La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Miércoles de
la tercera
7ª del tiempo
ordinario
San
Eugenio de Mazenod
el que no está en contra de nosotros está a nuestro
favor
Santiago
4,13-17
13 Y ahora vosotros, los que decís: «Hoy o
mañana iremos a tal ciudad, y pasaremos allí el año, negociando y ganando
dinero»; 14 vosotros, que no sabéis qué pasará mañana.
¿Qué es vuestra vida? Sois humo, que aparece un instante y luego se disipa. 15 Debéis decir, en vez de eso: «Si el Señor quiere, viviremos
y haremos esto o lo otro». 16 En
cambio, presumís de vuestras fanfarronadas. Esta clase de jactancia es mala. 17 Pues el que sabe hacer el bien y no lo hace comete pecado.
Salmo 48,2-3.6-11
2 Oíd, pueblos todos;
escuchad,
habitantes de la tierra,
3 gente de pueblo y gente ilustre,
pobres y ricos
a la vez.
6 ¿Por qué voy a temer en días aciagos,
cuando me
acorralan los explotadores,
7 que confían en sus riquezas
y presumen de
su gran fortuna?
8 Nadie puede rescatarse a sí mismo
ni pagar a
Dios por su propio rescate.
9 Por costoso que sea el rescate de la vida,
ella terminará
para siempre jamás.
10 ¿Es que van a vivir indefinidamente?,
¿se van a
quedar sin ver la fosa?
11 No, la verán todos: los sabios mueren,
lo mismo que
los necios y los tontos,
y dejan para
otros sus riquezas.
Marcos 9,38-40
38 Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a
uno que echaba los demonios en tu nombre y no anda con nosotros, y se lo hemos
prohibido». 39 Jesús dijo: «No se lo prohibáis, porque
nadie que haga un milagro en mi nombre puede después hablar mal de mí; 40 y el que no está en contra de nosotros está a nuestro
favor».
Un personaje
predicaba en nombre de Jesús y los apóstoles se lo querían impedir. Jesús
simplemente les dice que lo dejen actuar. ¿Qué había en aquella persona, de la
cual no sabemos ni el nombre, ni la edad? No sabemos nada de él y, sin embargo,
realizó actos buenos. Era una persona sencilla común y corriente. Podemos
comparar aquella persona con uno de nosotros. Un seglar convencido en difundir
el reino de Cristo. Nosotros somos una pieza clave en la iglesia. Mas ahora en
estos tiempos ser católico es luchar contra corriente, si lo queremos ser con
autenticidad. Tratamos de serlo en nuestro corazón pero también hay que serlo
en el exterior compartiendo con los demás las riquezas de nuestra fe.
Por eso hay
que vivir atentos, con la mirada alerta para descubrir el bien que pueden hacer
las personas a nuestro alrededor.
Cuando ves a
un joven que ayuda a una pareja anciana en sus trabajos de casa, cuando una
persona hace un favor sin esperar recompensa, cuando tú haces por los demás el
bien evitando todo tipo de acto dañino para tu prójimo, entonces estarás seguro
de estar haciendo lo que Cristo quiere y no impide a nadie: amar a los demás
sin esperar ser amado sino solamente por Dios.
Esto es lo que
Jesús quiere que hagamos todos los días. "Haz el bien y evita el
mal", sí pero no se trata de evitar el mal, sino transformarlo por todo
tipo de bienes para quien está más cercano de ti.
Tengamos en
cuenta de que en el mundo hay muchos carismas, unos predican, otros enseñan...,
pero todos actuamos con el mismo fin: la Iglesia. Cristo nos lo pide: "haz
esto y vivirás".
San Eugenio de
Mazenod
Carlos José
Eugenio de Mazenod nació en Aix-en-Provence, Francia, el 1 de agosto de 1782.
Su padre ocupaba un importante cargo político por lo que la familia gozaba de
una posición acomodada. El pequeño Eugenio poseía un temperamento autoritario e
irascible; pero también una gran nobleza de corazón: en una ocasión, movido por
la compasión, cambió sus ropas con las de un niño carbonero.
