Publicación diaria para
Martes de la
segunda
XIV del tiempo
ordinario
San Fermín
Pedid al dueño de la mies que mande obreros a su mies
Génesis
32,22-32
22 Mandó por delante los regalos y él pasó la
noche en el campamento. 23 Durante la noche se levantó, tomó a sus
dos mujeres, a sus dos esclavas y a sus once hijos y pasó el vado de Yaboc. 24 Los tomó y los hizo pasar el vado, y pasó también todo lo
que tenía consigo. 25 Jacob se quedó solo, y un hombre estuvo
luchando con él hasta despuntar el alba. 26 El
hombre, viendo que no le
podía, le dio
un golpe en la articulación del muslo y se la descoyuntó durante la lucha con
él. 27 El hombre dijo a Jacob: «Suéltame, que ya
raya el alba»; Jacob respondió: «No te soltaré si antes no me bendices». 28 Él le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Contestó: «Jacob». 29 Y el hombre añadió: «Tu nombre no será ya Jacob, sino Israel,
porque te has peleado con Dios y con los hombres
y has
vencido». 30 Jacob le preguntó: «Por favor, ¿cómo te
llamas?». Él respondió: «¿Por qué quieres saber cómo me llamo?». Y allí mismo
le bendijo. 31 Jacob llamó a aquel lugar Penuel,
diciendo: «He visto a Dios cara a cara y he quedado con vida». 32 Salía el sol cuando pasó por Penuel, e iba cojeando del
muslo.
Salmo 16,1-3.6-8.15
1 Oración de David
Justicia,
Señor, escúchame, atiende a mi clamor,
presta oído a
mi súplica, que no hay engaño en mí;
2 que en tu presencia resplandezca la
justicia,
que tus ojos
vean en dónde está la razón.
3 Explora mi corazón, vigílame de noche,
pruébame en el
crisol, no encontrarás en mí ningún delito;
6 Yo te llamo porque tú me respondes, oh
Dios mío;
tiende hacia
mí tu oído, escucha mis palabras.
7 Despliega tu bondad, tú que salvas de sus
opresores
a los que
buscan refugio en tu derecha;
8 guárdame como a las pupilas de tus ojos,
escóndeme a la
sombra de tus alas,
15 Yo, y esto es justicia, contemplaré tu
rostro,
al despertarme
me saciaré de tu presencia.
Mateo
9,32-38
32 Cuando éstos salían, le presentaron un
hombre mudo endemoniado; 33 Jesús echó al demonio, y el mudo empezó a
hablar. Las gentes decían maravilladas: «Jamás se ha visto cosa semejante en
Israel». 34 Pero los fariseos decían: «Echa a los
demonios con el poder del príncipe de los demonios». 35 Jesús recorría ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas,
predicando el evangelio del reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
36 Y al ver a la gente, se compadecía de
ella, porque estaban cansados y decaídos como ovejas sin pastor. 37 Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es mucha y los
obreros pocos. 38 Pedid al dueño de la mies que mande
obreros a su mies».
“Después
de que expulsó al demonio, comenzó a hablar el mudo.” Así sucede con
nuestra alma: aspira dones espirituales muy elevados y nosotros la tenemos
callada con un demonio que le impide hablar todas las cosas buenas de Dios.
Este demonio seguramente es nuestro orgullo y soberbia que nos mantiene tan
irreconciliables con Dios como lo pudiesen estar la noche y el día al mismo
tiempo. Sin embargo, para superar estos obstáculos que nos impiden ser santos
sólo nos queda la esperanza de ser curados por Cristo. Sólo con su presencia
permitiremos dejar hablar a nuestra alma todas esas palabras bellas que quiere
transmitir de Dios, del perdón, del consuelo, del amor, de la paz.
Hoy día Cristo
no se olvida de nosotros. Él desea seguir curando enfermos y expulsando
demonios, pero “le faltan” pies y manos, “le faltan”
corazones y bocas, “le falta” la fuerza corporal de la juventud
para que todos queden sanos. Podría permitir que el mundo se convirtiese en un
instante pero no lo hace por respeto a nuestra libertad, el don más grande después
de nuestra fe.
Qué hermosa
lección sacaríamos de este evangelio si nos diésemos cuenta de esta compasión
que siente Jesucristo por nosotros. Compasión de ver a tantas ovejas sin pastor
y que sienten la necesidad de recibir la salud pero que no pueden por falta de
esos pastores entregados y generosos. Pidamos a Cristo que nos envíe hombres y
mujeres que no teman dar su vida para seguir a Cristo incondicionalmente.
