Publicación diaria para
Miércoles de
la tercera
XV del tiempo
ordinario
San
Pompilio María Pirrotti
Has escondido estas cosas a los sabios y a los
entendidos, y se las has manifestado a los sencillos
Éxodo 3,1-6.9-12
1 Moisés era el pastor del ganado de Jetró,
su suegro, sacerdote de Madián. Llevó el ganado más allá del desierto y llegó
al monte de Dios, el Horeb. 2
Allí se le apareció el ángel del Señor en llama de fuego, en medio de una
zarza. Miró, y vio que la zarza ardía sin consumirse. 3 Moisés se dijo: «Voy a acercarme a ver esta gran visión; por
qué la zarza no se consume». 4 El
Señor vio que se acercaba para mirar y lo llamó desde la zarza: «¡Moisés! ¡Moisés!».
Y él respondió: «Aquí estoy». 5
Dios le dijo: «No te acerques. Descálzate, porque el lugar en que estás es
tierra santa». 6 Y añadió: «Yo soy el Dios de tu padre, el
Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Moisés se tapó la cara,
porque temía ver a Dios.
9 El clamor de los israelitas ha llegado
hasta mí. He visto también la opresión con que los egipcios los tiranizan. 10 Anda; yo te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi
pueblo, a los israelitas. 11 Moisés dijo al
Señor: «¿Quién soy yo para ir al Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?». 12 Dios le dijo: «Yo estaré contigo, y ésta será la señal de
que yo te he enviado: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, adoraréis a Dios
sobre este monte».
Salmo 102,1-4.6-7
1 De David
Bendice, alma
mía, al Señor,
y todo mi ser
su santo nombre;
2 bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides
sus muchos beneficios.
3 Él te perdona todos tus delitos
y te cura de
tus enfermedades;
4 él rescata tu vida del sepulcro
y te colma de
amor y de ternura;
6 El Señor hace justicia
y libera a
todos los oprimidos;
7 él reveló sus caminos a Moisés
y sus
portentos a los israelitas.
Mateo
11,25-27
25 En aquel tiempo Jesús dijo: «Yo te alabo,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los
sabios y a los entendidos, y se las has manifestado a los sencillos. 26 Sí, Padre, porque así lo has querido.
Es necesario
ponerse las gafas de la fe para contemplar todas las maravillas y tesoros que
Dios hizo para nosotros. Ríos, mares, montañas nevadas, amaneceres y
atardeceres, el amor de una madre y la caricia de un padre. Sin embargo, es
justo mirar estas maravillas de Dios para reconocer su misericordia y su amor.
La luz, en virtud de las personas, circunstancias y acontecimientos adquiere un
valor nuevo que nunca podrían tener. En efecto, viniendo al mundo y viviendo
entre nosotros, Jesús siempre ha preferido la sencillez y la claridad, a la
oscuridad y maldad.
Sin embargo,
podemos decir que Dios es oscuro e incomprensible, hasta inexistente para los
soberbios que tienen el corazón cerrado en sí mismos que piensan no tener
necesidad de nadie, tampoco de Dios sino sólo de sí mismos. Es el mismo hombre
quien se crea complicaciones mentales para hacer inaccesible el conocimiento y
aceptación de la voluntad de Dios. Así, ¿cómo puede dar el salto a la fe si su
corazón está recargado por el inútil equipaje de sus hipocresías y de sus
muchas inquietudes? Aquella" sabiduría" es pesada a los que se
consideran “sabios” del mundo pero es vital para el fiel cristiano,
que se tira con los ojos cerrados en las manos de Dios. Aprendamos, por ello, a
practicar la humildad del corazón y de la mente.
Liberémonos de
los pesados fardos que nos oprimen y respiremos a pleno pulmón el aire fragante
del conocimiento personal del amor de Dios.
San Pompilio
María Pirrotti
En la tarde
del 15 de julio de 1766, víspera de la Virgen del Carmen, rendía a Dios su alma
de apóstol el santo escolapio Pompilio María.
