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Martes 13 de enero de 2009. La Palabra Binaria.   Lista de mensajes  
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La Palabra Binaria

Publicación diaria para la Iglesia Católica

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Martes de la primera

I del tiempo ordinario


San Hilario de Poitiers


¡Una doctrina nueva con tanta autoridad! ¡Manda a los espíritus inmundos y le obedecen! 


 

Hebreos 2,5-12

 

5 Porque, de hecho, no sometió a los ángeles el mundo venidero, del cual hablamos. 6 Alguien afirmó en cierto lugar: ¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes; el ser humano, para que de él te preocupes? 7 Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad. 8 Todo lo sometiste bajo sus pies. Si se le ha sometido todo, no ha quedado nada fuera de su dominio. De momento, es cierto, no vemos todavía esta sumisión universal. 9 Pero al que fue rebajado un poco con relación a los ángeles, Jesús, le vemos coronado de gloria y dignidad por haber sufrido la muerte; de modo que, por la gracia de Dios, gustó la muerte en beneficio de todos. 10 Convenía, en efecto, que aquel por quien y para quien todo fue hecho, queriendo llevar a la gloria un gran número de hijos, hiciese perfecto, mediante los sufrimientos, al jefe que debía guiarlos a la salvación. 11 Porque el santificador y los santificados tienen todos el mismo origen. Por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, 12 diciendo: Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en plena asamblea te alabaré.  

 

Salmo 8,2.5-9

 

2 ¡Oh Dios, Señor nuestro,

qué admirable es tu nombre por toda la tierra,

tu majestad se asienta encima de los cielos!

5 ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,

el ser humano para que de él te preocupes?

6 Apenas inferior a un dios lo hiciste,

lo coronaste de gloria y dignidad;

7 le diste el señorío de la obra de tus manos,

bajo sus pies todo lo pusiste:

8 ovejas y bueyes, todos juntos,

y hasta las bestias del campo,

9 las aves del cielo y los peces del mar,

cuanto surca las sendas de las aguas.

 

Marcos 1,21-28

 

21 Entraron en Cafarnaún, y, el sábado, Jesús fue a la sinagoga y se puso a enseñar. 22 Todos se maravillaban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los maestros de la ley. 23 En la sinagoga había un hombre poseído de un espíritu inmundo, que se puso a gritar: 24 «¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Sé quién eres: ¡El santo de Dios!». 25 Jesús le increpó: «Cállate y sal de él». 26 Y el espíritu inmundo, retorciéndole y gritando, salió de él. 27 Todos quedaron estupefactos y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva con tanta autoridad! ¡Manda a los espíritus inmundos y le obedecen!».  28 Y su fama se extendió rápidamente por todas partes en todo el territorio de Galilea.

 


 

Jesús inicia su predicación anunciando la llegada del Reino. Interpela al mundo con la necesidad de la conversión. Recluta a sus primeros seguidores... Reino, conversión y llamada, son realidades inseparables que desde entonces vivimos en la Iglesia.

 

Desde que Cristo nace, se ha cumplido el tiempo. Dios interviene en la historia del hombre fundando su Reino en el corazón de cada discípulo. Y desde entonces hasta hoy, el mensaje, no ha sido otro sino la preparación para le llegada definitiva del Reino de Dios. Para ello, se ha querido valer de tantas almas consagradas a su servicio. Los sacerdotes, los diáconos, obispos y papas, las religiosas y religiosos dedicados a la vida contemplativa o al apostolado, a la educación o a las misiones en tierras lejanas... Todos ellos han sido la prolongación de las obras de Nuestro Señor.

 

Pero la hora aún no ha llegado, ni parece venir pronto. Es obvio que no conoceremos el día ni la hora del final de los tiempos. Y por eso mismo, es necesario vivir preparados. Debemos entender, que cuando Cristo proclama el Reino, como un tiempo cumplido, se trata igualmente del tiempo concedido a cada uno de nosotros. El tiempo de nuestra vida, en la que debemos obrar siempre el bien. Pero no un bien ideal. El bien que tiene el rostro de cuantos nos rodean: hermanos, amigos, hijos, esposo, empleados y compañeros de trabajo; pobres y enfermos... Darse a sí mismo para procurar el bien de los demás. De ésto se nos pedirán cuentas al final de nuestra vida.

