Publicación diaria para
Jueves de la
tercera
XI semana del
tiempo ordinario
Santos
Marcos y Marcelino
Vuestro Padre conoce las necesidades que tenéis antes
de que vosotros le pidáis
2 Corintios
11,1-11
1 ¡Ojala me toleraseis un poco mi desatino!
Sí, soportádmelo. 2 Tengo celos divinos de vosotros, porque os
he desposado con un solo marido, os he presentado a Cristo como una virgen
pura. 3 Pero temo que, como la serpiente engañó
con su astucia a Eva, pervierta también vuestros pensamientos y os apartéis de la
fidelidad y de la consagración a Cristo. 4
Porque si alguno viene a predicaros otro Jesucristo diferente del que yo os he
predicado, o si recibís otro Espíritu diferente del que habéis recibido, u otro
evangelio que el que abrazasteis, lo aceptáis con gusto. 5 Pero yo creo que en nada soy inferior a esos eminentes
apóstoles. 6 Y si soy torpe de palabra, no lo soy de
ciencia; que en todo y de todas las maneras lo hemos probado ante vosotros. 7 ¿Acaso cometí un pecado porque me humillé a mí mismo para
ensalzaros a vosotros, predicándoos de balde el evangelio de Dios? 8 He aceptado dinero de otras iglesias, con la impresión de
que les estaba explotando, para estar a vuestro servicio. 9 Cuando estaba entre vosotros y necesité algo no fui carga
para nadie, pues remediaron mi necesidad los hermanos llegados de Macedonia; me
guardé muy bien y me seguiré guardando de ser carga para nadie. 10 Tan cierto como la verdad de Cristo, que poseo, que nadie
en la región de Acaya me quitará esta honra. 11
¿Por qué? ¿Porque no os quiero? Dios sabe lo que os quiero.
Salmo 110,1-4.7-8
1 ¡Aleluya!
Doy gracias al
Señor de todo corazón
en la reunión
de los hombres justos
y en la
asamblea general.
2 Grandes son las obras del Señor,
dignas de
estudio para los que las aman.
3 Su obra resplandece de esplendor
y su justicia
permanece para siempre.
4 Él ha hecho memorables sus milagros,
el Señor es
misericordioso y lleno de ternura.
7 Verdad y justicia son las obras de sus
manos,
todos sus
preceptos son estables,
8 inmutables por los siglos de los siglos,
fundados en el
derecho y la verdad.
Mateo 6,7-15
7 Al rezar, no os convirtáis en charlatanes
como los paganos, que se imaginan que serán escuchados por su mucha palabrería.
8 No hagáis como ellos, porque vuestro Padre
conoce las necesidades que tenéis antes de que vosotros le pidáis». 9 «Vosotros rezad así: Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre, 10
venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. 11 Danos hoy nuestro pan de cada día, 12 perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a
los que nos ofenden, 13 no nos dejes caer en la tentación y
líbranos del mal». 14 «Porque si vosotros perdonáis a los
hombres sus ofensas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial; 15 pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco
vuestro Padre perdonará las vuestras».
Basta decir
"Padre"
Un hijo tiene
“algo” que su padre no puede resistir, sin poder explicar bien por
qué. Así es esto de ser padre. A Dios también le pasa. Cristo nos pasó el
secreto, al enseñarnos a orar, empezando con esa palabra mágica que lo puede
todo, si la decimos con el corazón: “Padre”. No importa cuántas
palabras digamos. Tampoco si las frases tienen sentido o belleza literaria. Lo
que a Él le importa es que somos nosotros, sus hijos, quienes nos dirigimos a
Él.
Un
“Padrenuestro”, rezado como un acto de amor y de entrega, arranca
de Dios aquello que más necesitamos. Cada una de sus palabras puede ayudarnos a
hacer una nueva oración, pues contiene las verdades más profundas de nuestra
fe. Que Él es nuestro Padre; y de ahí se deriva que nos ama, que nos escucha,
que nos cuida, que nos espera en el cielo. Que nuestra vida tiene sentido en
buscar su gloria, en instaurar su Reino en el mundo, en cumplir su voluntad.
Que nos cuida de los peligros y nos da el alimento y la fuerza espiritual que
necesitamos para recorrer el camino hacia ÉL.
Quizás desde
muy pequeños venimos repitiendo, con mayor o menor devoción, la gran oración
del cristiano. Pero sin duda, cada vez que lo hacemos, Dios “interrumpe
todas sus ocupaciones” para escucharnos y atendernos como el mejor de los
padres. d
Santos Marcos
y Marcelino
Son mártires y
patronos secundarios de la Diócesis de Badajoz —hoy Archidiócesis de
Mérida-Badajoz—.