San Fermín,
Martirologio
Romano: San Fermín, obispo de Pamplona. El obispo de Tolosa San Saturnino le
envió a predicar el Evangelio a Pamplona, le consagró por su primer obispo y,
vuelto después de algunos años a las Galias, predicó el Evangelio en el norte
de Francia, muriendo en Amiéns, s. II.
Etimológicamente:
Fermín = Aquel que es constante, firme, recio, valeroso y sólido, es de origen
latino. Este Santo es el famoso patrono de los Sanfermines en España.
Predico San
Fermín con mucho fruto en las regiones de Pamplona y Navarra y logró dejar ahí
muchos sacerdotes fervorosos, los cuales reafirmaron la fe católica en aquellas
tierras. Cuando se fue de allí, la mayoría de los paganos de la región se
habían vuelto cristianos.
El Obispo de
Toulose, lo envío a predicar por Francia. San Fermín construyo un templo en
Amiens, y en esa ciudad convirtió muchos paganos al cristianismo.
Un gobernador
lo puso preso, pero el pueblo invadió la cárcel y lo libero. Más tarde el jefe
pagano de Amiens le ordeno que dejara de predicar la religión de Cristo. Como
Santo no quiso dejar de predicar la verdadera religión., entonces el gobernador
le mando cortar la cabeza.
Y así obtuvo
lo que más quería en toda su vida : derramar su sangre por Jesucristo y llegar
a ser mártir de nuestra santa religión.
La ciudad de
Pamplona celebra su fiesta, cada 7 de julio con grandes regocijos populares.
Mariología X
Enseñanzas de
la Iglesia sobre
El honor de
También en
nuestros tiempos es afrentada María Santísima, con afrentas más feroces,
seguramente en razón de ser éstos “sus tiempos” según lo afirmaron
los Sumos Pontífices, cuando Ella está mostrando su Realeza y Señorío al mundo.
Por otra parte, los ataques actuales revisten sin duda más gravedad porque
simultáneamente se ignoran –se minimizan o silencian- sus grandezas, y se
pretende olvidar el lugar que Dios le diera en los tiempos y en la eternidad.
Por esos
desgraciados motivos, cumpliendo con el sagrado deber de defender su honor, por
voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, y según la consigna dada solemnemente por
el Papa Pablo VI en estos tiempos aciagos, de “mantener bien alto el
nombre y el honor de María” (21 de nov. de 1964, clausura de la IIIª
sesión del Concilio Vaticano II); y consecuentes con la afirmación del Cardenal
Luigi Ciappi OP, teólogo papal de los Sumos Pontífices Pío XII, Juan XXIII,
Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, cuando decía que “la obra maestra
del supremo Artífice, cual es la Madre de Dios, es un Misterio de belleza
espiritual, de prerrogativas y glorias tan sublime que únicamente la luz de
Por tanto
debemos buscar esos rayos de luz superior en el Magisterio de la Iglesia y en
la Tradición, para concentrarnos en la imagen de la “úmile et alta piú
che creatura” -la más humilde y más alta criatura- (Dante).
Impulsados
por el deseo de que sean recordadas, meditadas y difundidas las enseñanzas de
la Iglesia sobre
María
Santísima fue predestinada por el Altísimo desde toda la eternidad
El inefable
Dios, cuya conducta es misericordia y verdad, cuya voluntad es omnipotencia y
cuya sabiduría alcanza de límite a límite con fortaleza y dispone suavemente
todas las cosas, habiendo previsto desde toda la eternidad la ruina
lamentabilísima de todo el género humano, que había de provenir de la
transgresión de Adán, y habiendo decretado, con plan misterioso escondido desde
la eternidad, llevar a cabo la primitiva obra de su misericordia, con plan
todavía más secreto, por medio de la encarnación del Verbo, para que no
pereciese el hombre impulsado a la culpa por la astucia de la diabólica maldad
y para que lo que iba a caer en el primer Adán fuese restaurado más felizmente
en el Segundo, eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una
Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de Ella, naciese, en la dichosa
plenitud de los tiempos, y en tanto grado la amó por encima de todas las
criaturas, que en sola Ella se complació con señaladísima benevolencia. (Beato
Pío IX, Const. Ap. Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854).
El Altísimo
la predestinó desde la eternidad para Madre del Verbo encarnado. Por eso entre
las maravillas de los tres órdenes, de naturaleza, de gracia y de gloria, la
distinguió de forma tal que con razón entiende la Iglesia que se refiere a
María el oráculo divino: “Yo salí de la boca de Dios como la primogénita
y más privilegiada criatura”.(León XIII).
