La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Martes de la
cuarta
San Pedro
Regalado
¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís?
Santiago
1,12-18
12 dichoso el hombre que soporta la prueba;
porque si la ha superado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a
los que le aman. 13 Nadie diga en la tentación que es tentado
por Dios. Porque Dios ni puede ser tentado al mal ni tienta a nadie, 14 sino que cada uno es tentado por su propio deseo, que lo
atrae y lo seduce. 15 Después su propio deseo, una vez
consentido, engendra el pecado; y el pecado, una vez cometido, produce la
muerte. 16 No os engañéis, mis queridos hermanos. 17 Todo don excelente y todo don perfecto viene de lo alto,
del Padre de las luces, en el que no hay cambio ni sombra de variación. 18 Él nos ha engendrado según su voluntad por la palabra de la
verdad, para que seamos como las primicias de sus criaturas.
Salmo 93,12-15.18-19
12 Dichoso el hombre al que tú corriges,
Señor,
al que
instruyes en tu ley,
13 para que esté tranquilo
en los días de
infortunio
mientras se
cava una fosa para los criminales.
14 Pues el Señor no dejará a su pueblo
ni abandonará
a su heredad;
15 en los juicios se hará justicia
y todos los
corazones rectos estarán conformes.
18 Cuando yo decía: «Me voy a caer»,
tu amor,
Señor, venía a sostenerme;
19 cuando me embargan mil preocupaciones,
tú me llenas
de serenidad y de consuelo.
Marcos
8,14-21
14 Los discípulos se habían olvidado de
llevar pan, y sólo tenían uno en la barca. 15
Jesús les hizo esta amonestación: «Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos
y de la de Herodes». 16 Ellos comentaban: «Es que no hemos traído
pan». 17 Jesús, dándose cuenta, les dijo: « ¿Por
qué comentáis que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis
encallecido vuestro corazón? 18
¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? 19 ¿No os acordáis ya de cuando repartí cinco panes para cinco
mil hombres? ¿Cuántos cestos recogisteis de las sobras?». Ellos respondieron:
«Doce». 20 «Y cuando repartí los siete para los
cuatro mil, ¿cuántas espuertas recogisteis?». Dijeron: «Siete». 21 Y él añadió: « ¿Todavía no entendéis?».
Los apóstoles han
estado viviendo con Jesucristo durante más de un año y todavía no se han dado
cuenta de lo que significa vivir y convivir con Jesucristo. Vivir solamente
quiere decir estar presente con alguien, en cambio, convivir significa hacer
experiencias juntos, compartir intensamente con el otro los problemas y las
alegrías de cada día.
A veces nos
pasa lo mismo que a los discípulos. Vivían sólo con Cristo, sin darse cuenta de
que se tenía que convivir con Él; si bien, ellos poco a poco fueron creciendo
en esta conciencia hasta afirmar, en boca de San Pedro: "¿a quién iremos,
Señor?, Tú tienes palabras de vida eterna."
Estamos en la
Santa Misa y literalmente estamos, no hacemos nuestros los sacrificios
ofrecidos en el altar, no participamos vivamente el sacrificio Eucarístico. Por
eso éste pasaje nos invita a que aprendamos a convivir con Jesucristo en la
Sagrada Eucaristía, ya que si no Él nos lo reprochará diciéndonos: "¿Aún
no entendéis?"
San Pedro
Regalado
Nació Pedro en
Valladolid, en el año 1390. A los trece años -bien joven- entró en el convento
de los franciscanos de la ciudad que entonces era Corte. Cuando tiene quince se
hace compañero inseparable del anciano y enjuto Pedro Villacreces -antiguo
profesor de Salamanca, franciscano andante por Guadalajara- que tiene sueños de
reforma y ha obtenido permiso del obispo de Osma para fundar por tierras
burgalesas, en La Aguilera. Desde esa época serán maestro y discípulo, dos
frailes con verdaderos deseos de santidad; el mayor pondrá al joven en la órbita
de la más pura observancia franciscana.