Un rayo que
cayó en
Un decreto de
Su celebración
es sólo para la ciudad.
Mariología VII
María en las
escrituras (V//VII)
El día de
Pentecostés ¿también descendió el Espíritu Santo sobre María, igual que a los
apóstoles? ¿Qué pasó después con ella? ¿Vivió sola?...
María,
después del día de Pentecostés.
El día de
Pentecostés, el Espíritu Santo había descendido sobre María cuando vino sobre
los Apóstoles y discípulos reunidos en la habitación del piso alto de
Jerusalén. Sin duda, las palabras de S. Juan (19:27) "y desde aquella hora
el discípulo la recibió en su casa", se refieren no sólo al tiempo entre
Pascua y Pentecostés, sino que se extienden a toda la vida posterior de María.
Sin embargo,
el cuidado de María no interfirió con el ministerio apostólico de Juan. Incluso
los documentos inspirados (Hechos 8:14-17; Gálatas 1:18-19; Hechos 21:18)
muestran que el apóstol estuvo ausente de Jerusalén en numerosas ocasiones,
aunque debe haber participado en el Concilio de Jerusalén, en el 51 ó 52 d. de
J.C. Debemos también suponer que en María se cumplían las palabras de Hechos
2:42: "perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles y en la unión, en
la fracción del pan y en la oración". De este modo, María fue un ejemplo y
una fuente de ánimo para la comunidad de los primeros cristianos.
Al mismo
tiempo, debemos confesar que no poseemos ningún documento auténtico que hable
directamente de la vida post-pentecostal de María.
Localización
de su vida, muerte y enterramiento.
En cuanto a
la tradición, existe cierto testimonio sobre la residencia temporal de María en
o cerca de Efeso, pero es mucho más fuerte la evidencia de su hogar permanente
en Jerusalén.
Argumentos a
favor de Efeso.
La residencia
de María en Efeso se basa en las siguientes pruebas:
En un pasaje
de la carta sinodal del Concilio de Efeso se puede leer: "Por esta razón
también Nestorio, el instigador de la herejía impía, cuando hubo llegado a la
ciudad de los efesios, donde Juan el Teólogo y
Bar-Hebraeus
o Abulpharagius, un obispo jacobita del siglo XIII, relata que S. Juan se llevó
consigo a
Benedicto XIV
afirma que María siguió a S. Juan hasta Efeso y allí murió. Tuvo también la
intención de eliminar del breviario aquellas lecciones donde se mencionaba la
muerte de María en Jerusalén, pero murió antes de llevarlo a cabo.
La residencia
temporal y la muerte de María en Efeso están apoyadas por escritores tales como
Tillemont y Calmet.
En Panaguia
Kapoli, en una colina a unas nueve o diez millas de Efeso, se descubrió una
casa, o más bien sus restos, en la que se supone que vivió María. La casa fue
buscada y hallada siguiendo las indicaciones proporcionadas por Catharine
Emmerich en su vida de
Argumentos en
contra de Efeso.
Estos
argumentos a favor de la residencia o enterramiento de María en Efeso no son
irrebatibles, si se los examina más detenidamente.
La elipsis de
la carta sinodal del Concilio de Efeso puede ser completada de forma que no
implique dar por sentado que Nuestra Señora vivió o murió en Efeso. Dado que en
la ciudad había una doble iglesia dedicada a
La palabras
de Bar-Hebraeus contiene dos afirmaciones inexactas: S. Juan no fundó la
Iglesia de Efeso, ni tampoco llevó consigo a María a Patmos. S. Pablo fundó la
Iglesia de Efeso, y María había muerto antes del exilio de Juan en Patmos. No
sería sorprendente, por tanto, que el escritor se equivocara en lo que dice
sobre el enterramiento de María. Además, Bar-Hebraeus vivió en el siglo XIII;
los escritores más antiguos hubieran estado más preocupados acerca de los
lugares sagrados de Efeso; mencionan la tumba de S. Juan y la de una hija de
Felipe, pero no dicen nada sobre el lugar donde está enterrada María.
En cuanto a
Benedicto XIV, este gran pontífice no pone tanto énfasis sobre la muerte y
sepultura de María en Efeso cuando habla de su Asunción a los cielos.
Ni Benedicto
XIV ni otras autoridades que apoyan los argumentos a favor de Efeso proponen
ninguna razón que haya sido considerada concluyente por otros estudiantes
científicos de este asunto.
La casa
encontrada en Panaguia-Kapouli tiene algún valor en cuanto que está relacionada
con las visiones de Catharine Emmerich. La distancia hasta la ciudad de Efeso
da lugar a una suposición contraria a que fuera la casa del apostol S. Juan. El
valor histórico de las visiones de Catharine no es admitido universalmente.
