La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Jueves de la
tercera
7ª de Tiempo
ordinario
Santa Rita
de Casia
Tened sal en vosotros y vivid en paz los unos con los
otros
Santiago
5,1-6
1 Y vosotros, los ricos, llorad con fuertes
gemidos por las desventuras que van a sobreveniros. 2 Vuestra riqueza se ha podrido y vuestros vestidos se han
apolillado. 3 Vuestro oro y vuestra plata se han puesto
roñosos, y su roña será un testimonio en contra vuestra y devorará vuestra
carne como fuego. Atesorasteis en los últimos días. 4 El jornal de los obreros que segaron vuestros campos,
defraudado por vosotros, clama, y los lamentos de los segadores han llegado a
los oídos del Señor todopoderoso. 5
Habéis vivido sobre la tierra en delicias y placeres y habéis engordado para el
día de la matanza. 6 Habéis condenado y habéis asesinado al
inocente sin que él os opusiera resistencia.
Salmo 48,14-20
14 Tal es la suerte de los que en sí confían,
el fin de los
que en sus discursos se recrean:
15 como rebaños destinados al abismo
bajan derechos
a la tumba;
los justos
triunfarán sobre ellos,
se esfumará su
imagen y habitarán en el abismo,
lejos de sus
mansiones palaciegas.
16 Pero Dios rescatará mi vida,
me arrancará
de las fuerzas del abismo.
17 No sufras cuando un hombre se hace rico
y crece la
hacienda de su casa;
18 pues, cuando muera, no ha de llevarse
nada,
su hacienda no
bajará con él.
19 Aunque en vida se felicitaba:
«Te alaban
porque has hecho fortuna»,
20 un día llegará en que se muera
y no verá la
luz nunca jamás.
Marcos
9,41-50
41 «El que os dé de beber un vaso de agua por
ser del mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa». 42 «Al que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen en
mí, más le valdría que le ataran al cuello una rueda de molino y lo tiraran al
mar. 43 Si tu mano es para ti ocasión de pecado,
córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al
fuego que no se apaga. 44 Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtatelo.
45 Más te vale entrar cojo en la vida que ser
arrojado al fuego con los dos pies. 46 Y
si tu ojo es para ti ocasión de pecado, sácatelo. 47 Más te vale entrar con un solo ojo en el reino de Dios que
ser arrojado con los dos ojos 48
donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. 49
Porque todos serán salados con el fuego. 50 La
sal es buena; pero si se hace insípida, ¿con qué la salaréis? Tened sal en
vosotros y vivid en paz los unos con los otros».
"Si sois lo que tenéis que ser
prenderéis fuego en el mundo" Dijo Santa Catalina de Siena. ¿Qué es lo que
tenemos que ser? Cristo en el evangelio nos dice qué es lo que tenemos que ser.
Somos sal de la tierra y luz del mundo. Eso
es lo que somos los cristianos. Por lo tanto, tenemos que tener mucho cuidado
de mantenernos en este estado, porque el demonio trabaja duro para que nosotros
no sigamos alumbrando y sazonando la vida de las personas a nuestro alrededor. Pidamos
a Dios que nos mantenga siempre fieles a nuestras promesas bautismales, por
medio de las cuales somos la luz que enfoca la vida de los hombres. Si nosotros
no los condimentamos con la sal del evangelio, nadie lo hará.
Santa Rita de
Casia, Santa
Vista de
cerca, sin el halo de la leyenda, se nos revela el rostro humanísimo de una
mujer que no pasó indiferente ante la tragedia del dolor y de la miseria material,
moral y social. Su vida terrena podría ser de ayer como de hoy.
Rita nació en
1381 en Roccaporena, un pueblito perdido en las montañas apeninas. Sus ancianos
padres la educaron en el temor de Dios, y ella respetó a tal punto la autoridad
paterna que abandonó el propósito de entrar al convento y aceptó unirse en
matrimonio con Pablo de Ferdinando, un joven violento y revoltoso. Las
biografías de la santa nos pintan un cuadro familiar muy común: una mujer
dulce, obediente, atenta a no chocar con la susceptibilidad del marido, cuyas
maldades ella conoce, y sufre y reza en silencio.
Su bondad
logró finalmente cambiar el corazón de Pablo, que cambió de vida y de
costumbres, pero sin lograr hacer olvidar los antiguos rencores de los enemigos
que se había buscado. Una noche fue encontrado muerto a la vera del camino. Los
dos hijos, ya grandecitos, juraron vengar a su padre. Cuando Rita se dio cuenta
de la inutilidad de sus esfuerzos para convencerlos de que desistieran de sus
propósitos, tuvo la valentía de pedirle a Dios que se los llevara antes que
mancharan sus vidas con un homicidio. Su oración, humanamente incomprensible,
fue escuchada. Ya sin esposo y sin hijos, Rita fue a pedir su entrada en el
convento de las agustinas de Casia. Pero su petición fue rechazada.