En la
primavera de 1794, la familia tuvo que abandonar el país por razones políticas
estableciéndose en Venecia. Eugenio, siendo extranjero, no tenía amigos ni
acudía a la escuela. Un sacerdote, el P. Bartolo Zaneli, lo tomó bajo su
cuidado de modo informal. Gracias a esta amistad, Eugenio comenzó a sentirse
atraído por el sacerdocio. Posteriormente, siempre por razones políticas, los
Mazenod se trasladaron a Sicilia para volver más tarde a Francia. Durante este
período, Eugenio llevó una intensa vida social, cuya frivolidad y superficialidad
le aburría y hastiaba. Así, insatisfecho y deseoso de un sentido más profundo
para su existencia, el 12 de octubre de 1808 llamó a las puertas del seminario
de san Sulpicio. Debido a su madurez y celo por las almas, los superiores del
seminario lo promovieron tres años más tarde a las sagradas órdenes.
En octubre de
1812 comenzó su ministerio sacerdotal en la región de Provenza, dedicándose
especialmente a los pobres. Queriendo remediar el empobrecimiento espiritual de
éstos a causa de la reciente revolución laicizante, fundó en Aix una asociación
de sacerdotes seculares. Sus miembros recorrían la Provenza predicando en
provenzal y de modo sencillo, buscando sobre todo la instrucción del pueblo en
la doctrina cristiana. La asociación pronto se convirtió en la congregación de
los Oblatos de María Inmaculada. León XII la aprobó, a pesar de la oposición de
algunos obispos franceses, diciendo: “Me agrada esta sociedad; sé el bien
que hace y quiero favorecerla”.
La misión del
P. Mazenod como fundador hasta cierto punto había terminado, pero aún le
esperaba un nuevo encargo: la diócesis de Marsella. El P. Eugenio, o mejor,
Mons. Eugenio Mazenod tomó posesión el 24 de diciembre de 1837. Todo el
espíritu de la congregación por él fundada se derramó sobre Marsella. En su
deseo de estar cerca del pueblo, todos los días recibía a las personas desde
las 10:00 de la mañana hasta las 2:00 de la tarde, sin necesidad de cita.
Realizaba frecuentes visitas pastorales y pidió a sus sacerdotes que predicaran
de forma sencilla explicando el credo, la santa misa y el evangelio.
Luchó
incansablemente por la libertad de enseñanza hasta lograr, con la promulgación
de la ley Falloux, el derecho a la clase de religión. Creó 22 nuevas
parroquias, edificó numerosas iglesias —entre ellas la misma
catedral— y se establecieron 31 congregaciones religiosas en su diócesis.
A pesar de su
intensa actividad apostólica y de los sacrificios que ésta imponía a su cuerpo,
pudo gozar de una larga vida. El obispo que predicaba en provenzal y había
hecho de los pobres sus hijos predilectos, partió para el abrazo con el Padre
el 21 de mayo de 1861, a la edad de 79 años. Fue canonizado el 3 de diciembre
de 1995 por el papa Juan Pablo II.
Tema Controvertido
XXX
Tolerancia:
la ruta del encuentro
La tolerancia
no es una simple e indiferente aceptación de las posturas ajenas, es un camino
formado por el encuentro con los demás y el entendimiento real de sus opiniones
La angostura
y pobreza de nuestros conceptos a menudo nos impiden ser flexibles en el
diálogo y comprender a los demás. Con frecuencia en los debates públicos, por
ejemplo, unos acusan de intolerantes a quienes consideran injustificables sus
ideas o actitudes. «Tú eres dueño de sostener las ideas que desees, pero no
intentes imponerlas a los demás». «Nadie te obliga a cambiar de opinión ni
actitud. Pero es demasiado pretender convertir en exigencia pública lo que es
una mera convicción o creencia privada».
Frases de
este tipo se dicen a menudo como algo consabido e incuestionable. Por si fuera
poco, a todo el que muestra entusiasmo al defender una convicción se le
reprocha que pretende «imponerla» a otros de forma intolerante.
Sentir
entusiasmo por algo significa que uno se ve muy enriquecido por ello y desea
conservarlo como una fuente de plenitud y felicidad. Defenderlo no significa
imponerlo, sino querer vivirlo y compartirlo con otras personas. Ese deseo no
tiene carácter coactivo, sino participativo. Un valor no se impone nunca;
atrae. Quien participa de algo valioso tiende naturalmente a sugerir a otros
que se acerquen al área de imantación de tal valor. El resto lo hace el valor
mismo, que, si tienen la sensibilidad adecuada, acaba atrayéndolos.
