Publicación diaria para
Martes de la
cuarta
XVI del
tiempo ordinario
San Lorenzo
de Brindisi
El que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése es
mi hermano, mi hermana y mi madre
Éxodo
14,21-30; 15, 1
21 Moisés extendió después su mano sobre el
mar, y el Señor, por medio de un recio viento del este, empujó el mar,
dejándolo seco y dividiendo las aguas. 22
Los israelitas entraron en medio del mar sin mojarse, mientras las aguas
formaban como una muralla a ambos lados. 23 Los
egipcios se lanzaron tras ellos; toda la caballería del Faraón, sus carros y
caballeros entraron tras ellos en medio del mar. 24
Antes de la madrugada, el Señor miró desde la columna de fuego y de nube a las
huestes egipcias y las desbarató. 25
Frenó las ruedas de los carros, haciéndolos avanzar pesadamente. Los egipcios
se dijeron: «Huyamos de los israelitas, porque el Señor combate por ellos
contra los egipcios». 26 Y el Señor dijo a Moisés: «Extiende tu
mano sobre el mar para que las aguas se vuelquen sobre los egipcios, sobre sus
carros y caballeros». 27 Moisés extendió su mano sobre el mar, y al
amanecer volvió el mar a su estado normal, mientras los egipcios en su huida
topaban con él. Así precipitó el Señor a los egipcios en medio del mar. 28 Las aguas, al juntarse, cubrieron carros y caballeros y a todo
el ejército del Faraón, que había entrado en persecución de los israelitas. No
escapó ni uno solo. 29 Pero los israelitas pasaron sin mojarse
por medio del mar, formando para ellos las aguas como una muralla a ambos lados.
30 Así salvó el Señor aquel día a Israel de
mano de los egipcios, e Israel vio a los egipcios muertos en la orilla del
mar.
1 Entonces Moisés y los israelitas cantaron
al Señor este cántico:
«Cantaré al
Señor que
tan
maravillosamente ha triunfado,
caballo y
caballero precipitó
en el mar.
Salmo Éxodo
15,8-10.12.17
8 Al soplo de tu cólera
se agolparon
las aguas,
se irguieron
cual pilares
las
corrientes;
se cuajaron
los abismos
en medio de la
mar.
9 Dijo el enemigo:
«Los
perseguiré, les daré alcance,
repartiré el
botín,
mi codicia
será saciada,
desenvainaré mi
espada,
mi mano los
exterminará».
10 Soplaste con tu aliento,
y los cubrió
la mar;
se hundieron
como plomo
en las
impetuosas aguas.
12 Desplegaste tu mano,
la tierra los
tragó.
17 Tú los guías y los plantas
en el monte de
tu heredad,
en el lugar de
tu mansión que
has preparado,
en el
santuario que tus manos,
oh Señor, han
levantado.
Mateo
12,46-50
46 Mientras él hablaba a la gente, su madre y
sus hermanos estaban fuera y querían hablar con él. 47 Y uno le dijo: «Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren
hablar contigo». 48 Él respondió: «¿Quién es mi madre y
quiénes son mis hermanos?». 49 Y
extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Éstos son mi madre y mis
hermanos. 50 Porque el que hace la voluntad de mi Padre
celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».
¿Quién es mi
madre y quiénes mis hermanos? Es una pregunta que aún hoy Cristo lanza a cada
uno de los que le siguen por el camino de la donación total en el cristianismo.
En aquella oportunidad Cristo no predicaba sólo a sus apóstoles sino a cuantos
lo seguían y querían aprender de Él. Por tanto no se trata de una pregunta a
alguno exclusivamente consagrados a su seguimiento sino que está dirigida a
todos los bautizados. Es allí cuando de pronto llega la dulce madre y algunos
de sus “hermanos” que en la usanza de esa cultura significaba los
parientes y no únicamente los hermanos carnales. (Así se les decía a los primos
hermanos)
Quieren hablar
con Jesús. Se lo comunican. Cualquiera hubiera pensado que el Señor, como buen
hijo, hubiera dejado todo para atender a los suyos. Realmente nada impide pensar
que debió atender a su madre con premura y atención. Sin embargo, el texto
evangélico no nos señala una gracia que sólo correspondía a los suyos sino que
nos reporta la enseñanza que quiere sacar el Señor de eso tan banal como dejar
la conversación y hablar con su mamá.
¿Quién es mi
madre y quiénes mis hermanos?, preguntará a los atentísimos auditores. Nadie se
lo esperaba. Ni siquiera nosotros si nos lo preguntara hoy, y, de hecho, nos lo
pregunta porque el Evangelio es palabra viva de Cristo. Cuantos hicieren la
voluntad de mi Padre... esos son mis hermanos y mis hermanas y mi madre. Nada
más significativo ni más lógico. Si el Señor se hizo hombre para redimirnos,
nosotros los hombres nos asemejaremos a Él en la medida en que nos igualemos en
lo que más amó Cristo, como fue en cumplir la Voluntad de su Padre que está en
los cielos.
