La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Lunes de la
tercera
7ª de Pascua
San
José Benito Cottolengo
.
En
el mundo tendréis tribulaciones; pero tened ánimo, que yo he vencido al mundo
Hechos
19,1-8
1 Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo,
después de haber recorrido las regiones montañosas, llegó a Éfeso, encontró
algunos discípulos 2 y les preguntó: «¿Habéis recibido el
Espíritu Santo al abrazar la fe?». Ellos contestaron: «Ni siquiera hemos oído
decir que haya Espíritu Santo». 3 Él
les preguntó: «¿Pues qué bautismo habéis recibido?». Ellos contestaron: «El
bautismo de Juan». 4 Pablo dijo: «Juan bautizó con bautismo de conversión,
diciendo al pueblo que creyese en el que había de venir después de él, es
decir, en Jesús». 5 Al oírlo, se bautizaron en el nombre de
Jesús, el Señor. 6 Cuando Pablo les impuso las manos,
descendió sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas
extrañas y a profetizar. 7 Eran en total unas doce personas. 8 Pablo entró después en la sinagoga, donde habló con absoluta
libertad durante tres meses, discutiendo y esforzándose por convencerlos acerca
del reino de Dios.
Salmo 67,2-7
2 Se alza el Señor y sus enemigos se
dispersan,
huyen de su
presencia sus contrarios.
3 Como se disipa el humo, los disipas;
como la cera
se derrite al fuego,
así caen los
malvados ante Dios.
4 Los justos se regocijan en la presencia
del Señor,
se alborozan y
saltan de alegría.
5 Cantad a Dios, cantad himnos a su nombre,
abrid paso al
que cabalga por las nubes;
su nombre es
«El Señor», celebrad su presencia.
6 Padre de los huérfanos, defensor de las
viudas,
tal es Dios en
su morada santa.
7 Dios da una casa a los abandonados,
da a los
prisioneros la libertad dichosa;
sólo los
rebeldes viven en su tierra abrasada.
Juan
16,29-33
29 Sus discípulos dijeron: «Ahora hablas
claramente, y no en lenguaje figurado. 30
Ahora conocemos que lo sabes todo y nadie necesita preguntarte; por eso creemos
que has salido de Dios». 31
Jesús les respondió:
«¿Ahora creéis? 32 Pues se acerca la hora, es decir, ya ha
llegado, en que os dispersaréis cada uno por su lado y me dejaréis solo; pero
yo no estoy solo, pues el Padre está conmigo. 33 Os
he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis
tribulaciones; pero tened ánimo, que yo he vencido al mundo».
¡Asombra la
claridad con que nos demuestra este evangelio la fragilidad del hombre y la
acción de Cristo en nuestra vida! En este pasaje Jesucristo, actuando con la
bondad con que le caracteriza, nos hace ver nuestra fragilidad humana y la
necesidad de confiar plenamente en Él.
Adentrémonos
en este diálogo de Jesucristo con sus discípulos. Para Cristo éstas son las
horas previas a su muerte, a su pasión, y por encima del dolor y la angustia
que esto le pueda causa, quiere olvidarse de ello y preocuparse sólo de sus
discípulos; acerquémonos pues con confianza y escuchemos sus palabras.
En esta
ocasión los discípulos quieren ellos mismos expresarle a Jesús su fe:
“Señor ahora creemos que has salido de Dios”; seguramente esperaban
una respuesta de Cristo que los halagara, que los felicitara,... Sin embargo,
la respuesta de Cristo es dura, es una reprensión... ¿Por qué les responde de
esta manera Cristo? ¿No eran acaso sus apóstoles, sus elegidos? ¡Claro que lo
eran! Sin embargo, aun siendo ya sacerdotes, no dejan por ello de ser hombres,
y por tanto débiles, heridos por el pecado.
La lección de
Cristo es clara. Él nos pide una fe pura, limpia, y una confianza sencilla, sin
racionalismos, sin seguridades humanas, sin nuestros mezquinos criterios
egoístas.