Y dice San
Bernardo: “El Ángel fue enviado a María...” María no fue hallada
por casualidad, sino elegida desde el principio de los tiempos, preconizada y
preparada para Sí por el Altísimo, custodiada por los Ángeles, preseñalada a
los Patriarcas, prometida por los profetas.
María
Santísima fue concebida sin pecado
María, toda
hermosa e inmaculada, trituró la venenosa cabeza de la cruelísima serpiente, y
trajo la salud al mundo (ibidem)
Los Padres y
escritores de la Iglesia, adoctrinados por las divinas enseñanzas, jamás
(habían dejado) de llamar a la Madre de Dios o lirio entre espinas, o tierra
absolutamente intacta, virginal, sin mancha , inmaculada, siempre bendita, y
libre de toda mancha de pecado, de la cual se formó el nuevo Adán; o paraíso
intachable, vistosísimo, amenísimo de inocencia, de inmortalidad y de delicias,
por Dios mismo plantado y defendido de toda intriga de la venenosa serpiente; o
árbol inmarchitable, que jamás carcomió el gusano del pecado; o fuente siempre
limpia y sellada por la virtud del Espíritu Santo; o divinísimo templo o tesoro
de inmortalidad, o la única y sola Hija no de la muerte, sino de la vida,
germen no de la ira, sino de la gracia, que, por singular providencia de Dios,
floreció siempre vigoroso de una raíz corrompida y dañada, fuera de las leyes
comúnmente establecidas.
Ella es
María
Santísima es
Proclamamos
que la inmunidad de María “de toda mancha de pecado original” no
fue más que la aureola radiante, no velada por niebla alguna de culpa ni
inclinación a ella en su larga jornada sobre la tierra. (Card. Luigi Ciappi OP,
teólogo de
Dios colmó a
María tan maravillosamente de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro
de la divinidad, muy por encima de los Ángeles y santos, que Ella,
absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado, y toda hermosa y
perfecta, manifestó la plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en
modo alguno mayor, después de Dios, y nadie puede imaginar fuera de Dios.
Y por cierto
era convenientísimo que brillase siempre adornada de los resplandores de la
perfectísima santidad y que reportase un total triunfo de la antigua serpiente,
enteramente inmune aún de la misma mancha de la culpa original. (Beato Pío IX
Ineffabilis Deus)
Esta
sobreabundancia de la gracia –el más eminente de todos sus privilegios
innumerables- es lo que eleva a la Virgen muy por encima de todos los hombres y
de todos los Ángeles, y la aproxima más a Cristo que cualquier otra criatura-
(León XIII, Encíclica Magna Dei Matris, 8 de sept. de 1892).
Por eso con
San Efrén nos dirigimos a Cristo y exclamamos: Sólo Tú y tu Madre tenéis la
gracia de la perfecta belleza, porque no hay mancha en Ti ni mancha hay en tu
Madre, y a Ella cantamos con el fervor de los maronitas: ¡Oh azucena espléndida
y rosa de delicada fragancia, el aroma de tu santidad perfumó toda la tierra,
ruega para seamos el agradable aroma de Cristo y lo extendamos por toda la
tierra! (Misa Maronita).
María
Santísima es verdadera Madre de Dios
María fue
predestinada en la mente de Dios antes que toda criatura, para que, Virgen
castísima entre todas las mujeres, engendrase de su propia carne al mismo Dios,
y Reina del Cielo después de su Hijo, reinase gloriosa sobre todo lo creado
(San Bernardino de Siena).
María es
Aquélla a quien el Eterno confirió la plenitud de su gracia y elevó a tan
excelsa dignidad. Y sabemos que de esta divina maternidad procede su gracia
singularísima y su dignidad suprema después de Dios, y, en cuanto a que es su
Madre, posee una cierta dignidad infinita, por ser Dios un bien infinito (Sto
Tomás de Aquino).
Sabemos que Ella,
por ser Madre de Dios, posee una excelencia superior a la de todos los Ángeles,
aún a la de los serafines y querubines. Sabemos que por ser Madre de Dios es
purísima y santísima, tanto que después de Dios no puede imaginarse mayor
pureza y santidad. Sabemos que por ser Madre de Dios cualquier privilegio
concedido a cualquier santo en el orden de la gracia santificante, lo posee
María mejor que nadie (Cornelio a Lápide, Pío XII). porque Dios enriqueció con
dones correspondientes a tal oficio a Ella,
Y al
consagrar y fecundar su virginidad, el Espíritu Santo la transformó en el Aula
del Rey, Templo y Tabernáculo del Señor, Arca de la Alianza, Arca de la Santificación
(Pablo VI, Marialis Cultus).
