La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
Jueves de la
segunda
XXII del
tiempo ordinario
San Moisés
ya que tú lo dices, echaremos las redes
1 Corintios
3,18-23
18 Nadie se engañe a sí mismo. Si alguno
entre vosotros piensa que es sabio según la sabiduría de este mundo, que se
haga necio para llegar a ser sabio. 19
Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como dice la Escritura:
Atrapa a los sabios en su astucia. 20 Y además:
El Señor conoce cuán vanos son los pensamientos de los sabios. 21 Por tanto, que nadie presuma de los que son sólo hombres,
pues todo es para vosotros: 22
Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente y el futuro,
todo es vuestro; 23 vosotros, de Cristo, y Cristo, de Dios.
Salmo 23,1-6
1 Salmo de David
Del Señor es
la tierra y lo que en ella hay,
el universo y
los que en él habitan;
2 porque él echó sus cimientos
y la asentó
sobre los mares y ríos.
3 ¿Quién podrá subir al monte del Señor?,
¿quién podrá
estar en su recinto santo?
4 El hombre de manos inocentes y limpio
corazón,
que no entrega
su alma a la mentira
y nunca jura
en falso.
5 Ése recibirá la bendición del Señor,
y Dios, su
salvador, le hará justicia.
6 Tal es la raza de los que lo buscan,
los que buscan
el rostro del Dios de Jacob.
Lucas 5,1-11
1 Mientras la gente se agolpaba en torno a
él para oír la palabra de Dios, él estaba junto al lago de Genesaret 2 y vio dos barcas situadas al borde del lago. Los pescadores
habían bajado a tierra y estaban lavando las redes. 3 Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que
la separase un poco de la tierra. Se sentó en ella, y enseñaba a la gente desde
la barca. 4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
«Rema mar adentro y echad vuestras redes para la pesca». 5 Simón le respondió: «Maestro, hemos estado trabajando toda
la noche y no hemos pescado nada, pero ya que tú lo dices, echaremos las
redes». 6 Así lo hicieron, y pescaron tan gran
cantidad de peces que casi se rompían las redes. 7
Hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos.
Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. 8 Al ver esto Simón Pedro, cayó a los pies de Jesús,
diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». 9 Y es que tanto él como sus compañeros habían quedado
pasmados ante la pesca realizada; 10 y
lo mismo Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús
dijo a Simón: «No tengas miedo; desde ahora serás pescador de hombres». 11 Ellos llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y lo
siguieron.
Es
sorprendente la suavidad con que Cristo va guiando a sus amigos hacia la
conversión. En este pasaje, se nos cuenta cómo logró conquistar a Pedro.
El apóstol San
Pedro, antes de conocer al Señor, era Simón el pescador. Un hombre recio,
acostumbrado a la dura tarea de la pesca. Seguramente era uno de los más
importantes del negocio y uno de los más respetados, debido a su carácter
fuerte. Jesús se acercó a él, se subió a una de las barcas y le pidió que se
alejara un poco para poder predicar a la muchedumbre. Pedro estaba pendiente
del timón y de los remos, quizás sin escuchar las palabras del Señor.
Pero luego,
Jesús le miró y le dijo que fuera mar adentro, a pescar. Simón se extrañó.
¿Pero cómo? ¿No sabe éste que yo soy un profesional? Si no he pescado nada
durante la noche, ¿cómo voy a hacerlo a pleno día? Sin embargo, le dijo: Lo
haré porque tú me lo pides. Jesús esperaba estas palabras, esperaba un poco de
humildad por parte de Pedro, el impetuoso. Fue entonces cuando se obró el
milagro. “Y pescaron gran cantidad de peces”. Al ver lo sucedido,
Pedro se olvidó de la pesca y cayó de rodillas ante Jesús.
El Señor sabía
muy bien cómo ganárselo, con amabilidad, sin recriminaciones. Y luego le dijo:
“No temas, desde ahora serás pescador de hombres”.
San Moisés
Etimológicamente
significa “ salvado de las aguas”. Viene de la lengua hebrea y
egipcia.
Hay que
remontarse al siglo XIII antes de Cristo para darnos cuenta de quién fue
Moisés, y conocer esta figura brillante en la historia de la salvación. Fue el
gran caudillo que libró a los israelitas de la esclavitud de Egipto y los
condujo a través del desierto hasta las fronteras de Canaán.
