La Palabra Binaria
Publicación diaria para la Iglesia Católica
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Ayer se cayo el servidor suplente con el que estábamos trabajando,
mientras se repara el original y no hubo manera de haceros llegar la
PB. Así que hoy tenemos ración doble.
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Lunes de la segunda
Cuaresma
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San Juan de Dios
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Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso
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Daniel 9,4-10
4 Rogué al Señor, mi Dios, e hice esta confesión: «¡Señor, Dios
grande y terrible, que mantienes el pacto y la fidelidad a quienes
te aman y guardan tus mandamientos! 5 Nosotros hemos pecado, hemos
cometido injusticias y delitos, nos hemos rebelado y apartado de tus
mandamientos y tus preceptos. 6 No hemos escuchado a los profetas,
tus siervos, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros
príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo del país. 7 A ti,
oh Señor, la justicia; a nosotros la vergüenza, como ahora la
soportan los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén y de todo
el país, próximos y lejanos, en todas las tierras donde los has
dispersado por los delitos que cometieron contra ti. 8 Señor, a
nosotros la vergüenza, a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a
nuestros padres, porque hemos pecado contra ti. 9 Al Señor Dios
nuestro la misericordia y el perdón, porque nos hemos rebelado
contra él 10 y no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios;
no hemos procedido conforme a las leyes que él nos dio por medio de
sus siervos los profetas.
Salmo 79,8-9.11.13
8 No guardes contra nosotros culpas de antepasados,
que venga rápida tu piedad sobre nosotros,
pues estamos en las últimas.
9 Ayúdanos, oh Dios, salvador nuestro,
por la gloria de tu nombre;
líbranos, perdona nuestros pecados,
por el honor de tu nombre.
11 Llegue hasta ti el gemido de los prisioneros,
con tu potente brazo libera a los condenados a muerte;
13 Y nosotros, tu pueblo, ovejas de tu grey,
te estaremos eternamente agradecidos,
de edad en edad pregonaremos tu alabanza.
Lucas 6,36-38
36 Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso».
37 «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis
condenados. Perdonad y seréis perdonados. 38 Dad y se os dará; se
os dará una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque con
la medida con que midáis seréis medidos vosotros».
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En este texto del evangelio, Jesús tiene la intención de mover
nuestros corazones en una sola dirección: el amor a nuestros
enemigos. "¡Qué fácil es amar a los que nos aman!", dirá en otra
ocasión. Sin embargo lo más difícil del amor cristiano es vivirlo
con los que no nos corresponderán, con los que nos insultan o
persiguen, con los que hablan mal de nosotros a nuestras espaldas,
con los que luchan por arrebatarnos nuestro puesto de trabajo:
nuestros enemigos.
La consigna que nos envía Jesucristo es muy clara: "Sed
misericordiosos". Un corazón que no perdona no es un corazón
cristiano sino que es un corazón que no agrada ni da gloria a Dios.
Por eso Cristo dirá en otra ocasión que si cuando nos acercamos a
Dios para rendirle una ofrenda recordamos una enemistad con alguno
de nuestros hermanos, primero debemos reconciliarnos con él, y
después realizar la ofrenda.
Practiquemos estas dos virtudes que nos propone Jesús en nuestra
vida: la misericordia y la benevolencia. Propongámonos que en
ninguna de nuestras conversaciones, charlas o discusiones se mezcle
jamás la más mínima crítica hacia ninguno de nuestros hermanos, que
son todos los hombres.
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San Juan de Dios
Autor: Daniel A. Marquez B.
"En el año de 1538, reinando en España el Emperador Carlos V, y
siendo Arzobispo de la Ciudad de Granada don Gaspar de Avalos... que
alcanzó felicidad en sus tiempos, de florecer en su obispado hombres
señalados en santidad y virtud; entre los cuales fue uno, pobre,
bajo y desechado en los ojos de los hombres, pero muy conocido y
estimado en los de Dios, pues mereció llamarse en apellido Juan de
Dios"
Se trata de Juan Ciudad Duarte, un hombre nacido año 1495 en el
pueblo portugués de Montemor o Novo, del obispado de Évora, Portugal
y que muere en Granada, España, el año 1550 a la edad de 55 años,
siendo considerado uno de los tesoros de la ciudad. Para todos es
conocido como "el santo". El apellido de Dios le vino impuesto por
un Obispo conocedor de su obra a favor de los pobres y enfermos. No
cabe mayor honor que apellidarse de Dios y nada refleja mejor el
modo de hacer de este hombre.