María
Santísima es Templo y Sagrario de
María es la
excelente obra maestra del Altísimo, de la cual Él se ha reservado el
conocimiento y la posesión (San Bernardino). Ella es
Ella es el
Santuario y reposo de
Confesamos
que María es la Hija del divino Padre, la Madre del Verbo divino, y la Esposa
del Espíritu Santo, la llena de gracia, de virtud y de dones celestiales,
templo purísimo de
Por eso
decimos con los santos: María es el grande y divino mundo de Dios, donde hay
bellezas y tesoros inefables. Ella es la magnificencia del Altísimo, donde Él
ha escondido, como en su seno, a su Hijo único, y en Él todo lo que hay de más
excelente y precioso. (San Luis María G. de M).
Que María
Santísima es Madre nuestra
Confesamos
también la dulce y suave verdad de que habiendo dado a luz al Redentor del
género humano, María es también Madre benignísima de todos nosotros, hermanos
de su Hijo, que peregrinamos y nos debatimos entre angustias y luchamos contra
el pecado hasta que seamos llevados a la patria feliz (Pío XI, Enc.Lux
Veritatis, 25 de dic. De 1931).
En la hora
última de su vida pública, cuando otorgaba el Testamento de
En la persona
de Juan, según el constante sentir de la Iglesia, Cristo ha designado a todo el
género humano, pero más especialmente a los que están unidos en la fe (León
XIII, Adjutricem populi).
Y porque es
nuestra Madre nos confiamos completamente a su bondad y misericordia, animados
del vivo deseo de imitar sus bellísimas virtudes y le hacemos donación entera e
irrevocable de todo nuestro ser. Le pedimos nos conceda su maternal protección
por todo el curso de nuestra vida, y particularmente en la hora de la muerte.
(San Juan Bosco).
María
Santísima es Madre y Reina de la Iglesia
María
Santísima es Madre de la Iglesia, es decir de todo el pueblo de Dios, tanto de
los fieles como de los pastores que
María,
constituida por Jesucristo en Madre de todos los hombres cuando la designó en
la persona de Juan a todo el género humano, recibió con espíritu generoso ese singular
y trabajoso legado, comenzando a cumplir su elevada misión en el Cenáculo. Ella
fue ayuda y sostén de la Iglesia naciente por la santidad de su ejemplo, la
autoridad de sus consejos, la dulzura de su consuelo, y la eficacia de sus
plegarias ferventísimas. Desde entonces se mostró verdaderamente Madre de la
Iglesia, y fue verdadera Maestra y Reina de los Apóstoles, a los cuales hizo
partícipes de los divinos oráculos que conservaba en su Corazón (León XIII).
La
importancia del principio mariano de la Iglesia ha sido evidenciada, después
del Concilio, por el Papa Juan Pablo II, coherentemente con su lema: Totus
tuus. En su enfoque espiritual y en su incansable ministerio se puso de
manifiesto a los ojos de todos la presencia de María como Madre y Reina de la
Iglesia (Benedicto XVI, 25 de marzo de 2006). El Santo Padre agrega al título
de Madre, el de Reina, conforme al sentir de la Tradición, expresado por San
Antonio de Padua, llamado el Doctor Evangélico, y repetido por el llamado
Doctor Mariano San Alfonso María de Ligorio: Dios ha puesto su toda la Iglesia
no sólo bajo el patrocinio, sino bajo el dominio de Nuestra Señora (San Alfonso
María de Ligorio, Las Glorias de María)
Con Pablo VI
la invocamos: Tú Socorro de los obispos, protege y asístelos en su misión
apostólica. Asiste a todos los que colaboran con ellos: sacerdotes, religiosos
y seglares. Acuérdate del pueblo cristiano que se confía a Ti. Mira con ojos
benignos a nuestros hermanos separados y dígnate unirlos, Tú que has engendrado
a Cristo, puente de unión entre Dios y los hombres.
Haz que toda
la Iglesia pueda elevar al Dios de las misericordias el majestuoso himno de
alabanza y agradecimiento, de gozo y de alegría, puesto que grandes cosas ha
obrado el Señor por medio de Ti, ¡oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen
María! (Pablo VI, oración luego de la proclamación).