Regresó a su
hogar desierto y rezó intensamente a sus tres santos protectores, san Juan
Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino, y una noche sucedió el
prodigio. Se le aparecieron los tres santos, le dijeron que los siguiera, llegaron
al convento, abrieron las puertas y la llevaron a la mitad del coro, en donde
las religiosas estaban rezando las oraciones de la mañana. Así Rita pudo vestir
el hábito de las agustinas, realizando el antiguo deseo de entrega total a
Dios. Se dedicó a la penitencia, a la oración y al amor de Cristo crucificado,
que la asoció aun visiblemente a su pasión, clavándole en la frente una espina.
Este estigma
milagroso, recibido durante un éxtasis, marcó el rostro con una dolorosísima
llaga purulenta hasta su muerte, esto es, durante catorce años. La fama de su
santidad pasó los limites de Casia. Las oraciones de Rita obtuvieron
prodigiosas curaciones y conversiones. Para ella no pidió sino cargar sobre sí
los dolores del prójimo. Murió en el monasterio de Casia en 1457 y fue
canonizada en el año 1900.
Tema
Controvertido XXXI
Autor:
José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para el amor
Las columnas del mundo
Atrevámonos
por unos minutos a coger nuestra vida por las solapas
Me parece
terrible decirlo, pero creo que no exagero ni un átomo si aseguro que noventa y
cinco de cada cien habitantes de este planeta no se han preguntado jamás -digo
«jamás»-- completamente en serio -digo «en serio»-- cuáles son las columnas
sobre las que se apoya su vida, cuál es el eje de su existencia, para qué viven
verdaderamente.
¿Y de los
otros cinco? Dos se lo preguntaron una vez hace años, y ya lo han olvidado;
otros dos se dieron a si mismos respuestas tranquilizadoras, que luego no
coinciden en nada con la realidad de lo que viven. ¿Y el último? El último...
iba a decir que es el santo, pero diré con más exactitud que es el único hombre
que existe de cada cien que pisan este mundo.
Me temo que
el lector esté pensando que comienzo estas líneas demasiado duramente, que soy
tal vez pesimista, que... no es para tanto. Pero me pregunto si no será bueno
comenzar cogiendo el alma por donde quema y enfrentándonos con nuestro propio
espejo. ¿Somos realmente seres vivientes? Esta, creo, es la primera y capital
de las preguntas a que todo hombre tiene obligación de responder.
Porque ¿qué
ganaríamos engañándonos a nosotros mismos si, al final, somos corresponsables
de esa mediocridad colectiva del mundo de la que tanto hablamos? Atrevámonos
por unos minutos a coger nuestra vida por las solapas.
Y empecemos
por preguntarnos cuáles son, en realidad, las columnas que sostienen el mundo
en que vivimos. Haced esta pregunta por las calles, y todos os responderán -con
impudicia y sin la menor vergüenza- que «el sexo, el dinero y el poder».
Los tres
ídolos, los tres quicios, las tres columnas que sostienen el camino de la
humanidad. ¿Y no estará el mundo tan enloquecido precisamente por apoyarse en
tales pilares casi con exclusividad? Un hombre de hoy triunfa -decimos- cuando
tiene esas tres cosas. Y está dispuesto a luchar como un perro por esos tres
huesos si están lejos de él.
Naturalmente,
no voy yo a decir nada contra la sexualidad, que está muy bien inventada por
Dios como uno de los grandes caminos por los que puede expresarse el amor.
Hablo aquí del sexo sin amor, que parece ser el gran descubrimiento de los
tiempos modernos. Tal vez de todos los tiempos, pero de ninguno con los tonos
obsesivos que la erotización ha conseguido en el nuestro, hasta el punto de que
hay que preguntarse si no vivimos ya en una civilización de adolescentes
inmaduros.
El hombre de
hoy no es que disfrute del sexo, es que parece vivir para él. O eso, al menos,
quiere hacernos creer el ambiente de nuestras calles, las pantallas de nuestros
televisores, el pensamiento circulante de los predicadores de la libertad
sexual.
Léon Bloy
podría decir hoy más que en su siglo que para el hombre real la mayor de las
bienaventuranzas es llegar a morir en el pellejo de un cerdo. ¿Pero hay algo
menos libre que lo que llaman la libertad sexual?
No estoy
escribiendo estas líneas como un «moralista». Simplemente como un hombre
preocupado. Porque creo que Unamuno tenla toda la razón del mundo cuando
aseguraba que «los hombres cuya preocupación es lo que llaman gozar de la vida
-como si no hubiera otros goces- rara vez son espíritus independientes». Es
cierto: no hay hombre menos humano que el libertino. Y ese tipo de conquistador
se presenta hoy como el verdadero «triunfador» en este mundo.
La columna
número dos es el dinero -y sus congéneres o consecuencias: el placer, el
confort, el lujo-. Si algún dogma vivimos y practicamos es éste: el dinero abre
todas las puertas; el dinero no es que dé la felicidad, es que él mismo «es» la
felicidad. En conquistarlo invierten los hombres la mayor parte de sus sueños.