Quien se
entusiasma con algo que juzga valioso y lo defiende tenazmente, sin duda está
dispuesto a cambiar de opinión si alguien le convence con razones de que se
trata de una ilusión falsa. Entusiasmarse no equivale a exaltarse. Si pienso
que la vida humana merece un respeto incondicional, de forma que cualquier
problema que se suscite por la vida naciente ha de ser resuelto sin ponerla en
juego, y manifiesto esa convicción en privado o en público, no soy intolerante
con quienes opinen de otro modo.
Cuándo es
válido un punto de vista
Existen
varias formas de tolerancia. En el plano fisiológico, tolerar indica que se
soporta un dolor o una incomodidad, significa aguantar. En el trato personal
hay también varias formas: pensemos por ejemplo en la relación de un padre con
un hijo que pasa las noches fuera de casa y llega de madrugada; para evitar una
confrontación lo tolera, transige.
Finalmente,
en el terreno de las ideas y opiniones, cabe preguntarse si, para ser
tolerante, hemos de aceptar todas las opiniones que puedan verterse en un
debate. Hoy suele considerarse obvio e incontrovertible que toda opinión es
digna de respeto y se tacha de intolerante a quien afirme lo contrario. ¿Es
justo tal reproche?
Una opinión
es respetable, honorable, digna de estima, si responde al papel de una persona
en su comunidad. Al hablar, actuar, escuchar, escribir o realizar cualquier
acción dirigida a los demás, debemos cuidar que nuestra actividad colabore a la
edificación de la vida común. A menudo se dice que cada uno ve la realidad
desde su propia perspectiva y aporta siempre un punto de vista peculiar, tan
válido como el de cualquier otro –el llamado perspectivismo–. En un
plano de la realidad esto es verdad, en otros no.
Si dos
personas contemplan una sierra desde vertientes distintas, tendrán vistas
diferentes y ninguna podrá considerarse la única aceptable y válida. Ambas
obtendrán escorzos igualmente legítimos y fecundos en orden a un conocimiento
completo de esa realidad.
Pero
ascendamos a un modo de contemplación más complejo, por ejemplo, el estético.
Aquí, las condiciones son más sutiles. Necesitamos una preparación adecuada
para que nuestra experiencia estética sea auténtica.
Muchos
podemos contemplar El entierro del Conde de Orgaz, la genial pintura del Greco.
Las diferentes perspectivas serán justas, pero la visión estética del cuadro
sólo vendrá de quien previamente haya cultivado su sensibilidad. ¿Por dónde
empezar a contemplarlo? ¿Qué función artística ejercen el amarillo sulfuroso
del manto de san Pedro y el azul del de María? ¿A qué responde que el artista
acumule varias cabezas de caballeros castellanos por encima de la de san
Agustín?
Los legos en
estética no sabrán contestar estas preguntas. No cabe decir que cualquier forma
de ver el cuadro es igualmente válida. Y no nos tacharían de intolerantes por
sostenerlo.
Aunque en
gustos no hay nada escrito, es cierto que el gusto necesita cultivarse. Si una
persona formada estéticamente emite un juicio sobre una obra de arte, su
opinión estará mejor fundamentada aunque contradiga la nuestra.
Por eso es
justo no prestar oídos a quien, carente de toda sensibilidad estética,
manifiesta aversión hacia una obra de calidad. Lo respetaremos, pero evitaremos
dedicar tiempo a un juicio poco serio y mal fundamentado. Los distintos
aspectos de la vida exigen cumplir determinadas exigencias, de lo contrario, no
se logran ciertos objetivos en cuanto a conocer, sentir, amar y crear.
Para
dialogar, lógicamente, deben cumplirse los requisitos de todo diálogo
auténtico, distinto de dos monólogos alternantes. Si al hablar conmigo alguien
me encuentra agresivo, impaciente, poco o nada acogedor, tendrá derecho a
abandonar la conversación. No podré acusarle, por ello, de intolerante.
Sin embargo,
hoy es frecuente oír: «esta es mi opinión, mi verdad, usted quédese con la
suya». Con ello se da por supuesto que la verdad es relativa a cada sujeto
porque depende de él. ¿Es esto aceptable? La creatividad artística arroja luces
al respecto, veamos por qué.
Creatividad
Colectiva
A solas,
nadie puede ser creativo. Aun la persona mejor dotada del universo debe contar
con realidades distintas y, en principio, externas, extrañas, ajenas. Al entrar
en relación colaboradora con ellas, dejan de ser distantes, ajenas y extrañas
para tornársele íntimas, sin dejar de ser distintas. Con ello se instaura un
campo de juego entre nosotros, y surge el sentido y la belleza.
