Publicación diaria para
Martes de la
tercera
XI semana del
tiempo ordinario
San Vito de Lucania
Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os
persiguen
2 Corintios
8,1-9
1 Hermanos, quiero daros a conocer la gracia
que Dios ha concedido a las iglesias de Macedonia. 2 En medio de las pruebas con que son probadas, tienen una
grande alegría, y a pesar de su extrema pobreza han sido muy generosos. 3 Puedo asegurar que dieron lo que podían, y más aún de lo
que podían. 4 Espontáneamente y con mucha insistencia me
pidieron el favor de colaborar en esta ayuda a los hermanos. 5 Dieron más de lo que yo esperaba; incluso ofrecieron sus
personas, primero al Señor y luego a mí, conforme a la voluntad de Dios, 6 hasta el punto que he pedido a Tito, que ya que había comenzado,
que termine entre vosotros esta obra de caridad. 7
Sobresalís en todo: en fe, en elocuencia, en ciencia, en vuestra preocupación
por todo y en vuestro amor para conmigo; sobresalid también en esta obra de
caridad. 8 Esto no es una orden; os hablo de la buena
disposición de otros para poner a prueba la sinceridad de vuestro amor. 9 Vosotros ya conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo,
el cual siendo rico se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su
pobreza.
Salmo 145,2.5-9
2 Alabaré al Señor mientras viva,
cantaré himnos
al Señor mientras exista.
5 Dichoso el que tiene su ayuda en el Dios
de Jacob,
y su esperanza
en el Señor, su Dios,
6 que hizo los cielos y la tierra, el mar
y todo lo que
contienen;
que guarda
lealtad eternamente;
7 que hace justicia a los oprimidos
y da pan a los
hambrientos.
El Señor da la
libertad a los presos,
8 el Señor da la vista a los ciegos,
el Señor endereza
a los que están doblados,
el Señor ama a
los que practican la justicia,
9 el Señor protege a los emigrantes,
sostiene a las
viudas y a los huérfanos
y tuerce el
camino de los malhechores.
Mateo
5,42-48
42 Da a quien te pida, y no vuelvas la
espalda al que desea que le prestes algo». 43
«Sabéis que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los
que os persiguen, 45 para que seáis hijos de vuestro Padre
celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre
justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito
tendréis? ¿No hacen eso mismo los publicanos? 47 Y
si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de especial? ¿No hacen
eso también los paganos? 48 Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre
celestial es perfecto».
Amar a todos.
Amar a ejemplo del Señor. Este es el resumen del mensaje que Cristo ha traído
al mundo. Cristo nos pone primero el ejemplo de su Padre que hace el bien sobre
buenos y malos.
Cristo mismo
desde la cruz me enseña el valor redentor del amor. Más aún, todos los días en
cualquier sagrario el amor de Cristo, hecho pan, está presente para ser
consuelo de justos y pecadores.
Ciertamente no
podemos quedar indiferentes ante la magnitud del amor de Cristo. Tomemos su
invitación, hagámosla nuestra: “sed perfectos como vuestro Padre
celestial es perfecto”. ¡Qué gran invitación! Encierra, en pocas
palabras, el camino de la santidad, de nuestra salvación, la forma para
acercarse a Dios.
Pero, ¿cómo
ser santo hoy, en mi sociedad? ¿cómo llegar a Dios en el ambiente en que vivo?
La forma más fácil es imitando al mismo Dios que es amor (1Jn 4, 8). Amando
como auténtico cristiano a mi prójimo que es el vecino, el compañero de
estudios o trabajo, el empleado de limpieza con el que me encuentro, etc.
Todos los días
me encuentro con una multitud de prójimos y con la oportunidad de amar a
ejemplo del Señor y empezar o continuar el camino de la santidad.
San Vito de Lucania
Hijo de un
pagano siciliano, tuvo como preceptores a los cristianos Santa Crescencia y San
Modesto, que le bautizaron a escondidas de su padre. Intentó, sin éxito,
convertir al hijo del gobernador Valeriano. Estuvo encarcelado durante siete
años a causa de su fe cristiana.
