Publicación diaria para
Martes de la
primera
IX semana del
tiempo ordinario
Santos
Marcelino y Pedro
Pues dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es
de Dios
Tobías 2, 10-14
10 No me di cuenta de que en la pared había
golondrinas y, estando con los ojos abiertos, las golondrinas dejaron caer
sobre mis ojos sus excrementos calientes, causándome unas manchas blancas.
Acudí a los médicos buscando curación; pero cuantos más ungüentos me aplicaban,
menos veía, hasta que me quedé completamente ciego. Durante cuatro años no pude
ver. Mis hermanos estaban afligidos. Ajicar se preocupó de mi alimento durante
dos años, hasta que se marchó a Elimaida. 11 En
este tiempo, Ana, mi mujer, se dedicaba a trabajos femeninos, 12 los llevaba a sus clientes y ellos le pagaban. El siete del
mes distro terminó un trozo de tela y lo llevó a los clientes. Ellos le
pagaron, y además le regalaron un cabrito. 13
Cuando volvió a casa, el cabrito comenzó a balar. Yo la llamé y le dije: «¿De
dónde proviene este cabrito? ¿No habrá sido robado? Devuélvelo a sus propietarios,
pues no tenemos derecho a comer nada robado». 14
Ella me respondió: «Es un regalo que me han hecho además del precio fijado».
Pero yo no la creí y le ordené que lo devolviera a los propietarios; me avergonzaba
por ella. Entonces ella me respondió: «¿Dónde están tus limosnas? ¿Dónde tus
buenas obras? Lo saben los que se han aprovechado».
Salmo 111,1-2.7-9
1 ¡Aleluya!
Dichoso el
hombre que teme al Señor
y ama sus
mandamientos.
2 Su prole será poderosa sobre la tierra,
y bendita la
raza de sus hombres rectos.
7 no tiene miedo de noticias malas,
su corazón
está firme, confiado en el Señor;
8 está muy tranquilo y nada teme,
terminará por
triunfar contra sus opresores.
9 Todo lo da, lo reparte entre los pobres,
su justicia
permanece para siempre.
Marcos
12,13-17
13 Le enviaron entonces algunos fariseos y
herodianos para cazarlo en alguna palabra. 14
Llegaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa nada
el qué dirán, porque no tienes respetos humanos y enseñas de verdad el camino
de Dios. ¿Es lícito pagar el impuesto al césar o no? ¿Lo debemos dar o no?». 15 Jesús, conociendo su hipocresía, les dijo: «¿Por qué me tentáis?
Traedme una moneda, que la vea». 16 Se
la llevaron, y les dijo: «¿De quién es esta efigie y esta inscripción?».
Respondieron: «Del césar». 17 Él
les dijo: «Pues dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios». Y
quedaron admirados ante esa respuesta.
¿Qué es lo que
está permitido hacer al hombre en cada momento? ¿El bien o el mal? ¿Acaso no
hay tiempo para volver a amar? ¿Puede el católico guardase el amor al prójimo
por las circunstancias que le rodean? Antes se litigaba sobre el sábado. Hoy en
cambios vamos por lo fundamental, el amor. En el amor está la curación de todos
los verdaderos males que existen en el mundo. En el amor se encuentra la
felicidad que errantes buscamos todos los hombres. En el amor está
Las ideas no
detienen la caridad de Cristo; los discursos no sofocan la realidad del amor;
las buenas intenciones no estancan la curación de un enfermo. Todos los
enfermos sabemos lo que significa estar sano. Lo sabemos justamente porque
estamos enfermos, fríos y sin amor. Necesitamos el calor que derrita nuestro
hielo. Un calor que ha traído Cristo “para que el mundo arda”.
Sólo que aún
falta un requisito esencial: extender
Santos Marcelino
y Pedro
Muchísimas
veces en la historia se ha confirmado el dicho: “El hombre propone y Dios
dispone”, es decir, que a menudo Dios “dispone” lo contrario
de lo que el hombre se ha “propuesto”. Fue lo que sucedió con los
santos Marcelino y Pedro. San Dámaso, casi adivinando su misión de transmitir
la memoria de innumerables mártires, como él mismo dice, escribió a un niño la
narración del verdugo de los santos Marcelino y Pedro.
El
“percussor” refirió que él había dispuesto la decapitación de los
dos en un bosque apartado para que no quedara de ellos ni el recuerdo: incluso
los dos tuvieron que limpiar el lugar que se iba a manchar con su sangre.