La belleza
del Partenón se alumbra cuando una persona sensible a los valores artísticos
entrevera su ámbito de vida con el de esa realidad. La belleza no se halla en
la obra ni en el sujeto. Surge dinámicamente entre ambos cuando se da una
donación mutua de posibilidades. La belleza debe ser considerada, por tanto, un
fenómeno relacional, no relativista.
Quien no vive
el arte de forma relacional no entra en el campo de juego donde se alumbra la
belleza. Decirlo es constatar un hecho que responde a una ley del desarrollo
humano, la ley de la dualidad: «Toda forma de creatividad humana es siempre
relacional; requiere dos o más realidades que entren en colaboración».
La
creatividad siempre es abierta, relacional, dialógica. No lo olvidemos, porque
esa ley de la naturaleza nos da una clave para entender a fondo, lúcidamente,
lo que es e implica la verdadera tolerancia.
La auténtica
tolerancia no es mera permisividad; no implica indiferencia ante la verdad y
los valores; no supone aceptar la verdad de cada uno ni su forma propia de
pensar por el hecho de pertenecer a una generación u otra; no se reduce a
afirmar que se respetan las opiniones ajenas, aunque no se les preste la menor
atención.
Quien se
proclama respetuoso con otra persona sin prestar la debida atención para
descubrir la parte de verdad de su discurso es indiferente, no tolerante, que
supone una actitud muy distinta: respetar al otro, estimarlo.
Separar el
trigo de la paja
Para ser
tolerantes debemos partir de una convicción decisiva: la inteligencia humana es
portentosa, sobrecogedora, pero limitada. Dada su condición temporal, el ser
humano no puede encontrar la verdad toda, aunque sí toda la verdad específica
de algo. De modo semejante a como puedo encontrar en la calle a Juan, pero no a
Juan con la diversidad de vertientes que implica. Cierto, cuando saludo a Juan
veo toda su persona –no sólo sus manos o sus ojos–, pero no su
persona en su trama entera de implicaciones. Necesito más de un encuentro para
conocer los diversos aspectos de su personalidad.
No llegamos a
la verdad de repente ni a solas, se requieren diversos contactos con cada
realidad, en distintos momentos y lugares, necesitamos complementar nuestros
esfuerzos y perspectivas. Tanto más, cuanto mayor sea la riqueza y complejidad
de la realidad que deseamos conocer.
Con este
convencimiento, no sólo aguantaré a quien defienda una posición distinta de la
mía, sino que agradeceré que converse conmigo y pondré empeño en descubrir lo
que pueda ofrecerme de valioso. Así, la discusión no degenerará nunca en
disputa.
En la antigua
Roma, discutir era mover el cedazo para separar el trigo de la paja. Disputar
no es buscar la verdad, sino el propio enaltecimiento. En la auténtica
discusión se concede al otro un espacio de libertad para moverse con holgura y
mostrar la posible razón que le asiste.
En la disputa
no se atiende a la posible validez de otras opiniones; se defiende la propia
como cuestión de honor, con una fiereza que no es tenacidad sino terquedad. Por
eso degenera rápidamente en fanatismo. Si quiero ser fiel a una doctrina o
conducta y defenderla con entusiasmo, debo estar dispuesto a asumir lo que
otras posiciones puedan encerrar de relevante para la vida de todos.
Para tolerar
es decisivo comprender que el dominio y posesión sólo se dan en el plano de los
objetos y los procesos fabriles, no en el de las realidades superobjetivas
(ámbitos) –obras de arte, personas, instituciones, valores…–.
En este nivel, las experiencias no son de tipo lineal, sino reversibles. El
intérprete configura la obra en cuanto se deja configurar por ella; no la
domina ni es dominado por ella.
En las
experiencias reversibles nadie domina, porque el dominio es muy pobre en cuanto
a creatividad. Todos desean, más bien, configurar y ser configurados. Buscan
tener autoridad, no simple mando. Esta es la actitud tolerante por excelencia.
En un diálogo, el verdadero conversador no intenta dominar, sino perfeccionar
su propia mente y actitud ante la vida exponiendo sus puntos de vista y
acogiendo atentamente otras perspectivas distintas.