Murió martirizado
en 303 junto a Santa Crescencia y San Modesto durante las persecuciones de
Diocleciano. Su cuerpo se conserva en
El culto a
estos tres santos se remonta a tiempos muy antiguos; sus nombres aparecen en el
llamado martirologio de San Jerónimo o Hieronymianum. San Vito, Modesto y
Crescencia, murieron por negarse rotundamente a rendir sacrificio a los dioses.
Fueron sometidos a diversas torturas de las que salieron ilesos. Los mártires
murieron en Lucania, agotados por sus sufrimientos.
La veneración
a San Vito se extendió tanto por Alemania, que su nombre se incluyó entre los
Catorce Santos Protectores y se le consideró como patrono especial de los
epilépticos y de los afectados por esa enfermedad nerviosa llamada ‘Baile
de San Vito’ (el nombre actual de esta enfermedad es corea de Sydenham),
tal vez por eso se le tiene también por protector de los bailarines y actores.
Asimismo, se le invocaba contra el peligro de las tormentas, contra el exceso
de sueño, mordeduras de serpientes y contra todo daño que las bestias pueden
hacer a los hombres. A menudo se le representa acompañado de alguna fiera.
La catedral de
Praga está dedicada a este santo.
Mariología V
María en las
escrituras (III/VII)
María en los
evangelios (IV/IV)
María en San
Juan, el eco de la Voz
San Juan nos
presenta a María como "la Madre" y no
Dos hechos
enigmáticos
Un primer
hecho: Juan evita llamarla «María»
Un primer
hecho que nos llama la atención al leer el evangelio de San Juan en busca de lo
que nos dice de María, es que este evangelista ha evitado llamarla por el
nombre de María. Juan nunca nombra a la Madre de Jesús por este nombre, y es el
único de los cuatro evangelistas que evita sistemáticamente el hacerlo. Marcos
trae el nombre de María una sola vez. Mateo cinco veces. Lucas trece veces:
doce en su evangelio y una en los Hechos de los Apóstoles. Juan nunca.
Y decidimos
que Juan evitó intencionadamente el nombrarla con el nombre de María, porque
hay indicios de que no se trata de omisión casual, sino premeditada, querida y
planeada.
Juan no
ignora, por ejemplo, el oscuro nombre de José, que cita cuando reproduce
aquella frase de la incredulidad que comentábamos a propósito de Marcos y que
recogen de una manera u otra también Mateo y Lucas: «Y decían: ¿no es acaso
éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir
ahora: “he bajado del cielo”»?. (Jn 6, 42).
En segundo
lugar, Juan conoce y nos nombra frecuentemente en su evangelio a otras mujeres
llamadas «María»: María
En tercer
lugar, si había un discípulo que podía y debía conocer a la Madre de Jesús, ése
era Juan, el discípulo a quien Jesús amaba y que por última voluntad de un
Jesús agonizante la tomó como Madre propia y la recibió en su casa:
«Junto a la
cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre, María, mujer de
Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y junto a ella al
discípulo a quien amaba, dice a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu
Hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre”. Y
desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19, 25-27)
Pues bien, es
este discípulo, que de todos ellos es quien en modo alguno puede ignorar el
verdadero nombre de la Madre de Jesús el que, evitando consignarlo por escrito
en su evangelio, alude siempre a ella como la Madre de Jesús o, más brevemente
su Madre. Y es precisamente este discípulo, el que entre todos podía haber
tenido mayores títulos para referirse a la Madre de Jesús como «mi Madre»,
quien insiste en reservarle –con una exclusividad que ya convierte en
nombre propio lo que es un epíteto– el título «Madre de Jesús».
Juan no
ignoraba el nombre de María y, si de hecho lo omite es con alguna deliberada
intención. Una intención que no es fácil detectar a primera vista, pero que
vale la pena esforzarse por comprender.