Moisés nació
en Egipto, lo crió la hija del faraón. Al llegar a adulto, se molestó de que
los suyos fueran unos esclavos muy mal tratados. Un día se peleó con un egipcio
y le dio muerte. Cuando lo supo el faraón, tuvo que salir huyendo. Vivió como
pastor en el desierto y se casó con una hija de Jetró, el hombre que le acogió
en su huida.
Cuarenta años
más tarde, Dios se le apareció. Vio una zarza ardiendo sin consumirse. Fue
cuando reconoció que Dios le llamaba para que volviera a Egipto. La intención
no era otra que pedirle al faraón la liberación del pueblo israelita. Se lo
permitió, aunque cambió pronto de idea. Mandó su ejército para que los
persiguiera hasta el Mar Rojo. Las aguas se abrieron para que pasara el pueblo
elegido por Dios, y cuando se acercaron los egipcios se juntaron y murieron
ahogados.
Después de
tres meses, el pueblo llegó al monte Sinaí, en donde Moisés se convirtió en
legislador.
Dios le dio
los diez mandamientos e instrucciones para la construcción de una tienda de
culto (el tabernáculo).
Moisés guió al
pueblo hasta el oasis de Cades. Desde allí envió espías a Canaán. Estos
volvieron contando noticias aterradoras. Entonces el pueblo murmuró y se rebeló
contra Moisés, olvidando el poder de Dios. Por haber rechazado a Dios, fueron
condenados a peregrinar por el desierto hasta morir todos los rebeldes. Moisés
dio la ley de Dios a la nueva generación antes de entregar el mando a Josué.
Después de bendecir al pueblo, Moisés subió al monte Nebo desde donde contempló
Canaán, país al que no pudo entrar por su desobediencia anterior. Moisés tenía
120 años cuando murió en el país de Moab.
Cristología
VII
Psicología y
temperamento de Jesús.
¿Cómo era el
temperamento, la psicología de Jesús?
En una
palabra, Jesús era impecable, es decir, libre de toda imperfección y mancha
moral ante Dios y los hombres. Nadie pudo sorprenderlo en mentira o falla. Por
eso pudo decir: "¿Quién me argüirá de pecado?". Nadie pudo echarle en
cara un pecado. San Pedro así afirmó: "No hubo pecado en él, ni engaño en
su boca" (1 Pedro 2, 22).
Impecable
significa santo. Jesús era santo. Tal convenía que fuese nuestro Sumo
Sacerdote: "Santo, inmaculado, apartado de los pecados" (Hebr. 7,
26). En todo semejante a nosotros, menos en el pecado.
En el
concilio de Éfeso del siglo IV se afirma que Jesús nunca cometió pecado. Y en
el segundo concilio de Constantinopla se condena a quien diga que Jesús tuvo
pasiones desordenadas carnales. Esta herejía y esta profanación se ha vuelto a
repetir en la famosa película "La última tentación de Cristo". Esta
postura es inaceptable porque en Jesús hay equilibrio entre el mundo pasional y
el racional. El desequilibrio se da en nosotros, por culpa del pecado original.
Pero en Jesús no hubo pecado original. Nació sin pecado, así lo dijo el ángel a
María. Jesús no tenía tendencia interior al mal, como nosotros. Y las
tentaciones del desierto o la de Getsemaní son tentaciones extrínsecas, es
decir, vienen de fuerzas exteriores, provocadas por el Maligno. Y Jesús las
rechaza al punto, porque en su alma no había complicidad radical alguna con el
mal. El "Apártate, Satanás" tantas veces pronunciado por Jesús, es el
reflejo de la ausencia de complicidad pecaminosa en su interior.
El
historiador Ranke escribió esto de Jesús: "Nada más inocente, más sublime
y más santa ha existido en la tierra que la conducta de Cristo, su vida y su
muerte. En cada una de sus sentencias sopla el puro aliento de Dios. Son
palabras de vida eterna. El género humano no tiene recuerdo alguno que pueda ni
de lejos compararse con éste". Así Jesús llega a ser el ideal ético de
todos los tiempos y de todas las civilizaciones.
¿Qué decir de
esas reacciones fuertes de Jesús? ¿No son accesos de ira y cólera con los
vendedores del templo y con la clase dirigente de entonces?