Nacido el 39
de septiembre en 1710, sintió a los dieciséis años el llamamiento a la vida
religiosa, y a raíz de la cuaresma predicada en su patria, Montecalvo Irpino,
por el padre rector de las Escuelas Pías de la vecina capital de Benevento,
localidades ambas de la Italia meridional, escapó de su casa al colegio de
residencia del fervoroso predicador y le pidió la sotana calasancia.
Las razones de
su buen padre, que siguió tras él, y era notable abogado, fueron estériles ante
la firme decisión del hijo. Y el noviciado y el neoprofesorio, con sus
estudios, no hicieron sino continuar el tenor de vida inocente y penitente que
ya en casa había llevado. Allá, en efecto, muchas noches, tras la disciplina y
la oración mental, el sueño se apoderaba de él en el propio oratorio doméstico
y le tendía en el pavimento, con la cabeza apoyada sobre la tarima del altar,
hasta la mañana siguiente.
Terminada la
carrera escolapia, ejerce el apostolado de la enseñanza durante catorce años,
el primero de ellos con primeras letras en Turi y los trece restantes, con
Humanidades y Retórica, en Francavilla, Brindis, Ortona, Chieti y Lanciano, más
la prefectura de las Escuelas y la presidencia de la Archicofradía de
De su
apostolado entre los alumnos se recuerdan rasgos de sobrenatural penetración.
Uno de ellos es en Lanciano. Al comenzar su clase le advierten los chicos la
ausencia de Juan Capretti. El padre Pompilio se reconcentra y a los pocos
segundos exclama: "¡Pobre Capretti! No puede venir porque está moribundo...
Pero no será nada. Vayan dos en seguida a preguntar por él". Y corren dos
muchachos a su Casa con la anhelante pregunta. Sus padres se extrañan,
habiéndole oído levantarse y creyendo que estaba en la escuela con toda
normalidad. Suben temerosos a la habitación y, efectivamente, lo encuentran en
el suelo, de bruces, sin sentido, próximo a expirar. Sobresaltados le levantan,
le acuestan, le llaman repetidas veces, y al fin el pobre accidentado empieza a
volver en sí, balbuciendo entre sollozos: "¡Padre Pompilio, padre
Pompilio!". No sabía sino que, al levantarse, había sido presa de dolores
y escalofríos que le hacían desfallecer sin dejarle gritar. Después sólo sabía
que le había llamado su maestro y que ya se sentía vivir. Al volver al colegio
los dos emisarios el padre tomó pie para encarecer la necesidad de estar a
todas horas en gracia del Señor. Ni hay que añadir el prestigio de que
aureolaban al humilde padre sucesos semejantes.
Pero en
aquella misma etapa docente, de
Pronto merece
el dictado de apóstol de los Abruzos, tras intervenciones maravillosas que
impresionan a poblaciones enteras. En el mismo Lanciano, último de los colegios
de esta etapa, cercana ya la hora de medianoche, Pompilio sale una vez de su
habitación, abre la puerta de la iglesia, sálese a las calles vecinas y empieza
a clamar despertando a los despreocupados durmientes, para que se levanten
todos y acudan al templo, pues él inmediatamente les va a predicar. Hasta hace
lanzar a vuelo las campanas llamando a sermón.
Ante tamaña
novedad todo Lanciano se alborota y se arremolina en torno al púlpito del
apóstol. Y el santo vidente les anuncia estremecido que un horrendo terremoto
se va a dejar sentir en toda la comarca, pero que ellos no teman, pues su
celestial Patrona la Virgen del Puente intercede de manera singular por la
afortunada población.
En efecto, aún
está hablando cuando un ronco fragor subterráneo, que avanza desde la lejanía,
hace temblar el suelo y vacilar los edificios, oprimiendo de espanto y
crispando de nerviosismo a la totalidad del auditorio. Afortunadamente, el
seísmo se desvía, y un respiro de alivio sucede al agobio. La alarma del Santo
no ha sido vana. La explosión de gratitud tras la oleada de terror es confesión
colectiva del fruto de aquellas vigilias, henchidas de proféticas visiones, en
que el santo predicador, cual otro Abraham, participa en la mediación y el
secreto de los castigos y de las condescendencias divinas.
