas actuales y participar de
ellas.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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