Publicación diaria para
Miércoles de
la segunda
XIV del tiempo
ordinario
San Adriano
III
Jesús envió a estos doce
Génesis
41,55-57; 42,5-7.17-24
55 Cuando se sintió el hambre en Egipto, el
pueblo clamó al Faraón pidiendo pan. Y el Faraón dijo a todos los egipcios: «Id
a José y haced lo que él os diga». 56 José,
viendo que el hambre se había extendido por todo el país, abrió los graneros y
vendía a los egipcios; el hambre se iba agravando más y más en Egipto. 57 De todos los países venían a Egipto a comprar trigo a José,
porque el hambre se había endurecido por toda la tierra.
5 Los hijos de Israel fueron con otros a
comprar grano porque había hambre en la tierra de Canaán. 6 José era el señor del país y vendía el grano a todo el
mundo. Los hermanos de José llegaron y se postraron ante él rostro en tierra. 7 José nada más ver a sus hermanos los reconoció, pero fingió
no conocerlos y los trató duramente. Les dijo: «¿De dónde venís?». Ellos respondieron:
«De la tierra de Canaán a comprar víveres».
17 Y los metió a todos en la cárcel por tres
días. 18 Al tercer día José les dijo: «Haced esto
para salvar la vida, porque yo temo a Dios: 19 si
sois hombres sinceros, que uno de vosotros quede preso, y los demás partid y llevad
el grano para remediar el hambre de vuestra familia. 20 Pero habéis de traerme a vuestro hermano menor. Así serán
verificadas vuestras palabras y no moriréis». Ellos lo hicieron así. 21 Y se decían unos a otros: «Verdaderamente estamos pagando
lo que hicimos con nuestro hermano. Lleno de angustia nos pedía clemencia, y no
le hicimos caso. Por eso nos ha venido esta desgracia». 22 Rubén les respondió: «Ya os dije yo que no hicierais ningún
mal al muchacho, pero no me escuchasteis. Ahora se nos pide cuentas de su
sangre». 23 Ellos no sabían que José les entendía,
porque entre él y ellos había un intérprete. 24
Entonces se retiró y lloró. Después volvió y les habló; y tomó a Simeón y, en
su presencia, mandó que lo metieran en la cárcel.
Salmo 32,2-3.10-11.18-19
2 Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su
honor con el arpa de diez cuerdas;
3 cantadle un cantar nuevo,
dad un buen
concierto de instrumentos y de voces,
10 El Señor desbarata el plan de las naciones
y deshace los
proyectos de los pueblos;
11 pero el plan del Señor subsiste
eternamente,
sus proyectos,
por todas las edades.
18 Pero el Señor se cuida de sus fieles,
de los que
confían en su misericordia,
19 para librarlos de la muerte
y sostenerlos
en tiempos de hambre.
Mateo 10,1-7
1 Reunió a sus doce apóstoles, y les dio
poder de echar los espíritus inmundos y de curar todas las enfermedades y
dolencias. 2 Los nombres de los doce apóstoles son:
primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan,
hijos de Zebedeo; 3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el
publicano; Santiago, el de Alfeo, y Tadeo; 4
Simón el Cananeo y Judas el
Iscariote, el
que le traicionó. 5 Jesús envió a estos doce con estas
instrucciones: «No vayáis por tierra de paganos, ni entréis en ciudad de samaritanos.
6 Id a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 7 Id predicando que el reino de Dios está cerca.
Como en el
cuento de Namaan, cfr. 2 reyes 5, el leproso, despreciado por el modo en que el
profeta Eliseo le propuso cumplir el milagro de su curación, así, el Dios
omnipotente sigue prefiriendo lo que es simple y humilde a los ojos de los
hombres, para realizar las grandes obras de su misericordia. La lista de los
apóstoles nos da una posterior comprobación. Se trata de hombres de humilde
condición social, incultos, a veces pecadores proclamados a los ojos del
pueblo. Mateo, en su mismo evangelio, no omite de identificarse como publicano.
Parece casi como si quiera decirle al lector: “No, no has escuchado mal,
son estos los hombres que elige el Señor".