Segunda etapa
en la vida escolapia de San Pompilio es su estancia en Nápoles por otros doce
años, 1747-1759. Tanto en el colegio de Caravaggio como en el de la Duquesa,
ambos en la capital del reino napolitano, hallará campo más vasto para su celo.
Desde Lanciano había solicitado del Papa el título de misionero apostólico.
Benedicto XIV no le contestó; pero intensificó las misiones en las Dos
Sicilias, en tanto que los superiores de la Orden desligaban a Pompilio de la
tarea de la enseñanza para dedicarle plenamente a capellán permanente,
predicador cotidiano y a confesor continuo de chicos y grandes en la iglesia de
los respectivos colegios. Y en tal ambiente, y como director de la
Archicofradía de la Caridad de Dios, se entrega a una vida apostólica
fervorosísima, que Dios sella con incontables y sorprendentes prodigios. Tal
vez hace falta en Nápoles un revulsivo así, cuando el regalismo de Tanucci,
ministro del rey Carlos, el que luego en España será Carlos III, amenaza a la
Iglesia en el reino no menos que el jansenismo de los capellorini.
Una madre
acude un día a la iglesia de Caravaggio con el inaplazable problema de que se
le ha caído su hijito a un pozo. Pompilio se compadece, parte con ella hasta el
brocal, hace la señal de la cruz, y en los procesos consta la maravilla de que
el nivel de las aguas empieza a subir, como si el pozo las regurgitara, hasta
que aflora el niño, ileso y sonriente, al alcance de la mano de su madre
enloquecida.
Una penitente
del taumaturgo sufre los malos tratos de su marido, hombre vicioso y de áspera
condición. Se encomienda a las oraciones de su confesor y experimentan las
cosas tal cambio que hasta el esposo invita a un paseo por el campo el próximo
domingo a su antes odiada mujer. Corre ella a contárselo al confesor, pero
éste, sin darle total crédito, la pone en recelo y la aconseja que le llame, si
llega a verse en peligro. Realízase lo del paseo dominical, mas ya en pleno
campo el pérfido consorte saca un cuchillo y trata de asesinarla; pero, al
invocar ella al padre Pompilio, aparece su figura demacrada y austera, arrebata
el arma al asesino y le increpa de tal forma que cae de hinojos compungido y
con promesa de confesión. Va, efectivamente, a confesarse a la mañana siguiente
con el propio San Pompilio, y éste le muestra el consabido cuchillo. Pero lo
más notable es que, a la hora precisa del frustrado atentado, el Santo estaba
en público, en el púlpito de su iglesia, e interrumpió unos momentos su sermón,
como abstraído en otra cosa, y lo continuó después sin aludir a nada. No tardó
en saberse todo y quedó depuesto en los testimonios procesales. La bilocación
no es fenómeno desconocido en las vidas de los santos.
Más tierno y
humano fue el incidente del sermón del 17 de noviembre de 1756. Lo interrumpió
en el momento más inspirado de un párrafo vibrante; permaneció mudo unos
minutos, que al expectante público parecieron eternos, y a continuación
explicó: "Suplico un requiem aeternam por el alma bendita de mi madre, que
en este instante acaba de fallecer". Y así innumerables hechos asombrosos.
Mas la
santidad no se prueba en los prodigios, sino en la tribulación y el
sufrimiento. ¿Fue política externa de regalismo? ¡Fue política interna de
separación de provincias entre la Pulla y la Napolitana? ¿Fueron —y es lo
más probable— maquinaciones de los capellonni jansenistas que chocaban
con las misericordiosas benignidades del confesonario del padre Pompilio? Lo cierto
es que tanto del palacio real como de la cancillería arzobispal salieron
órdenes a principios de 1759 suspendiendo del ministerio y desterrando del
reino al taumaturgo de Nápoles. Los caballos de la calesa que le llevó primero
al colegio de Posilino no quisieron arrancar hasta que el padre rector dio por
obediencia la orden al propio desterrado. Consumado el primer paso, llegó de
Roma el destino a Luga, en la Emlia, y a Ancona, en las Marcas, regiones
centrales de Italia con colegios que no eran de la Pulla ni de Nápoles.