Los últimos
tres versos, de los nueve que componen el poema 23 del Papa Dámaso, informan
que los “santísimos miembros” de los mártires permanecieron ocultos
durante algún tiempo en una “cándida gruta”, hasta cuando la
piadosa matrona Lucila llevada por la devoción, les dio digna sepultura. El
martirio se había llevado a cabo en donde hay se encuentra Torpignattara, a
tres millas de la antigua vía Labicana,
En Roma hay
una basílica dedicada a los santos Marcelino y Pedro, edificada en 1751 sobre
una base que parece se remonta a la mitad del siglo IV y en donde parece que se
encontraba la casa de uno de los santos. Una Pasión del siglo VI habla de la
vida del presbítero Marcelino y del exorcista Pedro, aunque tiene mucho de
leyenda. Dicha Pasión cuenta que Pedro y Marcelino fueron encerrados en una
prisión bajo la vigilancia de un tal Artemio, cuya hija Paulina estaba
endemoniada. Pedro, exorcista, le aseguró a Artemio que, si él y su esposa
Cándida se convertían, Paulina quedaría inmediatamente curada. Después de
algunas perplejidades, la familia se convirtió y poco después dio testimonio de
su fe con el martirio: Artemio fue decapitado, y Cándida y Paulina fueron
ahogadas debajo de un montón de piedras.
Mariología
III
María en las
escrituras (III/VII)
María en los
evangelios (I/IV)
Hablar de la
figura de María en el Nuevo Testamento, es hablar de María a través de Mateo,
Marcos, Lucas y Juan, o sea a través de los evangelistas.
María en el
Nuevo Testamento
Un hecho que
llama la atención cuando buscamos lo que se dice en el Nuevo Testamento acerca
de
Explícitamente
nombrada en sólo cinco libros de los veintisiete, María parece haber sido
reconocida –si nos atenemos a una primera impresión– por sólo la
mitad de los hagiógrafos (escritores inspirados) que escribieron el Nuevo
Testamento. De ocho que son, sólo cuatro nos hablan de ella: Mateo, Marcos,
Lucas y Juan. No nos hablan de ella ni Santiago, ni Pedro, ni Judas. Pablo sólo
alude indirectamente a ella en Gálatas 4, 4-5.
Por tanto,
hablar de la figura de María en el Nuevo Testamento, es hablar de María a
través de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, o sea a través de los evangelistas.
Nótese que no
decimos a través de los evangelios, sino a través de los evangelistas. Porque
casi podría decirse a través de los evangelios, si no fuera por una referencia
que el evangelista Lucas hace fuera de su evangelio, en el libro de los Hechos
de los Apóstoles (1,14) y por lo que puede interpretarse que de ella dice Juan
en el Apocalipsis, identificada ya con la Iglesia.
María en el
Nuevo Testamento es prácticamente, por lo menos principalmente, María en los
evangelios. Porque fuera de ellos casi no se nos dice nada más, o mucho más,
acerca de María.
Para
contemplar la figura de María a través de los evangelios podríamos seguir dos
caminos, que vamos a llamar camino sintético y camino analítico. El camino
sintético consistiría en sintetizar los datos dispersos de los cuatro
evangelios en un solo retrato de María. Consistiría en trazar un solo retrato a
partir de la convergencia de cuatro descripciones distintas.
El otro
camino, el analítico –que es el que hemos elegido–, consiste en
considerar por separado las cuatro imágenes o semblanzas de María.
El primer
camino, sintético, se hubiera llamado propiamente: la figura de María en los
Evangelios. Este segundo camino que queremos seguir es en cambio el de la
figura, o más propiamente, las figuras, los retratos de María a través de los
evangelistas.
Por supuesto,
bien lo sabemos, hay un solo Evangelio: el Evangelio de Nuestro Señor
Jesucristo. Pero el mismo Dios que dispuso que hubiera un solo mensaje de
salvación, dispuso también que se nos conservaran cuatro presentaciones del
mismo.
El único
Evangelio es, pues, un evangelio cuadriforme, como bien observa ya San Ireneo,
refutando los errores de los herejes que esgrimían los dichos de un evangelista
en contra de los dichos de otro (Adv. Hæreses III,11).
Esta
presentación cuadriforme de un único Evangelio es la que nos da la profundidad,
la perspectiva, el relieve de las miradas convergentes. Una sola visión
estereofónica o estereofotográfica de Jesús. Un solo Jesús y una sola obra
salvadora, pero cuatro perspectivas y cuatro modos de presentarlo –a Él y
a su obra–. Cada uno de los evangelistas tiene su manera propia de
dibujar la figura de Jesucristo. Y todo lo que dice cada uno de ellos está al
servicio de esa pintura que nos hace de Jesús.