Santidad y
perfección moral no significa tener temperamento flemático, débil, apático,
apagado. No. Jesús es un hombre con energía moral, de temperamento fuerte y
apasionado. Y cuando está en juego la gloria del Padre y la honestidad y
honradez no duda en airarse. No tolera la mentira, la falsedad, la doblez. Se
indigna contra quienes quieren falsear la religión y se creen justos. Podemos
imaginarlo con los ojos llameantes, los labios trémulos y las mejillas
abrasadas, porque "el celo de la casa de su Padre le consume". Jesús
no se queda en medias tintas. Su ira no va contra las personas, sino contra la
actitud hipócrita y doble de esa gente dirigente.
Por tanto, su
semblanza moral estaba enriquecida con estas joyas: mansedumbre y comprensión,
exigencia y fuerza. No se excluyen. Es más, se complementan.
De Él se
dijo: "Nadie habló como Él." Detrás de esta frase se esconde todo el
mundo intelectual de Jesús.
¿Cómo era la
inteligencia de aquel que a los doce años dejó boquiabiertos a los doctores de
la ley? ¿Cómo era la inteligencia de aquel que cuando hablaban todos estaban
pendientes de las palabras de gracia que salían de su boca? ¿Cómo era la
inteligencia de quien pronunció el hermoso discurso o sermón de la montaña,
jamás superado por nadie?
La gente de
su tiempo estaba asombrado ante Jesús, hasta el punto de decir: "¿De dónde
le vienen a éste tales cosas y qué sabiduría era esa que le había sido
dada?". Otros decían: "¿Cómo es que sabe letras sin haberlas
aprendido?".
¿Cómo era la
inteligencia de aquel que nos describió lo más profundo y misterioso, el Reino
de los cielos, con imágenes tan sencillas y asequibles como la buena semilla,
el grano de mostaza, un poco de levadura, la perla preciosa, la red que se echa
al mar?
La teología
nos dice que Jesús tuvo tres tipos de ciencia:
Ciencia
beatífica intuitiva: por ser Dios, Él veía a Dios cara a cara. Veía todo el
pasado, el presente y el futuro. Veía su vida, sus sufrimientos, sus trabajos,
su apostolado, su muerte en la cruz, su triunfo en la resurrección. Veía las
etapas de la Iglesia con todas las pruebas y vicisitudes. Veía a sus hermanos
los hombres, sus avances y tropiezos, sus miserias y grandezas. Y todo esto le
causaba un doble sentimiento: por una parte, alegría, por el bien que veía en
muchos; y, por otra parte, pena, por el mal que muchos perpetraban a sus
semejantes con guerras, crímenes e injusticias.
Ciencia
infusa: es la ciencia que Dios da a los ángeles y a gente privilegiada, que sin
haber estudiado, saben las cosas porque Dios se las infunde en su inteligencia
y en su espíritu.
Ciencia
adquirida o experimental: es la ciencia que vamos aprendiendo con el paso de
los días, gradualment. Así se entiende la frase del evangelio: "El niño
crecía en edad, sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres".
Jesús era verdadero hombre, por tanto, su conocimiento fue progresivo, como el
conocimiento de todo hombre.
Jesús, pues,
tenía una inteligencia brillante, intuitiva, clara, concreta, basada en la
realidad, donde extraía los datos para su predicación. Era muy observador. Se
fijaba en todo: en los lirios, en los pajarillos, en los campos, en las actitudes
de los hombres. Sus ojos eran como una cámara de fotos.
Psicología y
temperamento de Jesús.
Hay
psicologías sanas, equilibradas, serenas, entusiastas, optimistas. Y hay
psicologías enfermas, hipocondríacas, esquizofrénicas, megalómanas, amorfas,
raras, depresivas, pesimistas, asustadizas y desequilibradas.
Hay
temperamentos para todos los gustos: colérico, nervioso, apático, sentimental,
apasionado, sanguineo, superficial, profundo.
¿Cómo era
Jesús? Es un hecho: Jesús ha sido, es, y será un personaje excepcional desde
todos los puntos de vista. Ha partido la historia en dos: antes de Cristo,
después de Cristo.
A veces su
modo de obrar es extraño, hasta el punto que sus mismos parientes creen que
"ha perdido el juicio" (Mc 3, 21) y lo quieren llevar a su casa
porque creen que compromete el honor familiar.
Los enemigos
le acusan de estar poseído de un espíritu maligno, porque su obrar y doctrina
rompen con los moldes recibidos del ambiente judaico (Mat 12, 24).