Entonces, la
pregunta sigue siendo viva y operante en cada uno de los que profesamos el
nombre de cristianos: ¿Somos al presente hermanos verdaderamente de Cristo en
el cumplimiento exquisito de
San Lorenzo de
Brindisi
Doctor de la
Iglesia
Martirologio
Romano: San Lorenzo de Brindisi, presbítero y doctor de la Iglesia, de la Orden
de los Hermanos Menores Capuchinos, predicador incansable por varias naciones
de Europa, que de caracter sencillo y humilde, cumplió fielmente todas las
misiones que se le encomendaron, como la defensa de la Iglesia ante los turcos
que intentaban dominar Europa, la reconciliación de príncipes enfrentados y el gobierno
de su Orden religiosa. Murió en Lisboa, en Portugal, el veintidós de julio de
1619.
Etimolgía:
Lorenzo = laurel, de la lengua latina.
Cesar de Rossi
nació en Brindis, ciudad del reino de Nápoles, en 1559. Pertenecía a una
familia veneciana de cierto renombre. A los seis años ya asombraba a todos por
la facilidad de aprender de memoria páginas enteras, que declamaba en público.
Primero se
educó en el convento de los franciscanos de su ciudad natal y, después, bajo la
dirección de un tío suyo en el colegio de San Marcos de Venecia. Hizo rápidos
progresos, tanto desde el punto de vista intelectual como espiritual y a los
dieciséis años ingresó en el convento de los capuchinos de Verona. Cuando pidió
ser admitido, el superior le advirtió que le iba a ser muy difícil soportar
aquella vida tan dura y tan austera. El joven le preguntó: "Padre, ¿en mi
celda habrá un crucifijo?." "Sí, lo habrá", respondió el
superior. "Pues eso me basta. Al mirar a Cristo Crucificado tendré fuerzas
para sufrir por amor a El, cualquier padecimiento". Con el hábito
religioso recibió el nombre de Lorenzo.
Durante sus
estudios de filosofía y teología en la Universidad de Padua, se distinguió por
su extraordinario dominio de lenguas: aprendió el griego, el hebreo, el alemán,
el bohemio, el francés, el español y llegó a conocer muy a fondo el texto de la
Biblia.
Por su gran
don de prédica, siendo diácono, le fue encomendado el predicar los 40 días de
Cuaresma en la Catedral de Venecia por dos años consecutivos. La gente vibraba
de emoción al oír sus sermones, y muchas eran las conversiones.
Después de su
ordenación sacerdotal, predicó con gran fruto en Padua, Verona, Vicenza y otras
ciudades del norte de Italia. En 1596, pasó a Roma a ejercer el cargo de
definidor de su orden, y el Papa Clemente VIII le pidió que trabajase
especialmente por la conversión de los judíos. Tuvo en ello gran éxito, ya que
a su erudición y santidad de vida unía un profundo conocimiento del hebreo.
Un sacerdote
le preguntó: "Frai Lorenzo, ¿a qué se debe su facilidad para predicar? ¿A
su formidable memoria?" Y él respondió: "En buena parte se debe a mi
buena memoria. En otra buena parte a que dedico muchas horas a prepararme. Pero
la causa principal es que encomiendo mucho a Dios mis predicaciones, y cuando
empiezo a predicar se me olvida todo el plan que tenía y empiezo a hablar como
si estuviera leyendo en un libro misterioso venido del cielo".
Dormía sobre
tablas. Se levantaba por la noche a rezar salmos. Ayunaba con frecuencia
comiendo casi siempre pan y verduras. Huía de recibir honores, y se esforzaba
por mantenerse siempre alegre y de buen humor con todos.
Cuando Lorenzo
era vicario general, el emperador Rodolfo II le envió en misión diplomática a
conseguir la ayuda de los príncipes alemanes contra los turcos, cuya amenaza se
cernía sobre toda Hungría. El santo tuvo éxito en su misión y fue nombrado
capellán general del ejército que se había formado gracias a sus esfuerzos. En
algunas ocasiones, San Lorenzo fue prácticamente general en jefe del ejército;
por ejemplo, antes de la batalla de Szekes-Fehervar, en 1601, los generales le
consultaron, el santo les aconsejó que atacasen, arengó personalmente a las
tropas y partió al frente de las fuerzas de ataque, sin más armas que un
crucifijo. La aplastante derrota que sufrieron los turcos fue atribuida por
todos a San Lorenzo. Se cuenta que, al volver de la campaña, se detuvo en el
convento de Gorizia, donde el Señor se le apareció en el coro y le dio la
comunión por su propia mano.