A él se subordinan todos los valores, incluso por parte de quienes se atreven a
predicar las terribles malaventuranzas que Jesús dijo contra los ricos. Pero
los propios cristianos nos las hemos arreglado para que aquello del evangelio
-«es más difícil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico
entre en el reino de los cielos»-- haya preocupado hasta ahora mucho más a los
camellos que a los ricos. Hemos conseguido sustituir esa frase por la que es
verdaderamente el evangelio del siglo XX: «Los negocios son los negocios.» Y
así es como hemos convenido todos en que «el fin de la vida es ganar mucho
dinero, y con él, comprar la muerte eterna», como escribiera Bloy.
Y de nada
sirve para alterar nuestro dogma el comprobar que el dinero da todo menos lo importante
(la salud, el amor, la fe, la virtud, la alegría, la paz): al fin preferimos el
dinero a todos esos valores. E incluso creemos que el dinero da la libertad,
cuando sabemos que todos renunciamos a infinitas cotas de libertad para
conseguirlo.
Más difícil
es aún entender nuestra obsesión de poder. Jefferson aseguraba que jamás
comprenderla cómo un ser racional podía considerarse dichoso por el solo hecho
de mandar a otros hombres. Y, sin embargo, es un hecho que el gran sueño de
todos los humanos es «mandar, aunque sea un hato de ganado», que decía
Cervantes. Sabemos que nada hay más estéril que el poder -ya que a la larga son
las ideas y no el poder quienes cambian el mundo--; sabemos que «el poder
corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente», pero apostamos por esa
corrupción; sabemos que el poder da fuerza, pero quita libertad; pero nos
siguen encantando los puestos y los honores aun cuando estemos convencidos de
que «la fuerza y el miedo son dos diosas poderosas que levantan sus altares sobre
cráneos blanqueados», en frase de Mika Waltari. Mandar, mandar. Seremos
felices, pensarnos, el ella en que los que están bajo nuestra férula sean más
que aquellos que nos mandan.
Y ni siquiera
observamos la terrible fuerza transformadora que el poder tiene: «Te crees
liberal y comprensivo -decía Larra-. El día que te apoderes del látigo,
azotarás como te han azotado.» Y es que el poder -todo poder- vuelve
incomprendido (de ahí la soledad radical del poderoso) y hace incomprensivo: un
poderoso no «puede» comprender, no «puede» amar, aunque se engañe a sí mismo
con falsos paternalismos. Maurois tuvo el coraje de confesarlo: «Cuando empecé
a vivir en el campo de los que mandan, me fue imposible durante mucho tiempo
comprender las penas de los que son mandados». Porque todo poder lleva en su
naturaleza la ceguera del que lo posee. Desde abajo se ve mal. Desde arriba no
se ve nada: la niebla del orgullo cubre el valle de los sometidos.
Y, sin
embargo, ahí está el hecho: la humanidad entera vive luchando como una jauría
de perros por conseguir esos tres huesos, dispuestos los hombres a volverse
infelices para conseguirlos, seguros de que la felicidad llegará cuando los
poseamos. Así, destrozan los hombres hasta su salud para conseguir un dinero y
un poder que luego gastarán para recuperar -cuando ya sea tarde- la salud.
En la
conquista de esos tres dogmas se apoya el gran sueño de lo que llamamos «vivir
la vida». Viven la vida quienes los tienen. Los demás -pensamos- son hombres
incompletos. Y como esos tres dogmas se resumen en uno --el egoísmo--, la
búsqueda de los tres es, en rigor, una lucha contra los demás. Porque no son
cosas que se puedan compartir: o las tengo yo o las tienen los demás. Habrá que
arrebatarlas. Y ya tenemos el mundo convertido en una selva.
Si fuésemos
del todo sinceros confesaríamos que es cierta la afirmación de Bloy: «Vivir la
vida consiste en adueñarse de la ajena. Los vampiros estarían de acuerdo», ya
que en realidad «uno vive su vida cuando ha conseguido instalarse en el
firmísimo propósito de ignorar que hay hombres que sufren, mujeres
desesperadas, mitos que mueren. Uno vive su vida cuando hace exclusivamente lo
que es grato a los sentidos, sin darse querer darse por enterado de que en el
vasto mundo hay almas y que él mismo tiene una mísera alma expuesta a extrañas
y terribles sorpresas».
Pero ¿existe
verdaderamente un alma? ¿Tenemos verdaderamente un alma? ¿Quién piensa en ella?
¿Quién dedica a su alma y a las columnas que la sostendrían al menos una décima
parte del tiempo que vivimos sobre la tierra?
Esta es, me
parece, la pregunta verdaderamente decisiva: ¿Hay sobre la tierra otros valores
por los que valdría ciertamente la pena de vivir? ¿Otros valores con los que
podríamos ser felices? ¿Otras columnas sobre las que nuestra condición humana
sería diferente?
Este artículo
quiere apostar por una idea absurda: si los hombres, si al menos muchos
hombres, construyeran sus vidas sobre columnas diferentes -el amor, la
solidaridad, el trabajo, la confianza, la justicia, la sencillez- este mundo
sería diferente. Y vividero. Comenzaría a romperse esa soledad que nos
agarrota. Ingresaríamos en el mercado común de la felicidad.
Porque es
terrible pensar con cuánta tozudez seguimos apoyándonos en las columnas que son
la verdadera causa de nuestra desgracia.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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