De cuatro años
fue esta que podemos llamar tercera etapa de la vida apostólica de San
Pompilio, ni menos fervorosa ni menos fecunda que
Pero no hay
que omitir el doble carácter de externa austeridad y de dulzura interior que
tiene las dos caras de la espiritualidad pompiliana. En pleno siglo XVIII, el
de Voltaire y Rousseau, del enciclopedismo y del regalismo, del iluminismo y
racionalismo, pródromos de
Fue canonizado
el 19 de marzo de 1934 por S.S. Pío XI.
Mariología XV
La historia
de María
El valor de
la vida de María.
- ¡Es una
niña!¡es una niña!, se oye al fondo de la casa de Nazaret. Y el eco salta por
la callejuelas estrechas, hasta la plaza. -¡Mirad, mirad qué ojos, son los de
su padre...! - Y la barbilla, de su madre... Alborozado desorden en los
comentarios. La Niña encantaba nada más verla. Le pondrían por nombre María, y
llegaría a ser -a la sazón nadie lo sospechaba- Madre de Dios y Madre nuestra.
En la fiesta
de la Natividad de Nuestra Señora, celebramos aquel acontecimiento maravilloso,
de trascendental sencillez para la Humanidad.
Al
levantarnos e invocarla -como todos los días-, cada uno le habrá dicho palabras
distintas, pero todas expresivas del profundo cariño que, en este día, adquiere
una carga de amor más intenso. Nuestro corazón se ha alzado en acción de
gracias a Dios por haberla creado como es: Llena de gracia. El mundo se hallaba
en tinieblas. La sombra del pecado lo oscurecía todo. Pero aquel día en que
nació la Inmaculada, despuntaba la Aurora anunciando el gran Día,
Una eterna
juventud
¿Cuántos años
cumple hoy la Virgen? Mil novecientos... y muchos. No le importa -al contrario-
que sus hijos le recordemos que cumple tantos. Para nuestra Madre el tiempo ya
no pasa, porque ha alcanzado la plenitud de la edad, esa juventud eterna y
plena que se consigue en el Cielo, donde se participa de la juventud de Dios,
quien, al decir de San Agustín, «es más joven que todos»1, porque es inmutable
y eterno, ¡no puede envejecer! ¡No tiene barbas blancas, por más que la
imaginación acuda a ellas para representar la eternidad!. Si Dios hubiera
comenzado a existir, ahora sería como el primer instante de su existencia.
Pero, no. Dios no tiene comienzo ni término, «es» eternamente, pero no
«eternamente viejo», sino «eternamente joven», porque es eternamente Vida en
plenitud. Él es
Desde su
adolescencia –y quizá antes-, la Virgen gozó de una madurez interior
maravillosa. Lo observamos en cuanto aparece en los relatos evangélicos,
«ponderando» todas las cosas en su corazón, a la luz de su agudo entendimiento
iluminado por
Comprende
también ahora que no hallemos palabras adecuadas para expresarle nuestro cariño
y no seamos capaces de hacer cosas espectaculares en su fiesta de Cumpleaños.
Le bastan nuestros deseos grandes, nuestros corazones vueltos hacia el suyo,
nuestra mirada en la suya y nuestros propósitos -firmes y concretos- de
tratarla más asiduamente y quererla así cada día con mayor intensidad.
Nunca se
sabe...
Todos los
padres se equivocan de forma hermosa cuando les parece que el hijo que les nace
o ven crecer a su lado es la criatura más graciosa del universo. Pero Joaquín y
Ana no se equivocaban al pensarlo y decirlo. La casa, humilde; los pañales,
humildes, como humilde fue -en el amplio y recio sentido de la palabra- la vida
entera de María. Pero ahora la Iglesia nos invita a ontemplarla «vestida de
sol, la luna a sus pies, y en su cabeza corona de doce estrellas» 3. Todas las
generaciones la llaman bienaventurada...
No podían
sospechar Joaquín y Ana, lo que había de ser aquel fruto tan sabroso de su
amor. ¡Nunca se sabe!. ¿Quién puede decir lo que será una criatura recién
nacida? Nunca se sabe. Sólo Dios lo sabe.