¿Hay que
extrañarse de que, consecuentemente, seleccione los rasgos históricos, narre
los acontecimientos, altere a veces el orden cronológico o prescinda de él,
para seguir el orden de su propia lógica teológica, y subordine el modo de
presentación de los hechos y personas al fin de mostrar de manera eficaz a
Jesús y su mensaje, según su inspiración divina y las circunstancias de
oyentes, tiempo y lugar?
¿Y nos
habríamos de extrañar de que las diversas perspectivas con que los cuatro
evangelistas nos narran los mismos hechos y nos presentan a Jesús dieran lugar
a cuatro presentaciones distintas de María?
Dado que el
misterio de María es un aspecto del misterio de Cristo, todo lícito cambio de
enfoque del misterio de Cristo –que como misterio divino es susceptible
de un número inagotable de enfoques diversos, aunque jamás puedan ser
divergentes–, comporta sus cambios de armónicos y de enfoque en el
misterio de María.
Hay pues un
solo Jesucristo en cuadri forme presentación, y hay también un solo misterio de
María en presentación cuadriforme. Y hay, además, una coherencia muy especial y
significativa, entre el modo cómo cada evangelista nos muestra a Jesús y el
modo cómo nos muestra a María, al servicio de su presentación propia de Jesús.
Dejémonos
guiar sucesivamente de la mano de los cuatro evangelistas. Y a través de su
manera de presentarnos la figura de María, tratemos de penetrar más
profundamente en su comprensión del Señor.
Dejemos,
pues, que los evangelistas nos lleven a través de María a un mayor conocimiento
del Señor que viene y que esperamos.
1. María en
San Marcos, la imagen más antigua.
Lo que dice
Marcos acerca de María se encuentra en dos brevísimos pasajes, ambos situados
en la primera parte de su evangelio.
Comenzamos
por Marcos, el más breve y, casi con seguridad, el más antiguo de los cuatro
evangelios. El que recoge, muy probablemente, las catequesis y predicaciones de
San Pedro, o sea, el evangelio según lo proclamaba Pedro.
Acerca de
María, este evangelio de Marcos es de una parquedad extrema, comparable
–por la ausencia de referencias– al gran silencio marial
neotestamentario. Marcos comienza su evangelio presentando la figura de San
Juan Bautista, y casi inmediatamente a un Jesús ya adulto que llega a
bautizarse en el Jordán. Nada de relatos de la infancia, que –como vemos
en Mateo y Lucas– se prestan a decirnos algo de
1. Dos
textos: Mc 3, 31-35; 6, 1-3
Lo que dice
Marcos acerca de María se agota en dos brevísimos pasajes, ambos situados en la
primera parte de su evangelio. Y en esos pasajes ni siquiera se advierte la
impronta personal del narrador. Este mantiene una fría objetividad de cronista
y nos comunica lo que terceras personas dicen de María. Y si nos detenemos a
analizar el texto, encontramos que esas terceras personas son incrédulas,
enemigas de Jesús, que por supuesto no se ocupan de su madre con benevolencia,
sino con hostilidad y descreimiento. Para ellos se agrega, como contrapunto y
refutación, el testimonio de Jesús mismo acerca de María.
Leamos los
pasajes. El primero en Mc 3, 31-35:
«Vinieron su
madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le mandaron llamar. Se había sentado
gente a su alrededor y le dicen: “Mira, tu madre y tus hermanos te buscan
allí fuera”.
«Él replicó:
“¿Quién es mi madre y mis hermanos?”
«Y mirando en
torno, a los que se habían sentado a su alrededor, dijo: “Aquí teneis a
mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi
hermana y mi madre”».
El segundo
pasaje es la escéptica exclamación de los que se admiraban, incrédulos, de su
inexplicable poder y sabiduría; se lee en el capítulo 6, 1-3
«Se marchó de
allí y fue a su tierra, y le siguieron sus discípulos. Cuando llegó el sábado,
se puso a enseñar en la sinagoga, y los muchos que le oían se admiraban diciendo:
«–¿De
dónde le viene esto? ¿Y qué sabiduría es ésta que se le ha dado? ¿Y tales
milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y
hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanos aquí con
nosotros?
«Y se escandalizaron
de él».