Para la
Iglesia no andan muy bien las cosas. Los reductos de los monjes no son modelo
ni de observancia ni de casi nada. Las consecuencias del Cisma de Occidente se
hicieron notar en la clerecía alta y baja. La peste negra dejó también
tambaleando los monasterios que abrieron sus puertas para reponer números -que
no vocaciones- a gente no preparada. Reforma, lo que es reforma, sí se
necesitaba. Y allá van los dos Pedros dispuestos a dar entre los monjes la
batalla franciscana. Desde muy pronto se les juntan en La Aguilera jóvenes que
quieren dar su vida y el maestro Pedro Villacreces puede formarlos desde los
cimientos, sin las malformaciones y tibiezas de otros frailes mayores que
tuvieran adheridas pesadas taras. Fray Pedro Regalado fue recorriendo en once
años todos los cargos propios de un convento pobre: limosnero, sacristán,
cocinero y encargado de dar limosna a los pobres que llaman a la puerta.
Villacreces va
de nuevo a Valladolid, funda en El Abrojo, y ahora es Pedro Regalado el maestro
de novicios. Madura en todas las virtudes: tiempo de oración y mucha
penitencia, cumplimiento estricto, por amor, de toda la Regla; predica en los
pueblos de alrededor con sencillez y persuasión propiciando conversiones numerosas
y la gente ya habla de su ejemplar presencia, y hasta de milagros.
En el 1422 los
religiosos de La Aguilera y El Abrojo eligen a Regalado prelado o vicario,
cuando muere Villacreces. La reforma se va extendiendo con nuevas fundaciones
hasta llegar a ser conocidas como «las siete de la fama» donde se respetan doce
horas de oración diarias repartidas entre el día y la noche, trabajos en el
campo para ayudar a los agricultores y obtener limosnas, prohibición absoluta
de almacenar provisiones, celdas pobres para dormir, silencio casi continuo y
nada de dinero por misas o celebraciones litúrgicas. Pasa el tiempo de un
convento a otro distinguiéndose por la discreción de espíritus y por la
predicación elocuente con ciencia aprendida más en la oración que en los
libros. La Aguilera le proporciona el mejor de los retiros y la mejor
contemplación para los últimos años de su vida. No abandona la penitencia
habitual, pero añade ayuno diario, disciplinas que mortifican la carne, y tres
pilares donde basa con toda intensidad su fuerza: amor a la Eucaristía,
devoción ternísima a la Santísima Virgen y recuerdo de la Pasión.
¿Algo
llamativo?
Cuentan que
más de una noche se le podía ver por el cerro del Aguila, próximo al retiro,
siguiendo los pasos de la Pasión del Señor con una soga al cuello, cruz de
madera pesada en los hombros y una corona de espinas en su frente.
También se
conoce un hecho milagroso de su vida recogido en el proceso de canonización y
que ofrece los elementos iconográficos de Pedro Regalado. En la madrugada del
25 de marzo, fiesta de la Anunciación, está el fraile Pedro rezando maitines en
el convento de El Abrojo; siente añoranza por honrar a María en el convento de
La Aguilera consagrado por él a la Virgen bajo esa advocación; los ángeles lo
transportan por los aires en los ochenta kilómetros que separan las casas y lo
devuelven de nuevo a El Abrojo, cumplido su deseo.
El sencillo y
santo patrono de Valladolid, el Poverello de Castilla, murió con fama de
taumaturgo en 1456.
Tema
Controvertido XXVI
Para usted,
¿la religión es tema tabú?
Aceptar que
todas las religiones son iguales significa no creer que Jesucristo vino para
salvar a los hombres
Hacemos
proselitismo de todo lo que nos gusta, nuestro médico, nuestro equipo de
fútbol... pero no de nuestra fe.
Los partidos
políticos se mueven sin descanso para incrementar su militancia y captar votos.
Los directivos de un club de fútbol cantan las excelencias de su afición y
buscan más socios y jugadores. Todas las ONGs tratan de arrastrar voluntarios o
colaboradores.
El vendedor
de televisores o de coches expone las maravillas de su marca frente al producto
de la competencia. La cocinera que ha creado un plato lo postula en las
conversaciones al igual que el ciudadano ilusionado por su tierra explica sus
bellezas.
El
profesional de la ingeniería vibra con los descubrimientos técnicos o el
cinéfilo con los films.