Los príncipes
y gobernantes, por muy irreligiosos que sean, suelen apreciar los servicios de
los hombres verdaderamente santos. Los principales señores de Nápoles acudían a
San Lorenzo para presentarle sus quejas por la tiranía del virrey español,
duque de Osuna y le pedían que fuese a la corte del rey Felipe para evitar que
el pueblo se levantase en armas. El santo no era aún muy viejo, pero estaba enfermo
y achacoso. Cuando llegó a Madrid, supo que el rey no estaba en la ciudad, sino
en Lisboa. Así pues, prosiguió su camino a Portugal, en pleno calor del estío.
Usó de toda su elocuencia y su poder de persuasión y logró que el monarca
prometiese relevar del cargo de virrey al duque de Osuna.
San Lorenzo
regresó entonces a su convento y ahí falleció el día de su cumpleaños, 22 de
julio de 1619. Cumplía 60 años. Fue sepultado en el cementerio de las Clarisas
Pobres de Villafranca.
Lo canonizó
León XIII en 1881. Juan XXIII lo declaró Doctor de la Iglesia en 1959, con el
título de Doctor Evangélico, por lo elevado de su inspiración evangélica.
Mariología
XVII
María dio a
luz en un parto milagroso, sin dolor ni otras penas
Más que la
concepción virginal, es objeto de ataques el parto virginal
La Iglesia
enseña que María conservó siempre intacta la integridad de su organismo. Por lo
que se la llama “Virgen perpetua” o “siempre Virgen”,
título que se hace usual desde el siglo IV. Con fórmula más expresa y
determinada, la doctrina católica afirma desde del siglo V que María fue virgen
antes, durante y después del parto (usada desde 1555 oficialmente por Paulo
IV).
La virginidad
antes del parto se refiere particularmente al hecho de la concepción de Jesús
en el seno materno. María concibe al Verbo encarnado sin concurso de varón y
sin semen viril, por una intervención positiva del Espíritu Santo. La
virginidad en el parto supone la ausencia de lesión orgánica y del dolor que
naturalmente acompañan al alumbramiento. La virginidad después del parto
excluye todo comercio carnal y toda nueva generación después del nacimiento de
Jesús.
Esta creencia
ha permanecido imperturbada desde el siglo V (...) Sólo los racionalistas y los
protestantes han rechazado e impugnado la virginidad perpetua de María. (...)
Es pues,
doctrina de fe divina o definida, que:
1º María fue
virgen antes de la concepción.
2º Concibió
sin concurso de hombre (por intervención sobrenatural).
3º Al
concebir no perdió la virginidad.
4º El parto
fue milagroso, sin dolor.
5º Permaneció
virgen después del parto
6º Siempre
conservó la integridad virginal.
(...) Más que
la concepción virginal, es objeto de ataques el parto virginal. Tertuliano y
Joviniano pretendían la lesión de su integridad en el parto, en contra de la
voz de toda
La Tradición,
la Liturgia y los documentos del Magisterio nos presentan el alumbramiento de
María como portentoso, porque no violó la integridad de la Madre, no rompió el
sello de su virginidad, no implicó roturas ni dolores; Jesús salió del seno
materno como del sepulcro sellado, como del Cenáculo sin abrir puertas, como el
rayo de sol atraviesa el cristal, y por eso María es celebrada como la zarza de
Moisés, la puerta nunca abierta, el huerto cerrado, la fuente sellada, el Arca
incorrupta del Señor (...)
La doctrina
sobre la virginidad perpetua de María, basada en datos bíblicos indiscutibles,
desarrollada en todo su contenido de gracia y de milagro por la tradición de
los padres pre-efesinos, profesada ampliamente en la Liturgia, sancionada por
el Magisterio oficial de la Iglesia, desde los símbolos primeros hasta el Credo
del Pueblo de Dios de Pablo VI ofrece una clara trayectoria que no puede ser
turbada por aventuradas sugerencias de una crítica racionalista o de una
teología innovadora y titubeante que no se fía debidamente del sentido y
persuasión constante dela comunidad cristiana.
Las recientes
confusiones que, con alarma de los fieles, se han difundido en algunos
ambientes eclesiales, no pueden menoscabar parte alguna del dogma
tradicionalmente enseñado y propuesto al pueblo fiel.
En tiempos
como los que vivimos, en que la autodegradación del hombre alcanza límites
inconcebibles, en que “casi se tiene miedo de nombrar la virtud de la
pureza” (...) la contemplación de la Virgen – la Madre virginal de
Jesús – es particularmente necesaria y apropiada. María, que concibió y
dio a luz virginalmente al Hijo de Dios, María en cuyo Corazón virginal
floreció y sigue floreciendo nuestra vida de hijos de Dios ...
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
El Servidor de la Palabra
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