Aparece a la edad de ocho años en el pueblo toledano de Oropesa. En
las biografías de Juan de Dios, hay las grandes lagunas y muchos
interrogantes, algunos todavía no resueltos, en relación a su
ascendencia, pueblo, familia, vida, hasta bien entrado en años... La
tradición habla que vino con un clérigo que pasó por su casa y es
acogido en la de Francisco Cid Mayoral donde vivió mucho tiempo,
casi la friolera de 29 años en dos ocasiones diferentes.
Siendo mancebo de veintidós años le dio voluntad de irse a la
guerra" luchando en la compañía del Conde de Oropesa, al servicio
del Emperador Carlos V que fue en socorro de la plaza de
Fuenterrabía atacada por el Rey Francisco I de Francia. La
experiencia no puede ser más desastrosa, está a punto de ser
ahorcado y regresa de nuevo a Oropesa hasta que es solicitado para
defender Viena, en un momento de amenaza por parte de los turcos.
Después de estas experiencias guerreras vuelve al oficio de pastor,
leñador para ganarse el sustento, albañil en la construcción de las
murallas de Ceuta y finalmente, inicia en Gibraltar el oficio de
librero, que ejerce en Granada de forma estable en un puesto de la
calle Elvira, hasta su conversión.
En Granada comienza la fe de Juan de Dios, cuando más asentado y
cuando al parecer, había terminado su "andadura" española y europea.
Juan había caminado tanto en busca de una cita que por fin acontece
el año 1539, fiesta de S. Sebastián en el Campo de los Mártires, a
la vera de la Alhambra. Ese día un predicador de fama, S. Juan de
Ávila es el encargado del sermón. No sabemos qué munición usó
el "maestro Ávila", el caso es que el corazón de Juan de Dios quedó
tocado, sus palabras "se le fijaron en las entrañas" y "fueron a él
eficaces", dice su biógrafo Castro. Juan parece haberse vuelto loco
y grita, se revuelca clamando "misericordia". Se produce un total
despojo de sus pocos haberes, hasta de sus vestidos...
El pueblo se divide: unos dicen que era loco y otros que no era sino
santo y que aquella obra era de Dios. Aquello era ni más ni menos
que la cita con Dios.
No es un asunto fácil. Desde ahora comienza una nueva aventura
totalmente inédita en la vida de Juan. Después de la experiencia
espectacular de su conversión tiene que entrar en contacto con los
pobres más marginados de siempre, los enfermos mentales. "Dos
hombres honrados compadecidos tomaron de la mano a Juan y lo
llevaron... ¿Dónde? Al manicomio. Un ala del Hospital Real de
Granada estaba ocupada por los locos. Allí, siente en sus carnes el
duro tratamiento que se da a estos enfermos en su propia carne y se
rebela de ver sufrir a sus hermanos. De esta experiencia surge la
conversión a los hombres, que ya serán para
Juan, "hermanos". "Jesucristo me traiga a tiempo y me dé gracia para
que yo tenga un hospital, donde pueda recoger los pobres
desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo".
El corazón herido, cogido por el amor desbordante de Dios no le
dejará en paz hasta el último momento en que muere de rodillas. En
el año 1539, de acuerdo con san Juan de Ávila, es huésped en
Guadalupe donde se prepara en las artes médicas, y en 1540 inicia su
primera obra, un pequeño hospital en la calle de Lucena, "tanta
gente acudía por la fama de Juan y por su mucha caridad que los
amigos le compraron una casa para hospital en la cuesta Gomérez".
La fama de Juan es grande en Granada: acoge a todos los pobres
inválidos que encuentra, a los niños huérfanos y abandonados, visita
y rehabilita a muchas mujeres prostitutas, y todo sin renta fija,
salvo la limosna en la cuál es verdadero maestro, "¿quién se hace
bien a si mismo dando a los pobres de Cristo?" -sería su lema
cotidiano. El corazón encendido de Juan, contrasta con el fuego del
Hospital Real en llamas el día 3 de julio de 1549. Allí acude como
toda la ciudad, pero no para lamentarse, sino para remangarse y
entrar y sacar los enfermos saliendo sano y salvo. Desde ese
momento, Juan adquiere la categoría de santo y su fama llega a todos
los que pudieran tener alguna duda de su pasado en la zona de los
enfermos mentales. En el mes de enero de 1550, tratando de salvar a
un joven que se estaba ahogando en el río Genil, enfermó gravemente.
En el lecho de muerte a Juan le queda la herencia que entrega al
arzobispo y a su sucesor, Antón Martín: libro de las deudas y los
enfermos asistidos. Así se continúa la obra de Juan de Dios hasta
nuestros días.
Juan muere el día 8 de marzo de 1550. Su entierro es una auténtica
manifestación de duelo y simpatía hacia su persona y su obra.