La cuestión
decisiva será, en consecuencia, descubrir cómo convertir nuestra existencia en
una trama de experiencias reversibles. Para lograr esta meta se requiere seguir
un proceso formativo en cinco fases que esbozo a continuación.
5 fases del
proceso formativo
1. Distinguir
entre objetos y ámbitos. Una persona no es sólo su cuerpo. Es un centro de
iniciativa; con deseos, ideas, sentimientos, proyectos; crea vínculos de todo
orden; asume su destino; presenta una vertiente objetiva, corpórea, pero supera
toda delimitación; abarca cierto campo en diversos aspectos: biológico,
estético, ético, profesional, religioso… Es todo un «ámbito de vida» o,
dicho con la filosofía actual, es un «ser-en-el-mundo» que para desarrollarse y
ser creativo necesita las posibilidades que le ofrece el entorno.
Quien acepta
la realidad como un gran campo de posibilidades donde ha de crecer como
persona, se esfuerza por conceder a cada realidad todo su rango. Distingue, por
ello, cuidadosamente los «objetos» y los «ámbitos». Objeto es una realidad mensurable,
situable, ponderable, delimitable, asible… Un ámbito es una realidad que
abarca cierto campo en diversos aspectos, capaz de ofrecer y recibir
posibilidades.
Esta
distinción es decisiva para comprender a fondo la vida humana y la educación en
la tolerancia, porque los ámbitos hacen posibles las experiencias reversibles,
entre las que descuellan las experiencias de encuentro.
2. Asumir la
importancia de la creatividad. Las experiencias reversibles son muy importantes
en la vida humana porque implican siempre alguna dosis de creatividad: el poeta
troquela el lenguaje y el lenguaje nutre al poeta, el intérprete configura la
obra musical y esta modela su actividad… El hombre madura como persona a
medida que realiza más experiencias reversibles y menos experiencias lineales
que van del sujeto al objeto y suponen que el primero se imponga a la realidad
circundante.
Al estudiar a
fondo estas experiencias se advierte la posibilidad de convertir lo
distinto-distante en distinto-íntimo, y resolver el problema de conjugar la
libertad y las normas, la autonomía y la heteronomía. Como cuando se memoriza
una canción y se repite una y otra vez, fraseándola de modo diferente y
cambiando el ritmo, hasta que se siente como una voz interior. La canción sigue
siendo distinta, pero ya no es distante, ni externa, ni extraña. Constituye un
impulso íntimo que sirve de norma de acción y de cauce a la libertad
interpretativa.
Al hacerse
cargo, íntimamente, de la importancia de las experiencias reversibles para la
vida, se descubre la inagotable fecundidad de la forma relacional de pensar. La
belleza de una canción o un poema no reside en el poema mismo (lo que sería una
interpretación «objetivista»), ni en el sujeto que lo interpreta
(interpretación «subjetivista» o «relativista»); brota en el acto de ser
interpretados; es fruto, por tanto, de la interacción fecundadora de objeto y
sujeto, vistos ambos como fuentes de posibilidades.
El
pensamiento relacional no fija la atención en el objeto ni en el sujeto;
mantiene la mirada en suspensión para verlos a ambos en la relación que los une
y enriquece mutuamente.
Esta atención
comprehensiva es capaz de ver como perfectamente lógicas ciertas
características de nuestra vinculación a los demás que a menudo se consideran
«paradójicas». Léase con atención el texto siguiente, escrito por un eminente
psicólogo. Tras destacar tres pares de conceptos «paradójicos»
(fuerza-debilidad, identidad-diferencias, singularidad-universalidad), escribe:
Te reconozco,
acepto y respeto como un tú personal y por eso me siento «fuerte» para
tolerarte, aun a riesgo de aparecer «débil», en ocasiones, ante los demás o
ante ti; pero, a la vez, yo no puedo renunciar a que tú me reconozcas, me
aceptes y me respetes como persona y me toleres-soportes igualmente. Y si yo te
acepto en tus diferencias y singularidades, es porque me sitúo en un espacio de
identidad humana y de valores universales, que las asumen-trascienden a la vez;
pero entonces, aun en el caso de que tu intolerancia no lo reconociese, mi
actitud tolerante es capaz de estar en permanente apertura en ese punto de
encuentro humano, arquetípicamente «inmanente» y que «nos trasciende» a ambos.