Estos son los
dos únicos pasajes del evangelio de Marcos en que se menciona a María. En ellos
se comprueba simplemente que a Jesús se le conocía en su medio como el
carpintero, el hijo de María. Y que esa filiación hacía para muchos más
increíble que fuera el enviado de Dios. Servía de excusa a los mal dispuestos
para afirmarse en su incredulidad. Porque las mismas distancias entre las
muestras de poder y sabiduría que –según el relato de Marcos– Jesús
iba dando por todas partes eran un argumento de que no le venían de herencia ni
de bagaje humano, sino como don de lo alto. La misma humildad de su parentela
galilea –la parte proverbialmente más ignorante de las cosas de la ley
dentro del pueblo judío– debía haber sido argumento convincente a favor
del origen divino de sus obras. Si éstas eran inexplicables por la carne y el
parentesco, ¿no habría que tratar de explicarlas por el espíritu de Dios?
2. El
contexto del evangelio
Pero tratemos
de comprender mejor el sentido de estos episodios colocándonos en la óptica del
relato de Marcos. Toda la primera parte de su evangelio, hasta el capítulo
octavo, versículos 27-30 –la confesión de Pedro–, nos muestra a
Jesús que obra maravillas y portentos, que despierta la admiración del pueblo,
que deslumbra con su poder sobrehumano. Es decir, nos muestra la revelación
progresiva y creciente de Jesús. Y al mismo tiempo nos muestra la absoluta y
general incomprensión del verdadero carácter de su persona y su misión. Jesús
se revela, pero nadie entiende su revelación. No la entiende el pueblo, no la
entienden sus discípulos, no la entienden los escribas, no la entienden sus
familiares.
No la
entienden los que se niegan a creer en él y con los que se enfrenta en
polémicas y a los que les habla en parábolas. De esta incomprensión de los
incrédulos no hay que admirarse. Pero sí de que tampoco lo comprendan ni
entiendan sus propios discípulos. Incluso en la privilegiada confesión de la fe
de Pedro, con la que culmina la primera parte del evangelio, se entrevé al
mismo tiempo un abismo de ignorancia y de resistencia al aspecto doloroso de la
identidad de Jesús Mesías.
Nada más
comenzar la carrera de Jesús con un sábado en Cafarnaúm, con su enseñanza en la
sinagoga y con numerosas curaciones de enfermos y expulsiones de demonios, en
cuanto han empezado a seguirle sus primeros discípulos y se ha encendido el
fervor popular, ya apuntan la oposición y las críticas: Jesús cura en sábado,
come con pecadores; sus discípulos no ayunan y arrancan espigas en sábado. Y ya
desde el comienzo del capítulo tercero, los fariseos se confabulan con los
herodianos para ver cómo eliminarlo, pero ello se hace difícil, porque una
muchedumbre sigue a Jesús. Éste elige de entre ella a sus numerosos discípulos.
Uno de los primeros pasos de la confabulación se advierte en 3, 20-21. Jesús
vuelve a su tierra. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que ni siquiera
podían comer.
«Se enteraron
sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: “Está fuera de
sí”».
3. La oposición
al Mesías
El primer
paso de la confabulación contra Jesús consiste en declararlo loco y en
interesar a los parientes para que retirasen a un consanguíneo que podría
implicarlo en sus locuras y traerles problemas. Que este método intimidatorio
de los parientes –que fue usado contra Jesús y los suyos– era un
método usual, nos lo demuestra el episodio del ciego de nacimiento, en el
evangelio según San Juan, a cuyos padres llamaron a declarar ante el tribunal
(9, 18-23).
Habiendo oído
que Jesús estaba fuera de sí, y movidos quizás por temores y veladas amenazas,
los parientes de Jesús acuden a dominarlo. Arrastran a su madre, a cuyas
instancias esperan que Jesús no pueda resistir. Entre tanto, Marcos registra el
crescendo de las acusaciones contra Jesús. Jesús es más que un loco; es un
endemoniado: «Está poseído por un espíritu inmundo» (3, 22).
En medio de
esta tormenta, de hostilidad por un lado y de entusiasmo popular por otro, es
cuando relata Marcos con laconismo de cronista:
«Llegan su
madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le envían a llamar».
Se trata de
arreglar un problema familiar. Los aldeanos galileos no quieren discutir de
teologías. Por humildad, modestia o prudencia, no entran. Según Lucas, no
entran simplemente porque la muchedumbre les impide acercarse.