Un asunto
grave
Quizá por eso,
porque nunca se sabe, nunca se sospecha que algo grande, más grande que el
universo sucede cuando una persona –niño o niña- llega a
Cuando Dios
crea el alma humana se compromete a acabar la obra buena que comenzó. Sólo nos
pide el concurso de nuestra libertad, porque no quiere esclavos, sino hijos. «Quien
resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús y nos presentará ante
él» 5. Los que ahora padecen hambre –o cualquier otra cosa-, serán hartos
6. «Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que
se ha de manifestar en nosotros»7. Una persona que crea en todo eso sabe que
vale la pena pasar aunque sea cien años de sufrimientos, hambre, frío, calor,
enfermedad, por llegar un día a gozar de la inefable contemplación de la
Esencia divina.
Por eso, y
por muchas otras razones, siempre –siempre, siempre, siempre- el
nacimiento de un ser humano es una gran fiesta. Jesús enseña que, por encima de
cualquier otra razón debemos alegrarnos siempre, si somos fieles, de que
nuestros nombres «estén escritos en los Cielos», es decir, en el corazón de
Dios, en el manantial de la vida.
Posible
eficacia de nuestro paso por la tierra
Los padres de
la Niña recién nacida no podían sospechar que, desde la eternidad, Dios la
había escogido como Madre suya y Corredentora. Hubieran quedado atónitos si les
hubiera sido dado contemplar la eficacia de aquel corazoncito que comenzaba a
latir por cuenta propia entre sus brazos. Dios, por primera vez desde el pecado
de origen, sonreía abiertamente ante un ser humano absolutamente puro. Era el
preludio de un nuevo zarpar de la humanidad hacia Dios.
Tampoco
nosotros podemos sospechar la eficacia inconmensurable de nuestro paso por la
tierra, si somos fieles a nuestra vocación cristiana: si luchamos por alcanzar
la santidad en el lugar y situación en que Dios nos ha puesto. Si cada uno en
su sitio, nos esforzamos por vivir con el corazón y la mente en Dios Uno y
Trino. Veremos una nueva primavera para
Santidad,
pues, unión con Dios, juventud de espíritu, espíritu abierto al futuro; futuro
tan amplio como todo el tiempo, tan amplio como la eternidad sin tiempo.
¡Cuánto puede hacerse en un breve espacio vivido cara a la eternidad!. Porque
«eres, entre los tuyos -alma de apóstol-, la piedra caída en el lago. Produce,
con tu ejemplo y tu palabra, un primer círculo..., y éste, otro..., y otro, y
otro... Cada vez más ancho. ¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?» 9.
¿Qué puedo
hacer yo para tener la eficacia de esa piedra? De momento algo importante: acercarme
más a María, tratarla y aprender. La Virgen nos alumbra el misterio de nuestra
vida personal -quizá oscura, corriente, y sin duda oculta a la superficial
curiosidad de las gentes- que puede tener una eficacia colosal si la vivimos su
modo, con un fiat permanente en el corazón. Poco importa lo que somos delante
de las gentes: lo relevante es lo que somos ante de Dios.
Rosa Mística
Si, con la
gracia de Dios que recibimos abundantemente en los Sacramentos, en la oración y
en el trabajo hecho cara a Dios, nos vamos asemejando a Cristo, pasaremos por
el mundo de un modo parecido al de la Virgen, a quien llamamos Rosa Mística.