Otras veces
su conducta parece un poco extraña: hace barro en el suelo con la saliva y unta
los ojos de un ciego; o mete los dedos en los oídos de un sordo; o escribe con
el dedo en el suelo o arroja airado a los mercaderes del templo. ¿No sufrirá
una crisis nerviosa, no tendrá algún desajuste emocional o psicológico? ¿Quién
es éste que quebranta el sábado, que come y bebe con pecadores? ¿Ha perdido los
estribos?
Un maestro un
tanto singular: un maestro que no tenía lugar físico donde preparar sus clases;
no tenía escuela, no llevaba libros debajo del brazo. Ni casa donde dormir.
¿Qué
características podemos entresacar del temperamento de Jesús, a la luz del
Evangelio?
Espíritu
equilibrado: a pesar de que su vida se desarrolló en un ambiente de lucha y
fricción, dado que su mensaje era innovador y chocaba constantemente contra las
clases dirigentes de entonces, que le consideraban intruso, Jesús les
desenmascara terriblemente, con espíritu decidido, costase lo que costase.
Y lo hace con
espontaneidad, equilibrio, naturalidad, sinceridad...pero también con tono y
palabras punzantes, con argumentos contundentes y serenos, hasta el punto que
nadie se atreve a echarle mano (Jn 7, 45).
Cuando
quisieron sus paisanos despeñarle, con toda naturalidad pasa en medio de ellos,
sin nerviosismo ni excitación. En su vida no hay bruscas alternativas, ni
depresiones nerviosas ni rectificaciones de conducta o de doctrina. Este
equilibrio y serenidad es reflejo de una armonía y equilibrio de su alma segura
y centrada en torno a una misión superior.
Dice un autor
de él: "Hombre verdaderamente completo, hombre de un tiempo y de una raza
apasionada de la que no rechazó sino las estrecheces de miras y errores. Tiene
sus entusiasmos y sus santas cóleras. Conoce las horas en las que la fuerza
viril se hincha como un río y parece desbordarse. Pero siempre permanece
lúcido: nada de exageración, de pequeñez, de vanidad, ningún infantilismo,
ningún rasgo de amargor egoísta e interesado. Agitadas, temblorosas, las aguas
permanecen límpidas" (Grandmaison).
En sus
desahogos de cólera, su centro es el celo de su Padre, que es el centro de su
alma. Es una reacción en defensa de los intereses superiores del Reino de Dios.
No busca sus intereses personales.
Espíritu
lúcido y voluntad decidida: lucidez, pues sabía a qué había venido, conocía
bien el plan que su Padre le había trazado. Lúcido en su hablar y predicar. No
desvariaba, no perdía la memoria. Su hablar era coherente, reflexivo y
brillante. Y al mismo tiempo, tenía una voluntad decidida. Nada de
blandenguería, ni voluntad enfermiza o débil. Voluntad decidida, demostrada en
términos tajantes: "Si tu ojo...si tu mano...córtatelos"....
"Dejad a los muertos enterrar a los muertos"...."Dejen todo y
síganme". Fue esta voluntad decidida, la que hizo que algunas veces los
apóstoles no se atrevieran a preguntarle...estaban como sobrecogidos y con
temor, a veces. ¡Qué decisión la de Jesús: "Que nunca salga fruto de
ti"!
Fiel a su
misión: por eso rechazó las propuestas de Satanás en el desierto. Por eso
rechazó la propuesta de la gente para hacerle rey temporal. Por eso rechazó la
propuesta de Pedro de quitarle la cruz y el sacrificio. Por eso, al final de su
vida pudo decir: "Todo está cumplido".
Espíritu
sincero y auténtico: en Cristo no cabían las mañas, la manipulación de la
gente, el engaño, las palabras de doble sentido, la trampa.
Por eso,
luchó a muerte contra el espíritu doble e hipócrita de los fariseos, a quienes
trató duramente. No aguantaba la mentira. Por eso dijo: "Vuestra palabra
sea sí o no...no se puede servir a dos señores...la lámpara de tu cuerpo es tu
ojo". Jesús no tenía máscaras. Era transparente: por eso lloraba, sentía
tedio y temblor, se compadecía, se enojaba...No era un estoico. Nada tenía
postizo. Por eso, desenmascara las trampas de los fariseos: "Mostradme el
denario...dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".