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Moral y Mandamientos XIX
La Esperanza, confiar en Dios
Autor: Catholic.net
Todos los hombres en un momento u otro de su vida se enfrentan a
momentos dolorosos como el sufrimiento, la muerte, la enfermedad,
etc. Es sólo gracias a la Esperanza, la segunda virtud teologal, que
estas realidades adquieren un sentido, convirtiéndose en medios de
salvación, en un camino para llegar a Dios. La Esperanza nos da la
certeza de que algún día viviremos en la eterna felicidad.
La virtud de la esperanza corresponde a ese anhelo de felicidad que
Dios ha puesto en el corazón del hombre.
Es un virtud sobrenatural infundida por Dios en el momento del
Bautismo. Nos da la firme confianza en que Dios, por los méritos de
Cristo, nos dará las gracias que necesitamos aquí en la Tierra para
alcanzar el Cielo.
La virtud de la esperanza consiste en confiar con certeza en las
promesas de salvación que Dios nos ha hecho. Está fundada en la
seguridad que tenemos de que Dios nos ama. Y está basada en la
bondad y el poder infinito de Dios, que es siempre fiel a sus
promesas.
Sin esperanza, el hombre se encierra en el horizonte de este mundo y
pierde la visión de la vida eterna. Lucha solo contra las
dificultades prescindiendo de la ayuda de Dios.
Pero sabemos que el hombre está destinado a la vida eterna y debe
vivir de cara a ella. La esperanza es la seguridad en algo futuro.
Confiando en Dios no hay futuro incierto. La esperanza cristiana se
funda en la fe, porque nace de creer en las promesas que Dios nos ha
hecho. Gal. 3, 1.
Uno de los ejemplos más claros de lo que es la esperanza lo
encontramos en Job, que a pesar de todo lo que le sucedió seguía
creyendo en Dios. Su esperanza nunca se perdió, por más que le
decían, él seguía siendo fiel.
Ahora bien, la esperanza en Dios no elimina un cierto temor a Dios,
un temor sano, pues los hombres sabemos que así como Dios es siempre
fiel, los hombres sabemos que muchas veces somos infieles y hacemos
caso omiso a la gracia, lo cual nos conlleva el riesgo de
condenarnos. Debe haber una proporción entre la esperanza y el temor
porque:
La esperanza sin temor es presunción. Sin embargo una esperanza con
temor de hijo de Dios es una esperanza real. Por otro lado, una
esperanza con un temor excesivo nos lleva a la desconfianza. El
temor solamente, es decir, sin esperanza, no es otra cosa que
desesperación.
Pecados contra la esperanza
Desesperación: desconfianza en Dios, por lo que nos abandonamos al
abismo de nuestra propia inseguridad. Es el pecado de Caín y de
Judas. Ge. 4, 13; Mt. 27, 3-6. Con la desesperación estamos negando
la fidelidad de Dios a sus promesas y su infinita misericordia, y
nos puede llevar a muchos excesos, incluyendo el suicidio. Es un
pecado gravísimo. La persona desesperada siente y piensa que Dios no
le puede perdonar, que nada que haga va a cambiar la situación.
La presunción: confiar en obtener la vida eterna sin la ayuda de
Dios, porque nos bastamos a nosotros mismos. Es el caso típico del
autosuficiente que se "no necesita de nada, ni de nadie, sólo él
basta". Es un exceso de confianza que nos hace pensar que vamos a
obtener la salvación aún prescindiendo de los medios que Dios nos
da. Es decir, sin la gracia, ni las buenas obras. Su causa principal
es el orgullo. Se piensa que no importa lo que se haga, de todas
maneras se obtiene la salvación.
Existen diferentes maneras de pecar por presunción:
q Los que esperan salvarse por sus propias fuerzas, sin la ayuda
de la gracia de Dios. Herejía Pelagio.
q Los que esperan salvarse por la sola fe, sin hacer buenas
obras. Protestantismo.
q Los que viven pensando que ya habrá oportunidad de convertirse
en el momento de la muerte, y viven un estado habitual de pecado.
q Los que siempre están pecando " a fin que Dios siempre
perdona".
q Los que se exponen con mucha facilidad a las ocasiones de
pecado, pues piensan que son capaces de resistir la tentación.
q Es pecado grave esta presunción, pues se está abusando de la
misericordia divina y despreciando su justicia. Es una confianza
excesiva y totalmente falsa en Dios.
La desconfianza: se tienen dudas en la misericordia y fidelidad de
Dios, aunque se tenga cierta esperanza.
La irresponsabilidad: dejar toda nuestra salvación en manos de Dios
y no poner los medios que corresponden a nuestra colaboración.
La esperanza es una virtud poco conocida o muy confundida. No se
piensa en ella como algo sobrenatural, referente a nuestra vida
eterna, sino que se piensa que la esperanza concierne en alcanzar
diferentes cosas aquí en la tierra.
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