3. Entreverar
ámbitos. El fruto de las experiencias reversibles es el encuentro,
acontecimiento que está en la base de todo proceso humano de desarrollo. El
encuentro no viene dado por la mera vecindad física; supone un entreveramiento
de dos realidades que no son meros objetos, sino ámbitos. Entreverarse
significa ofrecerse mutuamente posibilidades de acción y enriquecerse.
Para realizar
un auténtico encuentro deben cumplirse diversas condiciones: adoptar una
actitud de generosidad, respeto y estima; abrirse al otro con actitud de
disponibilidad, vibrar con él, es decir, mostrar auténtica simpatía; ser veraz,
sincero, fiel, paciente, tenaz…; compartir ideales elevados.
Estas son
también condiciones de la creatividad –toda forma humana de creatividad
se da a través de algún tipo de encuentro–, por eso vale denominarlas
virtudes: modos de comportarse que hacen posible y fácil crear encuentros, es
decir, formas valiosas de unidad.
4. Rechazar
el vértigo de la fascinación. El proceso que conduce al encuentro es llamado
desde antiguo «éxtasis», ascenso a lo mejor de sí mismo. Este acontecimiento
–el encuentro– puede ser anulado por la entrega al «vértigo», un
proceso de fascinación que no exige nada al hombre, le promete todo y acaba
quitándoselo todo. El vértigo de la ambición de poder y dominio parece
garantizar una posición de supremacía y acaba asfixiando a quien se entrega a
su embrujo.
5. Descubrir
la riqueza. Quien sigue el proceso que lleva al encuentro va descubriendo por
sí mismo la riqueza que encierran para su vida las distintas formas de unidad.
Este descubrimiento le hace ver con toda sencillez la fecundidad que presenta
una conducta ética recta, ajustada a las exigencias de la realidad.
Tal
fecundidad se debe a los valores, que no son otra cosa más que posibilidades de
actuar con pleno sentido. Y como los auténticos valores atraen, no procede
imponer su realización, y tanto más cuanto más altos son. Con razón afirmó
Tertuliano que «no es propio de la religión obligar a la religión».
Comprender a
fondo este proceso constituye además un foco de luz para orientar rectamente la
propia vida e interpretar qué ocurre en la sociedad contemporánea.
La tolerancia
se da en el encuentro
La verdadera
tolerancia implica una forma de encuentro. No es sólo aguantarse mutuamente
para garantizar un mínimo de convivencia. Va más allá: intenta captar los
valores positivos de la persona tolerada a fin de que ambas se enriquezcan.
Esta forma de
entender la tolerancia sólo es posible si se ha cultivado el arte de jerarquizar
debidamente los valores. Cuando se considera que el encuentro presenta un valor
altísimo –porque permite al hombre alcanzar el ideal de la unidad–
se está en disposición de dialogar con personas o grupos que sostienen ideas y
conductas distintas, incluso extrañas a las propias.
El valor
supremo, el que decide nuestra conducta, no viene dado en este caso por el
carácter confiado de lo que nos es próximo y afín, sino por la capacidad de
crear auténticas formas de encuentro y buscar la verdad en común. Esta búsqueda
y ese encuentro exigen respeto, entendido positivamente como estima, aprecio
del valor básico del otro, en cuanto persona, y de los valores que pueda
albergar. Esa estima se traduce en colaboración, oferta de posibilidades en
orden a un mayor desarrollo de la personalidad.
Quien de
verdad es tolerante no es un espíritu blando que se pliega ante cualquier idea
o conducta porque en el fondo no se compromete de verdad con ninguna. Es una
persona entusiasmada con ciertos principios, orientaciones e ideales que
defiende con vigor. Sabe que la vida es un certamen y compite con fuerza, pero
acepta gustosamente al adversario y se esfuerza por verlo en toda su gama de
implicaciones y matices.
Lo contrario
de este modo de ver comprehensivo y respetuoso es el reduccionismo, que rebaja
a las personas y grupos a algo poco relevante o incluso aversivo. Tal
envilecimiento es el presupuesto para el ataque. Se dice que los boxeadores,
antes del combate, no quieren oír nada relativo a la vida personal de su
contrincante. Es comprensible: para atacar necesitan reducirlo a mero
adversario, a obstáculo en el camino del triunfo.