Una hipótesis
Y una primera
hipótesis explicativa podría ser
En esta
hipótesis, por lo tanto, Juan, al evitar llamarla María, y al decirle siempre
la Madre de Jesús, su Madre, lejos de silenciar el nombre propio de aquella
mujer, nos estaría revelando su nombre verdadero, el que mejor expresa su razón
de ser y su existir. Pero tratemos de ir más lejos y más hondo en las posibles
intenciones de San Juan.
Otro hecho:
Diálogos distantes
Analicemos un
segundo hecho que llama la atención al estudiar la imagen de María tal como se
desprende de los dos únicos pasajes de este evangelio en que ella aparece: las
bodas de Caná y la Crucifixión.
Como sabemos,
Juan, al igual que Marcos, no nos ofrece relatos de la infancia de Jesús.
Podemos además desechar la referencia –que hacen sus opositores– a
su padre y a su madre, y que Juan, al igual que los sinópticos nos ha
conservado (Jn 6, 42). Ya vimos, al tratar de Marcos, qué figura de María
revela este enfoque de la tradición preevangélica. Y por eso no volvemos a
insistir aquí en ese aspecto, que no es propio de Juan.
El material
estrictamente joánico acerca de la Madre de Jesús –desgraciadamente para
nuestra piadosa curiosidad, pero afortunadamente para quien, como nosotros, ha
de considerarlo en un breve lapso– se reduce a esas dos escenas, que
juntas no pasan de catorce versículos: las bodas de Caná (Jn 2, 1-11) y la
Crucifixión (Jn 19, 25-27). Si no fuera por el evangelio de Juan, no sabríamos
que Jesús había asistido con su Madre y con sus discípulos a aquellas bodas en
Caná de Galilea. Ni sabríamos tampoco que la Madre de Jesús siguió de cerca su
Pasión y fue de los muy pocos que se hallaron al pie de la Cruz.
Y he aquí
–ahora– el segundo hecho sobre el que quisiera llamar
Quien lea los
diálogos joánicos habiendo recogido previamente en Lucas esta primera impresión
no podrá menos que desconcertarse más. En la escena de las bodas de Caná Jesús
responde a su Madre que le expone la falta de vino: «Mujer, ¿qué hay entre tú y
yo? [o, como traducen otros para suavizar esta frase impactante: ¿qué nos va a
ti y a mí?], todavía no ha llegado mi hora». Y en la escena de la crucifixión:
«Mujer, he ahí a tu hijo».
Notemos,
pues, que en los tres diálogos que se nos conservan, Jesús parece poner una
austera distancia entre él y su Madre. Son precisamente estos pasajes
–que, por presentar a Jesús y María en un tú a tú, podrían haberse
prestado para reflejar la ternura y el afecto que sin lugar a dudas unió a
estos dos seres sobre la tierra– los que nos proponen, por el contrario,
una imagen, al parecer, adusta, de esa relación, capaz de escandalizar la
sensibilidad de nuestros contemporáneos: 1) Mujer: ¿Qué hay entre tú y yo?; 2)
Mujer: He ahí a tu hijo.
Juan parece
haber retomado y subrayado lo que Lucas nos adelantaba en su escena. La Madre
de Jesús sólo aparece en su evangelio en estos dos pasajes dialogales, y Jesús
parece en ellos distanciarse de su Madre: 1) con una pregunta que pone en
cuestión su relación; 2) interpelándola con la genérica y hasta fría palabra
Mujer; 3) remitiéndola a otro como a su hijo.
La impresión
–decíamos– es desconcertante. Y agrega un segundo hecho, que pide
ser explicado, al ya enigmático silenciamiento del nombre de la Madre de Jesús.
Explicaciones
Tratemos de
dar explicación a estos hechos enigmáticos.
«Haced todo
lo que Él os diga»
El evangelio
de San Juan subraya la revelación de Dios en Jesucristo como la revelación del
Padre de Jesús. Dios es el Padre de Jesús. Juan es el evangelista que nos
muestra mejor la intimidad de Jesús con su Padre; la corriente de mutuo amor y
complacencia que los une; cómo Jesús vive y se desvive por hacer lo que agrada
a su Padre, cómo se alimenta de la complacencia paterna, siendo ésta su
verdadera vida: «El Padre me ama, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo.