Jesucristo
sabe que no nos es fácil vivir en un mundo donde el único criterio de verdad
viene a ser la opinión de la mayoría, los criterios de la “madre
televisión”, etc. Él sabe que el mundo nos ofrece el éxito humano, las
comodidades materiales y, peor aún, las pasiones más bajas de nuestro ser, como
el fulcro de nuestra felicidad y nuestra confianza.
Jesucristo
precisamente porque lo sabe, se ha quedado con nosotros, para luchar a nuestro
lado y salir victoriosos de la batalla. La respuesta nos la da el mismo
Jesucristo: “Confiad, yo he vencido al mundo”.
San José Benito Cottolengo
Pío IX la
llamaba “la Casa del Milagro”. El canónico Cottolengo, cuando las
autoridades le ordenaron cerrar la primera fase, ya repleta de enfermos, como
medida de precaución al estallar la epidemia de cólera en 1831, cargó sus pocas
cosas en un burro, y en compañía de dos Hermanas salió de la ciudad de Turín,
hacia un lugar llamado Valdocco. En la puerta de una vieja casona leyó:
“Taberna del Brentatore”. La volteó y escribió: “Pequeña Casa
de la Divina Providencia”. Pocos días antes le había dicho al canónigo
Valletti con sencillez campesina: “Señor Rector, siempre he oído decir
que para que los repollos produzcan más y mejor tienen que ser transplantados. La
“Divine Providencia” será, pues, transplantada y se convertirá en
un gran repollo...”.
José
Cottolengo nació en Bra, un pueblo al norte de Italia. Fue el mayor de doce
hermanos, y estudió con mucho provecho hasta conseguir el diploma de teología
en Turín. Después fue coadjutor en Corneliano de Alba, en donde celebraba la
Misa de las tres de la mañana para que los campesinos pudieran asistir antes de
ir a trabajar. Les decia: “La cosecha será mejor con la bendición de
Dios”. Luego fue nombrado canónigo en Turín. Aquí tuvo que asistir,
impotente, a la muerte de una mujer, rodeada de sus hijos que lloraban, y a la
que se le habían negado los auxilios más urgentes, porque era sumamente pobre.
Entonces José Cottolengo vendió todo lo que tenía, hasta su manto, alquiló un
por de piezas y comenzó así su obra bienhechora, ofreciendo albergue gratuito a
una anciana paralítica.
A la mujer que
le confesaba que no tenía ni un centavo para pagar el mercado, le dijo:
“No importa, todo lo pagará la Divina Providencia”. Después del
traslado a Valdoceo, la Pequeña Casa se amplió enormemente y tomó forma ese
prodigio diario de la ciudad del amor y de la caridad que hoy el mundo conoce y
admire con el nombre de “Cottolengo”. Dentro de esos muros,
construidos por la fe, está la serene laboriosidad de una república modelo, que
le habría gustado al mismo Platón.
La palabra
“minusválido” aquí no tiene sentido. Todos son “buenos
hijos” y para todos hay un trabajo adecuado que ocupa la jornada y hace
más sabroso el pan cotidiano.
Les decía a
las Hermanas: “Su caridad debe expresarse con tanta gracia que conquiste
los corazones. Sean como un buen plato que se sirve a la mesa, ante el cual uno
se alegra”. Pero su buena salud no resistió por mucho tiempo al duro
trabajo. “El asno no quiere caminar” comentaba bonachonamente. En
el lecho de muerte invitó por última vez a sus hijos a dar gracias con él a la
Providencia. Sus últimas palabras fueron: “In domum Domini íbimus”
(Vamos a la casa del Señor). Era el 30 de abril de 1842.