María
Santísima es la Virgen perfecta y perpetua
En la
plenitud de los tiempos,
Fue Virgen no
sólo de cuerpo, sino también de espíritu (San Ambrosio). Por ello nos complacemos
en aclamarla como Virgen perpetua y perfecta, antes del parto, en el parto y
después del parto (Paulo IV, 1555). Como lo expresan –con delicadeza y
belleza- los sagrados íconos del Oriente, en los que
El Nacimiento
de Jesucristo fue milagroso. Por lo tanto, no quebrantó su virginidad, antes la
consagró (Vaticano II, Lumen Gentium) porque el Señor Niño salió de su Purísimo
seno como un rayo de sol traspasa un cristal, sin romperlo ni mancharlo,
afirmaron Padres y doctores, expresión que quedó para siempre al asumirla el
Catecismo de San Pío X, y así lo proclama la Liturgia (lex orandi, lex
credendi; la ley de la oración es la ley de la fe): “Sicut sidus radium,
profert virgo filium, pari forma” (Como un rayo del cielo, de manera
semejante, da a luz la virgen al Hijo).
¡Milagroso!
Entre júbilo da María a luz a un Niño, que es más antiguo que la creación, y no
yace agotada y pálida por los dolores del parto. María da a luz a su Niño no
entre dolores, sino entre alegrías (Obispo Zenón de Verona, contemporáneo de
San Ambrosio).
Y de esa enseñanza
de fe de la Iglesia de veinte siglos, se desprende que el parto virginal de
María se cumplió no sólo sin molestias ni dolores por ser la Inmaculada de
Dios, sino en un éxtasis y entre fulgores celestiales. Como pinta el Nacimiento
del Mesías el gran Fray Luis de León: En resplandores de santidad del vientre y
de la aurora.
Y agrega
Kattum: El parto virginal se asemeja al Nacimiento del Verbo de Dios del seno
del Padre: luz de luz ( Y repite la expresión del Catecismo: el rayo de sol que
atraviesa el cristal)
Así nos lo
dicen también los relatos unánimes de los místicos de todos los tiempos. ¿Es
que podía nacer de otra forma el Hijo de Dios?
San Antonio
de Padua, el Doctor Evangélico, nos completa la enseñanza de la Iglesia sobre
el misterio de
María
Santísima, al término de su vida terrena, fue Asunta en cuerpo y alma a los
Cielos
Y al creer,
con todo el fervor de nuestra fe, en ésa su asunción triunfal en alma y cuerpo
al cielo, donde es aclamada Reina por todos los coros de los Ángeles y por toda
la legión de los santos, nos unimos a ellos para alabar y bendecir al Señor,
que la ha exaltado sobre todas las demás criaturas, y para ofrecerle el aliento
de nuestra devoción y de nuestro amor. (Pío XII, oración después de la
proclamación dogmática).
Dice el
Señor: Yo llenaré de gloria el solio de mis pies. Los pies del Señor significan
aquí su humanidad. Y el solio de la humanidad del Señor fue
Claramente
con esto se tiene que
En María el
alumbramiento ha guardado intacta su virginidad, y cuando abandona la vida, su
cuerpo es conservado, y lejos de desaparecer se convierte en un tabernáculo más
puro y más divino sobre el que la muerte no ejerce más poder, y que subsiste
por los siglos de los siglos. Era justo que así como Dios había descendido
hacia Ella, Ella fuera elevada a un tabernáculo más alto y más precioso, el
mismo cielo. Era necesario que Ella que había dado asilo en su seno al Verbo de
Dios, fuera colocada en los divinos tabernáculos de su Hijo. Era necesario que
siendo la Esposa elegida por Dios viviese en la morada del cielo (San Juan
Damasceno).
María
Santísima fue constituida Corredentora junto al Redentor
Por la
naturaleza de su obra, el Redentor debió asociar a su Madre a su obra. Por esta
razón la invocamos con el titulo de Corredentora. Ella nos dio al Salvador, lo
acompañó en la obra de la Redención hasta la Cruz misma, compartiendo con Él
los dolores de la agonía y de la muerte en
Cuando María
se ofreció a Dios completamente, junto a su Hijo en el templo, ya participaba
con Él de la dolorosa expiación a favor del género humano. Es, por tanto
cierto, que Ella participó en las mismas profundidades de su alma con sus más
amargos sufrimientos y con sus tormentos. Finalmente fue ante los ojos de María
que se consumó el divino Sacrificio, para el cual había dado a luz y criado a
la víctima (León XIII, Enc. Jucunda semper, 1894).
Ella estuvo en
el Calvario por divina disposición. En comunión con su Hijo doliente y
agonizante, soportó el dolor y casi la muerte, abdicó sus derechos de Madre
sobre su Hijo para conseguir la salvación de los hombres y para apaciguar la
ira divina, y en cuanto de Ella dependía, inmoló a su Hijo (Benedicto XV, Carta
Apostólica Inter. Sodalicia, 22 de mayo de 1918)).