Espíritu
realista, no idealista: Jamás se oyó decir de Cristo que tuvo éxtasis, es
decir, momentos en que perdía el control de los sentidos, por estar en contacto
con el mundo sobrenatural.
Nunca se
desconectó del mundo sensible. Nunca estuvo fuera de sí, como estuvo san Pablo
o santa Teresa o san Juan de la Cruz, a quienes Dios les concedió estas gracias
especiales.
Jesús era
realista. Vivía a la intemperie. Nunca estuvo enfermo. Esto nos demuestra que
tuvo un equilibrio orgánico y psíquico a prueba de todo. Quien anda en éxtasis
se siente descoyuntado, molido, con dolores musculares y orgánicos.
Jesús vivía
en la realidad. Y esa realidad era dura. Tanto que le creaba tensión con su
misión: "Tengo que recibir un bautismo de sangre...las raposas tienen
madriguera...vamos a Jerusalén". Jesús no fue un idealista ni un soñador.
Pisa en tierra firme: "Dadles de comer...estoy conmovido". No es un
sonámbulo. No tiene espasmos nerviosos. No tenía sugestiones ni fanatismos.
Jesús nada
tiene de rarezas. Por eso, come, bebe, echa en cara, discute, reza, motiva,
llama la atención, se enoja.
Sus mismas
parábolas demuestran este espíritu realista: pescadores escogiendo los peces
buenos; los agricultores sembrando la buena semilla; los obreros esperando en
la plaza el contrato del día; la reacción de los que trabajaron más contra los
más favorecidos; la preocupación de la mujer que perdió una dracma en la casa;
la súplica de la mujer ante el juez inicuo; los amigos importunos que van de
noche a pedir pan al amigo; el rico que no se preocupa del pobre; los fariseos
que en las plazas hacen todo para ser vistos; la madre que va a dar a luz; los
lirios del campo; los que entran al banquete sin llevar vestido de etiqueta...
¡Qué ojo tan realista y observador! Nada se le escapa. Con sus parábolas
podríamos reconstruir el medio ambiente social de su época.
Espíritu sencillo:
la sencillez es la no complicación ante Dios, los hombres y uno mismo. Es
sinónimo de naturalidad, autenticidad, transparencia. Por eso, en Jesús
encontramos una fluidez en la relación con su Padre. Y en el trato con los
hombres no tenía gestos teatrales, ni tonos altisonantes ni espectacularidades
para halagar a las masas.
No clamaba en
las plazas. Su vocabulario era sencillo, natural, simple, imaginativo y
plástico. Nos se iba a la abstracción; nos e andaba por las ramas. No se daba a
logicismos rabínicos eruditos. Natural, sin afectación; natural, sin rarezas;
natural, sin formalismos. Por eso, pedía que los ayunos no se hiciesen en
público, sino en privado. Por eso, iba a los convites con gente sencilla e
incluso poco recomendable. No se complicaba. No se hacía líos. No cavilaba. No
buscaba dobles intenciones a las cosas. Por eso, desenmascaraba a los fariseos,
porque eran complicados de mente, retorcidos, maliciosos, malpensados. Todo en
Jesús es transparente, auténtico, sincero: "El ojo debe ser el espejo del
corazón". Sencillez. Sencilla fue la llamada de cada apóstol. Nada de
truenos, ni de gritos, ni de espasmos. Nada de sueños ni de visiones: "Ven
y sígueme". Sencillez. Por eso, todo lo decía de frente sin complicarse.
Sencillez. Por eso, simplificó los 503 preceptos judaicos en uno solo: Amaos.
Espíritu
original e independiente: A todos considera hermanos, no hay extraños ni
extranjeros. Todos somos hijos del mismo Padre Celestial. En tiempo de Jesús
imperaba un nacionalismo cerrado y de revancha contra el extranjero. Jesús
habla de universalidad, de fraternidad, de unir Oriente y Occidente, donde se
sentarán todos en el mismo banquete.
Original,
también, al dar primacía y prioridad al valor ético, interior, espiritual y no
a la letra, que a veces mata, si no está permeada de espíritu. "Habéis
oído que se dijo, pero Yo os digo...". ¡Qué postura tan valiente,
gallarda, independiente! "Nadie habló como Éste".