Nadie me la arrebata; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y
recobrarla, y esa es la orden –la voluntad– que he recibido de mi
Padre»(Jn 10, 17-18). «El Padre y yo somos uno» (Jn 10, 30). «Felipe: el que me
ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14, 9).
Es en
paralelo, y por analogía con esos –en San Juan ubicuos– mi Padre,
el Padre de Jesús, como creo debemos comprender la insistencia de Juan en
referirse a María sola y exclusivamente como su Madre, la Madre de Jesús.
Así como Dios
es para Jesús el Padre, omnipresente en su vida y en sus labios –mi
Padre, el Padre que me envió, voy al Padre, mi Padre y vuestro Padre, el Padre
que me ama, la casa de mi Padre–, así también y para señalar una mística
analogía, para subrayar una paralela realidad espiritual, Juan llama a aquella
que es como un eco de la divina figura paterna –no sólo a través de una
maternidad física, sino principalmente a través de una comunión en el mismo
Espíritu Santo– la Madre de Jesús.
Y una de las
principales finalidades de la escena de Caná nos parece que es –en la
intención de Juan–la de mostrar hasta qué punto la Madre de Jesús está
identificada en su espíritu con el Espíritu del Padre de Jesús.
En la escena
de Caná, en efecto, parecería que Juan se complace en subrayar la coincidencia
del velado testimonio que de Jesús da María ante los hombres, con el testimonio
que de Jesús da su Padre: «Haced todo cuanto os diga», dice la Madre. «Escuchadle»,
dice el Padre; que es lo mismo que decir: «obedecedle». Sabemos, en efecto, por
el testimonio de los sinópticos, que en los dos momentos decisivos del Bautismo
y de la Transfiguración se abren los cielos sobre Jesús y desciende una voz
–la voz de Dios– que proclama, con pequeñas variantes según cada
evangelista: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
En el
Bautismo, la finalidad de esta voz –que se revela como
San Juan, a
diferencia de los sinópticos, no nos relata la escena del Bautismo. Tampoco
hace referencia a la voz celestial que –según los sinópticos– se
dejó oír en el Bautismo. Ha puesto en su lugar no sólo más profuso y explícito
testimonio del Bautista, sino también –nos parece– la voz de María:
«Haced todo lo que os diga», que equivale al «escuchadle» de la voz divina en
la Transfiguración, pero adelantada aquí al comienzo del ministerio de Jesús.
Antes de la
escena de Caná, Jesús no ha nombrado ni una sola vez a su Padre, lo hará por
primera vez en la escena de la purificación del templo, que sigue
inmediatamente a
Y prueba de
que Jesús reconoció en las palabras de la Madre un eco de la voz de su Padre es
que, habiendo alegado que aún no había llegado su hora, cambia súbitamente tras
las palabras: «Haced cuanto os diga», y realiza el milagro de cambiar el agua
en vino.
No fue mera
deferencia o cortesía, ni mucho menos debilidad para rechazar una petición
inoportuna. Fue reconocimiento, en la voz de la Madre, del eco clarísimo de la
voluntad del Padre. Obedeciendo a esa voz, Jesús «realizó este primer signo y
manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él». Y San Juan se preocupa,
en otros pasajes del Evangelio, de subrayar el escrúpulo de Jesús en no hacer
sino lo que el Padre le ordena, en mostrar sólo lo que el Padre le muestra y en
guardar celosamente lo que el Padre le da.
Sí, pues,
María es por un lado «Hija de Sión», en cuanto encarna lo más santo del Pueblo
de Dios, es también Hija de la Voz, que así se dice en hebreo lo que nosotros
decimos Eco. Eco de la Voz de Dios = Bat Qol, Hija de la Voz.