 

El evangelio nos muestra a Cristo como el Maestro poderoso. Y no sólo porque enseña en la sinagoga, como lo hacían en sus tiempos tantos otros judíos piadosos, sino porque va a obrar uno de tantos prodigios: expulsar un demonio. Así, el simple maestro Galileo, se presenta como el profeta poderoso. No en vano decía la gente que enseñaba con autoridad, y no como los escribas y fariseos, que sólo cargaban al pueblo con los preceptos de la ley. Cristo es el hombre más impactante que haya conocido la humanidad en toda su historia.

 

De Él se ha escrito, muchísimo más que de cualquier otro tema. Su vida y sus milagros han sido admirados o negados, creídos o refutados, durante los veinte siglos que le han seguido. Y su persona se plantea como el máximo representante de cuantos han sabido remar contra corriente.

 

Cristo sigue interpelando al hombre de todos los tiempos, para que se coloque con él, o contra él. Desafortunadamente no hay más posiciones. Y siempre tendremos que decidir: Cristo o nuestro egoísmo. Cristo o nuestra sensualidad. Jesús mismo hablaba de que no se puede servir a dos señores. Es imposible encender una vela a Dios y otra al diablo...

 

Vemos que no es fácil mantenerse fiel a las enseñanzas del Maestro, y que por más buenas intenciones que tenemos en hacer el bien y ayudar a los demás, no siempre conquistamos nuestras metas. Sin embargo, no tenemos que amilanarnos. Hay que confiar y pedir a Cristo la fuerza para dar la cara por Él y por su Reino, del mismo modo que Él dio la vida por nosotros...

 


 

San Hilario de Poitiers

 

Nació a principios de siglo IV en Poitiers. Fue llamado “el Atanasio de Occidente”, de quien era contemporáneo. Ambos tuvieron que combatir contra el mismo adversario, el arrianismo. Participaron en las polémicas teológicas con discursos y sobre todo con escritos. Hilario fue desterrado a Frigia por el emperador Constancio, que se había alineado con las decisiones del sínodo arriano de Béziers del año 356.

 

El contacto con el Oriente fue providencial para el obispo de Poitiers. Durante los cinco años de permanencia en Frigia aprendió el griego y descubrió a Orígenes, como también la gran producción teológica de los Padres orientales, obteniendo una documentación importantísima para el libro que le mereció el título de doctor de la Iglesia: De Trinitate, cuyo título original es De Fide adversus Arrianos. En efecto, era el tratado más importante y profundo que había aparecido hasta entonces sobre el dogma principal de la fe cristiana. A pesar de estar desterrado, no permaneció inactivo. Con el opúsculo Contra Maxertiam atacó violentamente al mismo Constancio, acusándole de cesaropapismo y de inmiscuirse en las disputas teológicas y asuntos internos de la disciplina eclesiástica. De regreso a Poitiers, el valiente obispo continuó su obra pastoral, ayudado eficazmente por el joven Martín, el futuro santo obispo de Tours.

 

Hilario nació en el seno del paganismo. Su afán por buscar la verdad, le llevó a estudiar las diferentes corrientes filosóficas de la época, recibiendo un influjo especial del pensamiento neoplatónico. La búsqueda de la respuesta sobre el fin del hombre le llevó a la lectura de la Biblia, en donde finalmente encontró lo que buscaba; entonces se convirtió al cristianismo.

 

Era un noble terrateniente, y cuando se convirtió estaba casado y tenía una hija, Abre, a quien amaba tiernamente. Poco después del bautismo, el pueblo lo aclamó como obispo de su ciudad natal.

 

Fueron seis años de intenso estudio y predicación, antes de partir para el destierro que, como hemos recordado, perfeccionó su formación cultural y teológica. Junto a la voz retumbante del polemista y del defensor de la ortodoxia teológica, hay en él también otra voz, la del padre y pastor. Humano en la lucha, y humanísimo en la victoria. Defendió a los obispos que reconocían su propio error, y hasta apoyó el derecho a conservar su cargo.

 

Murió en Poitiers el año 367.