Por este
espíritu de independencia corrige la interpretación dada a las leyes antiguas,
simplifica todo, perfila, matiza. Todo sonaba nuevo, original: "Dar la
otra mejilla, devolver bien por mal, amar al enemigo, no permitirse ni siquiera
desea a la mujer del prójimo, perdonar, sólo los enfermos necesitan del médico,
buscar lo perdido, lo que sale del corazón eso es lo que mancha...".
Por este
espíritu original, no promete un mesianismo terreno, político, social, sino
espiritual, donde los pobres, los afligidos, los humildes, los pacíficos, los
perseguidos son quienes tendrán su recompensa. Por eso su doctrina, por ser
nueva, pedía odres nuevos, corazones nuevos, mentes nuevas. Si no, se echaría a
perder el vino de su mensaje.
Original y
atrevido. Se considera superior a la ley, al templo, al sábado, y con toda
independencia y libertad, cambia las antiguas costumbres que eran intocables:
"Habla con una mujer samaritana, come con pecadores, cura a extranjeros,
se encara con esos maestros de la ley, quebranta el sábado para hacer el bien a
los necesitados...".
Espíritu de
mansedumbre, exento de blandos sentimentalismos: No ha habido temperamento más
comprensivo y condescendiente con el prójimo que Jesús. Su espíritu de
mansedumbre culmina en su silencio, en su porte digno al ser abofeteado. No es
un silencio lleno de miedo e impotencia; sino un silencio lleno de dominio y
contención de las pasiones irascibles. Jesús es una mezcla de majestad y
dulzura. Sabe condescender sin rebajarse; entregarse sin perder su ascendiente;
darse sin abandonarse.
Su dulzura y
mansedumbre no significaba transigencia y aprobación de situaciones injustas o
de actitudes erradas. Por eso, desenmascara la falsedad, la hipocresía, con
frases duras y cortantes, de las clases dirigentes judaicas. No se alza contra
la autoridad; al contrario, dice a los suyos que sigan sus instrucciones, pero
no su conducta. Vigoroso y suave, suro y condescendiente. En el equilibrio de
ambas tendencias está el carácter perfecto.
Espíritu
comprensivo y humano, sin concesiones a la demagogia: Jesús era intransigente
con el pecado e indulgente con el pecador. Ahí tenemos a Jesús frente a la
mujer adúltera (Juan 8, 1s) y frente a esos judíos que trajeron a esa mujer
pública. Fue indulgente con ella, porque estaba arrepentida, pero fue
intransigente con el pecado de la mujer: "Vete y no peques más". Y
fue intransigente con esos judíos: "El que de vosotros esté sin pecado,
arroje la primera piedra".
Ahí tenemos a
Jesús frente a esa mujer samaritana (cf. Juan 4). Jesús le puso ante su cara el
pecado: "Cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu
marido". Pero la fue llevando al arrepentimiento. Jesús no tiraba las
piedras contra los pecadores, como hacían los fariseos. Era comprensivo con la
debilidad humana. Pero era intransigente con la mentira, la hipocresía, la
falsedad, la ambición, la comodidad. Por eso no dudó de hablar duro a Pedro:
"Apártate de mí Satanás" cuando Pedro quiso quitar del plan de Jesús
la cruz, lo difícil (Mateo 16, 21-23). Aún resuenan las terribles palabras
contra la actitud de esos jefes religiosos: "Fariseos, sepulcros
blanqueados, raza de víboras". Daban la impresión de una virtud interior
que no tenían.
Comprensivo
con el pecador humilde. Por eso perdonó al buen ladrón (cf. Lucas, 23, 39-43),
a Zaqueo (cf. Lucas 19, 1-10). Pero esta comprensión con la debilidad humana,
estaba muy por encima de la demagogia o condescendencia con las pasiones bajas
de las turbas. Por eso, no lanza un programa o un mensaje facilitón, cómodo, de
satisfacciones sociales en el orden terrenal; no promete bienes terrenales,
sino persecuciones, dificultades. Por eso, a los que le siguen les pide
renuncias terribles, negarse a sí mismo, tomar la cruz...amarla a Él más que a
sus seres queridos.