Tal vez porque la rosa nos parece la más noble entre las flores, ya que goza de
una prestancia singular; reclama nuestra mirada ávida de sencilla belleza y
desprende un gratísimo aroma. Pero la rosa que admiramos no es
El buen aroma
de Cristo
Es una Rosa
que exhala, ya desde su nacimiento, el buen aroma de Cristo, del que habla san
Pablo; el delicioso perfume que vendrá después y que habrá de inundar hasta el
más recóndito lugar del universo. Es el aroma que, sin saberlo, está pidiendo a
gritos el mundo enrarecido, contaminado de intenciones sórdidas que quieren
inundarlo todo con su pestilente olor. No es exageración. Basta pensar en los
millares de crímenes legalizados que se cometen cada día. ¿Qué significa esto
sino que detrás de esa «civilización» o cultura de la muerte, se agazapa -con
máscara de humanitarismo- una perversión moral tan honda que quienes la
integran ya no son capaces de discernir lo hediondo del aire puro, parecen no
conocer otra cosa que el vaho de
Pero tenemos
el Evangelio para salvar al mundo si, pegados a Cristo, con María, nos
impregnamos de su aroma. No debe importarnos -al contrario- que nuestra vida
contraste con la de los paganos o paganizados. Es cuestión de vida o muerte. El
futuro temporal y eterno de la humanidad está, de hecho, en buena medida, en
nuestras manos. Como estuvo -todo lo remotamente que se quiera- en el amor de
los padres de
La mujer
podrá entender mejor lo siguiente: el Señor te ha tenido en su mente desde
¡Qué grande
es el poder de una rosa!
¡Qué grande
puede ser la eficacia de tu paso por la tierra!
Para eso has
de hundir tus raíces en Cristo; tienes que vivir de Cristo, como el Apóstol;
como las rosas viven de las sustancias que obtienen de la tierra buena. La
Confesión sacramental, ¡cómo purifica! Y la Eucaristía, cómo nos arraiga
–nos encarna- en Cristo. Ahí sí que podemos impregnarnos de su aroma. Y
luego, ¿quién podrá enseñarnos mejor a vivir de Cristo, por Cristo y con
Cristo, que María, Rosa Mística, que tal día como hoy nació para nosotros? Dios
la quiso como Madre suya. También para dárnosla como Madre nuestra. «He ahí a
tu madre», nos dijo desde la Cruz. «Y desde aquel momento el discípulo [Juan,
todos nosotros] la recibió en su casa» 10. Palabras que ahora encienden luz
intensa y poderosa en nuestra mente, y nos permite entender que si nos llamamos
discípulos de Jesús, hemos de acoger en nuestra casa, en nuestro corazón, a
Santa María. Ella purificará y pulirá nuestro corazón como joya de muchos
quilates, y conseguirá meter a Jesús en nuestros pensamientos, en nuestros
afectos y quereres, en nuestras palabras y en nuestras obras. «Con Ella se
aprende la lección que más importa: que nada vale la pena, si no estamos junto
al Señor; que de nada sirven todas las maravillas de la tierra, todas las
ambiciones colmadas, si en nuestro pecho no arde la llama de amor vivo, la luz
de la santa esperanza que es un anticipo del amor interminable en nuestra definitiva
Patria» 11.
El valor de
una vida
La Virgen nos
enseña el valor inmenso de una sola vida humana. Porque es siempre Virgen y
siempre Madre. Madre del Verbo de Dios, Asiento de la Sabiduría divina. Y por
ser la más madre de todas las madres, sabe que un hijo, entre trillones,
permanece siempre único y vale tanto como todos los demás juntos. Como solía
decir André Frossard, «Dios sólo sabe contar hasta uno». Y esa sabiduría divina
la posee como nadie la Madre de Dios, porque en cada hijo ve el Rostro de su
Unigénito y Primogénito y tiene siempre presente su parto singular, más que en
Belén, en el Calvario.
¡Lo que vale
una persona humana! ¡Lo que vale traer al mundo una persona más o una persona
menos! ¡Lo que vale cuidarla hasta el último aliento de su vida en la tierra!
¡Muchísimo!. Dios hubiera creado el universo por una sola. Dios se hubiera
hecho hombre por una sola. El Hijo de Dios hecho hombre ha derramado por cada
una –por tanto, «por cada una, sola»- toda su Sangre, Sangre que procede
entera de María Santísima. Ella bien lo sabe.
¡Felicidades,
Madre de Dios!¡Felicidades, Madre Nuestra! En esta época de pensamiento débil
y, en consecuencia, de voluntades débiles y de vínculos débiles, de vidas
leves, descafeinadas, que no sacian, que no valen la pena; ayúdanos a vivir un
pensamiento profundo, una voluntad fuerte, unos vínculos inquebrantables, una
vida intensa, plena, eterna!: tu vida,
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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