A
consecuencia de esa unión en el sufrimiento e intención existente entre Cristo
y María, ella mereció ser dignamente la reparadora del mundo perdido y, por
ende, la dispensadora de todos los favores que Jesús nos adquirió con su muerte
y con su sangre. Ella nos merece “de congruo”, como dicen, lo que
Cristo nos mereció “de condigno” (San Pío X, Enc. Ad diem Illum,
1904).
Porque en ese
sacrificio había dos altares, uno en su Corazón, otro en el Cuerpo de Cristo.
Cristo inmolaba su Cuerpo, Ella inmolaba su alma (Juan Pablo II). Por ello la
reconocemos como la Corredentora del linaje humano (León XIII, San Pío X,
Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Juan Pablo II).
María
Santísima es la Medianera de todas las Gracias
María es
justamente invocada como la Mediadora de las Gracias (Juan Pablo II, 17 de
sept. de 1989 discurso en Orte, Italia)
¡María es la
Dispensadora de las Gracias de Dios! (Oficio de los Griegos) Ella fue llamada
por
María es la
Tesorera y Dispensadora de las misericordias de Dios, Y su Purísimo Corazón
está repleto de caridad, de dulzura y de ternura para con nosotros pecadores.
(Beato Pío IX, oración a Nuestra Señora de la piedad).
Ella recibe
totalmente la oculta gracia del Espíritu y ampliamente
Mi Santísima
Señora, Madre de Dios, llena de gracia, Vos sois la gloria de nuestra
naturaleza, el canal de todos los bienes, la Reina de todas las cosas después
de la Trinidad, la Mediadora del mundo después del Mediador; Vos sois el puente
que une la tierra con el cielo, la llave que nos abre las puertas del paraíso,
nuestra Abogada, nuestra Mediadora. Mirad mi fe, mirad mis piadosos anhelos y
acordaos de vuestra misericordia y de vuestro poder (San Efrén).
María
Santísima es la Abogada del pueblo de Dios
Esta Virgen
excelsa, que es Madre de vuestro Juez y vuestro Dios, ésta es la Abogada del
género humano, idónea, que puede cuanto quiere delante de Dios; sapientísima,
que sabe todos los modos de aplacarle; universal, que a todos acoge y no rehusa
defender a ninguno (Santo Tomás de Villanueva)
María es
nuestra Abogada, que por ser la Madre de Jesús, jamás deja de ser oída (San
Buenaventura) Acercándose Ella al trono de su Divino Hijo, como Abogada pide,
como Esclava ora, y como Madre manda (Pío VII, Breve “Tanto
studio”19 de febrero de 1805).
Con el Beato
Juan XXIII nos emocionamos al invocarla: Oh María, Tú ruegas con nosotros. Lo
sabemos. Lo sentimos. ¡Oh, qué realidad más deliciosa, qué gloria más soberana
! (Juan XXIII, Diario de un alma)
Y a Ella
clamamos según el sentir más profundo de la Iglesia:
Señora, lo
que pueden obtener las intercesiones de todos los santos unidos con Vos, bien
puede obtenerlo vuestra intercesión sola, sin ayuda de ellos.
Y ¿por qué
Vos sola sois tan poderosa? Porque Vos sola sois la Madre de nuestro salvador,
Vos la Esposa de Dios, Vos
Si Vos no
habláis por nosotros, ningún santo abogará a favor nuestro. Pero si Vos oráis,
todos los santos tendrán empeño en orar por nosotros y socorrernos (San
Anselmo).
Tú eres tan
poderosa delante de Dios, que, como canta Dante Alighieri, quien deseando la
gracia, no recurre a Ti, pretende volar sin alas (Pío XII).
¡Ea pues
Señora, Abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y
muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre! (Salve Regina).
María
Santísima es
El Papa de la
paz, Benedicto XV, exclamaba: ¡Te hemos tomado por nuestra Patrona, porque Tú,
Leemos en las
Glorias de María, del Doctor Mariano San Alfonso María de Ligorio: Tanto os ha
ensalzado el Señor, Virgen Santa, que, con su favor, podéis obtener a vuestros
devotos todas las gracias posibles; porque vuestra protección es omnipotente,
añade Cosme de Jerusalén.