Nada de
concesiones a la sensualidad y a la animalidad del hombre. Primero están los
valores del espíritu, que piden ascesis, trabajo, renuncia. Jesús no halaga,
exige. Jesú no cede, exige. No contemporaliza, exige. Nada de demagogias facilitonas,
como hacían otros mesías. Su mensaje era crudo: cruz, sacrificio, renuncia. Y
sin embargo, era el Pastor que busca esa oveja perdida y cuando la halla, se
alegra, la pone sobre los hombros, hace fiesta. Era ese Médico que curaba las
heridas profundas del corazón de quien se acercaba humilde y arrepentido. Eera
ese Padre que se compadecía de esas turbas hambrientas de su Palabra, y les
alimentaba sin prisas, aunque no tuviera Él tiempo para comer. Jesús, pues, era
intransigente con el pecado, pero comprensivo con el pecador. Para ello se
necesita tener un corazón noble, grande para amar y fuerte para luchar.
Espíritu
austero: austero, no al estilo de Juan Bautista, que huye del mundo y de sus
nobles alegrías. Jesús no es un anacoreta que vive aislado en el desierto, sin
más compañía que la de los chacales. El anacoreta se desconecta de la vida
social, de sus problemas y angustias. La misión de Jesús debía desarrollarse en
el bullicio de las ciudades, conviviendo con sus conciudadanos y participando
de sus preocupaciones. Los monjes anacoretas tenían este lema: "Huye,
reza, llora". Jesús, no. Jesús quiere santificar la vida social en su
propio ambiente, en contacto con las diversas clases sociales de su tiempo.
¿Dónde está,
pues, su austeridad, si tenía que vivir en medio del mundo?
En su vida
personal había abrazado la más estricta pobreza. No tenía dónde reposar la
cabeza. Tenía otro alimento distinto. Austeridad, como ese tener lo esencial,
vivir con lo esencial; en comida, vivienda y vestido. Austeridad, como libertad
interior. Cuanto menos se tiene, más libre se siente Jesús.
Su mensaje,
por otra parte, exige austeridad, renuncia: "No acumuléis tesoros en la
tierra, donde la polilla corroe"... "¿De qué le sirve al hombre ganar
el mundo entero...?"... "Una cosa es necesaria". Pide, pues,
austeridad, para desembarazar el espíritu a fin de que vuele con mayor libertad
hacia la santidad. Pide perder la vida material, para salvar el alma
espiritual. Como el cirujano que amputa un miembro, para el bien del todo. Pide
vender todo lo material para comprar la perla preciosa de su amistad, de su
gracia, de su Reino.
Nada tiene
valor para Jesús, sino en función de su dimensión religiosa y espiritual. Por
eso lo material debe ocupar un lugar secundario en la vida del cristiano. Si no
hay renuncia en la vida, no hay clima propicio para el desarrollo de los
valores espirituales. Su mensaje, por tanto, supone un programa de renuncia. No
nos hagamos ilusiones: para entrar en el Reino de los cielos hay que desprendernos.
La austeridad nos ayuda a elevar la mirada a las cosas de arriba, y a
desprendernos de las cosas, afectivamente, primero, y efectivamente, después.
Espíritu
razonablemente afectivo: la actitud de austeridad y desprendimiento ante la
vida en Jesús no está reñida con un temperamento afectivo, cálido, cordial.
Austeridad no
significa adustez, insensibilidad, frialdad en el trato con los demás. La
austeridad regula esa tendencia de todo hombre a tener más de lo necesario. La
afectividad es una cualidad que todo hombre tiene que desarrollar en el marco
de un equilibrio, y que le hacer ser más hombre.
¿Cómo
demostró Cristo su afectividad?
En los
Evangelios se nos habla de su predilección por los niños, símbolo del candor y
humildad, necesarios para entrar en el Reino. Con sus apóstoles fue afectuoso y
el Evangelio no esconde que Jesús tuvo predilección con algunos: Pedro,
Santiago y Juan. A pesar de la rudeza de aquellos pescadores, Jesús tuvo
detalles de delicadeza y afectividad: cuando les vio cansados, los llevó a la
otra orilla a pasar un fin de semana. En la Última Cena los llama:
"hijitos míos" y les deja el testamento del amor, como sello de su
pertenencia. Les lava los pies.
Cuando les
manda al apostolado se preocupa de que no les falte nada. Fue compañero de
fatigas y sinsabores, de alegrías y sobresaltos de esos doce íntimos. Con ellos
desarrolló una afectividad sana, equilibrada y orientada al bien. La
afectividad unida a la amistad crea lazos irrompibles, estrechos y duraderos.