El enamorado
cuenta extasiado las virtudes de su novia o esposa. Y quien ha conseguido una
ganga en unas rebajas lo comunica a familiares y amigos para que puedan
aprovecharla al igual que la señora cuyos pies la torturaban da a conocer a sus
amigas que encontró un excelente médico que acabó de forma indolora con sus
juanetes.
Caben mil
ejemplos similares. Y es que todos hacen, absolutamente todos hacemos, nuestro
“apostolado”. Que no es otra cosa que comunicar a otros aquello de
lo que estamos convencidos, que nos entusiasma, que nos satisface, que nos
alegra, o que consideramos bueno.
No sólo lo
difundimos sino que incluso hacemos proselitismo de ello, que tampoco es
distinto a querer que los demás aprovechen lo que consideramos muy bueno para
nosotros y estamos convencidos que lo será también para ellos. Nos parece
perfectamente normal dar a otros el teléfono del médico que nos ha curado,
aconsejar la novela con la que disfrutamos, el restaurante con buena relación
calidad-precio, proponer que voten a determinado partido porque resolverá mejor
determinado asunto o incitar a otros a defender con vehemencia la camiseta de
nuestro equipo.
Aceptamos con
absoluta normalidad el “apostolado”, el “proselitismo”,
en todos los asuntos de la vida pero resulta que, a menudo, lo que no
comunicamos, lo que no estamos dispuestos a defender, aquello por lo que no
movemos un dedo para atraer a otros es nuestra fe, lo que es la base de nuestra
vida, la fuente básica de nuestra felicidad. Aunque, al menos en teoría, lo
consideramos infinitamente más importante que lo demás.
Todos los
cristianos tenemos vocación apostólica, que no es exclusiva de sacerdotes y
religiosos. Sin embargo, nos falta a menudo vibración, como si no estuviéramos
convencidos de que si atraemos a otros a Cristo van a ser más felices aquí, y
luego en el Cielo. En algunos ámbitos eclesiásticos o de seglares próximos a
ambientes clericales se ha difundido, además, un elemento adicional: la
renuncia explícita a atraer a otros hacia el Catolicismo.
Se argumenta
que hay que respetar la religión de los demás, que si nosotros hubiésemos
nacido en tal o cual país tendríamos tal otra religión, que si uno es buena
persona tanto da, que nadie tiene la verdad, que no hay que ser intransigentes
sino abiertos, y tantas cosas más.
Es
incuestionable que hay que respetar la religión de los demás, tratarles con
cariño, colaborar con ellos en muchas cosas, dialogar, que no cabe emplear
violencia ni engaño, que si el otro actúa de buena fe con su religión podrá
salvarse, pero esto no significa que todas las religiones sean iguales. Es una
trampa fácil en nuestra sociedad relativista, de pensamiento débil, en la que
muchos creen que no hay Verdad, sino como mucho “verdades”, cada
uno la suya, sin que sea mejor una que otra. Tal concepción no es un matiz sino
algo de más enjundia de lo que a primera vista parece. Aceptar que todas las
religiones son iguales y que tanto da una como otra significa, en primer lugar,
no creer que Jesucristo vino para salvar a los hombres. Sus contemporáneos ya
tenían sus religiones. Si todas son iguales era innecesaria la Encarnación, la
muerte en cruz.
Y afirmar que
no hay que hacer apostolado, proselitismo, es, por ejemplo, echar en cara a los
misioneros de hoy y de todos los tiempos que su vida y su entrega es
absolutamente inútil porque el Cristianismo que ellos llevan no es ni mejor ni
peor que la religión que tienen los pueblos a los que van.
Que haya que
adaptar las formas de apostolado y proselitismo a las situaciones y momentos
específicos es cosa distinta. Habrá lugares en que pueda hacerse abiertamente,
aquí será necesario atender antes las necesidades materiales, allá enseñar la
doctrina, en otros puntos limitarse a dar testimonio. Pero teniendo claro
siempre que el objetivo final es atraer a aquella o aquellas personas a Cristo.
En todos los
planos de la vida los únicos que no son proselitistas son los acomplejados, los
abúlicos, los depresivos. Unas enfermedades que parece han hecho mella en
bastantes cristianos supuestamente convencidos. Un cristiano, un católico, que
no es apostólico, que no es proselitista, muestra que no vibra por su fe.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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