Publicación diaria para
Martes de la
segunda
II de
Adviento
San
Juan Diego Cuauhtlatoatzin
vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno
solo
Isaías
40,1-11
1 Consolad, consolad a mi pueblo,
dice vuestro
Dios.
2 Hablad al corazón de Jerusalén
y gritadle que
se ha cumplido su servicio,
que está
perdonado su pecado,
que ha
recibido de la mano del Señor
el doble de
castigo por todos sus pecados.
3 Una voz grita: Preparad en el desierto
para el Señor
un camino,
allanad en la
estepa una senda
para nuestro
Dios.
4 Que los valles se eleven,
que las
montañas y colinas se abajen,
que los
caminos tortuosos se hagan rectos
y los
escabrosos llanos.
5 La gloria del Señor se manifestará
y todo mortal
la verá,
porque la boca
del Señor ha hablado.
6 Una voz manda: ¡Grita!
Yo digo: ¿Qué
he de gritar?
Todo mortal es
hierba,
toda su gloria
como flor del campo.
7 La hierba se seca,
la flor se
marchita,
cuando el
soplo del Señor le llega.
¡Sí, el pueblo
es la hierba!
8 La hierba se seca, la flor se marchita,
pero la
palabra de nuestro Dios
permanece por
siempre.
9 Sube a un monte alto,
mensajero de
albricias de Sión,
haz resonar
fuertemente tu voz,
mensajero de
albricias de Jerusalén.
Hazla resonar
sin miedo:
di a las
ciudades de Judá:
¡Aquí está
vuestro Dios!
10 Aquí el Señor Dios, que viene con
potencia;
su brazo lo
somete todo.
Viene con él
el precio de su victoria,
y sus trofeos
le preceden.
11 Como un pastor apacienta su rebaño,
en su brazo
recoge a los corderos,
en su seno los
lleva y conduce
al reposo a
las paridas.
Salmo 95,1-3.10-13
1 Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al
Señor toda la tierra;
2 cantad al Señor, bendecid su nombre,
proclamad día
tras día su salvación;
3 publicad su gloria entre las gentes,
sus portentos
entre todos los pueblos.
10 Decid por las naciones: «El Señor es rey,
él afirmó el
mundo, y no se moverá;
él juzga a los
pueblos con justicia».
11 Que se alegre el cielo y goce la tierra,
que retumbe el
mar y todo lo que encierra,
12 que sonrían los campos con sus frutos,
que griten de
alegría los árboles del bosque
13 delante del Señor, porque ya viene,
porque viene
para gobernar la tierra,
para implantar
en el mundo la justicia,
y entre todos
los pueblos la lealtad.
Mateo
18,12-24
12 «¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien
ovejas y se le extravía una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y
nueve e irá a buscar la extraviada? 13 Y
si la encuentra, os aseguro que se alegra por ella más que por las noventa y
nueve que no se habían extraviado. 14 De
la misma manera, vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de
esos pequeñuelos».
A los primeros
a quien Cristo Jesús quiere salvar en este Adviento es a nosotros mismos. Tal
vez no seremos ovejas descarriadas, pero puede ser que tampoco estemos en un
momento demasiado fervoroso en nuestro seguimiento del Pastor. Todos somos
débiles y a veces nos distraemos del camino recto.
Cristo nos
busca y nos espera. No sólo a los grandes pecadores y a los alejados, sino a
nosotros, los cristianos que le seguimos con un ritmo más intenso, pero que
también necesitamos el estímulo de estas llamadas y de la gracia de su amor.
Somos nosotros mismo los invitados a confiar en Dios, a celebrar su perdón, a
aprovechar la gracia de
Pero también
nos enseña el evangelio a salir al encuentro de los demás, a ayudarles a salir
de su desierto del alejamiento de Dios. Tal vez depende de nuestra actitud el
que otras ovejas regresen al redil de Cristo en este Adviento. No tanto por
nuestros discursos, sino por nuestra cercanía y acogida.
San Juan Diego
Cuauhtlatoatzin
Vidente de
Juan Diego
Cuauhtlatoatzin (que significa: Águila que habla o El que habla como águila),
un indio humilde, de la etnia indígena de los chichimecas, nació en torno al
año 1474, en Cuauhtitlán, que en ese tiempo pertenecía al reino de Texcoco.