Antes de
partir al Padre, Jesús les conforta, les anima y les promete un Consolador, el
Espíritu Santo. Les promete su asistencia hasta el final de los tiempos. Hoy
diríamos: "Jesús tenía corazón". Esto es la afectividad. La misma
Eucaristía fue regalo de esta afectividad inigualable que desembocó en amor
íntimo y oblativo.
Las lágrimas
que Jesús derramó en varias ocasiones demuestran que Jesús no era una persona
adusta o insensible, sino, al contrario, con una capacidad de afectividad fina.
Le dolía que no le aceptaran como Mesías. Le dolía la suerte de su pueblo. Le
dolía la injusticia, la explotación, el sufrimiento de su gente. Le dolía la
ingratitud. Le dolía la terquedad de algunos.
CONCLUSIÓN
Hemos visto
todo un mosaico de virtudes en Jesús. Virtudes en plena armonía, que forman la
rica personalidad de Cristo, su mundo psicológico y afectivo. Estas virtudes
las vivió Jesús de un modo sereno, límpido, natural, sin tensiones. Cristo
representa el equilibrio, el ideal más puro de la Humanidad. A Él tenemos que
mirar todos, por ser el Camino, la Verdad y el Modelo
A modo de
conclusión, hagamos un breve resumen de cuanto se ha dicho: ¿Cómo era Jesús?
Ante su
Padre: obediente, agradecido, atento, solícito, amoroso, delicado, respetuoso.
Ante los
hombres: Demuestra un gran interés por el hombre, por cada hombre. Le ama con
compasión, le habla con sencillez, le corrige con bondad y con exigencia
amorosa para que se convierta; le urge la conversión del hombre. Quiere hacerle
salir de su reducido mundo, abrirle horizontes, darle alas para que comprenda
lo que es, lo que puede ser. Desea hacerle superar lo inmediato para que vea lo
profundo de su vida y de su actuación. Usa términos absolutos: nadie, todos,
perderse, salvarse; no se queda en las ramas, va a las raíces (Mc 8, 35; Mc 9,
43-44). Utiliza las narraciones o parábolas para iluminar las actitudes que el
hombre debe tener en su vida, para enseñarle cómo debe actuar para ser mejor:
el sembrador y su cosecha (Mt 13), obrero y trabajo (Mt 20, 1-16), servidor y
señor (Lc 12, 45-47), ladrón (Lc 12, 39), padre e hijo (Lc 15, 11-32),
administrador y el rico (Lc 16, 1-8); rico y pobre (Lc 16, 19-31), negociantes
y casas de préstamo (Lc 19, 12-23), invitados a la boda (Lc 14, 8-12),
gobernantes y súbditos (Mt 20, 25). También usaba paradojas y enigmas para
hacerle pensar al hombre, animarle a buscar. Emplea el género apocalíptico para
recordar la inseguridad del hombre, el juicio al está sometido, la soberanía de
Dios, su paciente espera, su justicia, la maldad del pecado, la necesidad de
estar vigilante (Mt 24, 36; 24, 27-28; Mt 25). ¿Desde dónde enseña al hombre?
Cualquier parte es púlpito: plazas, caminos, a orillas del lago, sinagoga,
banquetes, templo, etc. ¿Cómo enseña? Con autoridad, con decisión, con
paciencia y bondad.
Ante las
cosas: amor y respeto por la naturaleza. Se ha fijado en todo: pájaros (Lc 9,
58; 12,6), los cuervos (Lc 12, 24), los lirios (Lc 12, 27), la hierba del campo
(Lc 12, 28; Mt 6, 30), las vides y los sarmientos (Jn 15), las uvas y los
espinos, los higos y los cardos (Mt 7, 16), los juncos y hierbas agitados por
el viento (Lc 7, 24), las nubes en el cielo (Lc 12, 54), el viento (Jn 3, 80),
la gallina (Lc 13, 34). Y todas las cosas las relaciona con el Padre, con el
mundo espiritual. Todo es huella de Dios. Tiene en cuenta los hechos sociales,
civiles y religiosos, cotidianos. Utiliza símbolos que transportan a una
realidad profunda: sal, luz, candil, perfume, polilla, carcoma, viga, perla,
roca, río, viento, casa, red, tesoro, grano de mostaza, grano de trigo, cizaña,
etc. Todo le servía a predicar su mensaje divino. Jesús se da cuenta de las
relaciones humanas, comerciales, política y religiosas, que se dan en la
sociedad en que vive.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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