«Estaba mucha
gente sentada a su alrededor»
El odiado
doctor está rodeado de una audiencia entusiasta que siente arder el corazón con
su palabra, «porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los
escribas», ha registrado Marcos (1, 22). Algún malévolo infiltrado entre la
audiencia se complace en anunciar en voz alta a Jesús:
«¡Oye!, tu
madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Es a Jesús a
quien lo dice, pero indirectamente éstá diciendo a su auditorio: «Ved de qué
familia viene vuestro doctor». Marcos registra más adelante, en el capítulo
sexto que esta malévola cizaña ha prendido: «¿No es éste el carpintero, el hijo
de María, y no conocemos a toda su parentela?». Y se escandalizaban de él.
La humildad
de María y de los parientes de Jesús es esgrimida para humillarlo, para
empequeñecerlo delante de su auditorio: ¡Qué candidato a Rey Mesías! ¡Qué
candidato a doctor y salvador! He aquí la parentela del profeta. Es el mismo
argumento que nos relata también San Juan:
«Pero los
judíos murmuraban de él, porque había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado
del cielo”.
«Y decían:
“¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo
puede decir ahora: He bajado del Cielo?”» (6, 42).
Y registra
además San Juan que muchos de sus discípulos se apartaron de él con aquella
ocasión:
«Es duro este
lenguaje, ¿quién puede escucharlo?» (Jn 6, 61).
«Y ni
siquiera sus parientes creían en él» (Jn 7, 5).
«Y los judíos
asombrados decían: “¿cómo entiende de letras sin haber estudiado?”»
(Jn 7,15).
Marcos nos
hace oír a los que hablan de María, la madre de Jesús, desde su profunda
hostilidad al Hijo. Sus palabras subrayan los humildes orígenes humanos de Jesús,
que es tácita negación de su origen y calidad divina.
Así como
habrá un ¡Ecce homo! que escarnece a Jesús en su pasión, hay aquí un adelanto
del mismo, que envuelve a María en el mismo insulto de desprecio –Ecce
mulier, ecce Mater eius (he aquí a la mujer, vean quién es su madre)–.
4. El
testimonio de Jesús
A este
lanzazo polémico, oculto en el comedimiento de aquellos que le anuncian la
presencia de los suyos allí afuera, responde el contrapunto también polémico de
Jesús:
–«¿Quién
es mi madre y mis hermanos?».
–«Y
mirando en torno a los que estaban sentados a su alrededor –Mateo precisa
en el lugar paralelo que son sus discípulos–, dice: “Éstos son mi
madre y mis hermanos”».
Frecuentemente
Jesús habla en los evangelios de sus discípulos como de sus hermanos, o de
«estos hermanos míos más pequeños», o simplemente de «los pequeños». Se trata
de aquellos que oyen a Jesús con fe aunque no lo entiendan perfectamente. Se
trata de los que no se le oponen, sino que le siguen y le escuchan. Esta es la
familia de Jesús, porque es la familia del Padre, cuyo vínculo familiar no es
la sangre, sino
Como
explicita San Juan: «A los que creen en su nombre les dio el poder de llegar a
ser hijos de Dios» (Jn 1, 12).
Por eso
termina Jesús con una explicación de por qué son esos sus auténticos
familiares:
«Quien cumpla
la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
O en la
versión de Lucas:
«El que oye
la palabra de Dios y la guarda, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Lc
8, 21).
La misteriosa
y quizás para muchos no muy evidente ecuación entre «cumplir la voluntad de
Dios» o «escuchar sus Palabras y cumplirlas», y creer en Jesucristo, nos la
revela explícitamente San Juan en su primera carta:
«Guardamos
sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento y lo que
le agrada: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos
a otros, tal como nos lo mandó» (1Jn 3, 22-23).
Hacer la
voluntad del Padre no es doblegarse a un oscuro querer, sino complacerse en
hacer lo que a Dios le complace; es regocijarse en el gozo de Dios. Y si nos
pregunta en qué se deleita y regocija nuestro Dios, que como Ser omnipotente
puede parecer muy difícil de contentar, sabemos qué responder porque ese Ser
inaccesible nos ha revelado qué es lo que le complace:
«Éste es mi
Hijo, a quien amo y en quien me complazco: escuchadle…» (Mt 17, 1-8; Mc
9, 7; Lc 9, 35).
Nuestro Dios
se revela como el Padre que ama a su Hijo Jesucristo, y se deleita en él, y no
pide otra cosa de nosotros sino que lo escuchemos llenos de fe y lo sigamos
como discípulos.