Juan Diego fue bautizado por los primeros franciscanos, aproximadamente en
1524. En 1531, Juan Diego era un hombre maduro, como de unos 57 años de edad;
edificó a los demás con su testimonio y su palabra; de hecho, se acercaban a él
para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo;
ya “que cuanto pedía y rogaba
Juan Diego fue
un hombre virtuoso, las semillas de estas virtudes habían sido inculcadas,
cuidadas y protegidas por su ancestral cultura y educación, pero recibieron
plenitud cuando Juan Diego tuvo el gran privilegio de encontrarse con
Poco después
de haber vivido el importante momento de las Apariciones de Nuestra Señora de
Guadalupe, Juan Diego se entregó plenamente al servicio de Dios y de su Madre,
transmitía lo que había visto y oído, y oraba con gran devoción; aunque le
apenaba mucho que su casa y pueblo quedaran distantes de
Juan Diego se
acercó a suplicarle al señor Obispo que lo dejara estar en cualquier parte que
fuera, junto a las paredes de
Juan Diego
manifestó la gran nobleza de corazón y su ferviente caridad cuando su tío
estuvo gravemente enfermo; asimismo Juan Diego manifestó su fe al estar con el
corazón alegre, ante las palabras que le dirigió Santa María de Guadalupe,
quien le aseguró que su tío estaba completamente sano; fue un indio de una
fuerza religiosa que envolvía toda su vida; que dejó sus casas y tierras para ir
a vivir a una pobre choza, a un lado de
Toda persona
que se acercaba a Juan Diego tuvo la oportunidad de conocer de viva voz los
pormenores del Acontecimiento Guadalupano, la manera en que había ocurrido este
encuentro maravilloso y el privilegio de haber sido el mensajero de
Cuando Juan
Diego se casó con María Lucía, quien había muerto dos años antes de las Apariciones,
habían escuchado un sermón a fray Toribio de Benavente en donde se exaltaba la
castidad, que era agradable a Dios y a
Es un hecho
que Juan Diego siempre edificó a los demás con su testimonio y su palabra;
constantemente se acercaban a él para que intercediera por las necesidades,
peticiones y súplicas de su pueblo; ya “que cuanto pedía y rogaba
El indio
Gabriel Xuárez, quien tenía entre 112 y 115 años cuando dio su testimonio en
las Informaciones Jurídicas de 1666; declaró cómo Juan Diego era un verdadero
intercesor de su pueblo, decía: “que la dicha Santa Imagen le dijo al
dicho Juan Diego la parte y lugar, donde se le había de hacer la dicha Ermita
que fue donde se le apareció, que la ha visto hecha y la vio empezar este
testigo, como lleva dicho donde son muchos los hombres y mujeres que van a
verla y visitarla como este testigo ha ido una y muchas veces a pedirle
remedio, y del dicho indio Juan para que como su pueblo, interceda por
él.” El anciano indio Gabriel Xuárez también señaló detalles importantes
sobre la personalidad de Juan Diego y la gran confianza que le tenía el pueblo
para que intercediera en sus necesidades: “el dicho Juan Diego,
–decía Gabriel Xuárez– respecto de ser natural de él y del barrio
de Tlayacac, era un Indio buen cristiano, temeroso de Dios, y de su conciencia,
y que siempre le vieron vivir quieta y honestamente, sin dar nota, ni escándalo
de su persona, que siempre le veían ocupado en ministerios del servicio de Dios
Nuestro Señor, acudiendo muy puntualmente a la doctrina y divinos oficios,
ejercitándose en ello muy ordinariamente porque a todos los Indios de aquel tiempo
oía este testigo, decirles era varón santo, y que le llamaban el peregrino,
porque siempre lo veían andar solo y solo se iba a la doctrina de la iglesia de
Tlatelulco, y después que se le apareció al dicho Juan Diego
La india doña
Juana de
Como decíamos,
Juan Diego murió en 1548, un poco después de su tío Juan Bernardino, el cual
falleció el 15 de mayo de 1544; ambos fueron enterrados en el Santuario que
tanto amaron. Se nos refiere en el Nican motecpana: “Después de diez y seis
años de servir allí Juan Diego a
Cristología
XLIV
Los signos de Jesús (VI/XXI).
Los amigos
ayudan, la fe cura
"Subiendo
a una barca, cruzó de nuevo el mar y vino a su ciudad. Entonces le presentaron
a un paralítico postrado en una camilla". Las gentes del pueblo se apiñan
para ver a Jesús. La admiración y la sorpresa; la curiosidad y la necesidad,
unidas a la fe religiosa, les empujan al nuevo Maestro. Los que llevan al
paralítico no pueden acceder hasta el lugar donde está al Señor, e idean abrir
el techo de la casa de Pedro para que el enfermo sea visto y curado. Todos se
sorprenden de aquella amistad que conduce a estos extraños y extraordinarios
modos, pero lo cierto es que el paralítico, que no podía acudir a pedir la
curación por la naturaleza de su enfermedad, tiene amigos, y los amigos
responden. "Al ver Jesús la fe de ellos" -fe y amistad que les hacen
agradables al Señor- mira con misericordia al hombre que desciende del techo en
rara figura, y dijo al paralítico: "Ten confianza, hijo, tus pecados te son
perdonados". Esta vez, antes que la curación, el perdón. La sanación del
alma. Este hecho no pasa inadvertido a ciertos escribas que dijeron en su
interior: "éste blasfema". Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo:
"¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Qué es más fácil, decir: tus
pecados te son perdonados, o decir: levántate y anda? Pues para que sepáis que
el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, dijo al
paralítico: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. El se levantó y se
marchó a su casa. Al ver esto, las multitudes se atemorizaron y glorificaron a
Dios por haber dado tal poder a los hombres"(Mt).
El poder de
perdonar
Si el modo en
que Jesús ha perdonado al paralítico fuera sólo una cuestión de formas, parecería
que Jesús hacía un juego de palabras; dar el perdón podía ser un juego más del
hablar. Pero curar un paralítico no se puede hacer con palabras, y Jesús lo
cura como señal de que verdaderamente ha perdonado el pecado. Es decir, tiene
el poder de perdonar, algo que sólo Dios puede hacer. El hecho es importante y
el milagro se ha convertido en un signo de la liberación del pecado, algo mucho
más importante que una limitación corporal. Jesús perdona, hace algo reservado
a Dios. Algunos pueden pensar que lo hace sólo como enviado de Dios. Otros
pueden pensar que Dios está en medio de ellos. Pero los hechos son testimonio
elocuente: el paralítico anda y alaba a Dios, y Jesús perdona los pecados.
Comienzan las
oposiciones
En esta
curación se advierte la primera oposición a Jesús tan sólo con críticas
internas. La proclamación del reino no va a ser pacífica cuando se desvele más
claramente quién es Él.
Los hechos
conmocionaron a toda la región y, cada vez más, acuden de todas partes para ver
a Jesús. Los dolientes y sus familiares se ponen en movimiento. Jesús habla,
anuncia la buena nueva, y cura.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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