Entre Caná y
el Calvario
La
importancia que la figura de la Madre de Jesús tiene en el evangelio según San
Juan no la podemos inferir de la abundancia de referencias a ella, pues, como
hemos visto, son pocas. La hemos de deducir de la sugestiva colocación, dentro del
plan total del evangelio, de las dos únicas y breves escenas en que ella
aparece: Caná y el Calvario. Y no sólo –por supuesto– de su lugar
material, sino también de su contenido revelador.
Caná y el
Calvario constituyen una gran inclusión mariana en el evangelio de San Juan.
Encierran toda la vida pública de Jesús como entre paréntesis. Son como un
entrecomillado mariano de la misión de Jesús. Abarcan como con un gran abrazo
materno –discretísimo pero a la vez revelador de una plena comprensión y
compenetración entre Madre e Hijo– toda la vida pública de Jesús desde su
inauguración en Caná hasta la consumación en el Calvario.
La María de
San Juan no es sólo –como en Marcos– la Madre solidaria con su Hijo
ante el desprecio. No es tampoco –como en Mateo y en Lucas– una
estrella fugaz que ilumina el origen oscuro del Mesías o la noche de una
infancia perdida en el olvido de los hombres.
La Madre de
Jesús es para San Juan testigo y actor principal en la vida misma de Jesús. Su
presencia al comienzo y al fin, en el exordio y el desenlace es como la súbita,
fugaz, pero iluminadora irrupción de un relámpago comparable al también doble
inesperado trueno de la voz del Padre en el Bautismo y la Transfiguración.
El diálogo en
Caná
La Madre de
Jesús tal como nos
Quien oye
desde fuera este lenguaje, puede impresionarse por las apariencias. Aparente
banalidad de la intervención de la Madre: No tienen vino. Aparente distancia y
frialdad descortés del Hijo: Mujer, ¿qué hay entre tú y yo? Aún no ha llegado
mi hora.
Con ocasión
de una fiesta de alianza matrimonial, Madre e Hijo tocan en su conversación el
tema de
La observación
de la Madre –no tienen vino– encierra una discreta alusión
midráshica a la alegría de
Sabemos por
San Lucas que no sólo Jesús sino también María, habla y entiende aquel estilo
midráshico, que entreteje Escritura y vida cotidiana. En el evangelio de San
Juan, Jesús aparece como Maestro en este estilo, que estriba en realidades
materiales y las hace proverbio cargado de sentido divino: hablaba del
Templo… de su Cuerpo; como el viento… es todo lo que nace del
Espíritu; el que beba de esta agua volverá a tener sed… pero el que beba
del agua que yo le daré…; mi carne es verdadera comida…
Y si la
observación de María hay que entenderla como el núcleo de un diálogo más
amplio, que San Juan abrevia y reproduce sólo en su esencia, también la arcana
respuesta de Jesús hemos de interpretarla no como la de alguien que enseña al
ignorante, sino como la de quien responde a una pregunta inteligente.
La frase de
Jesús «Mujer, ¿qué hay entre tú y yo? Aún no ha llegado mi hora», antes que
negar una relación con María es una adelantada referencia a que, una vez
llegada la hora de Jesús, se creará entre Él y su Madre el vínculo perfecto,
último y definitivo ante el cual, palidecen los ya fuertes que lo unen con su
Madre en la carne y el Espíritu. Un vínculo tan fuerte que, como veremos, se
podrá decir que la hora de Jesús es a la vez la hora de María, la hora de un
alumbramiento escatológico, en la que el Crucificado le muestra en Juan al hijo
de sus dolores, primogénito de la Iglesia.
Y si la Madre
pregunta indirectamente acerca de la alegría simbolizada por el vino –no
hay fiesta si no hay vino, dice el refrán judío–, Jesús alude a una
alegría que viene en el dolor de su hora, de su Pasión, alegría que Jesús
anunciará oportunamente a su Madre, desde la Cruz, como la dolorosa alegría del
alumbramiento.
La escena en
el Calvario
Y con esto
hemos iniciado nuestra respuesta al segundo hecho sorprendente: el de la
frialdad y distancia que parece interponer Jesús en sus diálogos con su Madre.