A menudo, en
la vida cristiana, necesitamos recordar esta lección de Dios. Los hombres que
Dios elige no son elegidos porque son más perfectos que otros, sino porque
fueron predilectos del amor y de la misericordia de Jesús, según el plan
misterioso de Dios. Los poderes extraordinarios de que son dotados sus
ministros no son fruto de su mérito personal sino por generosa concesión de
Dios que, para llevar el regalo de su misericordia infinita a nosotros pobres
pecadores, ha elegido hombres incluso pecadores.
El hecho
importante no es que un sacerdote sea simpático o antipático, sino que por ser
enviado y elegido por Dios nos trae el mensaje de salvación, de paz y de gozo a
nuestras vidas. Por ello cuando nos cueste reconocer a Dios en sus
representantes, en la misa, en la confesión o en las expresiones de autoridad
moral, pidamos luz a Dios. Él siempre está ahí, incluso ahí donde al principio
no lo vemos, donde hay mediocridad, poquedad y debilidad. No dejemos de rezar
por ellos en este año que el Papa Benedicto XVI nos ha pedido que recemos
especialmente por ellos.
San Adriano III
San Adriano
sucedió al Papa Marino I en el año 884, durante una época particularmente
tumultuosa de la historia del pontificado.
El nuevo
Pontífice adoptó al rey de Francia, Carlomán, por hijo espiritual y tomó
medidas para impedir que el obispo de Nimes siguiese molestando a los monjes de
la abadía de Saint Giles. También se dice que castigó con una severidad digna
de sus crímenes al antiguo cortesano, Jorge del Aventino, y a la rica viuda de
otro cortesano que había sido asesinado en el atrio de San Pedro.
Como es bien
sabido, en la Roma de fines del siglo IX se cometieron crímenes horribles. El
año 885, el emperador Carlos el Gordo invitó a San Adriano a una dieta reunida
en Worms. Ignoramos qué razones tenía para invitar especialmente al Papa; en
todo caso, el emperador no llegó a ver cumplidos sus deseos, pues San Adriano
enfermó durante el viaje y murió en Módena, en julio o en septiembre.
Fue sepultado
en la iglesia abacial de San Silvestre de Nonántola. El pontificado de San
Adriano duró catorce o dieciséis meses; lo poco que sabemos sobre él, no nos
proporciona ningún detalle sobre su santidad personal, pero lo cierto es que,
desde su muerte, empezó a venerársele como santo en Módena.
Su culto fue
confirmado en 1891. Durante el breve pontificado de San Adriano III, Roma se
vio asolada por la carestía y el Papa hizo cuanto estuvo en su mano por aliviar
los sufrimientos del pueblo. Flodoardo, el cronista de la diócesis de Reims, le
alaba como padre de sus hermanos en el episcopado.
Mariología XI
¿
¿De qué murió
Royo Marín
responde así a la pregunta: "No parece que muriera de enfermedad, ni de
vejez muy avanzada, ni por accidente violento (martirio), ni por ninguna otra
causa que por el amor ardentísimo que consumía su corazón."
No creamos
que esta afirmación de que el amor a Dios haya sido la causa del fallecimiento
(¿o desfallecimiento?) de María, es una ilusión poética, producto de una piedad
ingenua y entusiasta para con
El Padre
Joaquín Cardoso, s.j. cita a San Alberto Magno: "Creemos que murió sin
dolor y de amor». Nos asegura, además, que a San Alberto siguen otros como el
Abad Guerrico, Ricardo de San Lorenzo, San Francisco de Sales, San Alfonso
María de Ligorio y otros muchísimos."
Y veamos qué
nos dice Juan Pablo II sobre las causas de la muerte de la Madre de Dios:
"Más importante es investigar la actitud espiritual de la Virgen en el
momento de dejar este mundo." Entonces se apoya en San Francisco de Sales,
quien considera que la muerte de María se produjo como un ímpetu de amor. En el
Tratado del Amor de Dios habla de una muerte "en el Amor, a causa del Amor
y por Amor" (Tratado del Amor de Dios, Lib. 7, 12-14; JP II, 25-junio-99.)
Royo Marín
cita a Alastruey, quien en su Tratado de
Es nuevamente
Juan Pablo II quien aclara aún más este punto: "Cualquiera que haya sido
el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya
producido la muerte, puede decirse que el tránsilo de esta vida a la otra fue
para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor
que en este caso la muerte pudo concebierse como una dormición."