Entendemos
quizás ahora por qué Lucas traduce el «cumplir la voluntad de Dios», de que
hablan Mateo y Marcos, con una frase equivalente: escuchar su Palabra, que es
escuchar a su Hijo, y guardarla, que es seguirlo como discípulo.
Y similar
identificación de la voluntad de Dios con la Palabra de Jesús nos ofrece un
texto del evangelio de Juan:
«Mi doctrina
no es mía, sino del que me ha enviado, y el que quiera cumplir su voluntad verá
si mi doctrina es de Dios o hablo yo por mi cuenta» (Jn 7, 16-17).
Parientes de
Jesús son, pues, los que por creer en él entran en la corriente del vínculo de
complacencia que une al Padre con el Hijo y al Hijo con el Padre.
Por eso, su
respuesta a los que lo envuelven a él y a su madre en un mismo rechazo y
vilipendio es una seria advertencia. Equivale a distanciarse de ellos y
negarles cualquier otra posibilidad de entrar en comunión con Dios que no sea a
través de la fe en él.
Pero esta
palabra de Jesús tiene dos filos. Y el segundo filo es el de una alabanza, el
de una declaración de Alianza de parentesco –el único real y más fuerte
que el de sangre– entre el creyente y él. Y en la medida en que María
mereció ser su Madre por haber creído es éste el más valioso testimonio que
podía ofrecernos Marcos acerca de María. Jesús declara que la razón última y
única por
5. María,
Madre de Jesús por la fe
María no
estuvo unida a Jesús solo ni primariamente por un vínculo de sangre. Para que
ese vínculo de sangre pudiera llegar a tener lugar, tuvo que haber previamente
un vínculo que Jesús estima como mucho más importante.
Pero todo
esto Marco no lo explicita, ni el Señor ltampoco lo hace sin duda en aquella
ocasión. Es por otros caminos por donde hemos llegado a comprender lo que hay
implícito en el velado testimonio de Jesús que Marcos nos relata. Que María
creyó en Jesús antes de que Jesús fuera Jesús. Y que solo porque el Verbo
encontró en ella esa fe pudo encarnarse.
Es así como
el silencio mariano de Marcos da paso a la elocuencia mariana de Jesús mismo.
Una elocuencia que lleva la firma de la autenticidad en su mismo estilo
enigmático, velado, parabólico, el estilo de Jesús en todas sus polémicas. Un
lenguaje que es revelación para el creyente y ocultamiento para el incrédulo.
Y quiero
terminar –para confirmar lo dicho– iluminando este primer retrato
de María, según Marcos, con una luz que tomaré prestada del evangelio de Lucas,
pero con la casi absoluta certeza de que no se debe sólo a su pluma, sino a la
misma antiquísima tradición preevangélica en que se apoya Marcos. Me complace
considerarlo como un incidente ocurrido en la misma ocasión que Marcos nos
relata, como lo sugiere su engarce en un contexto muy similar. En medio de las
acusaciones de que está endemoniado, y estando Jesús ocupado en defenderse,
«alzó la voz
una mujer del pueblo y dijo: “Dichoso el seno que te llevó y los pechos
que te amamantaron”.
«Pero Él
dijo: “dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la
guardan”» (Lc 11, 27-28).
Creo que
Lucas ha querido declarar directamente, al insertar este episodio en su
evangelio, lo que no queda a su gusto suficientemente explícito en el relato de
Marcos: que las palabras de Jesús, en respuesta a los que le anunciaban la
presencia de los suyos, encerraban un testimonio acerca de María.
Conclusión
La figura de
María según Marcos es, como nos muestra su comparación con los pasajes
paralelos de Mateo y Lucas, la figura más primitiva que podemos rastrear a
través de los escritos del Nuevo Testamento. Es la imagen de la tradición
preevangélica y se remonta a Jesús mismo.
Es una figura
apenas esbozada, pero clara en sus rasgos esenciales. Rasgos que, como veremos,
desarrollarán y explicitarán los demás evangelistas, limitándose solo a mostrar
lo que ya estaba implícito en esta figura de María, madre ignorada de un Mesías
ignorado. Madre vituperada del que es vituperado. Pero, para Jesús,
bienaventurada por haber creído en él. Madre por la fe más que por su sangre.
Y ya desde el
principio, y según el testimonio mismo de Jesús, Madre del Mesías, es
presentada en clara relación de parentesco con los que creen en Jesús, como
Madre de sus discípulos, es decir, de su Iglesia.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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Marcos 16,15
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