Sí,
omnipotente es María –añade Ricardo de San Lorenzo- porque según las
leyes, de los mismos privilegios gozan las reinas que los reyes. Siendo pues,
igual el poder del Hijo y de la Madre, por ser omnipotente el Hijo, ha hecho
omnipotente a
María,
situada a la derecha de su unigénito Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, alcanza
con sus valiosísimos ruegos maternales, y encuentra lo que busca, y no puede
quedar decepcionada (Beato Pío IX, Ineffabilis Deus).
María tiene,
en su calidad de Madre del Altísimo un poder igual a su querer. Ella no puede
dejar de ser atendida porque Dios condesciende en todo y por todo al querer de
su buena Madre. Ella nos salvará por sus plegarias, la inteligencia es incapaz
de concebir el poder de su intercesión. (San Germán de Constantinopla).
Por eso dice
San Bernardo: ¿Tienes que acudir al Padre, busca al Mediador que es Jesús.
¿Pero es que también temes a Éste? Pues acude a María, que siempre es escuchada
por la reverencia de Madre.
María
Santísima es Auxiliadora y Socorro para todos sus hijos
María es
refugio segurísimo de todos los que peligran, fidelísima auxiliadora y
poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su
unigénito Hijo; Ella, gloriosísimo ornato de la Iglesia santa, firmísimo
baluarte que destruyó siempre todas las herejías, y libró siempre de las
mayores calamidades de todas clases a los fieles y a las naciones. (Beato Pío
IX, Ineffabilis deus)
Ella siempre
ha librado al pueblo cristiano de las calamidades, los enemigos y
Oh María, ¡Tú
eres verdaderamente espléndida Auxiliadora de los Cristianos! Acudimos a Ti, a
fin de que seas propicia a muestras plegarias, y otórganos el implorado
socorro, Tú que también mereciste ser llamada nuestro Socorro (León XIII).
María
Santísima es la Señora del Santísimo Sacramento
María es
Nuestra Señora del Santísimo Sacramento (San Pedro Julián Eymard, San Pío X). A
Ella debemos rendir muchas acciones de gracias, pues el Cuerpo de Cristo que
Ella engendró y llevó en su seno, que envolvió en pañales, que alimentó con
solicitud materna, es el mismo Cuerpo que recibimos en el altar. No hay
palabras humanas que sean capaces de alabarla dignamente porque de Ella tomó su
carne el Mediador entre Dios y los hombres.
Cualquier
honor que le pudiésemos dar, está por debajo de sus méritos, ya que Ella nos ha
preparado en su castísimo seno la Carne inmaculada que alimenta nuestras almas.
Eva comió un fruto que nos privó del eterno festín, y María nos presenta otro
que nos abre la puerta del banquete celestial (San Pedro Damián).
Cuando, en la
Visitación, llevó en su seno el Verbo hecho carne, se conviertió de algún modo
en «tabernáculo» –el primer «tabernáculo» de la historia– donde el
Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la
adoración de Isabel, como «irradiando» su luz a través de los ojos y la voz de
María. María y Eucaristía son inseparables. Por eso, el recuerdo de la Virgen
en el celebración eucarística es unánime, ya en la antigüedad, en las Iglesias
de Oriente y Occidente. (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucaristía, Jueves Santo
del 2004)
María
Santísima es Reina y Señora de todo lo creado
Cristo es
Señor de todo por haber creado todas las cosas, y Ella es Señora de todas esas
cosas porque las ha elevado a su dignidad original por la Gracia que mereció
(discípulo de San Anselmo, citado por Pío XII en su Enc. Ad Coeli Reginam).
Pero Cristo, además de ser Señor y Rey por naturaleza, lo es por conquista y
María fue asociada a Él en esta conquista que es la redención (Pío XII,
ibídem).
Cristo quiso
que María compartiera la pena de la Pasión para que así Ella pueda ser la Madre
de todos mediante
Su mismo
nombre, María, significa Señora, proclamada así por los Padres y los Santos en
la tradición, desde antiguo (Pío XII, Ad Coeli Reginam)
Ella fue
siempre aclamada por la Iglesia como Señora de todos los cristianos (Gregorio
II, Séptimo Concilio Ecuménico). María es la Dueña, Dominadora y Señora de todo
( Padres y Santos, citados por Pío XII):
María es la
Reina que está a la diestra del Rey, vestida con mantos dorados, muy
engalanada, con esa frase bíblica comienza
María
Santísima es Reina de los Ángeles, de los Patriarcas, de los Profetas, de los
Apóstoles, de los Mártires, de los Confesores, de las Vírgenes, y de todos los
Santos (Letanías Lauretanas).
Ella, gloria
de los profetas y los apóstoles, y honra de los mártires, alegría y corona de
todos los santos; (Beato Pío IX, Ineffabilis Deus). Ella es Nuestra Gloriosa
Señora (Benedicto XV, Gloriosa Domina).