Luego
basándose en la tradición para tratar este tema, el Papa nos aclara aún más
este maravilloso suceso:
"Algunos
Padres de la Iglesia describen a Jesús mismo que va a recibir a su Madre en el
momento de la muerte, para introducirla en la gloria celeste. Así, presentan la
muerte de María como un acontecimiento de amor que la llevó a reunirse con su
Hijo Divino, para compartir con El la vida inmortal. Al final de su existencia
terrena habrá experimentado, como San Pablo -y más que él- el deseo de
liberarse del cuerpo para estar con Cristo para siempre." (JP II,
25-junio-97)
Otro ilustre
Mariólogo, Garriguet, también citado por Royo Marín, nos describe más detalles
sobre la vida y la dormición de la Madre de Dios: "María murió sin dolor,
porque vivió sin placer; sin temor, porque vivió sin pecado; sin sentimiento,
porque vivió sin apego terrenal. Su muerte fue semejante al declinar de una
hermosa tarde, como un sueño dulce y apacible; era menos el fin de una vida que
la aurora de una existencia mejor. Para designarla la Iglesia encontró una
palabra encantadora: la llama sueño o dormición de la Virgen."
Pero es el
elocuentísmo predicador francés del Siglo XVI-XVII, Bossuet, Obispo de Meaux,
quien en su Sermón Segundo sobre la Asunción de María nos describe con los más
bellos detalles qué significa morir de amor y cómo fue este maravilloso pasaje
de la vida de la Madre de Dios:
"El amor
profano es quejumbroso y está diciendo siempre: languidezco y muero de amor.
Pero no es sobre este fundamento en el que me baso para haceros ver que el amor
puede dar la muerte.
Quiero
establecer esta verdad sobre una propiedad del Amor Divino. Digo, pues, que el
Amor Divino, trae consigo un despojamiento y una soledad inmensa, que la
naturaleza no es capaz de sobrellevar; una tal destrucción del hombre entero y
un aniquilamiento tan profundo en nosotros mismos, que todos los sentidos son
suspendidos. Porque es necesario desnudarse de todo para ir a Dios, y que no
haya nada que nos retenga. Y la raíz profunda de tal separación es esos
tremendos celos de Dios, que quiere estar solo en un alma, y no puede sufrir a
nadie más que a Sí mismo, en un corazón que quiere amor. (Amarás a Dios sobre
todas las cosas. Si alguno ama a su padre o a su madre o a sus hermanos más que
a Mí, no es digno de Mí)."
"Ya
podemos comprender esta soledad inmensa que pide un Dios celoso. Quiere que se
destruya, que se aniquile todo lo que no es El. Y, sin embargo, se oculta y no
da a ninguno un punto de donde asirlo materialmente, de tal modo que el alma,
desprendida por una parte de todo, y por otra, no encontrado aquí el medio de
poseer a Dios efectivamente, cae en debilidades y desfallecimientos
inconcebibles. Y cuando el amor llega a su perfección, el desfallecimiento
llega hasta la muerte, y el rigor hasta perder la vida."
«Y he aquí lo
que da el golpe mortal: es que el corazón despojado de todo amor superfluo, es
atraído con fuerza al solo Bien necesario, con una fuerza increíble y, no
encontrándolo, muere de congoja. `El hombre insensato´ -dice San Pablo- `no
entiende estas cosas y el sensual no las concibe; pero nosotros hablamos de la
sabiduría entre los perfectos y explicamos a los espirituales los misterios del
espíritu´. Digo, pues, que el alma, desprendida de todo anhelo de lo superfluo,
es impulsada y atraída hacia Dios con una fuerza infinita, y es esto lo que le
da la muerte; porque , de un lado, se arranca de todos los objetos sensibles, y
por otro, el objeto que busca es tan inaccesible aquí, que no puede alcanzarlo.
No lo ve sino por la fe, es decir: no lo ve; no lo abraza, sino en medio de
sombras y como a través de las nubes, es decir, que no tiene de dónde asirlo. Y
el amor frustrado se vuelve contra sí mismo y se hace a sí mismo insoportable.»
«Yo he
querido daros alguna idea del amor de
«No busquéis,
pues, almas santas, otra causa de la muerte de
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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