Acabamos de insinuar el sentido de la segunda escena mariana en el evangelio de
Juan:
«Junto a la
cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre, María, mujer de
Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y junto a ella al
discípulo a quien amaba, dice a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu
Hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre”. Y
desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19, 25-27).
Nos parece
que podemos partir para interpretar el sentido de este pasaje, de las palabras
«desde aquella hora». Juan ama las frases aparentemente comunes, pero cargadas
de sentido. Y ésta es una de ellas. Porque aquella hora es nada menos que la
hora de Jesús; de la cual él dijo:
«ha llegado
la hora…, ¿y qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero, ¡si
para esto he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu nombre!» (Jn 12, 23-27).
Para San Juan
la hora de alguien es el tiempo en que este cumple la obra para la cual está
particularmente destinado. La hora de los judíos incrédulos es el tiempo en que
Dios les permite perpetrar el crimen en la persona de Cristo o de sus
discípulos:
«Incluso
llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y lo
harán. Porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os lo he dicho para que
cuando llegue la hora os acordéis…» (16, 3-4).
Y esta
expresión la hora, posiblemente se remonta a Jesús mismo, fuera de los
numerosos pasajes de San Juan, también Lucas, nos guarda un dicho del Señor que
habla de su Pasión como de la hora:
«Pero ésta es
vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22, 53).
La hora de
Jesús es aquél momento en que se realiza definitivamente la obra para la cual
fue enviado el Padre a este mundo. Es la hora de su victoria sobre Satanás,
sobre el pecado y la muerte: «Ahora es el juicio de este mundo, ahora el
Príncipe de este mundo será derribado; cuando yo sea levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 31-32).
Por ser la
hora de la Pasión una hora dolorosa pero victoriosa a la vez, está para San
Juan íntimamente unida a la gloria, a la gloriosa victoria de Jesús. Y esa
gloria se manifiesta por primera vez en Caná. Es la misma con la que el Padre
glorificará a su Hijo en
Esa
coexistencia de sufrimiento y gloria que hay en la hora se expresa
particularmente en una imagen que Jesús usa en
«La mujer,
cuando da a luz, está triste porque ha llegado su hora, la del alumbramiento,
pero cuando le ha nacido el niño ya no se acuerda del aprieto, por el gozo de
que ha nacido un hombre en el mundo» (Jn 16, 21).
Me parece que
esta imagen no acudió casualmente a la cabeza de Jesús en aquella víspera de su
Pasión. Creo más bien que es como una explicación adelantada de la escena que
meditamos. Y que, a la luz de esta explicación Juan habrá podido comprender la
profundidad del gesto y de las últimas palabras de Jesús agonizantes a él y a
María.
¿Habrán
recordado Jesús, Juan, María, el oráculo profético de Jeremías o algún otro
semejante?:
«Y entonces
oí una voz como de parturienta, gritos como de primeriza. Era la voz de la Hija
de Sión, que gimiendo extendía sus manos: “Ay, pobre de mí, que mi alma
desfallece a manos de asesinos”» (Jer 4, 31).
Al pie de la
cruz, la Hija de Sión gime y siente desfallecer su alma a causa de los asesinos
de su Hijo. Y Jesús, que la ve afligida, comparable a una parturienta primeriza
en sus dolores; Jesús, que advierte el gemido de su corazón; aludiendo quizás
en forma velada a algún oráculo profético como el de Jeremías, la consuela con
el mayor consuelo que se puede dar a la que acaba de alumbrar un hijo:
mostrándoselo. «He ahí a tu hijo», le dice mostrándole al discípulo, el primogénito
eclesial del nuevo pueblo de Dios que Jesús adquiere con su sangre. Juan, el
bienaventurado que ha permanecido en las puertas de la Sabiduría en aquella
hora de las tinieblas:
«Bienaventurado
el hombre que me escucha, y que vela continuamente a las puertas de mi casa, y
está en observación en los umbrales de ella» (Prov 8,34).