Atenerse a la
realidad
De aquí que
cultivar el «pensamiento débil» –sin hondura ni la debida
fundamentación–, aceptar el «relativismo cultural» –rehuir a
compromisos firmes al pensar que todo punto de vista es igualmente
válido–, fomentar el escepticismo –negar la posibilidad de alcanzar
la verdad– y exaltar el subjetivismo –recluir al hombre a su
soledad– no ponen las bases de una mayor tolerancia; al contrario, avivan
la intolerancia y el dogmatismo.
Sólo si
reconozco, con Gabriel Marcel, que «lo más profundo que hay en mí no procede de
mí», y me esfuerzo por clarificar la verdad de cuanto me rodea y la mía propia,
supero el ansia de dominar que inspira las diversas formas de opresión
dictatorial.
Es muy
peligroso para toda sociedad carecer de convicciones sólidas por falta de
capacidad para ahondar en la realidad o de voluntad para hacerlo debido a
ciertos prejuicios antimetafísicos o –como se dice hoy
enfáticamente– «posmodernos». La única garantía de libertad interior para
hombres y pueblos viene dada por la decisión de atenerse a la realidad que nos
sostiene a todos.
Renunciar a
la metafísica –al estudio de la realidad– es alejarse de nuestras
raíces y quedar desvalidos ante el poder del más fuerte. Los castillos de
bellas palabras acerca de la solidaridad y la tolerancia edificados por los
partidarios de una vida intelectual «débil» se vendrán abajo con un simple
golpe de astucia por parte de los prestidigitadores de conceptos. La actitud de
tolerancia y solidaridad sólo puede ser estable cuando conocemos las exigencias
de nuestra realidad personal y decidimos cumplirlas.
En esta línea
se mueve el dirigente político y pensador Václav Havel cuando escribe: «No
debería existir un abismo entre la política y la ética. (…) La tolerancia
empieza a ser una debilidad cuando el hombre comienza a tolerar el mal».
Una sociedad
que descuida la educación de las personas en la creatividad y los valores no
puede ser tolerante. Este tipo de formación exige el previo cultivo de las tres
cualidades básicas de la inteligencia: largo alcance, amplitud y profundidad.
Bien entendida, la tolerancia implica madurez espiritual, y esta no se logra
con el mero exigir unos «mínimos de convivencia».
Antídotos
contra la manipulación
A este
concepto de tolerancia –como voluntad de buscar la verdad en común–
se opone la manipulación, que tiende a anular en las personas la capacidad de
pensar por propia cuenta. Mientras que la tolerancia construye –al
promover el poder de iniciativa de los demás en cuanto a pensar y
decidir–, la manipulación destruye, porque juega con los conceptos y las
palabras, lo tergiversa todo, siembra el desconcierto en las personas y las
priva de libertad interior.
Para
enfrentar con éxito la manipulación, debemos recurrir a tres medidas:
1. Estar
alerta y saber qué es manipular, quién manipula, para qué y cómo lo hace.
2.
Esforzarnos en pensar con rigor, utilizando el lenguaje de modo preciso.
3.
Desarrollar nuestras posibilidades creativas en todos los órdenes: deportivo,
ético, estético, profesional, religioso…
Necesariamente,
estas tres medidas culminarán en un cambio de actitud ante la vida y, por
tanto, en un cambio de ideal. El ideal del dominio y la posesión debe ser
sustituido por el ideal de servicio.
Charles
Chaplin, dotado de poderosa intuición, subraya la necesidad de superar la
práctica ambiciosa de la manipulación mediante la adopción de una actitud
tolerante.
Después de
encarnar papeles antagónicos –un judío perseguido y «el gran
dictador»–, el genial cineasta acaba convirtiendo al dictador en el
portavoz de un mensaje de esperanza. No habla desde el rencor producido por los
trágicos sucesos de los Doce Años. Se expresa desde ese lugar secreto donde
habita lo mejor del ser humano, la capacidad de perdón, la preocupación por
abrir a todos los pueblos vías de dignidad y felicidad.
«No pretendo
gobernar ni conquistar a nadie –proclamó Chaplin–. Me gustaría
ayudar, si fuera posible, a judíos y gentiles, negros y blancos». No reclama
venganza contra los culpables del horror de los campos de exterminio. Pide
unidad, unión en la lucha por «un mundo mejor en que los hombres estarán por
encima de la codicia, del odio y de la brutalidad». Para ello debemos elevar el
espíritu, situarnos en un nivel superior de pensamiento y de conducta.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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