 


Cristología XLVIII

Los signos de Jesús (X/XXI)

 

La curación del paralítico de la piscina de Siloé

 

La segunda Pascua que pasa Jesús en Jerusalén va a ser el momento oportuno para dar un paso adelante en la manifestación de sí mismo y de su misión. Al subir a Jerusalén le precede la voz de ha resucitado al hijo de la viuda de Nain. Sin palabras, se ha declarado Señor de la vida. La expectación ante lo que va a decir, o a hacer, es grande. Un milagro va a ser la ocasión de avanzar en la manifestación; se trata de la curación del paralítico de la piscina de Betzata, también llamada de Siloé, lugar donde se agrupaban muchos enfermos con la esperanza de ser curados al entrar en las aguas, removidas por el ángel, una vez al año.

 

Veamos los hechos: "Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina, llamada en hebreo Betzata, que tiene cinco pórticos. En estos yacía una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos."

 

"Había allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años". Es fácil intuir la mezcla de esperanza y desaliento de este hombre. Está allí, porque queda una ligera posibilidad. Pero son tantos los años de fracaso que poco le queda esperar ya. Está solo, y los que le rodean son competidores, no amigos. El estado de su alma no parece mejor que el del cuerpo. Se intuye una amargura que quizá sea la causa de su soledad. No está a bien ni con Dios, ni con los hombres. Y la vida, pocas posibilidades le ofrece, aparte de la queja y el lamento. "Jesús, al verlo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: ¿Quieres ser curado?" La respuesta parece obvia; para esto está allí; pero emerge poca esperanza "le contestó: Señor, no tengo un hombre que me introduzca en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, desciende otro antes que yo"(Jn). No sabe quién es el que habla con él, ni tiene fe en aquél profeta de Nazaret. Pero Jesús quiere que su enfermedad sea ocasión de gloria de Dios. "Le dijo Jesús: Levántate, toma tu camilla y anda. Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar"(Jn).

 

Los fariseos protestan

 

"Aquel día era sábado. Entonces dijeron los judíos al que había sido curado: Es sábado y no te es lícito llevar la camilla. El les respondió: El que me ha curado es el que me dijo: Toma tu camilla y anda. Le interrogaron: ¿Quién es el hombre que te dijo: Toma tu camilla y anda? El que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la turba allí reunida. Después de esto Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: Mira, has sido curado; no peques más para que no te ocurra algo peor. Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien le había curado" (Jn).

 

El sábado

 

La fiesta del sábado se extendía de sol a sol. En ella se trata de reconocer a Dios como Señor de todo lo creado, de darle culto, y de vivir un descanso que es ocasión de fiesta y de gozo en la creación. Dios descansó en séptimo día dice el Génesis. El cumplimiento del descanso sabático era de gran importancia en la piedad judía; tanto, que su incumplimiento implicaba la exclusión de la comunidad y conllevaba el castigo divino. En los tiempos de Jesús se había acentuado el rigor de este cumplimiento con una variada casuística. El libro de los jubileos prohíbe casarse, encender fuego o cocinar. Los fariseos aumentaban las prohibiciones. Jesús no es contrario a la institución del sábado; pero coloca por delante el amor al prójimo, y, sobre todo, se declara Señor del sábado, es decir, con potestad divina muy superior a la de las prescripciones veterotestamentarias.

 

Jesús les responde

 

"Por eso perseguían los judíos a Jesús, porque había hecho esto en sábado". La contestación de Jesús va mucho más lejos que la validez de los preceptos humanos que interpretan la ley del sábado, pues revela quién es Él. Y replica con claridad: "Mi Padre trabaja hasta el presente, y yo también trabajo". Se pone en el mismo nivel que el Padre celestial. Se manifiesta como Hijo, de una manera nueva y sorprendente. No se trata ya de una filiación como la de todos los hombres, sino de una filiación nueva. Lo característico de la filiación es recibir del padre el cuerpo y la vida humana, algo de su ser, pero ningún hijo recibe toda la vida de su padre en la tierra. La filiación plena de Jesús es recibir toda la vida del Padre, y así es igual a Dios. ¿Lo entendieron así los judíos? Parece que sí, pues "por esto los judíos con más ahínco buscaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios" (Jn). Estamos en el segundo año de la vida pública de Jesús y vemos como los judíos perciben –con más claridad cada vez- que Jesús no es un reformador religioso solamente, sino que se declara igual a Dios. Ante esto sólo caben dos posibilidades: o creer y seguirle hasta el final, o no creer y condenarle por blasfemo.

 


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