Juan, el
primogénito de la Iglesia, permanece junto a los postes de la puerta de la
Sabiduría, marcada con la sangre del Cordero, para ser salvo del paso del Angel
exterminador.
Jesús revela
que su hora es también la hora de su Madre. Lejos de distanciarse de ella o de
renegar de su maternidad, la consuela como un buen hijo a su Madre, pero
también como sólo puede consolar el Hijo de Dios: mostrándole la parte que le
cabe en su obra. Mostrándole en aquella hora de dolores, a su primer hijo
alumbrado entre ellos.
He aquí
indicada la dirección en que nos parece que se ha de buscar la explicación de
ese Mujer con que Jesús habla a su Madre en el evangelio de Juan. Tanto en Caná
como en el Calvario, Jesús ve en ella algo más que la mujer que le ha dado su
cuerpo mortal y a la que está unido por razones afectivas individuales,
ocasionales.
Para Jesús,
María es la Mujer que el Apocalipsis describe, con términos oníricos, en dolores
de parto, perseguida por el dragón, huyendo al desierto con su primogénito. Es
la parturienta primeriza de Jeremías, dando a luz entre asesinos. Jesús no ve a
su Madre –como nosotros a las nuestras– en una piadosa pero
exclusiva y estrecha óptica privatista, sino en la perspectiva de la hora,
fijada de antemano por el Padre, en que recibiría y daría gloria. Esa gloria
que es una corriente que va y viene y, como dice Jesús, está en los que creen
en él: Yo he sido glorificado en ellos (Jn 17, 9-10), los que tú me has dado y
son tuyos, porque todo lo mío es tuyo. El Padre glorifica a su Hijo en los
discípulos llamados a ser uno con él, como él y el Padre son uno. Y María,
Madre del que es uno con el Padre es también Madre de los que por la fe son uno
con el Hijo.
Por eso, al
señalar a Juan desde la cruz, Jesús se señala a sí mismo ante María, la remite
a sí mismo, no tal como lo ve crucificado en su Hora, sino tal como lo debe ver
glorificado en los suyos, en los que el Padre le ha dado como gloria que le pertenece.
Y la remite a ella misma: no según su apariencia de Madre despojada de su único
Hijo, humillada Madre del malhechor ajusticiado, sino según su verdad:
primeriza de su Hijo verdadero, nacido en la estatura corporativa
–inicial, es verdad, pero ya perfecta– de Hijo de Hombre.
Se comprende
así lo bien fundada en
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
lapalabra@...
Aportaciones
al foro Palabra Binaria
Palabra_Binaria@yahoogroups.com
Páginas
en Internet
Y para el
Foro Compartir
Publicar
mensaje: ForoCompartir_PB@yahoogroups.com
"Id por todo el mundo y proclamad la buena
noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
Si recibiste este correo es porque te
suscribiste a él desde nuestro portal o porque algún amigo te recomendó con
nosotros. Bajo el decreto S.1618 titulo 3º aprobado por el 105 Congreso Base de
las Normativas Internacionales sobre SPAM, este mensaje no podrá ser
considerado SPAM mientras incluya una forma de ser removido.
Para darse de alta o de baja en la lista
del correo de
Este mensaje y los documentos que, en su
caso lleve anexos, pueden contener información confidencial. Por ello, se
informa a quien lo reciba por error que la información contenida en el mismo es
reservada y su uso no autorizado está prohibido legalmente, por lo que en tal
caso le rogamos que nos lo comunique por la misma vía, se abstenga de realizar
copias del mensaje o remitirlo o entregarlo a otra persona y proceda a borrarlo
de inmediato. Gracias.
This document together with
any documents attached may contain confidential information. You are informed
that if you should receive it by mistake, the information it contains is
reserved and its use is not authorised. It is legally prohibited. If you have
received this message by mistake, please let us know as soon as possible by
e-mail. Do not make any copies of the message, nor send it or give it to
anybody else. Please delete it right away. Thank you.