María
Santísima es la Reina del Sacratísimo Rosario, el arma invencible de todos los
tiempos
Tan pronto se
instituyó el Rosario, inmediatamente penetró en todas las clases de la sociedad
y se divulgó en todas partes. Y el pueblo cristiano que tiene variadas maneras
de honrar a la Virgen, siempre lo prefirió especialmente y se lo ofreció
pública y privadamente, en casas y en familias formando comunidades,
dedicándole altares y realizando procesiones puesto que en el Rosario se
encierra y compendia el culto que se le debe. (León XIII)
El Rosario
produce siempre nuevos y dulces frutos de piedad (León XIII). Creemos que Ella
misma, como Celestial Reina ha concedido gran eficacia a tal modo de orar por
el hecho de que haya sido introducido y propagado –inspirado por Ella-
por el glorioso Santo Domingo en tiempos sumamente adversos al cristianismo,
semejantes a los nuestros, como arma poderosísima para desbaratar a los
enemigos de la fe (León XIII).
Numerosos
signos muestran como María ejerce también hoy, a través de esta oración, su
solicitud materna para con todos sus hijos. En los últimos dos siglos, María,
la Madre de Cristo, ha hecho notar su presencia y su voz para exhortar al
Pueblo de Dios a recurrir al Rosario (Juan Pablo II). Por eso el amado San Pío
de Pietralcina nos dejó este testamento: “Rezad y haced rezar el Rosario,
amad y haced amar a María”.
María
Santísima es Reina del mundo, de la familia y de la Paz
María
Santísima fue coronada por el Papa Pío XII como Reina del mundo y de la Paz, en
la Capelinha de Fátima y en el icono Salud del pueblo romano. Reina de la Paz
fue proclamada por Benedicto XV, y Reina de la Familia por Juan Pablo II. A
Ella rogamos por el mundo, por la paz y por la familia.
Ponemos
nuestras esperanzas en la poderosísima intercesión de la Virgen, invocándola
incesantemente para que se digne adelantar la hora en que de un extremo al otro
de la tierra se cumpla el himno angélico: ¡Gloria a Dios en las alturas, y paz
a los hombres de buena voluntad! (Pío XII)
María
Santísima es nuestra Madre y Reina en sus innumerables títulos, y que la
veneramos en infinidad de iconos e imágenes
A María
Santísima alabamos y rogamos en las santísimas imágenes de toda la redondez de
la tierra en templos y Capillas como en las casas de familia, y sobre todo en
los magníficos iconos del Oriente Cristiano, y en las imágenes prodigiosas y
milagrosas que se veneran en Occidente, muchas de ellas coronadas por los Sumos
Pontífices y los obispos.
María
Santísima es Rosa Mística del paraíso (León XIII). Ella es Salud para los
cuerpos afligidos y atormentados por las enfermedades, Salud también para las
almas, Salud de cada uno de nosotros sus hijos, y de todo el pueblo cristiano,
al que le ha manifestado su defensa y protección en las desgracias y
calamidades (Pío XII).
Ella es
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro (Icono milagroso de la Pasión) la Madre de
A Ella
suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas (Salve Regina): como
Consuelo de los afligidos, Refugio de los pecadores, y Auxilio de los
Cristianos (Letanías Lauretanas), porque por Ella lleva a todos los enfermos el
remedio, luce para los que viven en tinieblas el sol de justicia y es áncora y
puerto segurísimo para cuantos sufren los embates de la
Que Dios
manifestó su voluntad de instaurar en el mundo la devoción a su Corazón
Inmaculado
Así lo
expresó en Fátima la Señora del Rosario, y así lo creyeron e impulsaron muchos
cristianos encabezados por los Sumos Pontífices.
El Corazón de
María, la Madre de Dios y Madre nuestra, es el Corazón amabilísimo, objeto de
las complacencias de
El Purísimo
Corazón de María es tierno, sensibilísimo, solícito, generoso, compasivo,
amantísimo, afligido, angustiado, zarandeado, fatigado, martirizado,
atravesado, amargado (Pío VII, 14 de enero de 1815).
Nada se ha de
temer, de nada hay que desesperar, si
Por eso
renovamos y ratificamos en nuestros corazones y hogares, la consagración al
Inmaculado Corazón de María, que en respuesta a sus llamados de Fátima,
realizaron los Papas Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II, y rogamos que se
acelere la ahora de su triunfo, y del triunfo del Reino de Dios (Pío XII, 13 de
mayo de 1946),
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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