Tema Controvertido
XX
La fe de los
ateos
Al final
–y también al principio- resulta que lo más razonable es creer en Dios
Xavier Zubiri
decía –palabras más, palabras menos– que todos creemos en un Dios,
lo que pasa es que no nos ponemos de acuerdo en cuál. La idea es tan
provocadora como cierta. Provocadora del porqué basta asomarse un poco al mundo
para darse cuenta de que hay muchos hombres y mujeres que afirman, sin
pestañear, que Dios no existe. Cierta, porque si esas personas lo reflexionasen
a fondo se darían cuenta de que su ateísmo va de la mano de una gran fe. Una fe
tal vez mayor que la de los creyentes.
Porque la
inmensa mayoría de los hombres y mujeres de todos los tiempos que han observado
el mundo con sencillez –lo cuál no quiere decir sin pensar–, se ha
dado cuenta de que lo más lógico es que exista un Dios que organice este jaleo
cósmico y que lo haya guiado hacia ese milagro que llamamos vida. Porque por
mucho que quitemos a Dios de en medio, el universo y sus maravillas nos siguen
preguntando: ¿a dónde vamos? ¿De dónde venimos? La primera pregunta es más
fácil de responder con banalidades: a ninguna parte; a la nada; no se sabe,
etc.
Creo que, a la
hora de la verdad, cuando la vida apriete, la muerte nos acaricie o,
simplemente, cuando tengamos un minuto para pensar, ninguna de esas respuestas
nos consolará. Mientras tanto, para los que responden así, basta con no
preocuparse demasiado.
La segunda
pregunta es más complicada. Las banalidades tienen que ser más sofisticadas. El
porqué del universo no puede responderse con un simple “porque sí”.
Por eso los ateos se han visto obligados a buscar otras respuestas que les
sacien o que, al menos, les tranquilicen
Por un lado
están quienes, para salvar la ínfima probabilidad de la aparición de la vida,
dicen que, en realidad, éste no es si no uno de los millones de universos que
han existido y que ha sido precisamente en éste donde ha surgido la vida. La
idea no está mal, incluso tiene cierto ingenio. Pero es totalmente gratuita e
indemostrable. Si escribiésemos un libro al respecto, tendría que ser de
ciencia ficción.
Por otro lado
están los que, para salvar las apariencias, se agarran al darwinismo como los
náufragos de la balsa de medusa en medio de un mar de incongruencias. Hay que
reconocer que Darwin tenía algo de razón, pero pretender que el ciego azar sea
el creador de la inteligencia humana es como pretender que Rompetechos pintó la
Capilla Sixtina.
Existen
muchos más intentos de respuesta, pero la mayoría son una variante más o menos
manida de los anteriores. El problema de estas afirmaciones es que, al final,
requieren de una gran dosis de fe para ser aceptadas. Porque –si creer es
aceptar lo que no vemos- creer que la vida ha surgido por la existencia de
infinitos –e indemostrables– universos supone un gran acto de fe.
Porque creer que la inteligencia es fruto de una casualidad inconsciente es
otro gran acto de fe.
Ambos son
actos de fe mucho mayores que creer que Dios ha creado, y dirige con sus leyes
y con su amor, el universo en el que vivimos. Es verdad que la razón humana no
puede decirnos todo sobre Dios. Es más, nos dice muy poco y pretender lo
contrario sería muy pretencioso. Pero que Dios existe, está perfectamente a su
alcance.
En cambio,
creer en el dios azar o en el mito de los infinitos universos parece más
práctico. Ninguno de ellos puede reclamarnos la justicia, la coherencia de
vida, el amor o el respeto por los demás. Pero tienen un problema: ni respetan
la realidad ni respetan la inteligencia humana. Son actos de fe irracionales y
nos convierten en seres aislados y egoístas.
Al final
–y también al principio– resulta que lo más razonable es creer en
Dios. Por eso ya decía Juan Pablo II que la fe y la razón son dos alas que nos
elevan a la contemplación de la verdad. El que encuentre a Dios con la razón
será capaz de ver el mundo con mucha mayor amplitud y perspectiva, pero sin
perder pie en la realidad. El que, además, crea lo que la revelación le dice
podrá vivir en plenitud –aunque cueste– y sentirse amado siempre,
hasta la eternidad. El que tenga que apostar que no lo dude.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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