Monseñor Timoni, Arzobispo de Esmirna, escribe, refiriéndose a
Panaguia-Kapouli: "Cada uno es completamente libre de tener su propia
opinión". Finalmente, la concordancia entre las condiciones de la casa en
ruinas de Panaguia-Kapouli y la descripción de Catharine no prueban necesariamente
la verdad de su afirmación en cuanto a la historia del edificio.
Argumentos
contra Jerusalén
Se esgrimen
dos consideraciones contrarias a la residencia permanente de Nuestra Señora en
Jerusalén: primero, se ha señalado ya que S. Juan no se quedó permanentemente
en
Mas como no
podemos suponer que S. Juan haya llevado consigo a Nuestra Señora en sus
expediciones apostólicas, debemos creer que la dejó al cuidado de sus amigos o
parientes durante los periodos de su ausencia. Y existen pocas dudas de que
muchos cristianos regresaron a Jerusalén cuando cesaron los peligros de las
persecuciones.
Argumentos a
favor de Jerusalén.
Independientemente
de estas consideraciones, se puede apelar a las siguientes razones que apoyan
la muerte y enterramiento de María en Jerusalén:
En el año
451, Juvenal, Obispo de Jerusalén, testificó sobre la presencia de la tumba de
María en Jerusalén. Es extraño que ni S. Jerónimo, ni el Peregrino de Burdeos
ni tampoco pseudo-Silvia proporcionen ninguna evidencia sobre un lugar tan
sagrado. Sin embargo, cuando el emperador Marcion y
Se debe
mencionar aquí el apócrifo "Historia dormitionis et assumptionis
B.M.V.", que reivindica a S. Juan por autor. Tischendorf opina que las
partes más importantes de la obra se remontan al siglo IV, quizás incluso al
siglo II. Aparecieron variaciones del texto original en árabe, sirio y en otras
lenguas; entre estas variaciones hay que destacar una obra llamada "De
transitu Mariae Virg.", que apareció bajo la firma de S. Melitón de
Sardes. El Papa Gelasio incluye este trabajo entre las obras prohibidas. Los
incidentes extraordinarios que estas obras relacionan con la muerte de María
carecen de importancia aquí; sin embargo, sitúan sus últimos momentos y su
entierro en o cerca de Jerusalén.
Otra
evidencia a favor de la existencia de una tradición que sitúa la tumba de María
en Getsemaní la consituye la basílica que fue erigida sobre el lugar sagrado,
hacia finales del siglo IV o comienzos del V. La iglesia actual fue construida
por los latinos en el mismo lugar en que se había levantado el antiguo
edificio.
En la primera
parte del siglo VII, Modesto, Obispo de Jerusalén, localizó el tránsito de
Nuestra Señora en el Monte Sión, en la casa que contenía el Cenáculo y la
habitación del piso superior de Pentecostés. En esta época, una sola iglesia
cubría las localidades consagradas por estos varios misterios. Es asombrosa la
tardía evidencia de una tradición que llegó a estar tan extendida a partir del
siglo VII.
Otra
tradición se conserva en el "Commemoratorium de Casis Dei" dirigida a
Carlomagno. Sitúa la muerte de María en el monte de los Olivos, donde se
levanta una iglesia que se dice que conmemora este suceso. Es posible que el
escritor intentara relacionar el tránsito de María con la iglesia de la
Asunción, del mismo modo que la tradición gemela lo conectaba con el cenáculo.
De cualquier manera, se puede concluir que alrededor del comienzo del siglo V
existía una tradición bastante extendida que sostenía que María había muerto en
Jerusalén y había sido enterrada en Getsemaní. Esta tradición parece descansar
sobre bases más sólidas que la versión de que Nuestra Señora murió y fue
enterrada en o cerca de Efeso. Dado que al llegar a este punto carecemos de
documentación histórica, resultaría difícil establecer la relación de
cualquiera de las dos tradiciones con los tiempos apostólicos.
Conclusión
Hemos visto
que no hay seguridad absoluta sobre el lugar en el que María vivió después del
día de Pentecostés. Aunque es más probable que permaneciera ininterrumpidamente
en o cerca de Jerusalén, puede haber residido durante un tiempo en las
cercanías de Efeso, y ello puede haber originado la tradición de su muerte y
enterramiento en Efeso. Existe aún menos información histórica referente a los
incidentes particulares de su vida. S. Epifanio duda incluso de la realidad de
la muerte de María; pero la creencia universal de la Iglesia no coincide con la
opinión privada de S. Epifanio.
La muerte de
María no fue necesariamente una consecuencia de la violencia; ni tampoco fue
una expiación o un castigo, ni el resultado de una enfermedad de la que, como
su divino Hijo, ella fue eximida. Desde
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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